204. Peregrinación Espiritual

204.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

204.2. Has escuchado muchas veces y has predicado también que tu salvación y la del mundo entero se encuentra en la Sangre derramada de Nuestro Señor Jesucristo. Y así es en verdad: conocer el valor de la Sangre de Cristo, es conocer el tamaño del amor Divino. Si quieres ser experto en amor debes ser primero experto en Sangre. Hoy quiero llamarte a navegar por los ríos del amor Divino y humano. Quiero que seas como esos pescadores expertos que conocen por completo sus ríos; tus ríos son los hilos de la Sangre de tu Señor.

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203. Rocio de Angeles

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203.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

203.2. El rocío fue siempre imagen preferida para indicar la suavidad con que pueden llegar las bendiciones de los cielos: «Como el rocío del Hermón que baja por las alturas de Sión; allí Yahveh la bendición dispensa, la vida para siempre» (Sal 133,3); «el rocío, después del viento ardiente, devuelve la alegría» (Sir 43,22).

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202. Perder a Dios

202.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

202.2. Para comprender un poco qué significa perder a Dios, voy a necesitar de todo tu tiempo, de toda tu inteligencia y de todo tu amor. Nada que hayas perdido se parece a perder a Dios. Nada que hayas entendido, nada que hayas amado es suficiente lenguaje para describir lo que quiero decirte.

202.3. Las creaturas no pueden decir lo que es perder a Dios, porque quienes le tenemos, porque Él nos posee, no tenemos lengua que describa lo que sería no tenerle, y quienes le han perdido, por ello mismo han perdido la capacidad de decir la verdad incluso de su propia y lamentable situación.

202.4. Sin embargo, es importante conservar alguna referencia sobre qué es perder a Dios, porque toda la seriedad de todo tu tiempo y de toda tu vida está en que puedes ganar a Dios —si Él te gana para sí— o perderle.

202.5. Voy a relatarte una historia. Es posible que así, mejor que con imágenes o conceptos, puedas hacerte un retrato de esta grave realidad.

202.6. Hubo en tiempos antiguos un hombre que se llamaba Esperio. Sus padres le pusieron este extraño nombre porque, después de muchos años sin poder tener hijos, un día Azucena, la mamá de Esperio, dijo a su esposo que estaba embarazada. El esposo se llamaba Ralfí, porque sus abuelos, de origen árabe, le tenían cariño a ese nombre.

202.7. Lo cierto es que Azucena quedó esperando, y ella, lo mismo que Ralfí, locos de contento sintieron que la vida les había devuelto en justicia lo que ellos se merecían. Al fin y al cabo, este par había vivido siempre con honradez, mesura y generosidad, de modo que nadie en Hurlaya podía decir que ellos habían dicho una mentira o que se habían apropiado de nada.

202.8. No te he dicho que Hurlaya era el nombre de la inmensa montaña en la que vivían Ralfí y Azucena, lo mismo que sus cuarenta y siete familias vecinas. Puede decirse que Hurlaya era como un remanso de paz, y hay quien asegura que en alguna de las antiguas lenguas indígenas eso era lo que significa ese curioso nombre: «lugar de paz.”

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