Perfil de un obispo

«No es nuestro el tiempo»

Su apasionado amor pastoral le llevaba a una entrega tan total que excluía todo descanso. Ni se le pasó por la mente tomar nunca vacaciones, por cortas que fueran. Y nunca viajó a España, aunque asuntos muy graves lo hubieran justificado a veces. Prefería enviar un delegado en su nombre. El sabía aquello de San Pablo, «el tiempo es corto» (1Cor 7,29).

Y no se le ocurría invertir una semana o un día o medio en visitas de cumplido, en conmemoraciones, bodas de plata, oro o diamante, inauguraciones diversas o fiestucas piadosas. Incluso para ordenar obispos suyos sufragáneos, estando de visita pastoral en lugares alejados de Lima, hacía llegar al presbítero electo a donde él estaba; así lo hizo, por ejemplo, con fray Luis López, a quien consagró como obispo de Quito. El tenía claro que «no es nuestro el tiempo».

La Providencia divina le hizo superar muchos peligros graves. Contaremos sólo un par de ejemplos. Una vez, queriendo llegar a Taquilpón, anejo a la doctrina de Macate, había de atravesar el río Santa, que estaba en crecida impetuosa. Allí no servían ni balsas de enea, ni flotadores de calabazas, ni los demás trucos habituales. Allí hubo que tender un cable de lado a lado, bien tenso entre dos postes, y atado el cuerpo del arzobispo con unas cuerdas y suspendido así del cable, fueron tirando de él desde la orilla contraria, con el estruendo vertiginoso del potente río a sus pies. Y una vez cumplida y bien cumplida su misión pastoral, con visita y muchas confirmaciones, otra vez la misma operación a la inversa.

En otra ocasión, bajando de las montañas, descendía a caballo una cuesta larguísima, «de más de cuatro leguas», La Cacallada, que le decían los indios, la pedregosa. Ya a oscuro, les pilló el estallido de una tormenta andina, con fragor de truenos, ecos redoblados, lluvia, oscuridad, estruendo. El arzobispo, acompañado de su criado Diego de Rojas, iba adelante, con tenacidad obstinada, y Diego se maravillaba «viendo la paciencia y contento con que el dicho señor arzobispo iba animando a los demás». A pesar de sus voces, se iba dispersando el grupo, todos a ciegas, «se fueron todos quedando, unos caídos y otros derrumbados con sus caballos». A una de éstas, el arzobispo se vió descalabrado en una caída aparatosa, tan fuerte que al criado «se le quebró el corazón de ver al señor arzobispo echado, desmayado en el lodo, donde entendió muchas veces que pereciera». Acudieron algunos a sus gritos, y todos pensaron que Santo Toribio estaba muerto, «helado y hecho todo una sopa de agua». Pero cuando le levantaron, cobró conocimiento y algo de ánimo, y sostenido por los compañeros, descalzo -había perdido las botas hundidas en el barro-, retomó la subida, desmayándose varias veces por el camino. Cesó la tormenta, asomó la luna de parte de Dios, y allí divisaron un tambo, al que llegaron como pudieron. No había nadie. Sólo había silencio y soledad, noche y frío. Tumbado el arzobispo, helado, exangüe, quedó como muerto. Cuando así le vio su paje Sancho Dávila «se hartó de llorar al verlo de aquella suerte». Todos le daban por perdido, pero a él, a Sanchico, se le ocurrió sacar la lana de una almohada, y calentándola a la lumbre, frotar y calentar con ella al arzobispo, hasta que logró que volviera en sí. Ya de día comenzaron a llegar algunos indios, y el Santo se encontraba de nuevo dispuesto a todo. Celebró la misa, predicó en lengua indígena «con tanto fervor y agradable cara como si por él no hubiera pasado cosa alguna». Allí dejó, en aquellas desolaciones de montaña, dos doctrinas que integraron a 600 indios.

Mogrovejo, como Zumárraga, era un ministro apasionado de la confirmación sacramental. Su capellán Diego de Morales cuenta que, acompañándole él en la visita de 1598 y 1599, con Juan de Cepeda, capellán también, y el negro Domingo, se les hizo la noche a orillas de un río muy caudaloso. Como no tenían más que un pan, el arzobispo lo dividió en cuatro, y así cenaron. Rezó el breviario, paseó un poco, y se acostó a dormir en el suelo, con la silla de la mula como cabezal. Al poco rato, se inició «un aguacero muy terrible», que duró hasta el amanecer, y él «no tuvo otro reparo más que taparse con el caparazón de la silla».

