Haciendo de una difamación una ocasión para evangelizar

Ante el inminente estreno de la versión cinematográfica del libro de Dan Brown, «El Código Da Vinci», la Conferencia del Episcopado Mexicano ha emitido un documento en el cual analiza, objetivamente, la actitud de los fieles ante este acontecimiento.

Dado que se trata de un best-seller mundial y que podría ser visto en la pantalla grande por hasta 800 millones de seres humanos, la Iglesia católica mexicana quiere dirigir una palabra a los católicos del país y del mundo, sobre todo, para que aprovechen esta coyuntura y se preparen para hablar de Cristo desde la verdad.

Por el interés que presenta el documento, lo reproducimos en su totalidad (gentileza de ZENIT.ORG).

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Tiempo para el Evangelio – Misericordia Quiero

Habíase detenido el camino hacia Dios en aquel cristiano, porque no lograba perdonar. Angustiado en su dureza, clamó al Señor, y el Señor le respondió:

Sed misericordiosos, como es miseri­cordioso vuestro Padre Celestial.
No juzguéis tan duro al hombre: es sólo un hombre.
Y si tiene delirios de grandeza, es por su misma pequeñez.
Si os parece ávido de cuanto ven sus ojos, comprended que es la enfermedad de un peregrino.
Y si en su camino se aferra al equi­paje, compadeceos de su pobreza.
Ninguna ropa tapará su desnudez. Y sus respuestas no lograrán acallar el clamor de su ignorancia.

Si veis en sus ojos veneno de envidia, no envidiéis su triste condición.
No temáis los bramidos de los hom­bres, cuando sueñan ser terribles fieras: suelen los hombres gritar como poderosos, y sus gritos son súplicas; son gemidos que imploran perdón, afecto, una mano amiga, un corazón abierto.

Si escucháis las mentiras de los hombres, no olvidéis que la Mentira se cierne sobre ellos, casi tanto como el absurdo, o la muerte.
Por ello, no juzquéis tan duro al hombre: es sólo un hombre.
Pero en él hay buena semilla y una chispa de infinito. Es la obra suprema de la creación, es la razón de ser de la historia, es mi digno y amado interlocu­tor.

Es triste el pecado, ¿verdad? Grave cosa el mal, ¿no es cierto? Pero con­suélate: no cabrían tantos males en el hombre, si no fuera tanta su grandeza. Yo, que lo conozco, te lo puedo asegu­rar: en él hay una chispa de infinito. ¿Por qué apagar esa chispa? Dadle amor. Amad a vuestro prójimo; amadle sin medida, porque no tienen medida su sed, ni su pecado, ni su indigencia. Pero si aún necesitáis una medida, tomad mi Cruz y unidla a vuestro pecho. Cuando mi Sangre se confunda con vuestra sangre, tendréis la medida del amor.

Y aquel cristiano de duro corazón daba gracias, porque al resonar el nombre de la Cruz de Cristo, una puerta se abrió en su alma, y por esa puerta entró la paz.

Tiempo para el Evangelio – A la Hora de Partir

Ante la fugacidad de los días que corren y corren, hasta parecer alcan­zarse unos a los otros, se preguntaba un cristiano qué habría de quedar de tantos afanes. Y en sueños oyó que el Señor le hablaba:

Sólo una cosa era realmente impor­tante: que me conocieras, y que en mí supieras quién eres. Ahora tu historia llega a su final. El tiempo se ha venci­do y ya es hora de dejar de escribir y de leer lo que has escrito. Mira, pues, tu pasado, que ya no volverá, y mira la eternidad que te aguarda. Ha concluido tu oportunidad para el bien y tu ocasión para el mal. Veamos entonces quién fuiste, quién eres y quién serás.

Sólo una cosa era realmente impor­tante: que me amaras, y que en mí amaras cuanto existe. Revisa tu libro. Mira dónde está escrita la palabra “amor”. Esa palabra me interesa. Mira ahora si está escrita con minúscula o con mayús­cula. Bien, puedes borrar tus amores minúsculos; esos no franquearán la muerte. Fueron, pero ya no son. Revisa de nuevo tu libro. Haz un índice de tus Amores mayúsculos, esto es, los que han nacido de mi Amor. Puedes escribir esas palabras con oro puro, porque durarán para siempre.

Sólo una cosa era realmente impor­tante: que me sirvieras, y que así fueras dueño del hermoso mundo. No olvides que yo soy el Señor. ¿Ves tus páginas en blanco? Son tus caprichos: puro tiempo perdido: ¡nada! ¡Nada quedó de ellos! Cuenta las palabras vacías, las sonrisas falsas, los cinismos ver­gonzosos, las hipocresías, las rebeldías infantiles, la soberbia. Por cada una de esas palabras, una lágrima; y por cada una de esas sonrisas, un gemido; y por cada cinismo, un agudo lamento; y por cada hipocresía, un nuevo dolor; y para la soberbia, fuego: fuego puro. Es el precio que pagaste.

