¿Se puede decir que una persona tiene más fe que otra?

Según hemos dicho (1-2 q.52 a.1 y 2; q.112 a.4), la magnitud de un hábito puede considerarse bajo dos aspectos: el objeto y la participación del mismo en el sujeto. Al objeto se le puede considerar también bajo un doble aspecto: o según la razón formal, o atendiendo materialmente a las cosas propuestas para creer. El objeto formal de la fe es único y simple, es decir, la Verdad primera, como ya hemos expuesto (q.1 a.1). Desde este punto de vista, la fe no se diversifica en los creyentes, sino que es específicamente una en todos, como hemos dicho (q.4 a.6). Pero las verdades materialmente propuestas para creer son muchas, y se las puede acoger más o menos explícitamente. Bajo este aspecto puede uno creer explícitamente más cosas que otro, en cuyo caso puede ser también mayor la fe en el sentido de un mayor desarrollo de su objeto. Considerando la fe según la participación en el sujeto, se ofrece la desigualdad de dos maneras, en cuanto que, como hemos expuesto (a.2; q.1 a.4; q.2 a.1 ad 3; a.9; q.4 a.1 y 2), el acto de fe procede del entendimiento y de la voluntad. Se puede, por lo tanto, decir que la fe es mayor en uno que en otro, o por parte del entendimiento, a causa de su mayor certeza y firmeza, o por parte de la voluntad, a causa de su mayor prontitud, entrega y confianza. (S. Th., II-II, q.5, a.4, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

Sobre algunos usos pedagógicos actuales

Es interesante utilizar de un modo pedagógico y catequístico aquellos elementos que la gente de nuestro tiempo ya siente cercanos. El ritmo de moda, el personaje bien conocido, la tecnología de punta o el juguete que está en manos de todos son algunos de estos elementos cercanos. Sin embargo, sugiero tener algunos cuidados a partir de las siguientes preguntas:

1. ¿La asociación mental con el uso primero de ese elemento quizás es más fuerte que el uso derivado (catequético) que queremos darle? Por ejemplo: la melodía de una canción obscena como “Despacito” puede quedar tan asociada a su letra repugnante que luego, aunque se use otra letra, la cabeza vuelva a las imágenes que quiso el escritor o compositor original, con lo cual se daña el uso nuevo que se quería.

2. ¿El elemento cultural que queremos usar supone algún tipo de división social, por raza, clase social o económica? Piénsese en algunas de las tabletas o teléfonos inteligentes de marcas costosas, que sólo están al alcance de una parte de la población. Al referir ejemplos que apuntan directamente a esos aparatos se refuerza un patrón de exclusión que no favorece la catequesis.

3. ¿Hay riesgo de trivialización? Un peligro constante en la exposición de la fe es presentarla como abstracta y distante de la vida. Pero está el otro peligro también: presentarla como algo trivial, superficial, que en el fondo no impacta el pensamiento, el corazón o la vida. Es el caso cuando se reduce la Misa a una “fiesta” o a un “banquete.” ¡Toda la dimensión de redención queda perdida! Pasa también con algunas exposiciones sobre el misterio trinitario, como cuando se presenta a Dios como una repetición de Jesucristos, casi como si fueran clones del Señor. En el mismo sentido, creo que fácilmente sucede si el fidget spinner se pretende usar para poner a las Tres Personas a dar vueltas.

4. ¿Hay riesgo de indignidad? No hace mucho fue la memoria litúrgica de San Antonio de Padua, franciscano, magnífico predicador, taumaturgo notable y doctor de la Iglesia. Tristemente, hay prácticas indignas que se han asociado con San Antonio, como poner su imagen cabeza abajo, u otras cosas semejantes. En general, como se ha demostrado tristemente con la recepción del Eucaristía en la mano, lo que llega a nuestras manos siempre parece estar bajo nuestro poder. Lo cual es una razón adicional para no usar un juguete completamente manual, como es el fidget spinner, para referirse a Dios o a la divinidad.

Las comparaciones, símbolos, parábolas y ejemplos, así como otros recursos de la pedagogía son importantes para comunicar la fe. Pero necesitamos siempre humildad, sensatez, ardor por el Evangelio, sentido de Iglesia y espíritu de contemplación para que los recursos que usamos no resulten trabajando en contra nuestra sino que presten de verdad su propósito.

