abril 2008

113. Cosas Grandes con Palabras Sencillas

113.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Flor y Luz113.2. Las palabras más breves son también las más densas, o sea, las que remiten a los problemas más profundos que tu razón puede escrutar. Piensa en la dificultad que entraña responder a la pregunta “¿qué?.” Una respuesta general a esta pregunta sería algo así como la doble puerta entre tu mente, tu palabra y el ser.

113.3. Te comento esto porque en la búsqueda de una vida sabia es preciso que la mente esté despierta para que pueda encontrar la verdad divina allí donde se presente. Sé tú el centinela de la Verdad; sé tú ese enamorado suyo que aguarda su amanecer con perseverancia y dulce esperanza.

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Yo quisiera conocer algún agnóstico

Es palabra de moda. Es la frase de todos. Si te atreves a hablar de religión en público, algunos menean la cabeza; otros lo dicen abiertamente: “Soy agnóstico.” La verdad es que yo quisiera conocer a algún agnóstico. No que lo dijera sino que lo fuera. En 43 años de vida–en todos inmerso en la sociedad Occidental–y cinco de ellos en Europa, no he encontrado un agnóstico que de veras lo sea. Me pregunto cómo serán los agnósticos o qué sentirá mi alma cuando encuentre uno.

Ya sé lo que me van a decir: “Sal a la calle, detente en el mercado, entra al aula del cole o de la universidad… ¡no hay sino agnósticos por todas partes!” “No tan rápido,” replico yo.

Pido una cosa. Antes de que me sigan presentando agnósticos por docenas o por miles, pido que imaginemos qué puede ser un agnóstico. No porque alguien lleve el rótulo de católico lo es, ¿no es verdad? Pues apliquemos el mismo principio a todo lo que tenga que ver con credos y creencias o incrédulos. Imaginemos esa especie extraña, singular, de ser humano: alguien de quien hemos de creer que genuinamente no sabe no halla la respuesta a preguntas como si existe un Dios personal. Supongamos que se trata de una joven periodista. Es hermosa, tiene talento, salud, buenos amigos, un salario más que decente, se ha mudado a un piso en un sector de moda. Y aunque se diga agnóstica, “bauticémosla” por ejemplo Juliana.

¿Cómo debería obrar esa persona? ¿Cómo sería lógico que lo hiciera? Una comparación ayuda. Supongamos que a Juliana le gusta comprar tanto en la Supertienda A como en la Supertienda B y que no termina de aclararse si una es mejor que otra. ¿Sería lógico que, como no tiene claridad, fuera solamente a una de las dos? Si su amiga Estela la ve ir a comprar sólo a la Supertienda B, ¿diría que Juliana está “insegura” sobre cuál tienda escoger? ¿Diría que Juliana es “agnóstica” en cuanto a sus tiendas de compra? ¿Se entiende lo que queremos decir?

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Ejercicios sobre el perdón, 26

El Perdón Alivia Transtornos Físicos


Creative Commons License photo credit: MarkHaertl

La vida no es fácil para nadie, si bien algunos tenemos pruebas menos fuertes que otros. Ante acontecimientos difíciles, muchos de nosotros nos aferramos al dolor, a la rabia, la ira, al resentimiento; sin darnos cuenta que esos sentimientos son como cáncer que corroe nuestra alma y nuestra vitalidad. ¿Quién no ha sentido la punzada de la traición, un trato injusto o algo más gravoso? Muchos nos aferramos a la rabia y al dolor que nos causa, pero otros deciden no hacerlo. Las investigaciones más recientes muestran que aprender a perdonar puede reportarnos enormes beneficios. Es una eficaz manera de aplacar la ira, reducir el estrés y, quizá lo más importante, mejorar nuestra salud física, psicológica y espiritual.

Cada vez hay más pruebas de que perdonar a quien nos ha lastimado u ofendido produce efectos curativos muy profundos, no solo en el campo emocional, sino en nuestro mismo cuerpo. Así que la próxima vez que sientas el deseo de cargar con el pesado fardo del rencor y la amargura, el odio o la indiferencia, regálese el don del perdón.

También es importante perdonarnos a nosotros mismos nuestras deficiencias, errores y fallas. Sólo así podemos dejar atrás esos fantasmas que nos impiden vivir plenamente. La fuerza del perdón hace olvidar las ofensas, alivia el resentimiento y nos preserva de muchas enfermedades emocionales y cardiovasculares.

