VÍSPERAS 20170929

#VisperasFrayNelson para la Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

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¿El don de ciencia versa sobre Dios o sobre las creaturas?

El juicio cierto sobre una cosa se obtiene principalmente por su causa. Por eso debe haber correspondencia entre el orden de los juicios y el de las causas; y así como la causa primera es causa de la segunda, por la causa primera se juzga también de la segunda. Pero de la causa primera no se puede juzgar por ninguna otra. Por eso, el juicio dado a través de la causa primera es el primero y el más perfecto. Ahora bien, como enseña la lógica, donde hay algo perfectísimo, el nombre común de género se apropia a las realidades que son deficientes respecto de la primera; a la realidad misma perfectísima, en cambio, se le aplica un nombre especial. Así, en el género de las cosas convertibles, la que expresa la esencia de una cosa recibe el nombre especial de «definición»; las realidades, en cambio, que carecen de esa perfección conservan el nombre común a todas ellas, es decir, el de «propias».

Pues bien, ya que el nombre de ciencia implica, según hemos expuesto (a.1 ad 1), certeza de juicio, si esa certeza se obtiene a través de la causa más elevada de las causas, recibe el nombre especial de sabiduría. Efectivamente, se denomina sabio en cualquier género al que conoce ese género por la causa suprema del mismo, que le permite juzgar de todo (cuanto bajo él se contiene). Y sabio en absoluto será el que conoce la suprema de las causas, es decir, Dios. Por eso el conocimiento de las cosas divinas se llama sabiduría. Se llama, en cambio, ciencia el conocimiento de las cosas humanas; es, por así decir, el nombre común que implica certeza de juicio, apropiada al juicio obtenido a través de las causas segundas. Por eso, tomado así el nombre de ciencia, es un don distinto del don de sabiduría. De ahí que el don de ciencia verse sólo sobre realidades humanas y sobre realidades creadas. (S. Th., II-II, q.9, a.2, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

LAUDES 20170929

#LaudesFrayNelson para la Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

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LECTIO 20170929

LECTURA ESPIRITUAL.

#LectioFrayNelson para la Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

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VÍSPERAS 20170928

#VisperasFrayNelson para el Jueves XXV del Tiempo Ordinario

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Deja caer estas palabras con toda su fuerza y su amor en tu vida

Amen con sinceridad. Tengan horror al mal y pasión por el bien. Ámense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos. Con solicitud incansable y fervor de espíritu, sirvan al Señor.

Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación, y perseverantes en la oración. Consideren como propias las necesidades de los santos y practiquen y no maldigan nunca. Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios.

No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren hacer el bien delante de todos los hombres. En cuanto dependa de ustedes, traten de vivir en paz con todos… No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien.

LAUDES 20170928

#LaudesFrayNelson para el Jueves XXV del Tiempo Ordinario

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LECTIO 20170928

LECTURA ESPIRITUAL.

#LectioFrayNelson para el Jueves XXV del Tiempo Ordinario

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Autenticidad

“Aplicado a las personas, auténtico es quien se comporta según lo que es y debe ser. Dejemos aparte el falso sentido de lo “auténtico” como meramente espontáneo…”

Haz clic aquí!

VÍSPERAS 20170927

#VisperasFrayNelson para la Memoria de San Vicente de Paúl, presbítero

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Evangelizar y pacificar, a la vez

Verapaz y los choles

Según datos ofrecidos por Francisco de Solano (Los mayas 118-121), en la Guatemala de 1689 los franciscanos tenían 22 conventos, que servían unos 70 anejos, -todos ellos llevaban nombres de santos-, en los que vivían unas 55.000 «almas de confesión», es decir, con los niños, unos 100.000 cristianos. Los dominicos atendían pastoralmente un número semejante, y lo mismo los seculares y mercedarios, con lo que el número de indios cristianos en aquella zona era de unos 300.000.

Había, sin embargo, todavía naciones de indios que se resistían tanto al Evangelio, como al dominio hispano, y entre ellos se contaban los de la región de Verapaz. El obispo de Guatemala rogó a nuestros dos frailes misioneros que pasaron a evangelizar y pacificar a aquellos indios del norte de país. Y sin pensarlo dos veces, allí se fueron fray Margil y fray Melchor en 1691.

Al entrar en los pueblos, iban con la cruz alzada, cantando el Alabado, saludaban a todos, ponían la cruz en manos del cacique y le pedían los ídolos, asegurándoles que no valían para nada. Entregaban los indios, sacándolos de sus escondrijos, figurillas de piedra o madera, hule o copa, y mientras todo ardía en el fuego, fray Margil y fray Melchor, para desagraviar al Creador y Redentor, se disciplinaban y castigaban con diversas penitencias. La acción evangelizadora de estos frailes fue de tal modo recibida, que más tarde, cuando llegaban a otro pueblo, encontraban a veces la hoguera ya preparada para quemar en ella los ídolos.