Sólo una cosa era realmente impor­tante: que tu estuvieras escrito en mi Libro. ¿No oíste hablar del Libro de la Vida? Lee, pues, ahora. Busca tu nombre en mis páginas. Lee en mí. Yo soy una cosa con mis palabras. Lee entonces en mí. Mira si te pareces a mí, después que yo quise parecerme tanto a ti. Y si te vieres escrito en mi Libro, alégrate. Porque el tiempo ya no espera. Y ahora, cuando ha llegado el momento de partir, sólo lo importante vale. Levántate, pues, y habla. Yo soy Jesucristo; tú, ¿quién eres?.

Así comienza a hablar el Señor, en el umbral de la muerte.

Tiempo para el Evangelio – Adelantar el Juicio

Anticipar La Salvacion

Cansado de tantas y tan diversas opiniones de la gente, un cristiano meditaba sobre la verdad de las cosas. Y confiado en que la sabiduría divina es más firme que los decires humanos, llegó a escuchar a su Señor, que con acento firme le decía:

Muchas personas han vivido y viven pendientes de los juicios y prejuicios de los demás. Su vida es un mar tormentoso, sometido a todos los vientos y todas las olas. Pero muchísimas más personas pretenden vivir al margen de toda opinión ajena. Se imaginan que son norma para sí mismos, y con ello lo único que han logrado es agregar, a la tormenta, la noche.

La verdad es que tampoco la palabra que tú dices sobre tu vida es definitiva. Unas veces estás alegre y otras triste; por un tiempo te levantas con soberbia, y luego te deprimes en profundo abatimiento. Además, no conoces toda la verdad sobre ti, y bien puede ser que en algunas de tus culpas seas menos malo de lo que piensas, y en algunas de tus buenas obras merezcas menos elogios de los que pretendes.

He aquí que yo tengo algo que decirte y algo qué decir sobre ti. Dios, mi Padre, que te ha formado, conoce tu ser: sus ojos no sufren la mentira de las apariencias y sus manos llevan siempre a término las palabras de su boca. El da la muerte y la vida, hunde en al abismo y levanta, da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece.

Bien lo dijo mi Predicador: Es viva y eficaz la palabra de Dios, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y las médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón. No hay para ella criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien has de dar cuentas.

Hoy es un día de gracia; este es tiempo de misericordia. ¡No se ha pronunciado la última palabra sobre tu vida! Dios hace de ti palabra suya cuando te crea cada día, cuando te habla cada mañana, cuando te escucha cada tarde. Pero, atiende: llegará un día último, en el cual no haya más que hablar. Ese Día, Dios dirá qué piensa de ti, de tus juicios, de tus obras, de tus pensamientos, de tu amor.

Hoy te hablo, y aquel día te hablaré. Pero hay esta diferencia: cuando escuches esa última palabra, que resonará en toda la Creación y en todos los rincones de la Historia tú sabrás por fin quién eres.

Piensa en que la muerte, mi muerte y la resurrección, mi resurrección han llevado al extremo la Historia. Nada encontrarán los siglos más grave o más terrible que mi muerte; nada más admirable o más glorioso que mi resurrección. Ven. Abraza mi Muerte, que es el Juicio; acoge mi Resurrección, que es la Justicia. Que si Dios te justifica, ¿quién te condenará?

Escucha: Dios, sabiendo cuánta majestad y poder hay en su Palabra, ha querido anticipar el Juicio en forma de inagotable torrente de misericordia, perdón, redención y salvación. Soy Dios para ti, soy Dios contigo, soy Jesucristo. Dios te concede adelantar el juicio para ofrecerte de una vez su justicia salvadora y así liberarte no sólo del pecado y del castigo, sino también del temor al pecado y al castigo.

Escucha: nada puede traerte tanta paz como saber que por encima de las opiniones ajenas y de los complejos tuyos, está el parecer de mi Padre Celestial. Mira que ahora te salva el que luego te juzgará. ¿Habrá que temer ese juicio, si ya te lo anuncia mi Cruz? ¿Habrá que temerlo, si el Juez quiere otorgarte su perdón?

No temas, cristiano, no temas. Escucha la palabra del que venció la muerte y ahora vive Resucitado de entre los muertos: “Shalom. La paz contigo”. Desde más allá de la Historia, te saluda mi voz y te dice: “La paz contigo”. Desde la victoria te canta mi alma y te ofrece el Espíritu de Verdad, que te guía hacia la Verdad completa. Desde tu futuro junto a mí, desde lo que estás llamado a ser, mis ojos se alegran aguardándote. Pero también desde el pasado, desde la noche de la Cruz, mis ojos te reconocen: he dejado que allí te miren para que no olvides cuánto te amo y cuál es el camino hacia la gloria.

Hoy es tu día de salvación. Hoy me has escuchado. Reconoce quién soy yo y quién eres tú. Conociéndote ante Dios, anticipas el Juicio; conociéndolo en ti, anticipas tu salvación. Guarda silencio, por hoy. Deja que yo te hiera y te cure; deja que te quebrante y te reconstruya; ven a morir conmigo, ven a resucitar a mi lado.

