“El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48)…”
La inundación contagiosa del mal, y sobre todo el atractivo incomparable del bien, nos llaman a ser ágiles para salir al encuentro del Señor, y para luego anunciarlo.
Los cristianos a pesar de nuestras limitaciones e incoherencias somos llamados y atraídos por Dios para vivir en plenitud con Él nuestra vocación última: la santidad.
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“Los nuevos Santos Louis Martin y Marie Zélie Guérin, padres de Santa Teresita de Lisieux, conforman la primera pareja de esposos que es canonizada en la misma ceremonia. Sin embargo, no son los primeros esposos en alcanzar la santidad y aquí enumeramos algunos ejemplos…”
En medio de la confusión natural o inducida en la llamada “opinión pública,” el cristiano está llamado a liderar desde la verdad y la rectitud de corazón.
La santidad, el verdadero afán por alcanzarla, no se toma pausas ni vacaciones.
Chapoteas en las tentaciones, te pones en peligro, juegas con la vista y con la imaginación, charlas de… estupideces. -Y luego te asustas de que te asalten dudas, escrúpulos, confusiones, tristeza y desaliento. -Has de concederme que eres poco consecuente.
Hemos de fomentar en nuestras almas un verdadero horror al pecado. ¡Señor -repítelo con corazón contrito-, que no te ofenda más! Pero no te asustes al notar el lastre del pobre cuerpo y de las humanas pasiones: sería tonto e ingenuamente pueril que te enterases ahora de que “eso” existe. Tu miseria no es obstáculo, sino acicate para que te unas más a Dios, para que le busques con constancia, porque El nos purifica.
Santos, ni más ni menos, son aquellos que, en la Montaña de las Bienaventuranzas, encontraron y renovaron, una y otra vez, su pasión y su carnet de identidad. Los que, abriendo la ventana de su corazón, permitieron que entrase la luz divina y, con esa luz eterna, quisieraon agradar totalmente a Dios sin olvidar al hombre. Son, esos hermanos nuestros que fueron grandes por su inmensa sencillez; en la oscuridad, nunca se cansaron de buscar al Señor, y en la luz del mundo, nunca lo dejaron perder.
[Predicación para los matrimonios en el Encuentro Internacional de La Mansión, en Noviembre de 2014.]
Parte 1 de 2: Las bases
* La experiencia de la santidad divina es siempre el descubrimiento de una grandeza, una belleza, una bondad, un poder que rebasa, más allá del horizonte, lo que podíamos considerar. Son comparables experiencias como la de Isaías en el templo y la del apóstol Pedro en su humilde barca del Mar de Galilea.
* El reconocimiento de la santidad se convierte también en viva conciencia de la propia pequeñez, el propio pecado, la propia fragilidad y precariedad. Es un “ver que uno no ve;” un darse cuenta de los límites que parecían extremos y que repente se revelan pequeños y completamente insuficientes.
* Tal tipo de experiencia es indispensable para proclamar con verdadera convicción y coherencia que sólo Dios es Dios, y ante que eso, para recibirlo como Señor de cada área de nuestra vida, por encima de todo otro interés o afecto. Sin este tipo de experiencia, la exigencia propia de la moral de la Iglesia Católica resulta inabordable, incomprensible y francamente imposible.
* Esta acogida del don divino cambia la perspectiva de los esposos. No es que dejen de tener necesidad de afecto o de expresión de amor sino que amar y amarse ya significan otra cosa cuando se ha conocido el amor de Dios.