Defender la paz

502 Las exigencias de la legítima defensa justifican la existencia de las fuerzas armadas en los Estados, cuya acción debe estar al servicio de la paz: quienes custodian con ese espíritu la seguridad y la libertad de un país, dan una auténtica contribución a la paz.1054 Las personas que prestan su servicio en las fuerzas armadas, tienen el deber específico de defender el bien, la verdad y la justicia en el mundo; no son pocos los que en este contexto han sacrificado la propia vida por estos valores y por defender vidas inocentes. El número creciente de militares que trabajan en fuerzas multinacionales, en el ámbito de las « misiones humanitarias y de paz », promovidas por las Naciones Unidas, es un hecho significativo.1055

503 Los miembros de las fuerzas armadas están moralmente obligados a oponerse a las órdenes que prescriben cumplir crímenes contra el derecho de gentes y sus principios universales.1056 Los militares son plenamente responsables de los actos que realizan violando los derechos de las personas y de los pueblos o las normas del derecho internacional humanitario. Estos actos no se pueden justificar con el motivo de la obediencia a órdenes superiores.

Los objetores de conciencia, que rechazan por principio la prestación del servicio militar en los casos en que sea obligatorio, porque su conciencia les lleva a rechazar cualquier uso de la fuerza, o bien la participación en un determinado conflicto, deben estar disponibles a prestar otras formas de servicio: « Parece razonable que las leyes tengan en cuenta, con sentido humano, el caso de los que se niegan a tomar las armas por motivo de conciencia y aceptan al mismo tiempo servir a la comunidad humana de otra forma ».1057

NOTAS para esta sección

1054Cf. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 79: AAS 58 (1966) 1102-1103; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2310.

1055Cf. Juan Pablo II, Mensaje al III Congreso Internacional de Ordinarios Militares (11 de marzo de 1994), 4: AAS 87 (1995) 74.

1056Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2313.

1057Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 79: AAS 58 (1966) 1103; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2311.


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Latif

Latif era el hombre más pobre de la aldea. Cada noche dormía donde podía, bajo un improvisado techo o bien frente a la plaza del pueblo.

Cada día se recostaba debajo de un árbol, con la mano extendida y la mirada perdida esperando que algún transeúnte le dejara una minima limosna y solo comía de lo que la gente del pueblo le traían.

Sin embargo, a pesar de su aspecto y de su forma de vida, Latif por ser anciano era considerado como el hombre más sabio del pueblo.

Una mañana el rey rodeado por sus guardias apareció en la plaza, caminaba entre los puestos con el deseo de hacer algunas compras y de repente tropezó con Latif, que dormía a la sombra de una encina.

Alguien le dijo al Rey que Latif era el hombre más pobre del pueblo, pero que era muy respetado por su sabiduría.

El rey se acercó al mendigo y le dijo: -Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro.

Latif lo miró, despectivamente, y le dijo: – No hace falta, puedes quedarte con tu moneda, para qué la querría yo. Dime, ¿cuál es tu pregunta?

Había un problema que el rey no podía solucionar y hacía varios días que lo angustiaba. Un problema de bienes y recursos que sus analistas no habían podido solucionar.

La repuesta de Latif fue justa y creativa. El rey se sorprendió dejó la moneda de oro a sus pies y se fue meditando sobre lo sucedido.

Al día siguiente el rey volvió a ver a Lafit, este como de costumbre descansaba, debajo de un árbol.

Otra vez el rey hizo otra pregunta, a lo que Latif la respondió sabiamente.

El soberano volvió a sorprenderse de tanta sabiduría. Se sentó en el suelo frente a Latif, y le dijo:

-Querido amigo te necesito a mi lado, estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltara nada, y serás respetado.

Después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey.

Esa misma tarde llegó Latif al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos metros de la alcoba real. En la habitación, una tina llena de agua tibia con esencias lo esperaba.

Durante las siguientes semanas las consultas del rey se hicieron habituales.

Todos los días y a cualquier hora, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida o sobre sus dudas espirituales.

Latif siempre contestaba con claridad y precisión.

El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey.

En poco tiempo ya no había decisión o asunto que el monarca no consultara con su preciado asesor.

Esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses.

Un día todos los demás asesores pidieron audiencia al rey.

-Tu amigo Latif, como tú llamas, está conspirando para derrocarte, dijo uno de ellos.

-No puede ser, dijo el rey. No lo creo.

-Puedes confirmarlo tu mismo, dijeron otros. Todos los días a las cinco de la tarde, Latif se escabulle del palacio hasta llegar a un cuarto donde se reúne a escondidas, no sabemos con quién. Le hemos preguntado a dónde iba y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.