Sorprendido del esplendor divino, el cristiano levanta su mirada y por un fugaz instante ve la sombra luminosa de la Cruz. Entonces sonríe del mundo, y siente un cariño inmenso por todos los mortales.

Vivir el Evangelio – Habla Jesucristo

Se acerca el cristiano para escuchar a Cristo, su Señor, y oye palabras que tienen sabor de eternidad y fuerza de vida. Con grande amor y majestad habla Jesucristo, y dice:

Nadie te amó tanto como yo. Te conocí y te amé antes de que existieras. En el vientre de tu madre tejí con amor tu organismo, y plasmé en ti la imagen mía, y así te hice semejante a Dios. No dejé de amarte cuando pecabas; no se enfrió mi amor cuando te alejabas de mí. Desde la Cruz vi tu rostro, y con mi muerte transformé la maldición que te agobiaba en una bendición sin límites. Tampoco ahora ceso de amarte. Soy tu fuerza y tu vida.

Me perteneces. Me pertenecen tus alegrías, porque yo soy tu verdadera alegría, y lejos de mí sólo se siente tristeza de muerte. Me pertenecen tus pensamientos, porque yo lleno tu pensa­miento y tu ser. ¿En qué puedes pensar que esté lejos de mi poder o de mi misericordia? Me pertenece tu sangre, que yo lavé y limpié con mi propia Sangre. ¿Cómo sería tu vida, si yo te quitara mi vida? Yo no quiero un poco de ti, porque yo no te di un poco de mí. Quiero todo de ti, pero lo quiero con amor.

Dime, ¿a quién sirves? ¿No has escu­chado que yo he recibido todo poder de mi Padre? ¿Conoces la diferencia entre servirme a mí, que tanto te amo, y servir a los poderes de este mundo, que tanto te odian? Yo llamo “amigos” y “hermanos” a quienes me sirven, y yo mismo soy su fuerza, su alegría y su recompensa. Esos poderes, en cambio, tratan a sus siervos como esclavos y enemigos; son insaciables, reclaman cada vez más tiempo, más dinero y más amor. Son ladrones que desearían destruirte, beberse tu sangre y darte por recompensa la muerte.

Sin embargo, no temas. Estoy más cerca de ti que cualquier amigo o enemi­go tuyo. Cuando duermes, son mis brazos quienes te sostienen en el ser; cuando despiertas, son mis ojos quienes ilumi­nan los tuyos.

Conozco toda la creación, del alto cielo a lo profundo del abismo. A cada uno le doy cuanto necesita. Hay quien requiere sólo agua y luz, y yo le doy agua y luz. Tú fuiste creado por mi Padre para participar y gozar del mismo Espíritu por el que soy Cristo. Naciste para ser en mí, y en mí ser como Dios. Yo quiero colmar tu deseo. No soy envi­dioso ni mezquino. Me gozo mirándote, cuando en ti descubro la bondad y el poder de mi Padre. Quiero darte lo que necesitas; quiero saciarte de lo que ya es tuyo, porque yo lo gané para ti en la noche de la Cruz y en el día de la Resurrección. Bien sabes que mi Resurrec­ción no conoce fin, y que yo tengo las llaves de la muerte. A ti quiero darte vida.

Todos son movidos por el poder de mi Dios, según el ser que de él han recibi­do. Mi Padre obra en las piedras como piedras que son. El es dureza y consis­tencia para ellas, y así las sostiene en el ser que les dio. Su poder, empero, es distinto luego en la delicadeza de las plantas, en la belleza de las flores, en la altura de los árboles, en la inteli­gencia de los ángeles o en cualquiera otra de sus obras. En el hombre, el poder de Dios, mi Padre, no sólo es vida natural, sino también vida de la gracia. Por eso yo no te obligo como si fueras una piedra, sino que te amo y te doy mi gracia, para que en ti halle su perfec­ción el deseo de mi Padre y resplandezca más y más su gloria.

Te amo con amor eterno: con el Amor que he recibido de mi Padre. Y mi amor es poderoso en ti, como en las demás criaturas. Si me amas, sentirás mi amor como calor de vida; si renuncias a amarme, sentirás mi amor como fuego de condenación y oprobio. Porque has de saber que el Amor que procede del Padre y de mí llena todo lo creado; para quienes creen y aman, ese Amor es Amor; pero para quienes no creen y sólo entienden de odio, tal Amor les parece odio y les produce fastidio, y por eso hablan mal del Espíritu Santo y del designio de mi Padre Dios.

