
#CompletasFrayNelson para el Jueves
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Alimento del Alma: Textos, Homilias, Conferencias de Fray Nelson Medina, O.P.
A través de pequeños actos de misericordia abrimos rendijas de amor que pueden despertarnos y llevarnos a una verdadera conversión.
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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Había algo de atractivo en la oración de Jesús, era tan fascinante que un día sus discípulos le pidieron que les enseñara. El episodio se encuentra en el Evangelio de Lucas, que entre los Evangelistas es quien ha documentado mayormente el misterio del Cristo “orante”: el Señor oraba. Los discípulos de Jesús están impresionados por el hecho de que Él, especialmente en la mañana y en la tarde, se retira en la soledad y se “inmerge” en la oración. Y por esto, un día, le piden de enseñarles también a ellos a orar. (Cfr. Lc 11,1).
Es entonces que Jesús transmite aquello que se ha convertido en la oración cristiana por excelencia: el “Padre Nuestro”. En verdad, Lucas, en relación a Mateo, nos transmite la oración de Jesús en una forma un poco abreviada, que inicia con una simple invocación: «Padre» (v. 2).
Todo el misterio de la oración cristiana se resume aquí, en esta palabra: tener el coraje de llamar a Dios con el nombre de Padre. Lo afirma también la liturgia cuando, invitándonos a recitar comunitariamente la oración de Jesús, utiliza la expresión «nos atrevemos a decir».
De hecho, llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada un hecho sobre entendido. Somos conducidos a usar los títulos más elevados, que nos parecen más respetuosos de su trascendencia. En cambio, invocarlo como “Padre” nos pone en una relación de confianza con Él, como un niño que se dirige a su papá, sabiendo que es amado y cuidado por él. Esta es la gran revolución que el cristianismo imprime en la psicología religiosa del hombre. El misterio de Dios, que siempre nos fascina y nos hace sentir pequeños, pero no nos da más miedo, no nos aplasta, no nos angustia. Esta es una revolución difícil de acoger en nuestro ánimo humano; tanto es así que incluso en las narraciones de la Resurrección se dice que las mujeres, después de haber visto la tumba vacía y al ángel, «salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí» (Mc 16,8). Pero Jesús nos revela que Dios es Padre bueno, y nos dice: “No tengan miedo”.
Pensemos en la parábola del padre misericordioso (Cfr. Lc 15,11-32). Jesús narra de un padre que sabe ser sólo amor para sus hijos. Un padre que no castiga al hijo por su arrogancia y que es capaz incluso de entregarle su parte de herencia y dejarlo ir fuera de casa. Dios es Padre, dice Jesús, pero no a la manera humana, porque no existe ningún padre en este mundo que se comportaría como el protagonista de esta parábola. Dios es Padre a su manera: bueno, indefenso ante el libre albedrio del hombre, capaz sólo de conjugar el verbo “amar”. Cuando el hijo rebelde, después de haber derrochado todo, regresa finalmente a su casa natal, ese padre no aplica criterios de justicia humana, sino siente sobre todo la necesidad de perdonar, y con su brazo hace entender al hijo que en todo ese largo tiempo de ausencia le ha hecho falta, ha dolorosamente faltado a su amor de padre.
¡Qué misterio insondable es un Dios que nutre este tipo de amor en relación con sus hijos!
Tal vez es por esta razón que, evocando el centro del misterio cristiano, el Apóstol Pablo no se siente seguro de traducir en griego una palabra que Jesús, en arameo, pronunciaba: “abbà”. En dos ocasiones San Pablo, en su epistolario (Cfr. Rom 8,15; Gal 4,6), toca este tema, y en las dos veces deja esa palabra sin traducirla, de la misma forma en la cual ha surgido de los labios de Jesús, “abbà”, un término todavía más íntimo respecto a “padre”, y que alguno traduce “papá, papito”.
Queridos hermanos y hermanas, no estamos jamás solos. Podemos estar lejos, hostiles, podemos también profesarnos “sin Dios”. Pero el Evangelio de Jesucristo nos revela que Dios no puede estar sin nosotros: Él no será jamás un Dios “sin el hombre”; es Él quien no puede estar sin nosotros, y esto es un gran misterio. Dios no puede ser Dios sin el hombre: ¡este es un gran misterio! Y esta certeza es la fuente de nuestra esperanza, que encontramos conservada en todas las invocaciones del Padre Nuestro. Cuando tenemos necesidad de ayuda, Jesús no nos dice de resignarnos y cerrarnos en nosotros mismos, sino de dirigirnos al Padre y pedirle a Él con confianza. Todas nuestras necesidades, desde las más evidentes y cotidianas, como el alimento, la salud, el trabajo, hasta aquellas de ser perdonados y sostenidos en la tentación, no son el espejo de nuestra soledad: existe en cambio un Padre que siempre nos mira con amor, y que seguramente no nos abandona.
