¿Se pueden o deben amar con amor de caridd las creaturas irracionales, como las mascotas?

La caridad, según hemos expuesto (q.23 a.1), es una amistad, y en ésta se incluyen dos cosas: el amigo con el que se tiene la amistad, y los bienes que se le desean. Del primer modo, ninguna criatura irracional puede ser amada por caridad, por tres razones. Las dos primera atañen a la amistad en general, que es imposible tener con las criaturas irracionales. En primer lugar, porque se tiene amistad con aquel al que queremos el bien, y propiamente no puedo querer el bien a la criatura irracional. Efectivamente, la criatura irracional no es apta para poseer como propio el bien, sino que este privilegio está reservado a la criatura racional, la única que, por libre albedrío, puede disponer del bien que posee. Por eso afirma el Filósofo en II Physic. que, hablando de las criaturas irracionales, no afirmamos que les suceda algo bueno o malo sino por analogía. En segundo lugar, porque toda amistad se basa en alguna comunicación de vida, ya que nada hay tan propio de la amistad como convivir, según afirma el Filósofo en VIII Ethic.; y las criaturas irracionales no pueden tener comunicación en la vida, que es por esencia racional. No es, pues, posible tener amistad con ellos sino metafóricamente. La tercera razón es propia de la caridad, porque ésta se funda en la comunicación de la bienaventuranza eterna, de la cual no es capaz la criatura irracional. En consecuencia, con la criatura irracional no se puede entablar amistad de caridad. Se puede, sin embargo, amar por caridad a las criaturas irracionales, como bienes que queremos para otros, en el sentido de que por caridad queremos su conservación para honor de Dios y utilidad de los hombres. De esta manera, las ama también Dios en caridad. (S. Th., II-II, q.25, a.3, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

¿Hay un cielo para las mascotas?

Padre Nelson, Lo que a mi me inquieta en este momento es saber que pasa cuando un animal muere, en este caso mi perrito que se fué el 20 de Enero después de 13 años de compañía incondicional y me tiene sumergida en una profunda tristeza . A raíz de esto me he estado preguntando ¿tienen alma los animales?, ¿a dónde van después de morir?. El fue un perro tan bueno que pienso que debe existir un “cielo” para mascotas… – GS.

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Bueno de alguna manera la respuesta está implícita en la enseñanza tradicional y muy firme de la Iglesia sobre la dignidad única del ser humano, redimido por Cristo y santificado por el Espíritu. Los animales viven solamente en el recuerdo de las personas que los conocieron y los quisieron. En efecto, la felicidad o desgracia de los animales se limita a lo que puede percibir su cuerpo, que, al deshacerse, se lleva consigo la posibilidad de cualquier premio o castigo adicional. En ese sentido, no es el caso que una mascota después de morir “extrañe” a alguien porque no hay sujeto que pueda tener ni ese ni ningún otro sentimiento.

Nuestro sentimiento de gratitud y de cariño hacia los animales, o las plantas, debe levantarse en alabanza hacia el Creador de todos. La bondad, la ternura, la compañía, la alegría que podemos experimentar ante la naturaleza en sus diversas expresiones, ha de ser un motivo para glorificar al Señor, y para recordar siempre cuánto excede el Creador a sus preciosas creaturas.

Orar por una mascota

Fray, me hicieron una pregunta: ¿Está bien que una señora que vive sola con un perrito y este se enferma, puede cancelar el estipendio de una Eucaristía por la salud del perrito? Dios te guarde y te traiga con salud. – M.C. (Ibagué).

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No debe celebrarse esa misa con esa intención, aunque tal vez haya algún lugar donde reciban el estipendio.

Una mascota supone un modo de amar que puede ser educativo pero que es incompleto. La mascota no configura un “tú” real sino que es más bien una prolongación del propio “yo.” A pesar de sus rasgos de “personalidad,” y de otros factores que nos hacen ver a las mascotas como semejantes a nosotros, es ante todo nuestra propia observación, y el lenguaje con que conectamos su comportamiento, lo que hace que los veamos tan humanos.