No quiero que te suceda nada malo. Puesto que yo fui hasta ti y permanezco contigo en mi naturaleza humana, y ahora glorificado sigo siendo verdadero hom­bre, del mismo modo quiero que vengas a mí y permanezcas conmigo y seas Dios conmigo, en justicia y santidad. Ya que te he acogido como amigo y hermano, recíbeme tú también: dame amplio espacio en ti. Quiero vivir en ti; quiero imperar y ser Señor en ti, para gloria de mi Padre y para salvación tuya. Ya que mi amor se ha vuelto tiempo para esperarte, no tardes más; haz que tu amor y tu voluntad se hagan pronta y solícita respuesta. Llámame y estaré contigo. No te apartes de mí, que yo me quedaré a tu lado. Quiero formar un gran Rebaño; deseo congregar a la familia de los hijos de Dios, porque anhelo celebrar mis Bodas con la Iglesia Santa.

Con estas y muchas otras palabras sabe hablar Cristo a quien desea escucharle.

Tiempo para el Evangelio – Retorno a los Escritos de Vida Espiritual

Presentación

“Muchas veces y de muchas modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas: en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien hizo los mundos, el cual, siendo resplandor de su gloria e impron­ta de su substancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la majestad en las alturas” (Heb 1,1‑3).

Puede decirse, con la debida reveren­cia, que el presente folleto desea ser un comentario al texto precedente. Jesucristo es la Palabra del Padre, el Mensaje supremo, la Noticia importante, Aquello que necesitábamos saber, Aquel a quien debíamos conocer. Su voz, llegada a nosotros por medios comunes o extraor­dinarios, nos conduce a la revelación del Rostro de Dios en el Hombre. En el momento sublime de la Cruz, esta revela­ción se hace desconcertante, pero plena y definitiva.

Bajo la autoridad y parecer de la santa Iglesia Católica, se ofrecen las palabras aquí escritas. Quiera Dios, el Padre que se nos ha revelado enteramente en Cristo, su Hijo, Nuestro Señor, acogerlas y hacerlas germinar, para su honor y gloria.

Fr. Nelson M.

¿Por qué, mi niño?

¿Por qué has de ir con el rostro bajo? ¿Quién apagó la luz de tus ojos?
¿Por qué a veces te hablo y no me respondes? ¿Por qué gritas en mis oídos “dónde estás”, y luego tapas los tuyos cuando te susurro “aquí”? ¡Oh, mi niño! ¡Y te disgusta que te llame “niño”! Pero sigues siendo un niño, y sigues siendo mío.

¿Por qué quieres limitarme? ¿Por qué quieres que mis promesas se parezcan a tus deseos? ¡Oh, mi niño! Saldrías ganando si me aceptaras, y así ganaras la posibilidad de ser conmigo.

¿Porqué te haces daño? ¿Por qué quieres hacerme sufrir, privándote de mí? ¡Oh, mi niño! Caminas por mi mundo y bajo mi cielo; respiras mi aire, bebes mi agua y te alimentas de mis campos; yo te arropo, te doy piso y te hago ser. Sin mí pierdes lo mejor de ti.

¿Por qué te ocupan tanto tus cosas? ¿Por qué tus pensamientos te parecen tan importantes? ¡Oh, mi niño! Desearías apagar mi sol para que se viera bien tu linternita. ¡Y a veces pateas la tierra que te sostiene! Sería mejor besar esa tierra y agradecer ese sol.

¿Por qué me empequeñeces? ¿Por qué me tratas como si no me conocieras? ¡Oh mi niño! He hecho todo para que me conoz­cas. Yo no ahorro esfuerzos, no guardo nada para mí, no tengo segundas inten­ciones, no prometo más de lo que tengo ni ofrezco menos de lo que soy.

¿Por qué huyes de mi dulzura? ¿Por qué saboreas tus venenos? ¡Oh mi niño! ¡Se te ha lastimado el paladar, se te ha embotado el gusto! Al contrario: ¡qué suave bondad y qué gozo embriagará tu alma cuando al fin vuelvas a mí!

“Ven, entonces. Ven a cenar a mi Casa: a comer de mi Pan y beber de mi Vino. Ven a alegrarte conmigo”.

Sinopsis del Padrenuestro

Las 7 Metas… ¡a la inversa!

Carta de Jesús para ti:

Querido hermano y hermana: La oración del Padrenuestro que Yo, Jesús, os enseñé, es un resumen de vida divina, de las 7 metas que tiene que conseguir el cristiano, ¡presentadas a la inversa!: Son 7 peticiones. La primera petición se tiene consiguiendo la segunda; la segunda, teniendo la tercera; la tercera, teniendo la cuarta, y así sucesivamente (Mat.6:9-13).

1- La primera petición y meta final del cristiano es “que el nombre de nuestro Padre celestial sea santificado”. Alabar a Dios con sumo gozo por cada segundo del día y de la noche, es la vida eterna del Cielo (1). Alabar a Dios, santificarlo, glorificarlo, adorarlo, darle gracias con gozo en cada segundo del día y de la noche es la meta del cristiano en la tierra, la forma de orar continuamente, y el secreto de vivir siempre con gozo en la tierra (1b).