El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones. Esa tarde en el horario previsto, lo aguardaba oculto en el recodo de una escalera.

Desde allí vio cómo, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados, asegurándose de que nadie lo viera, abría la puerta y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.

Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta.

-¿Quién es? Dijo Latif.

-Soy yo, el rey, dijo el soberano. Ábreme la puerta.

Latif abrió la puerta. No había nadie allí. Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien.

Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo.

-¿Estás conspirando contra mi Latif? Pregunto el rey.

-¿Cómo se le ocurre, majestad? Contesto Latif. De ninguna manera, ¿Por qué lo haría?

-Vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que haces aquí? ¿Para qué vienes a este deplorable cuarto en secreto?

Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa y mal oliente que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey: -Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de madera. Ahora me siento tan cómodo con la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que me das y tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu lado, que vengo cada día para estar seguro de no olvidarme de quién soy y de dónde vine.

LECTIO 20160805

LECTURA ESPIRITUAL.

#LectioFrayNelson para el Viernes XVIII del Tiempo Ordinario

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LA GRACIA del Sábado 6 de Agosto de 2016

FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR, CICLO C

En medio de las desolaciones y consolaciones en nuestro peregrinar, Dios nos da anticipaciones de victoria, que son alimento para el camino hasta alcanzar el Reino de Dios.

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LECTIO 20160804

LECTURA ESPIRITUAL.

#LectioFrayNelson para la Memoria de San Juan María Vianney, presbítero

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LA GRACIA del Viernes 5 de Agosto de 2016

Dios es el Todopoderoso y nuestra esperanza, Él nos trae un mensaje de victoria sobre todos aquellos que creen que siempre van a vencer.

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Un misionero llamado por segunda vez a la labor

Escribe Grijalva: «Vino este santo varón a estas partes el año de 1536, y quedó España tan triste cuanto nosotros alegres. La celda en que vivió en Burgos, que fueron doce años, era tan estimada de todos, que por reverencia no permitían que ninguno viviese en ella» (II,20). Cuando llegaron a México los doce agustinos, Fray Juan de Sevilla, como prior, y el padre Antonio de Roa fueron destinados a misionar lo que el cronista Grijalva llama Sierra Alta, es decir, la hoy llamada Sierra de Pachuca, al noreste de la ciudad de México, en el estado de Hidalgo.

Los indios no vivían en poblaciones, sino diseminados por los riscos. Y por aquella región abrupta y montañosa, cuenta Grijalva, «entraron el Padre F. Juan de Sevilla y el bendito F. Antonio de Roa, corriendo por estas sierras como si fueran espíritus. Unas veces subían a las cumbres, y otras bajaban a las cavernas, que para bajar ataban unas maromas por debajo de los brazos, en busca de aquellos pobres indios, que vivían en las tinieblas. Hallaban gran dificultad en ellos, porque antes que entraran nuestros religiosos, les había hecho el Demonio muchas pláticas, representándoles la obligación que tenían a conservarse en su religión antigua, que viesen los grandes trabajos que padecían ya los de los llanos, después que habían mudado de religión, que ya ni el cielo les daba sus lluvias, ni el sol los miraba alebre, ni los podía sufrir la tierra… Estaban tan persuadidos los indios, y tan acobardados, que aun oir no los querían» (I,19).

No había modo. «En esto pasaron un año entero sin hacer fruto alguno» (I,22). Así las cosas, Fray Antonio, «acordándose de que su vocación fue buscando la quietud y soledad del alma, y pareciéndole que la perdía en aquellos ejercicios, y viendo que era de poco efecto su trabajo, y que aprovechaba poco a los indios; o a lo que siempre se entendió, temiéndose de que no se hacía fruto por culpa suya, y pensando que otros acabarían mejor aquel negocio, como habían acabado otros de la misma dificultad, trató de volverse a Castilla. Propúsolo al Provincial, y tantas razones le dijo, que le convenció y le dio la licencia» (II,20). De este modo, su amigo del alma, «fray Juan de Sevilla se quedó solo [en Atotonilco el Grande] entre aquellas sierras con algunos pocos indios que había llevado de los llanos» (I,22).

Mientras se arreglaba el viaje, se retiró fray Antonio al convento de Totolapan, que ya entonces reunía en su torno una fervorosa comunidad de indios conversos. De uno de ellos, que era mestizo, aprendió el idioma mexicano con tal rapidez y perfección que es para pensar «que tuvo no al mestizo, sino al mismo Dios por maestro» (II,20). Allí servían dos frailes, que se despedazaban para atender nueve pueblos. Y él les veía avergonzado, cada vez más dudoso de su intención de abandonar la Nueva España…


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.