Así mueren los santos

Aviso de terremoto

A fines de 1605, fray Francisco es un fraile más de los 150 que forman la comunidad de la observancia en San Francisco de Lima. También allí hizo de las suyas. Fray Diego de Ocaña, el monje jerónimo, estando en Lima, fue testigo de un hecho muy notable: «Sucedió en esta ciudad, después de Pascua de Navidad el año 1605, que estando con algún temor de haber sabido cómo la mar había salido de sus límites y había anegado todo el pueblo y puerto de Arica, y puesto por tierra el temblor a la ciudad de Arequipa, predicó en la plaza un fraile descalzo de san Francisco y en el discurso del sermón dijo que temiesen semejante daño como aquél y que según eran muchos los pecados de esta ciudad que les podría venir semejante castigo aquella noche, antes de llegar el día».

El franciscano predicador, en la plaza pública, era San Francisco Solano. Y se ve que la muchedumbre no tomaba en broma a aquel fraile insólito, porque el alboroto penitencial que se produjo fue algo enorme. Confesiones, disciplinas, restituciones, bodas de amancebados, las iglesias abiertas por la noche, con el Santísimo expuesto, «y todos los frailes en las iglesias y clérigos arrimados por las paredes confesando a la gente». Dice fray Diego: «después que soy hombre no he visto ni espero ver semejantes cosas como aquella noche pasaron».

A las diez de la noche «llamaron al fraile descalzo el arzobispo [Santo Toribio] y el virrey y sus prelados y le preguntaron si le había revelado Dios si había de vivir aquesta ciudad aquella noche; el cual respondió que no había tenido revelación ninguna y que él no había dicho que se había de hundir, sino que temiesen no les viniese el castigo semejante al de Arequipa, y que según eran grandes los pecados de la ciudad, que le podían esperar aquella noche antes que mañana; y que esto había dicho porque se enmendasen y no porque hubiese tenido revelación de ello» (A través 98-99)…

Coro, plaza y teatro

En la comunidad de Lima, como ya conocían el estilo del padre Solano, pensaron que lo mejor era dejarle a su aire. Como padre espiritual de los enfermos, se hizo muy amigo del enfermero fray Juan Gómez y del refitolero, un muchachito negro, el donado fray Antonio. En la enfermería se le podía encontrar, o también en el coro, donde pasaba sus horas fuera del tiempo humano, perdido en los caminos inefables del amor de Dios.

Pero también salía del convento a visitar la cárcel y los hospitales, a conversar con la gente de la calle, y no precisamente de las variaciones del clima. Sacaba el crucifijo de la mano, y les decía: «Hermanos, encomendáos a nuestro Señor, y queredle mucho. Mirad que pasó pasión y muerte por vosotros; que éste que aquí traigo es el verdadero Dios». Su parresía apostólica, su libertad y atrevimiento para transmitir el mensaje evangélico, era absoluta.

En el corral de las comedias, lugar mal visto y medio censurado, él entraba tranquilamente, irrumpía en el tablado y, con el crucifijo en la mano, decía algo de lo que tenía con abundancia en el corazón: «Buenas nuevas, cristianos… Este es el verdadero Dios. Esta es la verdadera comedia. Todos le amad y quered mucho». Y si algún farandulero se quejaba, «Padre, aquí no hacemos cosas malas, sino lícitas y permitidas», él le contestaba: «¿Negaréisme, hermano, que no es mejor lo que yo hago que lo que vosotros hacéis?»…

Una muerte santa

A los sesenta años, en 1610, fray Francisco está hecho una ruina, según el médico que le examina: Está «con una flaqueza por esencia en los pulsos y en todo el ámbito del cuerpo, que con los muchos ayunos, mala cama y abstinencia grande que tenía, aun en salud estaba hecho un esqueleto, cuanto más en la enfermedad». Y hasta entonces sigue haciendo de las suyas, cuando ya está para irse: «Hermano fray Juan, por amor de Dios, que vaya y me ase una higadilla de gallina». Poder encontrarla fue, según fray Juan, «otro milagro más» del Santo, pues los frailes no disponían de tan finos manjares.