2-Para obtener la primera petición hay que tener la segunda: “venga a nosotros tu reino”. El Reino de Dios es Jesús, Yo, en tu corazón. Es la esencia del cristiano, ser portador de Cristo. Y si Yo, Jesús, vivo en tu corazón, en verdad vas a santificar el nombre de Dios, con tu palabra y sobre todo con tu vida divina (2).

3- Para vivir en el Reino, hay que “hacer la voluntad de Dios en tu vida tal como se hace en el Cielo”, que es la tercera petición, la meta clave en la vida. “Quien hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (3).

4- No es fácil hacer la voluntad de Dios en cada segundo del día. Para poderlo hacer en la peregrinación de la tierra, tenéis que comer a diario “el pan nuestro de cada día”, ¡la Eucaristía!, que Dios te la da a diario, pero tu tienes que ir a recibirla cada día (4). Este es la cuarta petición, la central, la vida y sostenimiento de todos los días.

5- Para poder recibir la Eucaristía, hay que cumplir la quinta petición: “perdonar las ofensas de los hermanos”, porque si antes de recibir la Eucaristía recuerdas que has ofendido a alguien, o que no lo has perdonado, deja tu ofrenda en el altar, y vete antes a reconciliarte con el. Y es tremenda esta quinta petición, porque “le pides a Dios que te perdone tal como tu perdonas al vecino”… si tu no perdonas, le pides a Dios que no te perdone (5).

6- La sexta petición y meta es “no nos dejes caer en la tentación”. Es básica, porque la vida en la tierra es un período de prueba para ganarte la vida eterna, y vas a tener tentaciones, pruebas, y precisamente cuanto más ores y más penitencia hagas más tentaciones vas a tener, como las tuve Yo, Jesús, cuando oré y ayuné por 40 días en el desierto (6).

7- La séptima y última petición es la raíz de todo, “líbranos del mal”. El Pecado es el único mal del cristiano… y del pagano. Quien vive en pecado, no está en nada, mi hermano. Quien vive en gracia de Dios, vive en el amor. Para eso vine Yo, Jesús, al mundo, para quitar el pecado, y para que viváis en Dios. Quien vive en pecado, pertenece a Satanás, quien vive en gracias de Dios, me tiene a mi, a Jesús, en su corazón, vive en la tierra, ya, en el amor, glorificando y dando gracias continuas con sumo gozo al Señor, ¡aunque se hunda el mundo a su alrededor!.

1- Apoc.4:8,9,11… 1b- 1Tes.5:16-18… 2- Gal2:20… 3- Mar.3:35… 4- Jn.6:48-58, 1Cor.11:29-30… 5- Mat.5:23-24, 6:12,14… 6- Mat.4, Luc.4… 7- Jn.1:29,36, 1Jn.3:4-10.

Un Sacerdote debe Ser

Muy grande y a la vez muy pequeño,
de espíritu noble como si llevara sangre real
y sencillo como el labriego.

Héroe por haber triunfado de sí mismo
y el hombre que llegó a luchar contra Dios.
Fuente inagotable de santidad
y pecador a quien Dios perdonó.

Señor de sus propios deseos
Y servidor de los débiles y vacilantes.
Uno que jamás se doblegó ante los poderosos
Y se inclina, no obstante, ante los más pequeños.

Y es dócil discípulo de su Maestro
y caudillo de valerosos combatientes,
pordiosero de manos suplicantes
y mensajero que distribuye oro a manos llenas.

Animoso soldado en el campo de batalla
y mano tierna a la cabecera del enfermo.
Anciano por la prudencia de sus consejos
y niño por su confianza en los demás.

Alguien que aspira siempre a lo más alto
y amante de lo más humilde…
Hecho para la alegría y acostumbrado al sufrimiento.
Ajeno a toda envidia.

Transparente en sus pensamientos.
Sincero en sus palabras.
Amigo de la paz.
Enemigo de la pereza,
Seguro de sí mismo.

Respuesta Positiva

A veces no tenemos victoria en nuestra vida Cristiana
porque creemos en un Dios a nuestra medida y no buscamos la medida de lo que Dios es…

Usted dice: “Es imposible”
Dios dice: Todo es posible. (Lucas 18, 27)

Usted dice: “Estoy muy cansado.”
Dios dice: Yo te haré descansar. (Mateo 11, 28-30)

Usted dice: “Nadie me ama en verdad.”
Dios dice: Yo te amo. (Juan 3, 16 y Juan 13, 34)

Usted dice: “No puedo seguir.”
Dios dice: Mi gracia es suficiente. (II Corintios 12, 9 y Salmos 91, 15)

Usted dice: “No puedo resolver las cosas.”
Dios dice: Yo dirijo tus pasos. (Proverbios 3, 5-6)

Usted dice: “Yo no lo puedo hacer.”
Dios dice: Todo lo puedes hacer. (Filipenses 4, 13)

Usted dice: “Yo no soy capaz.”
Dios dice: Yo soy capaz. (II Corintios 9, 8)

Usted dice: “No vale la pena.”
Dios dice: Si valdrá la pena. (Romanos 8, 28)

