LA GRACIA del Sábado 12 de Agosto de 2017

Dios al pedirnos que le amemos por encima de todo nos pone en la mejor ruta, la cual nos lleva a alcanzar nuestra verdadera plenitud que solamente está en Él.

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¿De quién se compadecía Dios antes de la creación?

Sabemos que el atributo mayor de Dios es Su misericordia, como un dolor amoroso por la miseria del otro que nos salva o auxilia- Dios existe desde siempre. Es ese Amor que no cambia en su escencia cuando Él tiene misericordia de nosotros? O ya desde la eternidad tiene como atributo mayor la misericordia? En el último caso…De quien la tiene si solo habitaba la Trinidad ? Y otra pregunta. Dios no necesita nada y si ama algo lo ama por semejanza a Su Hijo. ¿Por qué crea Dios todo, cual es el motivo de la Creación? –L.P.

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Nuestra condición de seres limitados de muchos modos nos condiciona a preguntar por qué o para qué suceden las cosas desde la óptica de la respuesta a una necesidad. Como seres incompletos que somos, vemos en cada decisión un modo de llenar un vacío, resolver un problema, superar un obstáculo o vencer a un adversario.

La idea de un ser que es completo en sí mismo es entonces extraordinariamente difícil para la mente humana, y con ello se nos escapa el motivo de la creación porque cualquier respuesta de tipo antropológico es simple proyección de lo que nosotros somos y sobre todo de lo que nosotros no somos y no podemos.

Lo único que puede quizás acercarnos a este aspecto del ser divino es el amor. El amor es difusivo de por sí, como que no busca una explicación de su amar fuera de sí mismo, según enseña entre otros San Bernardo de Claraval. Esto se nota en que los amores de alta calidad no se detienen ante la ingratitud o la indiferencia.

En esta dirección podemos decir que Dios, sin necesidad o condicionamiento alguno, en infinita libertad, y sin crecer en su ya infinito ser y felicidad, al crear expandió su inmenso amor a aquellos a quienes le pareció bien crear. En tal sentido, el “motivo” de la creación es: amor, solo amor y purísimo amor.

En cuanto a las expresiones sobre el “máximo” atributo de Dios, hay que decir que tienen siempre algo de referencia a nuestra percepción. Por ejemplo, el don de profecía nos lleva a descubrir el abismo asombros de la sabiduría divina, como enuncia San Pablo en Romanos 11,33. El arrepentimiento nos invita a maravillarnos de la misericordia divina hasta el punto de ver a través de esa prisma el infinito de Dios. La contemplación de la naturaleza puede llevarnos de modo parecido a la rendida admiración por el poder del Señor.

Por ello es más razonable, desde un punto de vista que trata de ser objetivo, lo que dice Santo Tomás: que todo atributo de Dios nos habla de su infinitud, y que Dios no es menos infinito amando que es infinito en su conocer o en su obrar o en su compadecer. Por eso este gran santo y teólogo distingue entre aquello que queremos decir de Dios en cuanto a él mismo (“quoad se”) o en cuanto a nosotros (“quoad nos”). Quoad se, todos estos atributos son infinitos a su máximo potencia, más allá de lo pensable por alguna inteligencia creada. Quoad nos, cabe argumentar que lo que más importa, lo que mejor descubrimos, lo que más necesitamos es su misericordia.

Por supuesto, cuando hablamos de Dios “antes de la creación” estamos refiriéndonos a Dios quoad se, y en ese caso todo el amor divino es un manantial infinito, inagotable, insondable.

¿Qué era la misericordia antes de la creación? Era potencia de amor, indistinguible de las otras potencialidades que para nosotros tienen nombre porque las hemos descubierto a través de la creación. Por ejemplo: vemos las sabias leyes que Dios ha puesto en marcha en el maravilloso universo que conocemos. Uno puede preguntar: antes de la creación, ¿qué diseñaba Dios? Y habría que responder: antes de la creación, toda su capacidad de diseño era potencia infinita de inteligencia y sabiduría.

Dios no necesitaba de la creación para aprender a diseñar o ser mejor diseñador de leyes de inmensa sabiduría. Lo mismo dígase de su amor: Dios no necesitaba de la creación, ni del hombre pecador, para llegar a ser amor que, cuando apareció nuestro pecado, se mostró como misericordia.