Alimento del Alma

Textos, Homilias, Conferencias de Fray Nelson Medina, O.P.

Artículos por Las Palabras del Angel

204.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

204.2. Has escuchado muchas veces y has predicado también que tu salvación y la del mundo entero se encuentra en la Sangre derramada de Nuestro Señor Jesucristo. Y así es en verdad: conocer el valor de la Sangre de Cristo, es conocer el tamaño del amor Divino. Si quieres ser experto en amor debes ser primero experto en Sangre. Hoy quiero llamarte a navegar por los ríos del amor Divino y humano. Quiero que seas como esos pescadores expertos que conocen por completo sus ríos; tus ríos son los hilos de la Sangre de tu Señor.

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203.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

203.2. El rocío fue siempre imagen preferida para indicar la suavidad con que pueden llegar las bendiciones de los cielos: «Como el rocío del Hermón que baja por las alturas de Sión; allí Yahveh la bendición dispensa, la vida para siempre» (Sal 133,3); «el rocío, después del viento ardiente, devuelve la alegría» (Sir 43,22).

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202.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

202.2. Para comprender un poco qué significa perder a Dios, voy a necesitar de todo tu tiempo, de toda tu inteligencia y de todo tu amor. Nada que hayas perdido se parece a perder a Dios. Nada que hayas entendido, nada que hayas amado es suficiente lenguaje para describir lo que quiero decirte.

202.3. Las creaturas no pueden decir lo que es perder a Dios, porque quienes le tenemos, porque Él nos posee, no tenemos lengua que describa lo que sería no tenerle, y quienes le han perdido, por ello mismo han perdido la capacidad de decir la verdad incluso de su propia y lamentable situación.

202.4. Sin embargo, es importante conservar alguna referencia sobre qué es perder a Dios, porque toda la seriedad de todo tu tiempo y de toda tu vida está en que puedes ganar a Dios —si Él te gana para sí— o perderle.

202.5. Voy a relatarte una historia. Es posible que así, mejor que con imágenes o conceptos, puedas hacerte un retrato de esta grave realidad.

202.6. Hubo en tiempos antiguos un hombre que se llamaba Esperio. Sus padres le pusieron este extraño nombre porque, después de muchos años sin poder tener hijos, un día Azucena, la mamá de Esperio, dijo a su esposo que estaba embarazada. El esposo se llamaba Ralfí, porque sus abuelos, de origen árabe, le tenían cariño a ese nombre.

202.7. Lo cierto es que Azucena quedó esperando, y ella, lo mismo que Ralfí, locos de contento sintieron que la vida les había devuelto en justicia lo que ellos se merecían. Al fin y al cabo, este par había vivido siempre con honradez, mesura y generosidad, de modo que nadie en Hurlaya podía decir que ellos habían dicho una mentira o que se habían apropiado de nada.

202.8. No te he dicho que Hurlaya era el nombre de la inmensa montaña en la que vivían Ralfí y Azucena, lo mismo que sus cuarenta y siete familias vecinas. Puede decirse que Hurlaya era como un remanso de paz, y hay quien asegura que en alguna de las antiguas lenguas indígenas eso era lo que significa ese curioso nombre: «lugar de paz.”

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201.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

201.2. La gente levanta sus ojos a las cosas altas, y la atención está presta para lo muy noble, lo muy bello, lo muy costoso o lo muy fuerte. Mas Cristo está levantado en alto como a modo de respuesta o de juicio a todo lo que el mundo quiere mirar.

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200.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

200.2. A ti te salva no sólo lo que sabes sino también lo que ignoras o no recuerdas. Lo que tú sabes en cierto modo entra dentro de lo que tú controlas. Lo que tú desconoces pertenece al rango de lo que quizá tiene algún poder sobre ti.

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199.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

199.2. El miedo es la reacción característica ante un peligro inminente. Es una de las sensaciones más comunes en la especie humana, de modo que casi podemos considerar un mentiroso al que diga que nunca ha tenido miedo o que a nada teme.

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198.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

198.2. Así como hay recuerdos amargos, recuerdos tristes y recuerdos deshonestos, hay también recuerdos hermosos, recuerdos dulces y recuerdos saludables. Pero más allá de lo que directamente puede recordar la mente humana, es bueno aprender a agradecer lo que no se recuerda y que sin embargo hizo bien. Este ejercicio, del que te quiero hablar hoy, levanta al alma hacia una gratitud singular y una humildad profunda.

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197.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

197.2. El arte musulmán es uno de los bienes culturales de la Humanidad. Cultivaron los seguidores de Mahoma la radical ausencia de toda imagen, y por ello, para decorar sus edificios sagrados, se valieron ante todo de las formas puras de la geometría. Preciosos mosaicos y admirables teselaciones van recubriendo de luces y colores la arquitectura propia de este modo de arte.