Usted dice: “No me puedo perdonar.”
Dios dice: YO TE PERDONO. (I Juan 1, 9 y Romanos 8, 1)

Usted dice: “No lo puedo administrar.”
Dios dice: Yo supliré todo lo que necesitas. (Filipenses 4, 19)

Usted dice: “Tengo miedo.”
Dios dice: No te he dado un espíritu de temor. (I Timoteo 1, 7)

Usted dice: “Siempre estoy preocupado y frustrado.”
Dios dice: Echa tus cargas sobre mi. (I Pedro 5, 7)

Usted dice: “No tengo suficiente fe.”
Dios dice: Yo le he dado a todos una medida de fe. (Romanos 12, 3)

Usted dice: “No soy suficientemente inteligente.”
Dios dice: Yo te doy sabiduría. (I Corintios 1, 30)

Usted dice: “Me siento muy solo.”
Dios dice: Nunca te dejaré, ni te desampararé. (Hebreos 13, 5)

Reflexiones sobre los Sacerdotes

Cuando se piensa que ni la Santísima Virgen puede hacer lo que un sacerdote; cuando se piensa que ni los ángeles, ni los arcángeles, ni Miguel, ni Gabriel, ni Rafael, ni príncipe alguno que aquellos que vencieron a Lucifer pueden hacer lo que un sacerdote;

Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, realizó un milagro más grande que la creación del universo con todos sus esplendores, y fue convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre para alimentar al mundo; y que este portento, ante el cual se arrodillan los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un sacerdote;

Cuando se piensa en el otro milagro que solamente un sacerdote puede realizar: perdonar los pecados, y que lo que él ata en el fondo de su humilde confesionario, Dios, obligado por su propia palabra, lo ata en el Cielo, y lo que él desata, en el mismo instante lo desata Dios;

Cuando se piensa que la humanidad se ha redimido y que el mundo subsiste porque hay hombres y mujeres que se alimentan cada día de ese Cuerpo y de esa Sangre redentora que sólo un sacerdote puede realizar;

Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese poquito de pan y ese poquito de vino;

Cuando se piensa que eso puede ocurrir porque están faltando las vocaciones sacerdotales; y que cuando eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla; y las gentes aullarán de hambre y de angustia, y pedirán ese pan, y no habrá quien se los dé; y pedirán la absolución de sus culpas y no habrá quién las absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el mayor de los espantos;

Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él;

Cuando se piensa que un sacerdote cuando celebra en el altar tiene una dignidad infinitamente mayor que un rey; y que no es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que es Cristo mismo que está allí repitiendo el mayor milagro de Dios.

Cuando se piensa todo esto, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales; Uno comprende el afán con que, en tiempos antiguos, cada familia ansiaba que de su seno brotase, como una vara de nardo, una vocación sacerdotal; Uno comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los sacerdotes, lo que se reflejaba en las leyes;

Uno comprende que el peor crimen que puede cometer alguien es impedir o desalentar una vocación;

Uno comprende que provocar una apostasía es ser como Judas y vender a Cristo de nuevo;

Uno comprende que más que una iglesia, y más que una escuela, y más que un hospital, es un seminario o un noviciado; Uno comprende que dar para construir o mantener un seminario o un noviciado es multiplicar los nacimientos del Redentor;

Uno comprende que dar para costear los estudios de un joven seminarista o de un novicio es allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre, que durante media hora, cada día, será mucho más que todas las dignidades de la tierra y que todos los santos del cielo, pues será Cristo mismo, sacrificando su Cuerpo y su Sangre para alimentar al mundo.

Lunes de Federico (5)

[Capítulo anterior]

De camino al aeropuerto

Federico y Fidelio han terminado de modo casi abrupto su conversación, pero las ideas siguen bullendo, como el café recién hecho, en la cabeza de Federico.

–¡A ti quería verte, Renata!

–Federico, ¡mucho gusto verte! ¿Tomando un café para vencer el frío?

–Sí, aunque ni mucho café tomé. Vieras tú: estaba con el Reverendo Padre Fidelio, y acabamos de tener una conversación de lo más interesante. Es buen tipo, el Fidelio.

–Sí lo vi salir de esta misma cafetería con cierta prisa. Él iba por la otra acera y no me saludó, me imagino que porque se le hacía tarde para el rezo. Pero como tú dices: es un buen hombre. ¿Y por qué querías verme?

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Pon a prueba tu fe

Nunca sabrás si algo funciona si no lo pruebas. No sabrás si hay electricidad si no pones la mano en el interruptor y lo enciendes. Tienes que efectuar alguna acción para probar que funciona. Eso pasa con la fe.

Es inútil sentarse a hablar acerca de la fe si no la vives y nadie puede ver qué significa para ti. Es inútil hablar de vivir con fe cuando tu seguridad está en tu cuenta bancaria, y sabes que puedes contar con ella cuando eliges hacerlo.

