Mensaje de Pascua 2018

Un día descubrirás que mejor que pedir milagros es ser tú mismo el milagro.

Es posible que el mundo necesite muchos milagros porque son muy grandes las necesidades; pero más necesita personas que sean milagros vivientes porque son muchos los necesitados.

Hoy es un milagro que alguien, aunque esté cansado, tenga tiempo, una sonrisa y un corazón abierto para acoger y escuchar al que está devastado y roto.

Hoy es un milagro que tus palabras no se concentren en los defectos de los demás sino es sus cualidades, sus talentos, su inmenso potencial.

Hoy es un milagro que alguien escoja aquella penitencia que nadie verá en esta tierra y que sólo existe para los ojos eternos del Padre del Cielo.

Hoy es un milagro que tu día se rompa para un tiempo que todos llamarían “perdido” pero que tú llamas “adoración” y que sabes que es lo que te da fuerzas para todo lo demás.

Hoy es un milagro que puedas guardar silencio mientras alguien te dice cosas duras o injustas: simplemente has escogido oír más el corazón y menos la voz de esa persona.

Hoy es un milagro que hagas una plegaria ferviente por un perfecto desconocido: alguien que jamás sabrá quién eres tú, ni por qué gastas tu tiempo buscando el bien de los demás.

Hoy es un milagro que pronuncies el nombre de JESÚS, tu Maestro, en el momento exacto en que unos oídos lo necesitaban, y un corazón estaba a punto de abrirse.

Tú puedes ser el milagro.

Pero no lo podrás ser por tus solas fuerzas. Si tus solas fuerzas lograran todo, entonces no se llamaría “milagro.”

El arte es llamar con amor y humildad a las puertas del Maestro, y pedirle con sencillez: “Hoy quiero ser tu milagro.”

Nadie lo sabrá. Quizás nadie lo entenderá. Pero la alianza secreta entre el Maestro y tú no podrá romperla tampoco nadie.

Y una estela de gracia seguirá tus pasos y dará luz a tus palabras.

Créelo.

¿Qué prosperidad quieres para el 2018?

En mi país, y en muchos otros lugares, es muy frecuente desear “un próspero año nuevo,” cuando llegan estas fechas. Lo que pocas veces se aclara es qué tipo de prosperidad uno está deseándoles a los demás, porque es que tampoco se aclara qué clase de prosperidad desea cada cual.

De hecho, la pregunta es suficientemente extraña. Haz la prueba de enunciarla: “¿Qué prosperidad quieres para el 2018?” Notarás que la gente se queda con la mirada en blanco, y que luego añaden algunas frases como: “No sé… que todo vaya bien…” Algunos van más lejos y le dan un toque de poesía: ” Que logres tus metas… que se te cumplan tus mejores deseos…” O cosas parecidas. En cuanto a este deseo genérico, y esa clase de respuestas genéricas también, no suele haber diferencia entre cristianos practicantes o no, o incluso con los no-cristianos. Es un formalismo social que, como tantos otros, no da mucho de sí.

Pero la pregunta es bien interesante. De verdad: ¿Qué prosperidad quieres para el 2018? De aquí a un año, y con toda honestidad, ¿en qué quisieras haber “prosperado”?

Tal vez puede ser duro enfrentar algunas de esas respuestas. Tal vez nuestras prioridades dan muy alto puntaje a realidades puramente materiales, corporales y económicas mientras dejan a otras realidades–espirituales, intelectuales, culturales, y de relación social–en la penumbra de “no importa mucho si se avanza o no.”

Dicho de otro modo: aplicamos nuestro talento y fuerza a lo que nos importa mientras abandonamos a la inercia lo que nos importa menos.

¿A qué le das talento, tiempo y fuerza? ¿Y qué cosas en cambio dejas en la inercia, la penumbra o el peso de las zarzas que ahogan la buena semilla?

Son pensamientos útiles para llegar con un corazón nuevo al comienzo del 2018.