¿Él o Ella? (4a. y última parte)

Dios no “es” masculino ni femenino; ni es neutro ni tampoco andrógino. Sin embargo, y según ya hemos visto, esto no quiere decir que podamos hablar de Dios con cualesquiera términos, por ejemplo: según la moda o lo que resulte políticamente correcto para cada generación sobre esta tierra.

La Biblia muestra que no toda experiencia de amor humano es apropiada para apuntar intencional y teológicamente hacia el misterio de Dios. En particular, la Biblia opta por hablar de Dios como Padre y como Esposo, sin que eso quite nada de la grandeza del amor femenino y del amor materno, que son irremplazables.

Un punto de particular interés es la actitud de Cristo, en quien reconocemos la plenitud de la Revelación. La palabra clave aquí es “Abbá,” que el mismo Cristo quiso dejar como pórtico de la oración de sus discípulos, el Padre Nuestro.

Al hilo de la inquietud que nos mueve en estas reflexiones, cabe preguntar si daba lo mismo que Cristo mirara a Dios como su Padre o como su Madre. A esta pregunta no cabe responder de un modo que sería sencillo y piadoso con palabras como estas: “Cristo no rezó a Dios como Madre porque su Madre era y es la Virgen María, y no le iba a rezar a ella que estaba en la misma Judea o Galilea en donde él estaba.”

Ese modo de hablar no cabe porque el trato que Jesús dio a San José fue en todo como el de un hijo a su padre, tanto que la gente lo llamaba “el hijo del carpintero” (Mt 13,55). Si decimos que la palabra “madre” estaba “bloqueada” en Jesucristo como una referencia a María, ¿por qué no podría pasar lo mismo en lo que atañe a su relación con José?

Y sin embargo, es claro que ya Jesús adolescente o niño reserva la palabra “padre” para algo muy íntimo, muy profundo en él. Leemos en la escena del hallazgo en el templo: “Cuando sus padres le vieron, se quedaron maravillados; y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has tratado de esta manera? Mira, tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia. Entonces El les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,48). Es evidente que “Padre” ya significa, en el corazón de Jesús, el Padre de los Cielos. Esto es interesante destacarlo sobre todo porque María pregunta diciendo ” tu padre y yo,” y la respuesta del Señor alude sólo a su “Padre.” De nuevo es evidente que el amor de “padre” tiene una calificación especial en lo que atañe a revelar nuestra relación con Dios.

El resto del Nuevo Testamento avala esta conclusión que hemos sacado de los Evangelios. San Pablo habla siempre en términos de “Dios, nuestro Padre” (Rom 1,7; 1 Cor 1,3; 2 Cor 1,2; 2 Tes 2,16; Flm 1,3), nuestro “Abbá” (Rom 8,15), nuestro “Dios” (1 Cor 8,6; 2 Tim 1,2). Es el “Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo” (2 Cor 1,3); es el “Padre de nuestros espíritus” (Heb 12,9); es, en fin, el ” Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4,6). En términos semejantes y consistentes se expresan Pedro, Juan y el Apocalipsis.

Mención aparte amerita un versículo de Santiago con el que podemos cerrar estos apuntes: “Amados hermanos míos, no os engañéis. Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación. En el ejercicio de su voluntad, El nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que fuéramos las primicias de sus criaturas” (St 1,16-18). Ahí está todo: la grandeza de su amor que vence una distancia infinita al crearnos y al redimirnos, pero a la vez, esta misma distancia expresada de dos modos: en su providencia libérrima y en el misterio de su propio ser, que está más allá y a la vez es fuente de toda luz.