Es cuando no tienes nada, y te arriesgas y haces lo aparentemente imposible, porque tu fe y tu seguridad están bien afirmadas en Mí, que puedes hablar de vivir con fe y ser una demostración viva de ello.

Sigue adelante, pon tu fe a prueba y ve qué pasa “Abriendo las puertas de tu Interior”.

Saludo de Pascua

Todo empezó en la soledad y el frío, en la oscuridad amenazante de un sepulcro. Todo empezó allí precisamente, allí donde la muerte reinaba como señora y donde el vacío se burlaba con altanería de nuestros mejores sueños. Todo empezó allí donde el cuerpo destrozado de Cristo debía convertirse en el recordatorio perpetuo del mandato del demonio, que quería repetir desde esa piel destrozada su consigna perversa: “No quieras ser bueno, porque mira cómo acaban los buenos”.

En la hora que sólo Dios conoce, y del modo que sólo Dios entiende, todo ese lenguaje del frío y de la noche, del poder de la muerte y del imperio del pecado, todo ello fue quebrantado, y la presa más preciosa de la señora muerte escapó de la red, abrió su propia tumba, puso en retirada a las tinieblas y humilló el imperio de Satanás con fuerza magnífica y poder incontenible.

En la hora que sólo Dios conoce, y del modo que sólo Dios entiende, algo inaudito y maravilloso, único sobre toda ponderación, vino a cambiar para siempre la historia de los hombres. Los lienzos están, el sudario está; las vendas están y los ungüentos están; Cristo no está. Su lugar no es ese. No busquéis entre los muertos al que vive.

La piedra de la entrada se ha movido dejando paso al Rey de los Siglos. La mañana de la pascua exhala su perfume. El sol asoma y contempla con asombro al Sol verdadero, Aquel que no tiene ocaso. Las mujeres se acercan porque quieren ofrecer el testimonio de su amor que se disuelve en llanto. No saben la noticia que les espera. No saben que llanto y canto riman bien en la métrica de los Cielos.

La Palabra que era desde el principio, engendrada en el silencio del Padre, sale del silencio de aquella tumba y es ahora el principio del universo renovado. Un estallido fantástico de luz, de aroma y canto avasalla con gozo a las multitudes de los cielos y los ángeles no saben cómo más cantar una alegría que sólo cabe en Dios. La melodía del amor victorioso se adueña de las almas piadosas, en primer lugar las de aquellas mujeres, que no saben si cantar o reír, si llorar o temer. Cantan de alegría, ríen con estupor, lloran inundadas de gozo y el santo temor de tocar la carne de Dios les invade en efluvios de un amor que nadie conocía. La evangelización ha empezado.

En la hora que sólo Dios conoce, y del modo que sólo Dios entiende, una voz de gracia ha brotado de la tierra sombría y de la tumba triste. Gracia que cure nuestras desgracias; compasión que sosiegue nuestras heridas; fuerza que se adueñe del que yacía en agonía; vida capaz de reclamar a la muerte sus muertos.

¡Es pascua! ¡Es pascua, aleluya! ¡Vive el que colgó del madero! ¡Vive el que traspasaron nuestras culpas! ¡Vive el que soportó nuestro castigo! ¡Vive Jesucristo y suyo es el imperio por los siglos! ¡Amén, Aleluya!

Fr. Nelson Medina, O.P.

Para mí la Vida es Cristo

Los santos son el ejemplo que tenemos de lo que debe ser vivir esta unidad de vida. Ellos han sabido integrar todas las facetas de su vida teniendo como único deseo agradar a Dios. San Pablo una vez más, nos lo expresa claramente: “no soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20); “para mí la vida es Cristo” (Fil 1, 21). Dejar que la vida de Cristo sea nuestra vida de tal modo que vayamos teniendo “los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Fil 2, 5). Esa es la lucha que se nos plantea a los que queremos seguir con decisión los pasos de Jesús.

Quizás el ejemplo más claro lo tenemos en santa María. “Mujer del silencio y de la escucha, dócil en las manos del Padre, la Virgen María es invocada por todas las generaciones cono “dichosa”, porque supo reconocer las maravillas que el Espíritu Santo realizó en ella” (IM 14). En este mes de mayo, su fidelidad puede ayudarnos a ser conscientes de la necesidad de nuestro compromiso.

Sabemos cuál fue su respuesta al querer de Dios, nada más enterarse de su Plan de Salvación, “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). y la contemplamos a través de todas las páginas del Evangelio correspondiendo a esa llamada, con absoluta disponibilidad y prontitud. La vida del Espíritu, la conciencia de obrar siempre como criatura de Dios, como hija del Padre, hacen que todas las cosas en su vida hagan referencia a Dios, a su designio amoroso.

Nada hay en ella que desdiga de la confianza que Dios ha depositado en ella. Su vida es un avanzar continuo en el seguimiento de su Hijo, siempre atenta a la voluntad del Padre. Vivir así es encontrar el sentido de la propia existencia, es conocer la grandeza de nuestra vocación, es asumir nuestra vida como camino de salvación y de liberación no ya para nosotros solos, sino también para aquellos que nos rodean, que nos observan, que nos quieren.

