Vaticano también se ocupará de la inteligencia artificial

“La Pontificia Academia para la Vida (PAV) creó una propia Fundación que se ocupará de la inteligencia artificial. Aceptando la solicitud del presidente de la Pontificia Academia para la Vida, Mons. Vincenzo Paglia, el Papa Francisco autorizó un rescripto “ex audientia” el pasado 16 de abril con esta finalidad. De ese modo, con la firma del Cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin se estableció la Fundación “renAIssance”, la cual cuenta con personalidad jurídica canónica pública, con sede en el Estado de la Ciudad del Vaticano, en la misma Academia para la Vida…”

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Relación entre inteligencia y prudencia

Aquí no tomamos inteligencia como facultad intelectiva, sino en cuanto implica cierta estimación recta de algún principio último conocido por sí mismo; así, hablamos de la inteligencia de los primeros principios. Ahora bien, toda deducción racional procede de principios considerados como primeros. Por lo mismo, todo proceso racional debe partir de esos principios. Dado, pues, que la prudencia es la recta razón en el obrar, todo el proceso de la misma debe derivarse necesariamente de un conocimiento claro de los principios. Por esa razón se pone la inteligencia como parte de la prudencia. (S. Th., II-II, q.49, a.2, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

La fe y la inteligencia

” «La fe trata de comprender» (San Anselmo de Canterbury, Proslogion, proemium: PL 153, 225A) es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor…”

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Hay que regular la inteligencia artificial

“Después de hacer un repaso a lo que Google está consiguiendo en el campo de la inteligencia artificial, que no es poco por lo mostrado en las últimas semanas, con detección de cáncer y predicciones metereológicas muy precisas, Pichai explica que históricamente hay muchos ejemplos de cómo las virtudes de la tecnología no están garantizadas…”

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¿Pueden las máquinas ser creativas?

“Una de las conductas consideradas exclusivamente humanas es nuestra creatividad. Si bien muchas especies de animales crean visualizaciones o construcciones visualmente impresionantes, (piense en la delicada telaraña de una araña o en las estructuras coloridas e intrincadas construidas por las Aves del Paraíso), generalmente se crean con un propósito práctico en mente, como atrapar presas o seducir a una pareja. Sin embargo, los humanos hacen arte por sí mismos, como una forma de expresión personal. Y a medida que los ingenieros informáticos intentan imbuir la inteligencia artificial (IA) con capacidades y comportamientos similares a los humanos, surge una pregunta: ¿puede la IA crear arte?”

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Las máquinas deben estar regidas por el principio de salvar a los seres humanos

Programar inteligencia artificial es un verdadero reto. Pero necesario. En muchos dilemas no nos ponemos de acuerdo, unos piensan de una manera y otros de otra, y se queda la decisión sin tomar. Pero aquí no se puede no legislar. Imagine el típico ejemplo de un coche autónomo. Quizá en algún momento tenga que decidir entre arrollar a un niño o a un abuelo. Hay que programar algo para ese instante, porque el día que se produzca un accidente la gente empezará a quejarse.

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La inteligencia artificial no tiene nada de humana

“Manuel Alfonseca (Madrid, 1946) ha simultaneado 20 años de trabajo en IBM o la dirección de la Escuela Politécnica Superior de la Universidad Autónoma de Madrid con la publicación de más de 50 novelas. El ahora profesor honorario de la UAM es uno de los mayores especialistas en España sobre inteligencia y vida artificial, un campo en plena ebullición con colosales implicaciones éticas y religiosas…”

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¿Es verdad aquello de que estamos usando sólo una pequeña parte de nuestro cerebro?

“La ley de atracción es una creencia falaz donde se sostiene que los pensamientos, sean conscientes o inconscientes, influyen sobre la vida de las personas afirmando que son “unidades energéticas” que devolverán a la persona que los emite, una “onda” similar. Se profesa un antiguo pensamiento esotérico, de correspondencia en el universo y que los acontecimientos que nos suceden son atraídos por nuestros pensamientos. Para hacerla funcionar se necesita: “Saber lo que uno quiere”, “Pedírselo al Universo” (como si fuera una divinidad), actuar, sentir y pensar como si lo deseado ya se hubiese adquirido y estar abierto a recibirlo…”

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Sobre la relación entre la ceguera de la mente y los pecados carnales