La realidad es que estos animales (y lo mismo vale para las plantas) son sólo espejos de aumento que nos permiten ver con detenimiento aspectos de nuestro propio ser. Por ejemplo: la delicadeza y destreza con que un ave hace su nido nos ayuda a reconocer el rasgo humano que lleva a cuidar de los niños, o por extensión, de otros seres desvalidos. La alegría con que el perro bate su cola al recibirnos en casa nos hace reflexionar sobre lo que significa acoger y ser acogido. Mas esos comportamientos animales (o incluso vegetales) no provienen propiamente de deliberación ni por eso son fruto de voluntad, sino de instinto: están “programados” en las condiciones genéticas y de maduración del animal. Al descubrirlos estamos descubriendo la naturaleza animal en la riqueza que le dio el Creador; no estamos descubriendo un genuino “tú.”

Por eso el amor a las mascotas (que tiene su valor y significado, por ejemplo, como recurso pedagógico) es, desde el punto de vista ético, una variación del amor a uno mismo. Ahora bien, el amor a sí mismo, dentro de ciertos límites, es razonable y hace bien. Si una persona tiene una vivienda en pésima condición, y ora pidiendo al Señor que le conceda un lugar más digno para habitar, creo que nadie criticará esa plegaria. Pero a la vez uno se da cuenta que una oración que no sale del ámbito de lo inmediato de mi necesidad de compañía o afecto tiene una cierta contradicción con el espíritu propio de ser comunidad, y de celebrar la liturgia. Imaginemos una eucaristía dominical, y el sacerdote anunciando la intención de la misa de 12: “En esta eucaristía vamos a orar para que nuestro estimado Jaime pueda mejorar su automóvil…” Aunque uno ve que es entendible que Jaime rece por ese auto de sus sueños, hay algo contradictorio o insuficiente en ese tipo de petición. Es lo mismo que sucede en el caso de las mascotas.

¿Cómo debería orar entonces la persona que, de manera muy explicable, sufre al ver la mala condición de salud o de vejez de su mascota? Desde la humildad, y con un corazón abierto a un bien mayor, podría decir palabras como estas: “Señor, tú me conoces. Tú conoces mi necesidad y circunstancias, y sabes cuánto bien, compañía y alegría ha traído este [animal]. reconozco que tu providencia me ha guiado en todo y que es un don tuyo experimentar que eres bueno en tus creaturas. Si es tu voluntad, yo recibo con agradecimiento que este [animal] mejore en su salud, como una expresión de tu consuelo. Haz también, te suplico, que mi corazón esté atento a todos los signos de tu misericordia y haz misericordioso mi corazón con mi prójimo y con toda creatura tuya. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.”

Hay diferencias entre el hombre y el animal?

No lo parece. Nace como el animal y, como el animal, muere. Necesita alimentarse como el animal y, como el animal , se reproduce.

Sin embargo, los sabios han subrayado, desde la más alta antigüedad, los rasgos distintivos que separan al hombre del resto de los animales. La capacidad de su cráneo, su postura erguida, la articulación del índice con el resto de la mano, son características al servicio de cierto poder que le permite confeccionar útiles: de burda factura al principio, que se afinan y pulen con el tiempo. Más aún, inventa utensilios para fabricar otras herramientas que le faciliten su trabajo.

El fuego, terror de la naturaleza, sólo ha sido dominado por el hombre y puesto a su servicio. Pero no le ha sido suficiente la utilidad, también ha buscado la belleza. Es admirable la sobriedad y el vigor de las pinturas rupestres de Altamira o las curiosas alineaciones de men-hires de Bretaña.

Sólo él entierra a sus muertos, afirmando así de algún modo, en el culto a los que le precedieron, que no todo acaba con la muerte y que existe otra vida.

«Una interesante experiencia permite poner al día la diferencia entre el instinto del animal y la inteligencia. Cuando la abeja elabora el tapón de cera del alveolo, sabe con precisión resolver los problemas que van surgiendo en su labor; pero si perforamos el fondo del alveolo, la abeja continua incansable depositando miel en él. Una hora antes, en pleno proceso de construcción, su instinto le hubiera permitido resolver el problema pero ahora no.

«Toda la diferencia entre instinto e inteligencia esá ahí. El hombre sabe lo que hace y por qué lo hace» ( J. Loew).

«¿Qué es el hombre, para darle poder?…Le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies» (Sal 8,5.7).

Yves Moreau es el autor de Razones para Creer. Texto disponible por concesión de Gratis Date.