Contando con los fracasos personales, frutos del pecado y de nuestra falta de correspondencia a la gracia, permitimos al Espíritu que trabaje en nuestro interior. La unidad de vida no es fruto, por lo tanto de nuestro empeño, de nuestros esfuerzos. Sólo Dios puede hacerlo en nosotros. Hay que dejar hacer al Espíritu Santo, conscientes de nuestra fragilidad y de nuestra incapacidad personales para alcanzar metas que nos superan. Sin embargo tenemos que querer colaborar con esta obra del Espíritu Santo. Sin refugiarnos en una falsa humildad, ir poniendo los medios que están a nuestro alcance por conseguirlo.

LA UNIDAD SIGNO DE VIDA

Humanamente hablando la unidad significa la fuerza, la vitalidad. Lo que está unido se manifiesta como fuerte, capaz de grandes cosas, manifiesta vida. El cuerpo humano, la familia, la sociedad mientras permanecen unidos, tienen vida en sí. Teológicamente ocurre lo mismo. Dios es la perfecta unidad, es la vida en sí misma. La Iglesia, cuerpo de Cristo, tiene como nota propia la unidad, que se entiende también pero no sólo como única.

La unidad de vida es fuente y signo de la vida interior del cristiano. Vida de la gracia en el corazón del hombre que le hace ser, no ya otro Cristo, sino el mismo Cristo. Vida de la gracia que hace del que cree “homo Dei”, hombre de Dios, portador de Dios, capaz de regenerar vida sobrenatural a su alrededor.

Esa unidad interior, que es don del Espíritu, nace de la unión con Jesús, y le hace obrar como Jesús. El obrar del hombre de Dios es un obrar sobrenatural. “Cosas mayores haréis” (cf Mt 21, 21) dijo el Señor a los apóstoles cuando se asombraban de los milagros que hacía. Es lógico que sea así. Jesús prometió el Espíritu Santo como un manantial de agua que brota desde el interior del hombre y que da vida a todo lo que le rodea. El trabajo profesional, la vida de familia, el cuidado de los enfermos, los detalles de cariño con quienes sufren, el rato que pasamos con nuestros amigos en los momentos de ocio, el deporte, un pequeño servicio que hacemos con alegría… todo eso, todo lo que es nuestra vida corriente, vulgar, es camino de salvación. Es nuestro camino de santificación, que adquieren valor redentor porque hechos por amor a Dios, con espíritu de servicio a nuestros hermanos los hombres santifican también a los demás, porque estamos haciendo que el reino de Dios, reino de justicia, de solidaridad, de respeto, de alegría y de gracia, se haga presente en el mundo, en la sociedad en la que vivimos.

Unidad de vida, pues, que nos hace vivir lo mismo que el resto de los mortales, pero en un plano muy distinto, el plano de Dios, el plano de la visión sobrenatural, el plano desde el que Cristo, clavado en la Cruz, veía todas las realidades.

Examen

– ¿Entiendo lo que significa “unidad de vida”? ¿Comprendo el alcance de esta gran tarea de Dios en nosotros? ¿Busco los medios para conseguirlo?

– ¿Creo que me tomo en serio ir alcanzando esa unidad de vida? ¿Tengo determinados campos de mi jornada en los que no dejo que entre Dios? ¿Es la filiación de vida el motor de mi vida en todos sus aspectos? ¿Hago distingos dentro de las cosas que ocupan mi día?

– ¿Le dejo al Espíritu entrar en mi alma? ¿Le pongo obstáculos para que no me “complique” la existencia? ¿Hay alguna parte de mi corazón que reservo para mí?

– ¿Colaboro con la obra de Dios en mí? ¿Procuro mantener la presencia de Dios durante toda la jornada? ¿Hago la oración personal diaria que me ayude a conseguir este fin?

– ¿Contemplo la vida de los santos como ejemplo a seguir o me conformo con admirarla como si de una obra de arte se tratara pero sin dejar que influya en mí?

– ¿Cumplo con mis obligaciones en el trabajo? ¿Soy puntual, trato bien a los que dependen de mí en el trabajo, encomiendo a las personas que trabajan conmigo?

– ¿Vivo las virtudes cristianas con las personas de mi familia? ¿Me desahogo con ellos? ¿Tengo detalles de cariño con ellos? ¿les pido perdón cuando me porto mal? ¿Les perdono yo?

– ¿Cómo aprovecho el tiempo libre? ¿Me dejo llevar por los amigos? ¿Sé poner espíritu cristiano en lo que planeo? ¿Se avergonzaría Jesús de lo que hago en el tiempo de descanso?

– ¿Tengo visión sobrenatural de las cosas? ¿Soy optimista, sé dar valor a las cosas de cada momento?

– ¿Me encomiendo a la Virgen? ¿Procuro no sólo admirarla, sino también imitarla? ¿Le agradezco el don de su fidelidad?