86.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
86.2. Todas las palabras se vuelven una sola palabra, y todos los amores un solo amor. Finalmente cada vida dice un mensaje, y cada mensaje es como el predicado de una frase cuyo sujeto es la persona que ha vivido.
86.3. El ejemplo más hermoso y elocuente de esto que te cuento es la vida de Jesús, Nuestro Señor. Al término de su paso por esta tierra, el mensaje de su vida puede decirse con una sola palabra. De hecho, “Cristo,” o sea, Ungido, es una palabra que resume bien la obra y la existencia de Jesús, pues fue su vida el maravilloso esparcirse del perfume del Espíritu en medio de la historia humana.

Expresión de los Sentimientos
85.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
El modo en que nos movemos, las posturas que adoptamos, los gestos, la forma de respirar, etc, afectan fuertemente nuestro estado anímico. Te invito a que descubras las claves para mantener elevado tu estado anímico.
Les invito a continuar nuestra reflexión sobre los sentimientos. Cualquier acontecimiento puede ser ocasión de emociones, por ejemplo, la vista de un relámpago, de un paisaje maravilloso, una fiera suelta, oír el rugido de una tempestad, de un león, los insultos de un adversario; experimentar la muerte de un ser querido, una enfermedad, un fracaso, el recuerdo vivo de una humillación. Todo lo anterior puede dar pie al temor, a la ira, a la tristeza, al dolor, al gozo. Del mismo modo, la presencia de una persona querida, sus palabras de aliento, sus regalos serán ocasión de amor, de alegría, de seguridad.
83.2. En el tumulto de todas las voces se oye la voz de Dios. Dicho mejor aún: Dios hace que todas las voces hablen su voz; es como la voz que, construida desde todas las voces, colma de sentido cuanto ellas no alcanzan a decir. Es lo que sugiere la Sagrada Escritura varias veces cuando te habla del vigor divino. Por ejemplo, aquello de Isaías: «Porque así me ha dicho Yahveh: Como ruge el león y el cachorro sobre su presa, y cuando se convoca contra él a todos los pastores, de sus voces no se intimida, ni de su tumulto se apoca: tal será el descenso de Yahveh Sebaot para guerrear sobre el monte Sión y sobre su colina» (Is 31,4). Hay gente —y entre ellos varias veces te he contado a ti—, que tiene una visión cobarde y simple del poder de Dios, como si Él no pudiera o no quisiera obrar cuando llega la confusión o cuando el terror se levanta; como si Él para reinar tuviera que estar sujeto a algunas condiciones externas o ajenas a su voluntad. ¡No es así! ¡Él, y sólo Él es Soberano!