La muerte de un ateo “bueno”

Quería hacerte una pregunta. Cuando una persona atea muere que pasa con su alma? Si esa persona fue buena y nunca hizo daño a nadie, tenía buenas obras.. pero no creía en Dios? Yo estoy haciendo oración por su alma, ayer ofrecimos la sagrada eucaristía por él. –P.F.

* * *

El tema del “ateo bueno” es actual y de gran importancia.

Para mí lo más interesante de la pregunta sobre qué sucede con la eternidad de un ateo “bueno” es que nos obliga a preguntarnos con mayor profundidad qué es ser “bueno,” con lo cual, en el fondo, nos estamos preguntando qué tipo de vida debe uno vivir.

Lo más interesante es comprobar que para mucha gente ser bueno significa simplemente “no ser malo” y esto de “no ser malo” quiere decir: respetar las costumbres de convivencia social y tener de vez en cuando algunos actos de solidaridad, como por ejemplo, dar una donación para las víctimas de un terremoto, o ayudar a algún anciano a pasar la calle, o prestar dinero sin interés a un amigo en necesidad. Eso es lo que quiere decir “bueno” para mucha gente.

Pero esa definición es bastante cuestionable, desde dos ángulos.

En primer lugar, hagamos esta pregunta: Si es verdad que la fe en Dios, y el conocimiento de su amor inmenso desplegado en el misterio de la Cruz de su Hijo es una noticia absolutamente maravillosa, consoladora, genuinamente restauradora, auténtico fundamento de la dignidad de todo ser humano, y fuente de inagotable esperanza y amor, ¿qué tan grave es que esa noticia no se transmita, o peor aún, como suele suceder con los ateos, qué tan serio es que activamente se impida ese conocimiento salvador?

Pensemos, por ejemplo, en un papá ateo. El hijo le dice: “Papá, mis compañeros del colegio van a hacer la primera comunión y yo no. ¿Por qué yo no puedo hacer la primera comunión?La respuesta muy probable de ese papá será una blasfemia, que por suave que sea, será de esta clase: “Yo no creo en esos ritos, hijo, y no veo necesidad de gastar esa plata. Si lo que quieres es una fiesta y unos regalos, yo te los consigo pero me parece muy poco sentido crítico de toda esa gente meterse en una iglesia a decir que un pedazo de pan es su dios…

Por el lugar tan importante que un papá tiene en la vida de su hijo, esas palabras del papá calarán muy profundamente en el niño, que sentirá crecer en él los prejuicios en contra del don preciosísimo de la Eucaristía. El papá ha sembrado cizaña de veneno puro en ese corazón, que ahora, en vez de acercarse con amor a quien más le ha amado, es decir, Jesucristo, tomará distancia, ironía o burla de ese sacramento. Esta no es una suposición vacia: pregunte usted a los hijos o discípulos de ateos y vera que esa cizaña ha sido pavorosamente eficaz. Al mismo tiempo, ese ateo muy fácilmente dirá cosas como estas: “En vez de estar dando dinero a la Iglesia, para que esos curas viciosos se salgan con la suya, yo prefiero ayudar a una ONG que haga cosas reales, como extender las redes de agua potable en África…

Asi nos damos cuenta que el ateo “bueno” en realidad ha esparcido su incredulidad, sus prejuicios, sus barreras que mantienen lejos al Evangelio por todas partes–empezando, claro está, por su propia familia. Es difícil pensar que todo ese veneno, regado voluntaria y persistentemente en tantos corazones, sea algo bueno.

Resumamos este primer punto: un ateo es de modo ordinario una persona que, aunque no use violencia verbal o física, esparce incredulidad y que trata, según sus posibilidades, de que la gente se aleje de la fe, de la Iglesia y de la Palabra de Dios. Es así causa indirecta pero a menudo muy eficaz de un daño espantoso en mentes y corazones que quedan privados de los bienes que no solamente son los más altos sino también los únicos eternos.

Segundo punto: si analizamos mejor, nos damos cuenta de que la razón por la que se suele considerar como “buenas” a muchas personas ateas, es porque nuestros ojos toman una mirada completamente centrada en lo material, lo pasajero, lo visible y tangible. Por supuesto que es bueno pagar los impuestos, ayudar a los ancianos a cruzar la calle o aumentar las redes de agua potable, pero, a menos que estemos nosotros mismos ya enceguecidos por falta de fe, tales bienes son ínfimos comparados con los bienes propios de la redención.

Al dejar circular el lenguaje del “buen ateo” lo que estamos diciendo en el fondo es que lo único que importan son las cosas de este mundo; y que entonces solo debería la Iglesia concentrarse en aliviar los problemas de la economía, la salud y el bienestar emocional. Ante lo cual es indispensable preguntarse: ¿Y la muerte de Cristo para qué fue? ¿Y el valor de su sangre dónde queda? ¿Y las promesas de la redención cuánto importan? ¿Y por qué razón soportaron torturas, humillaciones y la muerte millones de mártires cristianos? Ciertamente no fue por agua potable–sin que deje de tener su importancia que se pueda beber agua limpia. Pero ¿cómo es que no va a importar si a las almas llega el agua viva que Cristo prometió y trajo con abundancia a precio de su sacrificio?

Tres puntos de meditación sobre la muerte

¡Qué contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de la vida! -Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese encuentro.

El pensamiento de la muerte te ayudará a cultivar la virtud de la caridad, porque quizá ese instante concreto de convivencia es el último en que coincides con éste o con aquél…: ellos o tú, o yo, podemos faltar en cualquier momento.

Decía un alma ambiciosa de Dios: ¡por fortuna, los hombres no somos eternos!

Más pensamientos de San Josemaría.

Pensamientos de eternidad

Esta ha sido la gran revolución cristiana: convertir el dolor en sufrimiento fecundo; hacer, de un mal, un bien. Hemos despojado al diablo de esa arma…; y, con ella, conquistamos la eternidad.

Tremendo se revelará el juicio para los que, sabiendo perfectamente el camino, y habiéndolo enseñado y exigido a los otros, no lo hayan recorrido ellos mismos. -Dios los juzgará y los condenará con sus propias palabras.

El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El.

Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?

Más pensamientos de San Josemaría.