Qué es ser cristiano, 03 de 16, La Ley y la Gracia

[Serie de catequesis para las Monjas Dominicas del Monasterio de la Madre de Dios, en Baeron, Jenchen, Corea del Sur. Cada predicación fue traducida del español al coreano frase por frase, lo cual da un ritmo diferente a esta serie.]

Tema 3 de 16: La Ley y la Gracia

* La Ley ayuda a descubrir el pecado, y la Gracia ayuda a vencerlo.

* ¿Cómo sucede que el bien de las creaturas nos aparte del Bien Supremo, que es Dios, de quien toda creatura procede? Es que el pecado es un desorden: le quitamos el primer puesto a Dios, y en su lugar, ponemos algo creado.

* Nuestra voluntad no puede dejar de buscar el bien. También cuando pecamos buscamos un bien pero lo buscamos de manera equivocada. por eso, toda la conversión se reduce al Primer Mandamiento.

* Sobre esta base, entendemos qué es lo propio de la Alianza en la Biblia: no es entre iguales, y por eso su ideal no es el “punto medio.” Cuando Dios libera al pueblo del poder del Faraón, no está resolviendo un problema económico o social: está proclamando que es verdadero Señor.

* La Alianza es el reconocimiento del señorío de Dios. El perdón es entonces un retorno al poder de Aquel que es el único Creador. Es un nuevo comienzo, desde la fidelidad de Dios. Él no cambia ni comienza.

* Empezar de nuevo no es repetir, sino “ser nuevo” otra vez, porque Dios me ha hecho nuevo. No es simple paciencia prolongada, ni simple aguante ante la inexperiencia y la necedad.

* Así entendemos también nuestra infinita necesidad de la gracia. Nada nuestro puede “comprar” un nuevo comienzo: sólo puede llegar a nosotros como regalo, es decir, “por gracia.” Es también ese amor gratuito el que puede hacernos agradables a Dios, que en todo nos supera.

* Dios mismo, Dios eterno, es Don perpetuo, y en ese sentido, Él mismo es Gracia, Gracia Increada. La obra de su Espíritu Increado en nosotros, que somos creaturas, se llama gracia creada.

Qué es ser cristiano, 02 de 16, Reconocimiento del pecado

[Serie de catequesis para las Monjas Dominicas del Monasterio de la Madre de Dios, en Baeron, Jenchen, Corea del Sur. Cada predicación fue traducida del español al coreano frase por frase, lo cual da un ritmo diferente a esta serie.]

Tema 2 de 16: Reconocimiento del pecado

* No es fácil al corazón humano reconocer el pecado sobre todo por la fuerza que la soberbia, disfrazada de mil modos, suele tener en nosotros. Se necesita toda una pedagogía para llegar a descubrir la realidad del pecado en uno.

* De hecho, hay muchas cosas que no son pecado pero que en el recuerdo de algunas personas quedan como una especie de pecado o culpa. Esto se nota en el caso de las discriminaciones raciales o por razón de sexo: las personas de ciertas castas, razas o países son tratadas como sospechosas y culpables antes de que hayan hecho nada. Ese tratamiento humillante y excluyente queda a veces labrado en la mente de los maltratados, que entonces empiezan a verse a sí mismos con esos ojos.

* Más frecuente es el caso de los que no consideran pecado cosas que sí lo son. Al servicio de esta insensibilización y adormecimiento de la conciencia moral están los juegos de lenguaje, que maquillan la realidad con expresiones como: “interrupción del embarazo,” “muerte digna” o “matrimonio igualitario.”

* En general, las actitudes de evasión, cinismo, desesperación o fatalismo bloquean la mente y la hacen incapaz de reconocer el pecado en su dimensión propia. Pero si tales obstáculos se vencen, la persona llega a descubrir su realidad de pecado no como un punto final sino como el comienzo de un camino que habrá de recorrer de la mano del Dios clemente y compasivo.

Doctrina Espiritual de Santa Catalina, 02 de 10: El río, parte 2 de 2

[Serie de reflexiones para la Asociación de Vírgenes Seglares Dominicas, en Colombia.]

Tema 2 de 10: El río, parte 2

* El río del pecado, el río de la “lógica” del mundo, no discurre tranquilo, sino impetuoso y arrogante. El pecado sucede de modo tal que su paso por la vida humana parece prácticamente obligatorio: como si quisiera salir de su cauce e invadirlo todo.

