En el primer misterio de la Dolorosa Pasión contemplamos a Jesús, que vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron.
En el segundo misterio de la Dolorosa Pasión contemplamos la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní intercediendo por nosotros los pecadores.
En el tercer misterio de la Dolorosa Pasión contemplamos a Jesús, juzgado por el sanedrín, y luego por la autoridad romana, y así condenado a muerte.
En el cuarto misterio de la Dolorosa Pasión contemplamos la flagelación de Nuestro Señor Jesucristo, porque sus heridas nos han curado.
En el quinto misterio de la Dolorosa Pasión contemplamos a Jesús coronado de espinas: Rey humilde y Príncipe de Paz.
En el sexto misterio de la Dolorosa Pasión contemplamos a Jesús que carga con su cruz.
En el séptimo misterio de la Dolorosa Pasión contemplamos a Jesús que muere en la Cruz.
[REPRODUCCIÓN PERMITIDA – Este es un ejercicio privado de devoción “ad experimentum” en proceso de aprobación oficial. Puede divulgarse en las redes sociales, blogs, emisoras de radio, y otros medios siempre que al mismo tiempo se haga la presente advertencia.]
En el primer misterio de la vida pública contemplamos a Jesús, que es bautizado por Juan en el Jordán y recibe la unción del Espíritu Santo.
En el segundo misterio de la vida pública contemplamos que el diablo tienta a Jesús en el desierto pero al final tiene que retirarse derrotado.
En el tercer misterio de la vida pública contemplamos las bodas en Caná de Galilea, donde Cristo dio su primera señal como Mesías.
En el cuarto misterio de la vida pública contemplamos a Jesús, que predica la Buena Nueva a los pobres.
En el quinto misterio de la vida pública contemplamos a Jesús, que llama a algunos discípulos para que estén con él y sean sus apóstoles.
En el sexto misterio de la vida pública contemplamos la transfiguración del Señor, verdadero anuncio de su pasión y de su pascua.
En el séptimo misterio de la vida pública contemplamos la institución de la Eucaristía y el mandamiento de amar como Jesús nos ha amado.
[REPRODUCCIÓN PERMITIDA – Este es un ejercicio privado de devoción “ad experimentum” en proceso de aprobación oficial. Puede divulgarse en las redes sociales, blogs, emisoras de radio, y otros medios siempre que al mismo tiempo se haga la presente advertencia.]
El amor es el sello propio de todo lo que Jesucristo hace, dice y padece. Ese amor nos introduce en la logica de la gracia, o de la gratuidad, porque no es un amor que esté esperando de nosotros un pago sino que se ofrece a manera de regalo, en continuidad con el hecho mismo de que fuimos creados solamente por razón de amor.
Ese es el mismo amor que recibimos como Don propio con la efusion del Espíritu Santo, según enseña San Pablo en el capítulo quinto de la carta a los romanos. Y por consiguiente ese amor es el carisma por excelencia, el carisma que hace posibles todos los otros carismas.
Guiados por ese amor, salimos de la obsesión por nuestro propio progreso o salvación, como algo aislado; marcados en cambio por ese amor ponemos en primer lugar los intereses de Jesucristo y el bien mismo de su Cuerpo, que es la Iglesia.
Esto es lo característico del Don de profecía que el mismo apóstol Pablo destaca en los capítulos 12 y 14 de su primera carta a los Corintios. Y de ahí la profunda relación entre una vida marcada por la caridad y una vida ungida por el don de profecía.