Poco antes de morir escribió a Montilla, a su hermana Inés: «La gracia del Espíritu Santo sea siempre en su alma, hermana mía. No tengo otra plata ni oro que enviarle sino palabras, y no mías, sino de Jesucristo, que por eso me atrevo a escribirlas. Dice el dulcísimo Jesús por San Mateo: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”; en este lugar es amar a Dios según lo declaran algunos doctores y santos, pues bienaventurada el alma que en esta vida padece hambre y desea hartarse en el Señor, encendiéndose en su amor. Si vuestra merced, hermana mía, quiere ser dichosa y bienaventurada en esta vida y en la otra, tenga hambre y sed de servir a Dios, de amarle, poseerle y gozarle; quiera y ame a tan buen Dios de todo corazón, de toda su alma y con todas sus fuerzas.

«Ofrézcale su corazón limpio de todo pecado, lleno de contrición y dolor de haberle ofendido, que El lo recibirá en sacrificio, como lo hizo el real profeta David: “No despreciéis Vos, Dios mío, el corazón contrito”, y ofrézcale en sacrificio todos los trabajos, pobrezas y necesidades que padece, con hambre y sed de gozar de aquellas riquezas, delicias y regalos del Cielo, que es el centro de nuestro descanso… A todos mis sobrinos dará mis recomendaciones, encargándoles de mi parte sirvan a Dios y no le ofendan».

El 12 de julio, acompañado por sus hermanos, recibió el viático, renovó los votos, y quedó en oración o en sueño, hasta decir: «María. ¿Dónde está Nuestra Señora?». Quizá eso fuera lo primero que dijera al llegar al cielo.

Aún recuperó el ánimo y la atención más tarde. El padre Francisco de Mendoza, que le atendió todo el tiempo, cuenta que «con particularísima atención y devoción» siguió el rezo de todas las Horas canónicas y otras oraciones, en lo que se fueron «casi seis horas, llevándolas el padre Solano con la suavidad y gusto referidos. Cuando decían Gloria Patri, levantaba los ojos a Dios, y decía su ordinaria palabra “Glorificado sea Dios”, con grandísima suavidad, saboreándose en las palabras. Con ellas en la boca murió empezando a decir “Glorificado sea…”, de manera que empezándolas a decir parecía que quería alabar; y así como dijo “Dios”, se quedó muerto… Entonces perseveraban más en su canto los pájaros, que parecían estarse deshaciendo, y con sus voces atravesaban el corazón a quien lo oía».

El Arzobispo y el Virrey, con media Ciudad de los Reyes, asistieron el 15 de julio a los funerales. Antes de finalizar el mes ya se abrió en el Arzobispado el proceso para su canonización. Los testimonios de su santidad y de sus milagros eran innumerables. Diez resurrecciones llegaron a atestiguarse, tres en vida del Santo y siete después de su muerte. Fue declarado beato en 1675, y canonizado como santo en 1726. Sus restos reposan en San Francisco de Lima.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Ante la crisis en la Iglesia

Mucho se está hablando estos días de la crisis dentro de la #IglesiaCatólica y la división que se ha creado en ella. Sean o no sean verdad las acusaciones hechas contra el Papa, muchos católicos empiezan a cansarse y a preguntarse qué pueden hacer. Aquí mi propuesta:

La historia de nuestra Iglesia ha estado siempre plagada de crisis. Sus mismos inicios estuvieron manchados con la traición de Judas, la negación de Pedro y tantos otros pecados que llevaron a Cristo a la Cruz. En el siglo X se vivió el así llamado “Siglo oscuro”, en el que los Papas estaban al servicio de las familias romanas, que los usaban a su antojo para sus intereses políticos y familiares. El Cisma de Occidente vio a tres papas luchando entre sí por ser el legítimo Vicario de Cristo. El Renacimiento tuvo a papas como Alejandro VI o Julio II, que dejaron mucho que desear de su misión como Sucesores de Pedro. En el siglo XVIII, algunos Papas jugaban a ser emperadores e incluso uno de ellos (Clemente XIV) cayó en los juegos políticos de reyes masones y suprimió la Compañía de Jesús. Y la Iglesia siguió adelante…

Y en todos estos períodos han existido Cardenales, Obispos, sacerdotes y laicos que de católicos no tuvieron nada, sino que mancharon la Iglesia de Cristo y ofendieron terriblemente a Dios con sus tremendos pecados. Así pues, nuestra época no es ajena o especial. Toda la historia de la Iglesia ha estado manchada por el mal y la miseria de muchos de sus miembros.

Y aquí viene la pregunta: ¿cómo es que ha seguido? ¿Qué es lo que la ha sostenido en estos dos milenios de historia?

Primeramente, porque es Dios quien está detrás. No se entendería nada si no fuera por Él. Pero, también, esa historia de pecado siempre fue acompañada por historia de santidad: hombres y mujeres, papas, cardenales, obispos, sacerdotes y laicos santos que, con su vida y ejemplo, elevaron el nombre de la Iglesia y de Cristo.

La historia, sin los santos, sólo son guerras, cambios de poder de un país a otro, corrupción y pecado. Pero, cada cierto tiempo, Dios señala el camino que Él quiere que sigan las cosas que han de ocurrir, y el letrero que Él usa una y otra vez es un santo.

Por eso, quiero proponer como respuesta muy inmediata y clara a lo que estamos atravesando como Iglesia, una llamada a todos a buscar con nuestra vida, ejemplo, oración, apostolado, etc., a mostrar el verdadero rostro de Cristo. Llamo a una #RevoluciónSantidad

Tú que lees estos pensamientos, puedes y debes ser santo. Tú y yo podemos sostener con nuestros pequeños o grandes actos de amor a nuestra Iglesia sufriente, a Cristo que llora aquí en la tierra por nosotros. ¡Sé santo ahí en donde estás y en donde Dios te llama! Médico, arquitecto, sacerdote, ama de casa, estudiante, político, ingeniero… ¡lo que sea! ¡Ser santo es como vamos a cambiar nuestro mundo y como mejoraremos nuestra Iglesia!

Y esto no se trata de tomar partido por nadie, sino que es una invitación a buscar ser lo que tenemos que ser. Y si de verdad somos eso que tenemos que ser, ¡prenderemos fuego al mundo!

Pbro. Juan Ruiz Jorge LC

Dom Columba Marmion: Un maestro espiritual por redescubrir

“Detrás de las acciones reflexionadas de cada individuo, hay siempre una razón, un móvil. Algunos buscan el placer, algunos los honores, otros están poseídos por la fiebre de la ambición o por la sed de dinero, la mayoría son víctimas de sus penas cotidianas. La influencia del móvil o del fin es predominante en el valor de nuestras acciones. El móvil por el cual nos agitamos, el objetivo que perseguimos, y que debe, por así decirlo, orientar toda nuestra vida, es para nosotros de una importancia capital…”

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Perfil de Santa Mariana de Jesús

De la homilía del Papa Pío XII en la canonización de santa Mariana de Jesús (9 de junio de 1950).

NO SÓLO BUSCABA SU PROPIA SANTIFICACIÓN, SINO LA SALVACIÓN DEL PRÓJIMO

Repasando la vida de esta virgen angelical, a quien hoy elevamos al honor de los altares, nos parece oportuno proponernos estos puntos de reflexión: su inmaculado candor, las ásperas penitencias a que sometió su cuerpo para ofrendarlo como víctima al Señor, su caridad infatigable hacía toda clase de miserias.