* El río es, pues, implacable: su propósito es destruir y anegar; su fruto es la muerte, ya experimentada en esta tierra, y luego consumada en la eternidad.

* Pero se presenta como “natural.” Esto sucede, en nuestro tiempo de varios modos. Por ejemplo:

(1) Cuando se legaliza un acto moralmente desordenado, como el llamado matrimonio igualitario, o el aborto, o el consumo “recreativo” de drogas alucinógenas.

(2) Cuando se toma como normal lo que es estadísticamente abundante.

(3) Cuando se apela a lo que sucede en otras especies de la naturaleza: como decir que hay homosexualidad entre los pingüinos.

* Con estas y otras estrategias, el río se quiere hacer ver como inevitable, y quiere que ni siquiera intentemos luchar contra el imperio del pecado.

Doctrina Espiritual de Santa Catalina, 01 de 10: El río, parte 1 de 2

[Serie de reflexiones para la Asociación de Vírgenes Seglares Dominicas, en Colombia.]

Tema 1 de 10: El río, parte 1

* La plenitud humana está más allá del hombre: está en Dios mismo. No se llega a ser plenamente hombre encerrándose en la propia humanidad sino en la unión con Aquel cuya imagen y semejanza somos.

* Pero el hombre esta lejos de Dios. En vez de sinceridad, abunda la mentira. En vez de justicia, abundan la crueldad y el egoísmo. No sólo eso: los pecados que nos separan de Dios adquieren fuerza; aparecen de modo imprevisible y potente; seductor y engañoso.

* El pecado no es un hecho aislado: gana fuerza en una especie de red o complicidad que absorbe las potencias del ser humano y que enreda la humanidad de unos y otros. Esto lo describe Santa Catalina con la imagen de un río que separa la “orilla” del hombre y la “orilla” de Dios.

Para ser libres, 4 de 4, Liberados del poder del pecado

[Predicación en un Encuentro organizado por la Asociación Católica “Jesús, en Ti confío” de Bucaramanga, Colombia.]

Tema 4 de 4: Liberados del poder del pecado

* Partimos de la antigua definición de pecado, según San Agustín: “Dar la espalda a Dios, el Creador, por volvernos hacia las creaturas.” Pero, ¿qué hace que uno deje el bien mayor y más estable por volverse hacia bienes menores e inseguros?

* Antes de responder, conviene subrayar un hecho que Santo Tomás destaca: nuestra voluntad siempre busca algún modo de bien, así lo busque mal. Ese es el fundamento ontológico que permite hacer siempre la distinción entre el pecador y su pecado.

* Dejamos a Dios, que es el bien mayor, porque somos engañados. Hay tres engaños principales:

(1) El primer engaño es este: “Lo que tú quieres, lo puedes tener más rápidamente, más fácilmente o más intensamente a través de este atajo… (que al final es el pecado)” Así nos tienta el enemigo malo para inducirnos a explorar las tierras del pecado y de la rebeldía contra Dios.

(2) Cuando ese engaño queda patente, por las consecuencias que trae pecar, viene el segundo engaño: “En esta otra forma de pecado encontrarás la satisfacción que te hará olvidar la insatisfacción que antes tuviste con el pecado anterior.” Así nos lleva el enemigo malo hacia la repetición de pecados, para engendrar vicios arraigados.

(3) Y cuando la persona se siente frustrada y derrotada en sí misma, viene el tercer engaño: “En realidad, tú eres así. Acepta que siempre vas a repetir lo mismo. Aún más: ¿por qué no declaras como bueno lo que de todos modos vas a seguir haciendo?” Así nos encamina el enemigo malo hacia el cinismo y la desesperación.

* Por supuesto, esos engaños tienen su base en el macro-engaño, la gran mentira, que es esta: “Debes escoger, si quieres ser obediente o quieres sr feliz.”

* Cristo vence esos engaños: la abundancia de su amor hace que los atajos se revelen como puros engaños; su invitación a que permanezcamos en Él nos lleva a perseverar en la virtud; el poder transformante de su gracia deja patente que el pecado no tiene la última palabra.

Las Catequesis de la Misericordia, 6 de 6, Pecadores Redimidos

[Predicación en el Cuarto Congreso de la Divina Misericordia, de la Arquidiócesis de Chicago.]