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El escabroso Padre LLano

Alfonso Llano Escobar es un jesuita colombiano, algo más que octogenario, especialista en bioética, escritor asiduo del periódico EL TIEMPO de circulación nacional. Teniendo tan alta tribuna, el ilustre sacerdote ha decidido exponer sus opiniones no tanto sobre bioética, de la que poco escribe, sino sobre teología, pastoral o más o menos lo que quiera. Uno de sus últimos escritos lleva un título rotundo, que tiene carácter de testamento: Confesión de Fe en Jesucristo. En su columna, el controvertido jesuita reafirma su postura en temas de los que ya se le ha oído hablar en numerosas ocasiones, incluso en el mismo periódico. También esto apunta a la idea de un sumario de su “credo,” el credo con el que, al parecer, se dispone a vivir su último trecho sobre esta tierra. De hecho, esa columna en particular quiere promover un libro, no de bioética sino de fe católica en general, o sea, de lo que Llano estima que es una fe “crítica.” Su libro de hecho se llama Confesión de fe crítica.

La distinción clave para él es entre la fe de carbonero y la fe crítica, que marcan las dos partes de su obra. Según él, la primera “no presenta ningún problema,” mientras que la segunda aborda temas “candentes.” Tan candentes como la resurrección de Cristo y la virginidad física perpetua de María, la Madre del Señor. Para entrar en aguas que tiene razón para presentir turbulentas, el autor aclara casi de entrada:

La obra fue revisada por dos teólogos, profesores de la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana, quienes, después de detenido análisis del texto y charlas con el autor, garantizan que no contiene errores en la fe y que todo lo que allí se dice es defendible hoy día en la Iglesia Católica y puede ayudar a todo católico, abierto al cambio, a crecer en el conocimiento y amor de Jesucristo, y a continuar firme y estable en la Iglesia Católica. El superior religioso le dio su aprobación.

Con mucho, esa es la parte que me resulta más dolorosa. Pero no entremos en mis dolores. No tan pronto.

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112. Estás descubriendo el amor

112.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

112.2. ¡Estás descubriendo el amor! Estás entendiendo que amar no es una parte de la vida, sino la vida. Eso me gusta, porque te siento más cercano. Vas comprendiendo que el amor no es el regalo que tú das, sino tú mismo convertido en regalo. ¡Eso está bien!

112.3. Ahora mira hacia Jesucristo. Contempla cómo el amor es su respiración, el tono de sus músculos, el principio fundamental de su pensamiento, la fuerza de sus decisiones, la claridad de sus palabras, la raíz de sus sanaciones, la autoridad de sus exorcismos, el perfume de su cuerpo, el estilo de su vida, la base de su oración, la causa de sus acciones, el gozo de su descanso, el motivo de su Cruz y la gloria de su Resurrección.

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Ejercicios sobre el perdón: Práctica No. 6

Pidiendo ayudaCuando estamos haciendo un trabajo sobre el perdón, puede suceder que descubramos en nuestro interior una herida antigua que aún sigue viva, aunque de manera inconsciente. Esta herida es capaz de bloquear nuestro proceso de perdón. Por eso es necesario hacerla consciente y someterla a un proceso de curación. Un sacerdote psicoterapeuta nos propone hacer la siguiente

MEDITACIÓN: Adopta una postura cómoda, relájate. Durante varios minutos aparta de ti toda posible distracción, para ello respira profundamente y céntrate en tu proceso de respiración. Inspira despacio. Expira despacio y céntrate en el aire que entra y que sale.

Tómate tiempo para entrar en ti mismo, como has hecho en otros ejercicios de meditación. Vuelve a la situación creada por la ofensa y revive lo que sucedió. Date tiempo para identificar la herida y nombrarla con precisión.

Permanece en contracto con la emoción o el conjunto de emociones que emerge de ti. Después a partir de la emoción identificada o del complejo de emociones, vuelve a tu pasado como si pasaras una a una las páginas de un álbum de recuerdos. Guiado por la misma emoción, deja emerger las imágenes, los recuerdos o las palabras vinculadas a las diversas épocas de tu vida pasada.

Cuando te hayas remontado hasta el recuerdo más lejano, concédete tiempo para volver a ver y a vivir la escena. ¿Qué edad tienes? ¿quién está contigo? ¿qué pasa? ¿cómo reaccionas? ¿qué decisión tomas después de este acontecimiento doloroso?

Recuerda el niño que eras. ¿Cómo estás vestido? ¿dónde está? ¿cómo lo describirías? Observa lo que vive como si estuviese ahí, presente ante ti. Explícale todo lo que pasó. Bendice al Señor por él y dale gracias. Jesús está también presente dándote su amor. Encauza el amor de Jesús hacia la herida que tanto daño te hace. Dile a Jesús: unge, Señor esa herida con el óleo de tu Espíritu, con tu sangre amorosa. Y deja que Jesús realice esta unción que es sanción.

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