Oración por los enfermos físicos, mentales o espirituales

Señor Jesucristo, Tú que dijiste: “Vengan a mí todos los que estén cansados y cargados, y yo los aliviaré”, muéstrate propicio con los enfermos para quienes suplicamos que muestres abundantemente tu misericordia en su vida.

Ya que eres el Pastor de nuestras almas, cumple tu voluntad en sus vidas, para que puedan gozar de tu presencia, en tu Reino de amor y paz.

Porque eres el Camino que nos conduces a la presencia de Nuestro Santo Padre, ayúdales a no perder la fe en su estado actual, si ves que sus enfermedades han de ayudarles a purificarse, antes de ser sanados.

Tú que eres la Verdad que nos haces libres, manifiéstate en la vida de estos enfermos que están cansados de sufrir y de no obtener las respuestas que necesitan, y ayuda también a quienes los aman, para que, en esta paciente y dolorosa espera, no se sientan tentados a rechazarte.

Madre Santa, consuelo de los pecadores, puerto seguro de quienes cuyos barcos zozobran en mares tenebrosos, ánimo de los abatidos, fuerza y fe de los enfermos, puerta del cielo, sol que iluminas nuestra oscuridad, e iluminas nuestro entendimiento: Intercede por tus hijos que sufren en la presencia de Nuestro Santo Padre, acógelos bajo tu manto, y bríndales tu celestial protección, mientras concluye el proceso de su santificación. Así sea.

[Recibido de A. Rojas]

Pérdida y conquista sangrienta de México

De pronto, los sucesos se precipitan en la tragedia. Desembarca en Veracruz, con grandes fuerzas, Pánfilo de Narváez, enviado por el gobernador Velázquez para apresar a Cortés, que había desbordado en su empresa las autorizaciones recibidas. Cortés abandona la ciudad de México y vence a Narváez. Entre tanto, el cruel Alvarado, en un suceso confuso, produce en Tenochtilán una gran matanza -por la que se le hizo después juicio de residencia-, y estalla una rebelión incontenible. Vuelve apresuradamente Cortés, y Moctezuma, impulsado por aquél, trata de calmar, desde la terraza del palacio, al pueblo amotinado; llueven sobre él insultos, flechas y pedradas, y tres días después muere, «al parecer, de tétanos» (Morales Padrón, Historia 348). Se ven precisados los españoles a abandonar la ciudad, en el episodio terrible de la Noche Triste.

Los españoles son acogidos en Tlaxcala, y allí se recuperan y consiguen refuerzos en hombres y armas. Muchos pueblos indios oprimidos: tlaxcaltecas, tepeaqueños, cempoaltecas, cholulenses, huejotzincos, chinantecos, xochimilcos, otomites, chalqueños (Trueba, Cortés 78-79), se unirán a los españoles para derribar el imperio azteca. Construyen entonces bergantines y los transportan cien kilómetros por terrenos montañosos, preparando así el ataque final contra la ciudad de México, es decir, contra el poder azteca, asumido ahora por Cuauhtémoc (Guatemuz), sobrino de Moctezuma.

Comienza el asalto de la ciudad lacustre el 28 de julio de 1521, y la guerra fue durísima, tanto que al final de ella, como escribe Cortés en su III Carta al emperador, «ya nosotros teníamos más que hacer en estorbar a nuestros amigos que no matasen ni hiciesen tanta crueldad que no en pelear con los indios… [Pero] en ninguna manera les podíamos resistir, porque nosotros éramos obra de novecientos españoles y ellos más de ciento y cincuenta mil hombres». La caída de México-Tenochtitlán fue el 13 de agosto de 1521, fecha en que nace la Nueva España.

Con razón, pues, afirma el mexicano José Luis Martínez que esta guerra fue de «indios contra indios, y que Cortés y sus soldados… se limitaron… sobre todo, a dirigir y organizar las acciones militares… Arturo Arnáiz y Freg solía decir: «La conquista de México la hicieron los indios y la independencia los españoles»» (332).


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

¿En qué sentido nos juzga la palabra de Cristo?

Hermano: ¿Por qué Jesús dice, “El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, ésa lo juzgará en el último día,” si la Palabra que El ha pronunciado, es El mismo? – S.M.

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En la Biblia, en general, y en el Evangelio de Juan, en particular, los términos no tienen equivalencias únicas, fijas o inamovibles. Observemos por ejemplo que en el capítulo 10 de San Juan el Señor nos dice que Él es la puerta por la que enran las ovejas, y luego dice que él es el buen pastor de las mismas ovejas. Cada imagen es como una ventana que nos permite saber, y también admirar, algo del misterio de Cristo, pero ninguna comparación logra capturar todo lo que él es.

Una de esas comparaciones, absolutamente sublime y propia de Juan, es decir que Cristo mismo es el “Logos,” la “Palabra.” Esa comparación es preciosa cuando pensamos en quién es Cristo en relación con el Padre y con nosotros: Dios, dándonos a su Hijo, nos ha “contado” quién es Él mismo: se ha revelado en plenitud. Pero esa misma comparación no funciona de modo tan perfecto cuando miramos a Cristo desde otro ángulo; por ejemplo, ¿qué diremos de los discursos de Jesús? ¿Diremos que son las palabras de la Palabra? Evidentemente el lenguaje se enfrenta con limitaciones mayores cuando intentamos extender ciertas comparaciones más allá de ciertas fronteras. Así sucede con otras imágenes. Si decimos que Cristo es Cordero, lo cual es cierto, y que Cristo es pastor, lo cual también es cierto, entonces ¿nosotros qué venimos siendo: los corderos del Cordero? Una lección útil entonces es que cada imagen toca verla como en sí misma y dentro de sus propias condiciones y contexto.

Cuando Cristo dice que su palabra nos va a juzgar, esa expresión no conviene componerla con ninguna otra ni sacarla de su contexto. Parece que debemos entenderla de este modo: la veracidad y claridad de la predicación de Cristo no deja espacio a las mentiras y disculpas con que solemos justificar nuestras acciones. Y por ello, rechazar a Cristo es un acto absurdo que no tendrá justificación ni explicación en el último día.