La perfección de la operación intelectual en el hombre consiste en la capacidad de abstracción de las imágenes sensibles. Por eso, cuanto más libre estuviere de esas imágenes el entendimiento humano, tanto mejor podría considerar lo inteligible y ordenar lo sensible. Como afirmó Anaxágoras, es preciso que el entendimiento esté separado y no mezclado para imperar en todo, y es asimismo conveniente que el agente domine la materia para poderla mover. Resulta, sin embargo, evidente que la satisfacción refuerza el interés hacia aquello que es gratificante, y por esa razón afirma el Filósofo en X Ethic. que cada uno hace muy bien aquello que le proporciona complacencia; lo enojoso, en cambio, o lo abandona o lo hace con deficiencia. Ahora bien, los vicios carnales, es decir, la gula y la lujuria, consisten en los placeres del tacto, o sea, el de la comida y el del deleite carnal, los más vehementes de los placeres corporales. De ahí que por estos vicios se decida el hombre con resolución en favor de lo corporal, y, en consecuencia, quede debilitada su operación en el plano intelectual. Este fenómeno se da más en la lujuria que en la gula, por ser más fuerte el placer venéreo que el del alimento. De ahí que de la lujuria se origine la ceguera de la mente, que excluye casi de manera total el conocimiento de los bienes espirituales; de la gula, en cambio, procede el embotamiento de los sentidos, que hace al hombre torpe para captar las cosas. A la inversa, las virtudes opuestas, es decir, la abstinencia y la castidad, disponen extraordinariamente al hombre para que la labor intelectual sea perfecta. Por eso se dice en la Escritura: A estos jóvenes —es decir, a los abstinentes y continentes— les dio Dios sabiduría y entendimiento en todas las letras y ciencias (Dan 1,17). (S. Th., II-II, q.15, a.3, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

¿Es pecado la ceguera de la mente?

Como la ceguera corporal es la privación de lo que es principio de visión corporal, así también la ceguera de la mente es privación de lo que es principio de la visión mental o intelectual. Y este principio es, en realidad, triple. El primero: la luz de la razón natural. Esta luz, por pertenecer a la naturaleza específica del alma racional, jamás se apaga en ella. A veces, sin embargo, se encuentra impedida para realizar su propio acto por la rémora que le ofrecen las fuerzas inferiores de las cuales necesita el entendimiento humano para entender, como puede comprobarse en los amentes y furiosos, tema del que ya hemos tratado (1 q.84 a.7 y 8). Otro principio de la visión intelectual es cierta luz habitual sobreañadida a la luz natural de la razón, luz de la que también se priva a veces el alma. Esta privación es la ceguera, que es pena, en el sentido de que la privación de la luz de la gracia se considera como una pena. Por eso se dice de algunos: Les ciega su maldad (Sab 2,21). Finalmente, hay otro principio de visión intelectual, y es todo principio inteligible por el que entiende el hombre otras cosas. A este principio inteligible puede o no prestar atención la mente humana, y el que no le preste atención puede acontecer de dos maneras. Unas veces, porque la voluntad se aparta espontáneamente de su consideración, conforme a lo que leemos en la Escritura: Ha renunciado a ser cuerdo y a obrar bien (Sal 35,4). Otras veces, por ocuparse la mente en cosas que ama más y alejan la atención de ese principio, según las palabras del salmo: Cayó sobre ellos el fuego —de la concupiscencia— y no vieron el sol (Sal 57,9). En ambos casos la ceguera de la mente es pecado. (S. Th., II-II, q.15, a.1, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

¿El don de ciencia es sólo conocimiento o sirve también para la práctica?

Según hemos expuesto (a.1; q.8 a.8), el don de ciencia, lo mismo que el de entendimiento, se ordena a la certeza de la fe. Pero la fe consiste primera y principalmente en la especulación, en cuanto que se dirige a la Verdad primera. Mas, dado que la Verdad primera es también el último fin por el que obramos, por eso mismo la fe se extiende también a la acción, a tenor de las palabras del Apóstol: La fe actúa por la caridad (Gál 5,6). En vista de eso es también necesario que el don de ciencia se refiera primera y principalmente a la especulación, en el sentido de que conozca el hombre lo que debe creer. De forma secundaria se extiende asimismo a la acción, en el sentido de que en el obrar somos dirigidos por las cosas que debemos creer y sus consecuencias. (S. Th., II-II, q.9, a.3, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]