Ahora les hago una propuesta: cada uno de nosotros tiene tantos problemas y tantas necesidades. Pensemos un poco, en silencio, en estos problemas y en estas necesidades. Pensemos también en el Padre, en nuestro Padre, que no puede estar sin nosotros, y que en este momento nos está mirando. Y todos juntos, con confianza y esperanza, oremos: “Padre nuestro, que estas en los cielos…”. Gracias.
#VisperasFrayNelson para el Jueves IX del Tiempo Ordinario
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#RosarioFrayNelson para el Jueves:
Contemplamos los Misterios de la vida pública del Señor
Usamos esta versión de las oraciones.
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#LaudesFrayNelson para el Jueves IX del Tiempo Ordinario
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LECTURA ESPIRITUAL.
#LectioFrayNelson para el Jueves IX del Tiempo Ordinario
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“Recientemente, el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV) cuya sede se encuentra en la ciudad de Querétaro, México, publicó un libro digital y de libre acceso que contienen un análisis crítico a la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) en el fallo sobre fertilización in vitro…”
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Al perseverar en la oración, la fidelidad y la paciencia superamos rápidamente nuestras crisis y podemos dar gracias a Dios por lo que aprendimos y descubrimos.
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#VisperasFrayNelson para el Miércoles IX del Tiempo Ordinario
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#RosarioFrayNelson para el Miércoles:
Contemplamos los Misterios de la Infancia de Jesús
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El misionero e historiador de la misión de Tepehuanes, el padre Pérez de Ribas, decía del padre Santarén que «nadie lo vio triste, sino alegre». Nació en Huete, pueblo de Toledo, en 1566, fue a Sinaloa cuando mataron al padre Tapia, y desde 1598 misionó a los acaxees y xiximíes. Andaba cada semana unas 90 leguas, y 300 en cuaresma. Edificó más de 40 iglesias, y por su mano fueron bautizados unos 50.000 indios, siendo muchos más los que redujo a vida en poblaciones.
Era un hombre atractivo, «de los de más hermosa proporción que se vio en aquel reino». Como hemos dicho, siempre estaba alegre, pero, como lo manda el Apóstol, se alegraba ante todo «en el Señor» (Flp 4,4), y a veces su alegría llegaba a plenitud justamente en la situación más desolada. En una carta dirigida al Provincial que le invitaba a retirarse ya el colegio de México le decía:
«Aunque me siento viejo y cansado, deseo que no quede por mí el procurar el bien de estas almas y misiones; ni pediré el salir de ellas, aunque no cerrando por eso la puerta a la obediencia para que disponga de mi persona como de un cuerpo muerto, pues harto mal fuera si de 19 años de Misión y trabajos no hubiera quedado en la indiferencia que nuestro Padre San Ignacio nos pide.
«No se experimenta por allá el jugo y contento que Nuestro Señor comunica, cuando es servido, a los que andan en estas misiones; más da Dios algunas veces en un desamparo de los que por acá se pasan, de un desvío de camino, de verse en un monte a pie en una tempestad de nieve, que le coge en una noche obscura al sereno y agua y sin abrigo, que en muchas horas de oración y retiramiento. El consuelo que Nuestro Señor me da en medio de estos trabajos es muy grande.
«Esto y el parecerme que pedir salir de ellos es volver a Dios las espaldas, y dejar a Cristo Nuestro Señor solo con la cruz a cuestas… me mueve a pedir no salir de aquí; In hoc positus sum. Y cuando aquí me hallare la muerte me tendré por dichoso, y entenderé que el morir con las armas en la batalla y solo en medio de estos bárbaros me será de tanto mérito, como rodeado de mis padres y hermanos. Y en este desamparo me prometo el amparo de N. Señor por quien se lleva.
«Esto escribo cansado sin poderme sentar un rato en tres días, sangrando enfermos por mis propias manos porque no hay quien lo haga, y catequizando y bautizando más de 70 personas, que de nuevo reciben la fe y la tienen con el Padre que las bautiza, y a cada momento me llaman. Dios Nuestro Señor les dé salud a estos pobres y el cielo a los que mueren; y a V. R. muchos obreros para su viña y a mí su espíritu para obedecer como verdadero hijo de la Compañía de Jesús» (+Cabalgata 85-86).
Varias veces había dicho el padre Santarén que no tenía ningún deseo de morir pacíficamente en la cama, «que eso era morir sornático y no entrar de corrida en el cielo, como los que derraman la sangre por Cristo». Y en efecto, el Señor le concedió «entrar de corrida en el cielo», después de veintitrés años de misionero en México.
El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.
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