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196.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

196.2. No se detiene el agua del manantial, aunque tú dejes de mirarla; no dejan de hacer sus nidos primorosos y mullidos los pajaritos, aunque nadie los aplauda; los más bellos atardeceres suceden ante playas desiertas, y los secretos más íntimos de la materia todavía no han sido formulados ni contemplados ni agradecidos por nadie, pero ¡ahí están!

196.3. ¿Qué te dicen estos ejemplos, mi pequeño amigo? Que tu bondad debe realizarse en lo escondido, en ese «secreto» del que te habló Nuestro Señor Jesucristo, allí donde Dios ve y paga (Mt 6,4.6.18). Ahora bien, en ese pasaje Cristo no dijo que la paga fuera en secreto, pero sí es cierto que una parte de la paga es en secreto. De eso quiero hablarte hoy.

196.4. Si miras la vida de Cristo “desde fuera,” te resulta incomprensible. Un ritmo extenuante de trabajo; gente que demanda más y más atención, más y más cuidado, más y más amor; sin el sosiego de un hogar, la caricia de una esposa solícita, o la remuneración afectiva que dan los hijos con su saludo, su sonrisa y su abrazo. Incomprendido por los discípulos, odiado por sus enemigos, urgido por todos. Sobrecargado con una misión intransferible y trascendental como ninguna; solo en medio de las multitudes; a menudo llamado pero pocas veces acogido de verdad. Torturado por el anhelo de la gloria divina en ese barro irresponsable que es la existencia humana; quemado por la sed, falto de alimento, escaso de provisiones, privado a menudo de un buen descanso. Todos esperan de Él sin que le sea permitido esperar mayor cosa de nadie; todos quieren apoyarse en Él sin que se le autorice confiar y apoyarse realmente en nadie; debe ser todo para todos, aun sabiendo que muchos lo tratarán como si no fuera nada, como si no valiera la pena, como si no fuera nadie. Y para desenlace de semejante vida, una avalancha de traiciones, un aguacero de insultos, una tormenta de blasfemias, el alud de un castigo inhumano y cruel, el silencio de los Cielos y el espanto de la Cruz. Es incomprensible; es absurdo; parece simplemente ridículo o demencial… si lo ves desde fuera.

196.5. Mas en Cristo existe un “adentro.” Él, que a todos enseñó que el Padre veía “en lo secreto,” lo dijo porque lo sabía, porque lo había vivido. Habló así porque en su propio secreto había sentido como nadie la dulce presencia del amor del Padre.

196.6. Los hombres del mundo tienen sólo exterioridad. Toda su felicidad se juega en las cosas que se ven, se palpan, se compran o se venden, se aplauden o se denigran. En su interior hay apenas un poquito de espacio, donde tienen que hacer caber su poquito de podredumbre: lo que quieren llevarse a la eternidad.

196.7. Cristo es exactamente lo contrario. Su exterior, como el de la Cruz, es rugoso e incomprensible. Da amor, produce bienes, ofrece bondad, pero al mirarle fijamente, desconcierta y deja espantada a la inteligencia humana. Por el contrario, su interior es palacio deslumbrante; altar incandescente de finísimo incienso; casa amplia donde todo tiene su lugar y donde todos son acogidos con un amor que no cabe en palabras de hombres ni de ángeles.

196.8. Por eso hace tanto bien el amor devoto al Corazón de Jesús, porque con esa palabra y en ese nombre hay como una puertecita que te lleva hacia ese secreto de Cristo Jesús.

196.9. Dios Padre vio y conoció ese “secreto” de Cristo, y por eso dijo con voz que resonó a modo de trueno: «en Él me complazco» (Mt 3,17; 17,5; Mc 1,11). Nuestro Señor, terminada la dura jornada se iba solo a la montaña a hacer oración, es decir: acudía a ese “secreto,” a esa intimidad de amor con el Padre. En lugar de los rostros desfigurados por la enfermedad o el pecado, allí le esperaba el rostro hermoso por excelencia; en lugar de las voces destempladas de los odios o miserias de los hombres, allá le aguardaba la palabra dulce que sólo sabe decirle “¡Hijo, Hijo mío!;” en lugar del elenco repetido de las traiciones y envidias humanas, allí venía, como a su igual, el Amor. ¿No es bello el secreto de Cristo?

196.10. Ese secreto no ha quedado en secreto. Se ha abierto para ti hoy. Recíbelo. Para ti será el Reino de los Cielos.

195.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

195.2. Como decía en su tiempo el apóstol Pablo, te digo yo ahora: No me cansa repetirte las mismas cosas (cf. Flp 3,1). Considero que es salud para tu mente enseñarte de mil modos y con mil ejemplos cómo has de descubrir la unidad en la creación, la unidad en la redención y la unidad que hay en el plan que une la creación y la redención.