A mediados de 1692, pasaron los dos misioneros a los choles. Estos indios ya en 1574 habían sido evangelizados por los dominicos de Cobán, que está al centro de la Guatemala actual, y para 1633 había en la nación Chol unos seis mil cristianos, reunidos en numerosas poblaciones. Pero en ese año se rebelaron y quemaron todas las iglesias, volviendo a su género anterior de vida. Todavía en 1671 un hermano dominico, y un decenio después algunos padres llamados por él, intentaron cristianizar los choles.

Con estos precedentes, cuando fray Margil y fray Melchor, informados por los dominicos, fueron a los choles, «toleraron hambres, descomodidades y peligros; y hubo veces que los tuvieron desnudos, atados a un palo día y noche, descargando lluvia de azotes sobre sus fatigados miembros». Cuando los dos frailes contaban más tarde esta misión, se limitaban a decir: «Padecimos lo que el Señor fue servido». Y tuvieron un éxito no pequeño, pues lograron fundar ocho pueblos, cada uno con su iglesia.

Entre los lacandones

1692-1697. A mediados de 1692, recibieron nuestros frailes unos indios enviados por el alcalde de Cobán, que les rogaron fuesen a evangelizar a los lacandones. Estos indios, radicados en torno al río Usumacinta superior, y extendidos hacia las selvas meridionales, obstruían la relación entre Yucatán y Guatemala. Eran muy feroces, siempre irreductibles, y nadie se atrevía a internarse por su zona. En 1555, los primeros apóstoles de los lacandones, los dominicos Andrés López y Domingo de Vico, habían muerto en sus manos. Era, pues, ésta una misión perfectamente adecuada para nuestros dos misioneros, que hacía tiempo habían dado ya su vida por perdida.

Margil y Melchor, con algunos guías indios, partieron de la próspera población de Cobán, con algunos bastimentos, hacia la sierra de los lacandones. Tras varias semanas de marcha, en medio de sufrimientos indecibles, y consumidos los víveres, fueron abandonados por los guías, que tenían horror a los lacandones, y después de seis meses de hambres y calamidades extremas, habiendo conseguido nuevos guías, llegaron medio muertos al primer poblado de los lacandones. Estos los molieron a golpes, les destrozaron los hábitos y cuanto llevaban consigo, y los encerraron en una cabaña durante cinco días, con intención de sacrificarlos después. De todos modos, en ese tiempo los religiosos se las arreglaron para discutir con los indios. Pero ni los indios conseguían que los frailes adorasen sus ídolos, ni los frailes conseguían que los indios venerasen la cruz.

Un cacique viejo propuso entonces que fuera a Cobán fray Margil con varios lacandones, y que si les recibían bien, sólamente entonces creerían que los frailes venían en son de paz. Fray Melchor quedó como rehén, y fray Margil partió con doce lacandones tan rápidamente que llegaron a Cobán en quince días. Permitió Dios, sin embargo, que con el cambio de clima, de los doce indios muriesen diez. Al regreso, los lacandones molieron a golpes a Margil, que con fray Melchor, hubo de regresar a los dominicos de Cobán. Se ve que no había llegado todavía para los lacandones la hora de Dios.

De allí se fueron a misionar unos pueblos de choles en la Verapaz, donde había ya franciscanos de Querétaro. Fray Margil quedó en el pueblo de Belén, para aprender la lengua cholti, y después de diez años de andar siempre juntos, fray Melchor, su fiel compañero y amigo, partió a misionar más al sur.

Se organizó por entonces una expedición de seiscientos soldados, que sería conducida por el mismo presidente de Guatemala, don Jacinto de Barrios Leal, para abrir camino entre Yucatán y Guatemala. Fray Margil, experto en caminos, asesoró con otros el proyecto. La marcha fue larga y muy penosa, y en los descansos y comidas fray Margil no se quedaba con el grupo formado por Barrios, su séquito y otros religiosos, sino que se iba a sentar con los indios, a quienes les cedía el vino que le daban, pues él sólo bebía agua, y poca.

Días y semanas continuó la marcha hacia los lacandones, abriéndose muchas veces el camino con machetes. A los tres meses llegaron por fin a los lacandones, y precisamente al pueblo donde hacía más de un año estuvieron a punto de morir fray Margil y fray Melchor. Allí, con el nombre de Nuestra Señora de los Dolores, que aún dura, se hizo pueblo, fuerte e iglesia. En Dolores tradujo fray Margil a la lengua lacandón una síntesis de la doctrina cristiana, en la que fueron instruídos los indios.

Un mercedario de la expedición, fray Blas Guillén, contó después que fray Margil oraba de rodillas desde la mitad de la noche hasta el amanecer, y que en la procesión del Corpus de 1695, «sin quitar la vista del Santísimo Sacramento que yo llevaba, caminaba de espaldas tañendo, danzando y cantando, con tanta agilidad y extraordinarios saltos, que se suspendía casi a una vara del suelo, exhalando en el rostro incomparable alegría». Hasta marzo de 1697 estuvo fray Margil con los lacandones, evangelizándoles y honrando en ellos el nombre de Cristo.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.