Renovemos nuestro pacto de amor con Dios confiando absolutamente en su providencia.
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Alimento del Alma: Textos, Homilias, Conferencias de Fray Nelson Medina, O.P.
Renovemos nuestro pacto de amor con Dios confiando absolutamente en su providencia.
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Padre mío,
me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tu eres mi Padre.
(Charles de Foucauld)
La confianza nace ante la bondad de Dios, crece ante su fidelidad y se fortalece cuando descubrimos en nosotros su poder.
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Hoy he vuelto a rezar lleno de confianza, con esta petición: Señor, que no nos inquieten nuestras pasadas miserias ya perdonadas, ni tampoco la posibilidad de miserias futuras; que nos abandonemos en tus manos misericordiosas; que te hagamos presentes nuestros deseos de santidad y apostolado, que laten como rescoldos bajo las cenizas de una aparente frialdad… -Señor, sé que nos escuchas. Díselo tú también.
Déjate conducir por Dios. Te llevará por “su camino”, sirviéndose de adversidades sin cuento…, y quizá hasta de tu haraganería, para que se vea que la tarea tuya la realiza El.
Pídele sin miedo, insiste. Acuérdate de la escena que nos relata el Evangelio sobre la multiplicación de los panes. -Mira con qué magnanimidad responde a los Apóstoles: ¿cuántos panes tenéis?, ¿cinco?… ¿Qué me pedís?… Y El da seis, cien, miles… ¿Por qué? -Porque Cristo ve nuestras necesidades con una sabiduría divina, y con su omnipotencia puede y llega más lejos que nuestros deseos. ¡El Señor ve más allá de nuestra pobre lógica y es infinitamente generoso!
Cuando se trabaja por Dios, hay que tener “complejo de superioridad”, te he señalado. Pero, me preguntabas, ¿esto no es una manifestación de soberbia? -¡No! Es una consecuencia de la humildad, de una humildad que me hace decir: Señor, Tú eres el que eres. Yo soy la negación. Tú tienes todas las perfecciones: el poder, la fortaleza, el amor, la gloria, la sabiduría, el imperio, la dignidad… Si yo me uno a Ti, como un hijo cuando se pone en los brazos fuertes de su padre o en el regazo maravilloso de su madre, sentiré el calor de tu divinidad, sentiré las luces de tu sabiduría, sentiré correr por mi sangre tu fortaleza.
Estás como el pobrete que de pronto se entera de que es ¡hijo del Rey! -Por eso, ya sólo te preocupa en la tierra la Gloria -toda la Gloria- de tu Padre Dios.
Niño amigo, dile: Jesús, sabiendo que te quiero y que me quieres, lo demás nada me importa: todo va bien.
“Todo lo puedo en Aquél que me conforta”. Con El no hay posibilidad de fracaso, y de esta persuasión nace el santo “complejo de superioridad” para afrontar las tareas con espíritu de vencedores, porque nos concede Dios su fortaleza.
Cuando te parezca que el Señor te abandona, no te entristezcas: ¡búscale con más empeño! El, el Amor, no te deja solo. -Persuádete de que “te deja solo” por Amor, para que veas con claridad en tu vida lo que es suyo y lo que es tuyo.
Cuando ames de verdad la Voluntad de Dios, no dejarás de ver, aun en los momentos de mayor trepidación, que nuestro Padre del Cielo está siempre cerca, muy cerca, a tu lado, con su Amor eterno, con su cariño infinito.
Si el panorama de tu vida interior, de tu alma, está oscuro, déjate conducir de la mano, como hace el ciego. -El Señor, con el tiempo, premia esta humillación de rendir la cabeza, dando claridad.
Al pasar por la purificación y la prueba la confianza en el Señor se fortalece haciendo que elevemos a Él una oración sincera capaz de obtener lo que se quiere.
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Hijo, por tus propias fuerzas, no puedes nada en el terreno sobrenatural; pero, siendo instrumento de Dios, ¡lo podrás todo!: «omnia possum in eo qui me confortat!» -¡todo lo puedo en Aquél que me conforta!, pues El quiere, por su bondad, utilizar instrumentos ineptos, como tú y como yo.
Siempre que hagas oración, esfuérzate por tener la fe de los enfermos del Evangelio. Debes estar seguro de que Jesús te escucha.
En la vida cristiana tenemos que esforzarnos, pero también dejar a Dios ser Dios, saber esperar; darnos cuenta que Dios tuvo gran paciencia con nosotros y también la tiene con otras personas.
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Dios mío: siempre acudes a las necesidades verdaderas.
No vas peor. -Es que ahora tienes más luces para conocerte: ¡evita hasta el más pequeño asomo de desánimo!
En el camino de la santificación personal, se puede a veces tener la impresión de que, en lugar de avanzar, se retrocede; de que, en vez de mejorar, se empeora. Mientras haya lucha interior, ese pensamiento pesimista es sólo una falsa ilusión, un engaño, que conviene rechazar. -Persevera tranquilo: si peleas con tenacidad, progresas en tu camino y te santificas.
Si tus errores te hacen más humilde, si te llevan a buscar con más fuerza el asidero de la mano divina, son camino de santidad.
La humildad lleva, a cada alma, a no desanimarse ante los propios yerros. -La verdadera humildad lleva… ¡a pedir perdón!
Si yo fuera leproso, mi madre me abrazaría. Sin miedo ni reparo alguno, me besaría las llagas. -Pues, ¿y la Virgen Santísima? Al sentir que tenemos lepra, que estamos llagados, hemos de gritar: ¡Madre! Y la protección de nuestra Madre es como un beso en las heridas, que nos alcanza la curación.
El gran testimonio para nosotros de Abraham es que en medio de su imperfección y sin entenderle a Dios quiso obedecerle, manteniéndose en la fe.
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El camino de la fe es reconocer que Dios existe, aceptar el contenido de la doctrina de la Iglesia y confiar plenamente en Aquel me ha amado.
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No tengo que entenderlo todo lo que debo entender es que hay un Dios que con su bondad y sabiduría es capaz de sostenerme siempre.
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