julio 2005

Hablemos de catecismos (4)

El Catecismo Holandés (CH), publicado originalmente en 1967, quería abordar al hombre “adulto,” esto es, al hijo de la Modernidad, al que está acostumbrado a pensar en términos de ciencia, capitalismo y, sobre todo, su propia existencia y su propia búsqueda de felicidad. El experimento no resultó bien. Siendo grandes navegantes los holandeses, este barco hizo agua muy pronto, bajo el impacto de diversos factores.

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Hablemos de catecismos (3)

El Catecismo Holandés

El término catecismo suele asociarse con la infancia. Los niños necesitan recibir los rudimentos o bases de la fe, y por eso una asocia “clases de catequesis” con la imagen de grupos de niños y niñas quizá preparándose para su Primera Comunión o recibiendo clases de religión en la escuela.

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Pausa necesaria (5)

Sí, ya sé que esto ya no parece una “pausa.” Pero sigue siendo necesaria. Los hechos de los últimos días, en el horror que causan, como los citados ayer y anteayer, o en la admiración que despiertan, como el de hoy, merecen ser reseñados en su debido momento.

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Pausa necesaria (3)

Hay un país donde los niveles de violencia alcanzan límites inusitados. En casi todas partes del mundo los servicios de ambulancia son respetados, y ante la sirena de una ambulancia el tráfico se pliega con respeto para dar paso a los heridos o enfermos, o para permitir que el vehículo que todos reconocen como capaz de salvar vidas alcance a llegar a tiempo a su destino.

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Aprender para la vida

El periódico El Tiempo, de Colombia, suele hacer encuestas sobre los más diversos temas; algunos triviales, otros de gran trascendencia. Uno reciente es: ¿Qué cree usted que debieron haberle enseñado en el colegio y nunca se lo enseñaron? Recojo aquí algunas respuestas que estimo de particular interés.

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¿Y yo qué?

Buena cuenta me doy que ese camino de nuevas comunidades de laicos y sacerdotes unidos en un compromiso común y estable son posibles e incluso necesarias. No como reemplazo, sino como posibilidad que embellece a la Iglesia y le ayuda a estar mejor dispuesta a su tarea fundamental: dar testimonio de Cristo y ser así sacramento universal de salvación, como bien la llamó el Concilio Vaticano II.

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La otra cara de la moneda

La insistencia en comunidades laicales estrechamente unidas al ministerio y la vida de sacerdotes no trae únicamente ventajas. Un sacerdote unido a una comunidad es fácilmente un sacerdote sin tiempo para otra cosa. Su mundo puede achicarse increíblemente y empezar a gravitar en torno a las necesidades reales o ficticias de un grupo pequeño o incluso de unas cuantas personas, sea porque ellas lo necesitan, porque lo reclaman, o porque el sacerdote mismo se siente más seguro o confortable junto a ellas.

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