Otro jesuita ejemplar: El padre José Neuman

Neuman nació en Bruselas de padre alemán, y de niño se crió en Viena. Ingresó en la Compañía, y en 1678 partió para México en una expedición de diecinueve jesuitas, entre los que se contaban Eusebio Kino y el noble húngaro Juan María Ratkay. Tras muchos contratiempos, embarcaron en 1680, y tanto Neuman como Ratkay, al llegar a México, eligieron la misión de Tarahumara por ser la más dura y peligrosa. Había entonces en aquella misión ocho jesuitas, cuatro españoles y cuatro criollos.

Neuman, uno de los más grandes misioneros de la Tarahumara, permaneció en esta misión más de cincuenta años; los primeros veinte en Sisoguichi, unos 250 kilómetros al noroeste de Parral, al extremo oriental de la región tarahumara, y treinta y uno en Carichic, al centro de la misión. Cuando llegó al pueblo de Sisoguichi, que era cabecera de otros, había sólo 74 familias cristianas, esparcidas en doce kilómetros por la ribera de un afluente del Conchos. Se conservan de Neuman varias cartas muy interesantes.

En una de ellas, recién llegado, cuenta: «me consagré a la instrucción de los niños. Dos veces al día los reunía en la iglesia. Por la mañana, terminada la Misa, repito con ellos el Pater Noster, Ave María y Credo, los preceptos del Decálogo, los sacramentos y los rudimentos de la doctrina cristiana. Todo esto lo tengo escrito y traducido al tarahumar y lo voy repitiendo según está escrito. Por la tarde les repito la lección y también hago a los niños algunas preguntas del catecismo. Al mismo tiempo instruyo a los que aún son paganos, dándoles a conocer los principales misterios de la fe, y preparándolos a recibir el Bautismo».

Perseverante en la dura misión

La misión de Tarahumara no sólo era la más peligrosa en aquellos años por las frecuentes rebeliones, sino también la más dura por la índole de sus indígenas, reacios a la vida cristiana. El padre Neuman, que los conoció bien, llegó a escribir, en una carta de 1686, cosas como ésta:

«No puede negarse que con esta gente los resultados no compensan tan duros trabajos, ni fructifica la buena semilla el ciento por uno. La semilla del Evangelio no germina y si llega a nacer, pronto la ahogan las espinas de los deseos carnales. Hay muy poco empeño en los recién convertidos que se preparan al bautismo. En realidad, algunos únicamente fingen creer sin mostrar afición alguna por las cosas espirituales, por las oraciones, el divino servicio o la doctrina cristiana. No muestran la más mínima aversión hacia el pecado, ni sienten ansiedad por su eterna felicidad, ni muestran empeño en persuadir a sus parientes que se bauticen. Más bien muestran una perezosa indiferencia para todo lo bueno, un apetito sensual ilimitado, un hábito inveterado de emborracharse y un obstinado silencio cuando se trata de averiguar los escondrijos de los gentiles» (+Dunne 218).

Y en carta de 1682 dice algo muy grave: «Por lo cual, muchos misioneros que ansiaban venir a las Indias esperando convertir muchos infieles comienzan a pensar que están perdiendo el tiempo y su trabajo, porque el fruto de sus esfuerzos es casi nulo… Y así ansiosamente suplican a sus Superiores los envíen a otras misiones donde puedan ser de mayor utilidad. De los catorce sacerdotes que trabajan en estas misiones no habrá más de dos que no hayan pedido al Padre Visitador los cambie a donde puedan dedicar sus esfuerzos y sus mejores años a la salvación de mayor número de paganos».

Sin embargo, al servicio misionero y pastoral de estos indios taraumares permaneció el padre Neuman medio siglo, aplicando para ello una fórmula muy sencilla: «Lo único necesario es la mansedumbre de un cordero para dirigirlos, una paciencia invencible para aguantarlos; finalmente la humildad cristiana que nos capacita para hacernos todo a todos, sin desdeñar a ninguno, y para desempeñar, sin amilanarse, los menesteres más despreciables; y si los bárbaros se burlan de nosotros, sufrir su menosprecio hasta el fin».

El fin del padre Neuman lo dispuso el Señor en 1732, a los 76 años de edad y más de 50 de servicio a los indios tarahumares, donde hizo no sólo de misionero y Superior de la misión, sino también de cronista, «picapedrero, zapatero, sastre, albañil, carpintero, cocinero y médico de enfermos»…


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.