Conservó la virginidad por inspiración de Dios y con la ayuda de su gracia; apenas contaba diez años, cuando, con el consentimiento de su director espiritual, emitió sus votos privados, consagrándose al divino Esposo. Más que una niña, parecía un ángel por su dedicación a los ejercicios de piedad, por su asidua oración, por su meditación y ejercicio de la penitencia. No todos entienden, en los tiempos que nos alcanzan, este rigor de vida; no todos lo aprecian en su justo valor. Muchos, más bien, lo desprecian. Pero hemos de recordar que después de la culpa de Adán, cuya herencia todos llevamos, se torna indispensable para todos la penitencia. Ella tiene su dulzura propia, conforme lo experimentó Mariana de Jesús, siendo transportada en celestes arrobamientos cuando afligía su cuerpo con los rigores de la penitencia, pregustando con frecuencia las delicias celestiales. Con un tal género de vida y con la gracia del cielo, no sólo buscaba su propia santificación, sino en cuanto le era posible, la salvación del prójimo. En efecto, habiendo intentado viajar a remotas tierras a evangelizar a los paganos, a cuantos encontraba exhortaba con su palabra y ejemplo a las virtudes cristianas y a entrar o perseverar en el recto camino.

Socorría con generosidad las miserias de los indigentes; cuidaba a los enfermos con ternura. En tiempo de calamidades para sus conciudadanos, ofrendó su vida para implorar clemencia al Padre de las misericordias. Aquí tenéis, en síntesis, la imagen de esta santa virgen, propuesta a vuestra consideración. Contempladla, para que os asombréis y procuréis esforzaros, cada uno en vuestro propio estado, en su imitación. Hágalo en especial la juventud entusiasta, rodeada hoy de tantos y tan graves peligros. Aprenda de ella, a luchar con ahínco y a resistir con fortaleza las seducciones del mal, antes que mancillar sus almas. Principalmente el amadísimo pueblo ecuatoriano emule las glorias de sus mayores y, con el auxilio y el patrocinio de santa Mariana de Jesús Paredes, ofrezca a la Iglesia nuevos ejemplos de santidad y de virtud.

La nueva exhortación apostólica del Papa nos ayuda a apreciar a los santos que tenemos a nuestro lado

“Monseñor Aspiroz Costa indicó que “el título de la exhortación, “Alegrensé y regocíjense”, nos viene muy bien a todos. Este texto nos ayuda a poder apreciar a los santos que tenemos a nuestro lado. Se trata de no poner tanto la mirada en los santos que veneramos que, a veces, nos parecen tan lejanos. El llamado universal a la santidad significa que cada bautizado está llamado por Dios a ser santo”…”

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No solo elogiar sino imitar a los santos: Papa Francisco

“En la misa que celebró junto a la basílica por el centenario de la visibilización de los estigmas de San Pío de Pietrelcina y el cincuentenario de su muerte, Francisco invitó también a imitar a los santos, más que alabarlos: “San Pío combatió el mal durante toda su vida y lo combatió sabiamente, como el Señor: con la humildad, con la obediencia, con la cruz, ofreciendo el dolor por amor. Y todos le admiran, pero pocos hacen lo mismo. Muchos hablan bien, pero ¿cuántos imitan? Muchos están dispuestos a dar un like en la página de los grandes santos, pero ¿quién hace como ellos? Porque la vida cristiana no es un me gusta, es un me entrego. La vida perfuma cuando se ofrece como don, pero se hace insímpida cuando se vive para uno mismo”…”

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¿Se puede tener esperanza en un ser humano?