Tema 6 de 6: Pecadores Redimidos

* La miseria más grande del ser humano, que sirve por ello mismo de ocasión para la manifestación más grande de la misericordia divina, es el pecado.

* Nuestro pecado es el sello de la ceguera que nos impide ver quién nos ama de verdad; es el rastro que deja nuestra idolatría; es el lenguaje de crueldad con que privamos a los demás de los bienes que deberíamos haberles compartido, empezando por nuestro propio tiempo y talentos.

* En el despertar del arrepentimiento y en la paz que trae el perdón Dios devuelve el orden y la posibilidad de un futuro a nuestra vida. Si el pecado excluye, la misericordia llama y acoge. No acoge para dejar al pecador en su pecado pero sí acoge para hacer posible un camino, de modo que, si tu nombre es “pecador” que tu apellido sea “redimido.”

Universalidad del pecado y universalidad de la salvación

120 La doctrina del pecado original, que enseña la universalidad del pecado, tiene una importancia fundamental: « Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros » (1 Jn 1,8). Esta doctrina induce al hombre a no permanecer en la culpa y a no tomarla a la ligera, buscando continuamente chivos expiatorios en los demás y justificaciones en el ambiente, la herencia, las instituciones, las estructuras y las relaciones. Se trata de una enseñanza que desenmascara tales engaños.

La doctrina de la universalidad del pecado, sin embargo, no se debe separar de la conciencia de la universalidad de la salvación en Jesucristo. Si se aísla de ésta, genera una falsa angustia por el pecado y una consideración pesimista del mundo y de la vida, que induce a despreciar las realizaciones culturales y civiles del hombre.

121 El realismo cristiano ve los abismos del pecado, pero lo hace a la luz de la esperanza, más grande de todo mal, donada por la acción redentora de Jesucristo, que ha destruido el pecado y la muerte (cf. Rm 5,18-21; 1 Co 15,56-57): « En Él, Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo ».[Juan Pablo II, Exh. ap. Reconciliatio et paenitentia, 10: AAS 77 (1985) 205] Cristo, imagen de Dios (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15), es Aquel que ilumina plenamente y lleva a cumplimiento la imagen y semejanza de Dios en el hombre. La Palabra que se hizo hombre en Jesucristo es desde siempre la vida y la luz del hombre, luz que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,4.9). Dios quiere en el único mediador, Jesucristo su Hijo, la salvación de todos los hombres (cf. 1 Tm 2,4-5). Jesús es al mismo tiempo el Hijo de Dios y el nuevo Adán, es decir, el hombre nuevo (cf. 1 Co 15, 47-49; Rm 5,14): « Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación ».[Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1042] En Él, Dios nos « predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos » (Rm 8,29).

122 La realidad nueva que Jesucristo ofrece no se injerta en la naturaleza humana, no se le añade desde fuera; por el contrario, es aquella realidad de comunión con el Dios trinitario hacia la que los hombres están desde siempre orientados en lo profundo de su ser, gracias a su semejanza creatural con Dios; pero se trata también de una realidad que los hombres no pueden alcanzar con sus solas fuerzas. Mediante el Espíritu de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, en el cual esta realidad de comunión ha sido ya realizada de manera singular, los hombres son acogidos como hijos de Dios (cf. Rm 8,14-17; Ga 4,4-7). Por medio de Cristo, participamos de la naturaleza Dios, que nos dona infinitamente más « de lo que podemos pedir o pensar » (Ef 3,20). Lo que los hombres ya han recibido no es sino una prueba o una « prenda » (2 Co 1,22; Ef 1,14) de lo que obtendrán completamente sólo en la presencia de Dios, visto « cara a cara » (1 Co 13,12), es decir, una prenda de la vida eterna: « Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo » (Jn 17,3).

123 La universalidad de la esperanza cristiana incluye, además de los hombres y mujeres de todos los pueblos, también el cielo y la tierra: « Destilad, cielos, como rocío de lo alto, derramad, nubes, la victoria. Ábrase la tierra y produzca salvación, y germine juntamente la justicia. Yo, Yahvéh, lo he creado » (Is 45,8). Según el Nuevo Testamento, en efecto, la creación entera, junto con toda la humanidad, está también a la espera del Redentor: sometida a la caducidad, entre los gemidos y dolores del parto, aguarda llena de esperanza ser liberada de la corrupción (cf. Rm 8,18-22).

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