Antigua entrevista a Fray Nelson en Infocatólica

(Bruno Moreno/InfoCatólica) -Fray Nelson, ¿cuánto tiempo hace que es dominico? ¿Cómo descubrió su vocación?

Ingresé a la Orden hace casi veintiocho años. Si se cuenta desde que soy profeso, ello fue el 2 de Febrero de 1986. Si hablamos de ordenación sacerdotal, estoy por cumplir veinte años, desde el 21 de Marzo de 1992.

La vocación la descubrí en el contexto de los Grupos de oración de la Renovación Carismática Católica, en mi país, Colombia. Eso fue cuando tenía unos quince años. Pero no fui dócil a ese primer llamado. Vino uno segundo, esta vez irresistible, y que yo atribuyo a la Virgen María. También en la segunda ocasión la oración en grupo fue fundamental. Las bases, sin embargo, estaban dadas por una familia de firme convicción católica, sobre todo en mi madre.

-¿Qué significa el “fray”?

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«Derramado en libación» (2 Tim. 4,6)

«Derramado en libación» (2 Tim. 4,6)

Cuando pocas semanas antes de su muerte Pablo escriba a Timoteo, le dirá: «yo estoy a punto de ser derramado en libación» (2 Tim. 4,6). Se realizaba así de hecho aquello a lo que se había mostrado dispuesto desde mucho antes, como manifestaba escribiendo a los filipenses: «aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros» (Fil. 2,17).

En la cárcel y a la espera de la sentencia, Pablo sabe que esta puede conducirle al martirio. Pues bien, ante esa posibilidad se muestra disponible y manifiesta su intensa alegría. Toda su vida de evangelizador ha sido como un gran sacrificio, pues mediante su predicación ha logrado que los gentiles sean convertidos en ofrenda para Dios (Rom. 15,16); pues bien, Pablo se muestra dispuesto a completar ese sacrificio y a perfeccionar esa ofrenda regándola con su propia sangre. Pablo contempla la muerte martirial como sello de todo su apostolado.

Y un sello ciertamente coherente. Pues Pablo sabía que Dios mismo había reconciliado al mundo consigo por medio de su Hijo, al cual había constituido víctima por los pecados de los hombres (2 Cor. 5, 18-21); ahora bien, si a él se le había confiado el ministerio de la reconciliación (v. 18), no podía colaborar eficazmente en la reconciliación de los hombres con Dios sino mediante la ofrenda de la propia vida. De hecho, él no existía más que para el Evangelio; lo había entregado todo (tiempo, energías, inteligencia, salud…) sin reservarse nada; ahora -en absoluta coherencia- se disponía a derramar sacrificialmente su sangre para completar la reconciliación de los hombres con Dios y llevar a término la misión que Cristo le había encomendado.


El autor de esta obra es el sacerdote español Julio Alonso Ampuero, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Por sus frutos los conoceréis

«No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto» (Lc 6, 43), nos enseña Jesús en el Evangelio de este domingo. La vida cristiana es la vida de Dios en nosotros, es la vida de Cristo como vid fecunda, cuya sabia corre por los sarmientos hasta dar fruto abundante.

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¿Cómo discernir una situación de guerra?

Ante los últimos acontecimientos mundiales me hago muchas preguntas, fray nelson. Por ejemplo, ¿toda guerra es mala, según el pensamiento de la Iglesia? ¿Es malo tomar partido uno por uno de los bandos? Son más preguntas pero le agradezco que me dé alguna luz. Gracias. — J.L.

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Sólo puedo y debo recordar aquí la enseñanza básica de la Iglesia, cuando habla de “guerra justa” en el Catecismo de la Iglesia:

2307 El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra (cf GS 81).

2308 Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras.

Sin embargo, “mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa” (GS 79).

2309 Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a esta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:

— Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.

— Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.

— Que se reúnan las condiciones serias de éxito.

— Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.

Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”.

La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.

2310 Los poderes públicos tienen en este caso el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa nacional.

Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz (cf GS 79).

Más allá del prejuicio contra la Inquisición

“La palabra “inquisidor” está cargada de connotaciones negativas. Evoca intolerancia, tortura y crueldad, como poco. Nunca modernidad, racionalismo o compasión. De manera que al hablar de Alonso de Salazar parece que lo hacemos de alguien que fue raro en su contexto, pero no es así. Qué fue lo que verdaderamente ocurrió en Zugarramurdi nunca lo sabremos, porque una parte importantísima de la documentación, la del lado francés, se quemó en Burdeos en 1710, con ese arte que han demostrado a lo largo de los siglos los incendios franceses para achicharrar, con puntería milagrosa, aquello de lo que no conviene dejar rastro…”

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