Según hemos expuesto (1-2 q.40 a.7; q.42 a.1; a.4 ad 3), la esperanza tiene dos objetos: el bien que se pretende conseguir y el auxilio con el que se consigue. Pues bien, el bien que se espera conseguir tiene razón de causa final; el auxilio, en cambio, con el que se espera conseguir tiene carácter de causa eficiente. Pero en cada género de esas causas hay que considerar lo que es principal y lo que es secundario. El fin principal es el fin último, y el secundario es el bien ordenado al fin. De manera análoga, la causa eficiente principal es el agente primario, y la causa eficiente secundaria es el agente instrumental secundario. Ahora bien, la esperanza tiene como fin último la bienaventuranza eterna; el auxilio divino, en cambio, como causa primera que conduce a la bienaventuranza. Por lo tanto, como fuera de la bienaventuranza eterna no es lícito esperar bien alguno como fin último, sino sólo como ordenado a ese fin de la bienaventuranza, tampoco es lícito esperar en ningún hombre, o en criatura alguna, como causa primera que conduzca a la bienaventuranza; es lícito, sin embargo, esperar en el hombre o en otra criatura como agente secundario instrumental, que ayude a conseguir cualquier bien ordenado a la bienaventuranza. De esta manera recurrimos a los santos, e incluso pedimos algunos bienes a los hombres, y son vituperados aquellos en quienes no podemos esperar que aporten ningún tipo de auxilio. (S. Th., II-II, q.17, a.4, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

LA GRACIA del Sábado 24 de Febrero de 2018

Para crecer en la perfección del Padre Celestial comienza por sonreír, ser amable, escuchar al que está triste, acompañar al que está solo, dar una mano al que está caido.

[REPRODUCCIÓN PERMITIDA – Ayúdanos a divulgar este archivo de audio en las redes sociales, blogs, emisoras de radio, y otros medios.]

¿Con qué autoridad declara la Iglesia que alguien es un santo?

Fray Nelson muy buenas tardes, manifestándole mi confianza en su fe y conocimientos quisiera hacerle la siguiente pregunta: Partiendo de que no debemos juzgar al prójimo, es decir, que no tratemos de tomar el lugar de Dios definiendo el desenlace final de una persona, ¿cómo se explica que nosotros como iglesia digamos que alguien es Santo, o que está en la presencia plena de Dios? — B.E.C.

* * *

Tienes razón cuando manifiestas tu asombro por el hecho de que la iglesia se atreva a declarar que una persona está en la presencia de Dios y que es y será bienaventurado para siempre. Efectivamente si la iglesia deben diera únicamente de los recursos y los conocimientos humanos nunca podría declarar algo semejante.

Pero si lo piensas bien te das cuenta que la misión misma de la iglesia trasciende desde el principio los recursos puramente humanos. Cada vez que celebramos los sacramentos estamos afirmando que suceden cosas que trascienden completamente los límites y las capacidades de la simple naturaleza. Un bautizado no es simplemente un niño al que le cayó un poco de agua es alguien a quien se aplican una vez y para siempre todos los méritos de la santísima pasión de nuestro Señor Jesucristo.

La Iglesia puede obrar así en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía porque en ella obra la fuerza infinita del Espíritu Santo que Jesucristo le concedió y le concede. La asistencia del Espíritu Santo es la que garantiza que la palabra de la Iglesia no sea simplemente palabra y opinión humana. Esa misma asistencia es la que le permite reconocer cuándo la obra del Espíritu Santo se ha completado en una persona. Y es por esta razón por la que la iglesia después de discernir cuidadosamente los testimonios del pueblo de Dios y después de suplicar y verificar señales completamente sobrenaturales, como son los milagros, se atreve a afirmar que alguien está para siempre en la presencia de Dios.

Los Santos y el Niño Dios

Una reflexión de Felipe Gómez, predicador católico laico:

Sabemos que santa Teresita lleva el nombre del “Niño Jesús”, que san Antonio de Padua muchas veces se representa con el Divino Niño en sus brazos, y como ellos, muchos santos, beatos y místicos, tuvieron una relación estrecha con esos primeros años de vida de nuestro amado Jesús. Aquí unas pocas anécdotas.