195.3. La pluralidad es bella, y ha sido querida por Dios, pero no como un fin último, al modo de la dispersión, sino como un lenguaje que conduce finalmente hacia la unidad que sólo se halla en Él mismo.

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194.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

194.2. El tiempo de aquella Cuaresma inolvidable para la Iglesia de Cristo ha terminado, y tú has visto cómo lo que fue jubileo para todos, algo de continua cuaresma tuvo para ti. Tu jubileo, tu gran jubileo no ha llegado todavía, y precisamente una de las razones de mi presencia explícita en tu vida es conducirte a tu verdadero jubileo.

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Las Palabras del Angel:
192. Cuaresma

192.1. Ha empezado la Cuaresma [Corresponde, por supuesto, al tiempo en que fue dado el mensaje]. De esto no te había hablado: mi voz se acalla en este tiempo. Escucha a la Iglesia. Escucha siempre la voz de la Iglesia, pero especialmente en este tiempo. En mi silencio velaré por ti. Dios te ama y yo también.

Las Palabras del Angel:
193. Piedra sobre piedra

193.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

193.2. Cuando Nuestro Señor dijo que de aquel templo no quedaría “piedra sobre piedra” (Mt 24,2), vuestra atención suele quedarse en la imagen de lo que es destruido. Tú no deberías olvidar lo que aquel sabio dice a Dios: “Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho” (Sab 11,24). Si hay algo que no existe en Dios es el placer de la destrucción. No es que le haga falta crear o construir, pero en la bondad de la obra de sus manos, esto es, en la creación, encuentra imagen de su Hijo y por eso al ver lo que ha hecho lo ve “bueno” (Gén 1,10.12.18.21.25.31).

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191.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

191.2. Así como tantas veces te he hablado del sufrimiento y de su valor, así también es saludable recordarte que el consuelo de Dios es instrumento suyo muy precioso para revelar las ternuras de su misericordia.

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190.1. El padecimiento de la Cruz es la expresión más perfecta de lo que significa el saludable y noble conocimiento de sí mismo. Por eso dijo el Señor: «el que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí» (Mt 10,38). Es interesante que compares esta frase con otra de Jesucristo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24; Mc 8,34; Lc 9,23). Parece que de estas dos, la primera, la de la “dignidad” debe entenderse según Lc 14,27: «El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.”

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189.1. Un hombre inteligente aprovecha los recursos que nacen de todo lo que está a su alcance; un hombre sabio aprovecha también lo que está en poder de los que pueden enseñarle algo; un hombre santo aprovecha incluso todo lo que no puede. Y yo quiero que tú seas más que inteligente, sabio; y más que sabio, santo.

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188.1. Hay palabras con las que tú bendices a tus hermanos los hombres; hay palabras con las que bendices a Dios en alabanza; hay una palabra que te bendice a ti mismo, la palabra “gracias.”

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187.1. “Tú no necesitas más tiempo, sino educar tu deseo.” Este pensamiento te lo dice tu conciencia, no yo. Yo podría hablarte sobre la educación de la voluntad, es decir, sobre “aprender a desear,” pero mi propósito no es ese hoy. Además, quiero que distingas, a partir de este mismo ejemplo, la diferencia que hay entre las conclusiones que saca tu inteligencia, los imperativos de tu conciencia y las inspiraciones que Dios me concede darte.

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186.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

186.2. Escribe, hermano, que no sólo escribes para ti. Escribe con perseverancia, humildad, agradecimiento, honradez y espíritu de servicio. No todo lo que dices es importante para cada uno, pero cada uno sí podrá encontrar algo importante en todo lo que dices. Sirve a tus hermanos las viandas de la Palabra y procura con amor de hermano que se sirvan con gusto y con provecho de todo lo que Dios da para consuelo, sanación, corrección y fortaleza de sus almas.

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185.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

185.2. Una de las más extrañas sensaciones, pero también una de las más buscadas por tus contemporáneos, es la del vértigo. ¿Por qué —puedes preguntarte— esa casi necesidad de experimentar el peligro y de aproximarse y rozar la muerte? ¿No tiene ya suficientes motivos de preocupación el hombre, como para andar a la caza de lo arduo, lo riesgoso, lo aterrador o lo irreversible?

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184.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

184.2. La ecología está recordando a los hijos de los hombres que comparten un mismo espacio, y por consiguiente, que tienen un deber compartido de cuidar y aprovechar de manera racional los bienes de la naturaleza. Ningún individuo singular y ningún estado particular tienen el derecho de gastar todo el aire puro disponible. Otro tanto hay que decir del agua, de la capa de ozono y de todos aquellos bienes que todos necesitan.

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