Se cuenta que santa Teresa de Ávila, tuvo el privilegio de ver al niño Dios en varias ocasiones, e incluso conversaba con el. También sabemos por su biografía que El Niño la trataba con mucha cercanía, hasta el punto de reírse con ella y hasta de ella.

En mayo de 1231, San Antonio de Padua, vive en una humilde ermita en Verona, propiedad del conde Tisso. Una noche, el conde ve como El Niño Dios desciende del cielo y descansa en brazos del santo, pero el al verse descubierto con esta mística visita, le prohíbe divulgarlo hasta después de su muerte.

El primer pesebre que representa el nacimiento del niño Dios, fue inspirado a San Francisco de Asís. Encontró con facilidad quien representara cada personaje de esta hermosa escena, hasta buey, corderos y asno tenía, pero no un bebé que hiciera las veces del niño Dios. A la media noche, una luz resplandeciente apareció en el pesebre y el mismo Niño Divino se apareció ante el santo, para ser adorado por este hijo predilecto y los pobres de Asís.

En el convento de Venafro, mientras el santo padre Pío estaba allí, fue visitado por El Niño Dios, con una especial particularidad, tenía impresas las llagas de sus manos, sus pies y el costado. Esto ocurre en octubre de 1911.

La noche entre el 19 y 20 de septiembre de 1919, un testigo, ve a Padre Pío caminando en la noche con El Niño Dios en sus brazos mientras le murmura oraciones al oído.

El 24 de Diciembre de 1922, una hija espiritual de padre Pío, tuvo el privilegio de ver cómo apareció El Niño Dios y se posa en brazos del santo rodeándolo de una luz brillante. Por su humildad, el santo le prohíbe contarlo.

Cómo estás, hay muchas anécdotas hermosas en torno a la cercanía del niño Divino con nosotros sus privilegiados hermanos.

Jesús está en medio de nosotros, envuelto en pañales, Vamos a adorarlo con nuestras vidas.

Dios los bendiga

Letanía breve para toda ocasión

-Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
-Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.
-Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
-Santa Maria, Madre de Dios, Ruega por nosotros.
-San Miguel, Ruega por nosotros.
-Santos Ángeles de Dios, Rogad por nosotros.
-San José, Ruega por nosotros.
-San Juan Bautista, Ruega por nosotros.
-Santos Pedro y Pablo, Rogad por nosotros.
-San Andrés, Ruega por nosotros.
-San Juan, Ruega por nosotros.
-Santa María Magdalena, Ruega por nosotros.
-San Esteban, Ruega por nosotros.
-San Lorenzo, Ruega por nosotros.
-San Ignacio de Antioquía, Ruega por nosotros.
-San Lorenzo Ruega por nosotros.
-Santas Perpetua y Felicidad, Rogad por nosotros.
-San Gregorio, Ruega por nosotros.
-San Agustín, Ruega por nosotros.
-San Atanasio, Ruega por nosotros.
-San Basilio, Ruega por nosotros.
-San Martín, Ruega por nosotros.
-San Benito, Ruega por nosotros.
-Santos Francisco y Domingo, Rogad por nosotros.
-San Francisco Javier, Ruega por nosotros.
-San Juan María Vianney, Ruega por nosotros.
-Santa Teresa de Avila, Ruega por nosotros.
-Santa Catalina de Siena, Ruega por nosotros.
-Santos y santas de Dios, Rogad por nosotros.
-Muéstrate propicio, líbranos, Señor.
-De todo mal, líbranos, Señor.
-De todo pecado, líbranos, Señor.
-De la muerte eterna, líbranos, Señor.
-Por tu encarnación, líbranos, Señor.
-Por tu muerte y resurrección, líbranos, Señor.
-Por el envío del Espíritu Santo, líbranos, Señor.
-Nosotros, que somos pecadores, Te rogamos, óyenos.
-Jesús, Hijo de Dios vivo, Te rogamos, óyenos.
-Cristo, óyenos; Cristo, óyenos
-Cristo, escúchanos; Cristo, escúchanos!

Los niños santos de Fátima

Padre Fray Nelson: con motivo del viaje del Papa a Fátima, y la ceremonia de canonización de los niños Francisco y Jacinta, muchos medios de comunicación enfatizaban el hecho de que estos eran los niños más chicos, no mártires, que la Iglesia había declarado santos. Me pregunto si cuando se trata de niños, la Iglesia tiene un proceso especial, y en todo caso cómo es el procedimiento para que lo canonicen a uno. Gracias. –J.R.R.

* * *

El procedimiento es idéntico, aunque se trate de menores de edad. Y esto es lo notable en la santidad de Jacinta y Francisco Marto. Aciprensa trae un buen resumen del camino hacia la canonización, para todos los interesados:

Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores (cf Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 40; 48-51). “Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia” (Exhortación Apostólica Christifideles Laici 16, 3). (Catecismo de la Iglesia Católica, número 828).

Etapas en un proceso de Canonización

Son cuatro pasos:

1. Siervo de Dios.

El Obispo diocesano y el Postulador de la Causa piden iniciar el proceso de canonización. Y presentan a la Santa Sede un informe sobre la vida y las virtudes de la persona.

La Santa Sede, por medio de la Congregación para las Causas de los Santos, examina el informe y dicta el Decreto diciendo que nada impide iniciar la Causa (Decreto “Nihil obstat”). Este Decreto es la respuesta oficial de la Santa Sede a las autoridades diocesanas que han pedido iniciar el proceso canónico.

Obtenido el Decreto de “Nihil obstat”, el Obispo diocesano dicta el Decreto de Introducción de la Causa del ahora Siervo de Dios.

2. Venerable.

Esta parte del camino comprende cinco etapas:

a) La primera etapa es el Proceso sobre la vida y las virtudes del Siervo de Dios. Un Tribunal, designado por el Obispo, recibe los testimonios de las personas que conocieron al Siervo de Dios. Ese Tribunal diocesano no da sentencia alguna; ésta queda reservada a la Congregación para las causas de los santos.

b) La segunda etapa es el Proceso de los escritos. Una comisión de censores, señalados también por el Obispo, analiza la ortodoxia de los escritos del Siervo de Dios.

c) La tercera etapa se inicia terminados los dos procesos anteriores. El Relator de la Causa nombrado por la Congregación para las Causas de los Santos, elabora el documento denominado “Positivo”. En este documento se incluyen, además de los testimonios de los testigos, los principales aspectos de la vida, virtudes y escritos del Siervo de Dios.

d) La cuarta etapa es la Discusión de la “Positio”. Este documento, una vez impreso, es discutido por una Comisión de Teólogos consultores, nombrados por la Congregación para las Causas de los Santos. Después, en sesión solemne de Cardenales y Obispos, la Congregación para las Causas de los Santos, a su vez, discute el parecer de la Comisión de Teólogos.

e) La quinta etapa es el Decreto del Santo Padre. Si la Congregación para las Causas de los Santos aprueba la “Positio”, el Santo Padre dicta el Decreto de Heroicidad de Virtudes. El que era Siervo de Dios pasa a ser considerado Venerable.

3. Beato o Bienaventurado.

a) La primera etapa es mostrar al “Venerable” a la comunidad como modelo de vida e intercesor ante Dios. Para que esto pueda ser, el Postulador de la Causa deber probar ante la Congregación para las Causas de los Santos:

– La fama de santidad del Venerable. Para ello elabora una lista con las gracias y favores pedidos a Dios por los fieles por intermedio del Venerable.

– La realización de un milagro atribuido a la intercesión del Venerable. El proceso de examinar este “presunto” milagro se lleva a cabo en la Diócesis donde ha sucedido el hecho y donde viven los testigos.
Generalmente, el Postulador de la Causa presenta hechos relacionados con la salud o la medicina. El Proceso de examinar el “presunto” milagro debe abarcar dos aspectos: a) la presencia de un hecho (la sanación) que los científicos (los médicos) deberán atestiguar como un hecho que va más allá de la ciencia, y b) la intercesión del Venerable Siervo de Dios en la realización de ese hecho que señalarán los testigos del caso.

b) Durante la segunda etapa la Congregación para las Causas de los Santos examina el milagro presentado.

Dos médicos peritos, designados por la Congregación, examinan si las condiciones del caso merecían un estudio detallado. Su parecer es discutido por la Consulta médica de la Congregación para las Causas de los Santos (cinco médicos peritos).

El hecho extraordinario presentado por la Consulta médica es discutido por el Congreso de Teólogos de la Congregación para las Causas de los Santos. Ocho teólogos estudian el nexo entre el hecho señalado por la Consulta médica y la intercesión atribuida al Siervo de Dios.

Todos los antecedentes y los juicios de la Consulta Médica y del Congreso de Teólogos son estudiados y comunicados por un Cardenal (Cardenal “Ponente”) a los demás integrantes de la Congregación, reunidos en Sesión. Luego, en Sesión solemne de los cardenales y obispos de la Congregación para las Causas de los Santos se da su veredicto final sobre el “milagro”. Si el veredicto es positivo el Prefecto de la Congregación ordena la confección del Decreto correspondiente para ser sometido a la aprobación del Santo Padre.

c) En la tercera etapa y con los antecedentes anteriores, el Santo Padre aprueba el Decreto de Beatificación.

d) En la cuarta etapa el Santo Padre determina la fecha de la ceremonia litúrgica.

e) La quinta etapa es la Ceremonia de Beatificación.

4. Santo.

a) La primera etapa es la aprobación de un segundo milagro.

b) Durante la segunda etapa la Congregación para las Causas de los Santos examina este segundo milagro presentado. Se requiere que este segundo hecho milagroso haya sucedido en una fecha posterior a la Beatificación. Para examinarlo la Congregación sigue los mismos pasos que para el primer milagro.

c) En la tercera etapa el Santo Padre, con los antecedentes anteriores, aprueba el Decreto de Canonización.

d) La cuarta etapa es el Consistorio Ordinario Público, convocado por el Santo Padre, donde informa a todos los Cardenales de la Iglesia y luego determina la fecha de la canonización.

e) La última etapa es la Ceremonia de la Canonización.

En el año 2005, el Vaticano estableció nuevas normas para ceremonias de beatificación

En octubre del año 2005, La Congregación para las Causas de los Santos dio a conocer cuatro disposiciones nuevas para las ceremonias de beatificación entre las que destaca su celebración en la diócesis que haya promovido la causa del nuevo beato.

Las disposiciones son fruto del estudio de las razones teológicas y de las exigencias pastorales sobre los ritos de beatificación y canonización aprobadas por Benedicto XVI, informa Radio Vaticano.

La primera norma indica que mientras el Papa presidirá los ritos de canonización, que atribuye al beato el culto por parte de toda la Iglesia; los de beatificación –considerados siempre un acto pontificio– serán celebrados por un representante del Santo Padre, normalmente por el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

La segunda disposición establece que el rito de beatificación se celebrará en la diócesis que ha promovido la causa del nuevo beato o en otra localidad considerada idónea.

En tercer lugar se indica que por solicitud de los obispos o de los “actores” de la causa, considerando el parecer de la Secretaría de Estado, el mismo rito de beatificación podrá tener lugar en Roma.

Por último, según la cuarta disposición, el mismo rito se desarrollará en la Celebración Eucarística, a menos que algunas razones litúrgicas especiales sugieran que tenga lugar en el curso de la celebración de la Palabra y de la Liturgia de las Horas.