Muy de mañana, en ayunas, emprendieron la marcha a pie, y el arzobispo iba rezando las Horas mientras subían una gran cuesta. Y «como había pasado tan mala noche, se sintió fatigado», y hubieron de ofrecerle un bastón, pero él «no le quiso admitir hasta que pagaron a un indio, cuyo era, cuatro reales por él, y entonces le tomó». Llegó por fin, «sudando y fatigado del camino», a la doctrina que llevaba el dominico fray Melchor de Monzón. Allí fue a la iglesia, hizo oración, predicó a los indios en la misa, y estuvo confirmando hasta las dos del mediodía. Cuando se sentó a comer eran ya las tres, y estaba «bien cansado y trabajado».

Entonces se le ocurrió preguntar al padre doctrinero si faltaba alguno por confirmar. Tras algunas evasivas de éste, el arzobispo le exigió la verdad, y el padre hubo de decirle que a un cuarto de legua, en un huaico, había un indio enfermo. El arzobispo «se levantó de la mesa» y se fue allá con el capellán Cepeda. El indio estaba en un altillo, «que si no era con una escalera, no pudieran subir». Le animó y le confirmó con toda solemnidad, como si hubiera «un millón de personas». Regresó después, a las seis de la tarde, y se sentó a comer…

Bien podían quererle los indios, que «no le saben otro nombre más que Padre santo». Cuando el señor arzobispo, una vez celebrada la misa en el claro del bosque, o junto al río fragoroso, o en una capilla perdida en las alturas andinas, bajo el vuelo circular de los cóndores, se despedía de los indios y después de bendecirlos se iba alejando, «lloraban con muchas veras su partida como si se les ausentase su verdadero padre». Y es que realmente lo era: «aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, pero no muchos padres, que quien os engendró en Cristo por el Evangelio fui yo» (1Cor 4,15).

«Confirmó más de ochocientas mil almas», afirma su sobrino clérigo, Luis de Quiñones, ateniéndose a los registros. Hizo más de medio millón de bautismos. Anduvo 40.000 kilómetros… A veces la cantidad es tan enorme que se trasforma en calidad, en dato cualitativo. Bien pudo decir quien llegó a ser su fiel capellán, Sancho Dávila: «Conoció este testigo que el amor de verdadero pastor y gran santidad de dicho señor arzobispo le hacía sufrir y hacer lo que… ni persona particular pudiera hacer».

Considerando estas enormidades -más allá de la norma- que produce la caridad pastoral extrema, no faltará alguno que se diga: «Qué cosas es necesario hacer para llegar a ser santo»… Pero el santo no es santo porque hace esas cosas, sino que hace esas cosas porque es santo.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Homosexualidad y vocación al sacerdocio

Una persona, que por supuesto desea permanecer completamente anónima, me escribe comentando tres hechos: (1) Reconoce en sí mismo una fuerte tendencia homosexual, y no cree que sea algo pasajero sino profundo y permanente. (2) No desea llevar una vida sexual activa con ningún hombre y comprende que hay algo moralmente incorrecto en la intimidad entre personas del mismo sexo. (3) Considera que quizás está llamado a ser sacerdote y ha encontrado incluso un obispo que, sabiendo su situación, ve en él un posible candidato. * La pregunta es si yo le recomiendo que siga con su proyecto vocacional.

* * *

La recomendación es: no aconsejo seguir en ese proyecto, como lo llamas.

La vida de celibato en castidad cuando hay una clara tendencia homosexual no es fácil, y su modo de dificultad no es siempre fácil de entender tampoco. Mucha gente en nuestra cultura cree que la tendencia homosexual es algo así como: “A este le gustan las mujeres, y a este otro, los hombres” Como si se tratara de “A este le gusta el helado de fresas y a este otro el de ron con uvas pasas” La experiencia muestra que no es así. Y por eso alcanzar la serenidad y sano dominio de sí mismo no es igual para el heterosexual y para el homosexual.

Mi experiencia en trato cercano con personas de tendencia homosexual, sean varones o mujeres, es que la persona tiene que invertir mucho de su energía interior para ser fiel al Señor. Porque no es solo vigilar el deseo sino cuestionar al deseo mismo. Si la persona no cuestiona el deseo, en efecto, se enfrenta a otra tensión, que puede ser muy violenta: “¿Y por qué no se me permite ser feliz y realizarme como yo quiero, puesto que no le hago mal a nadie?”

El esfuerzo, doble o triple, de vigilar el deseo y a la vez cuestionar el deseo hace que la persona con tendencia homosexual concentre una gran parte de sus recursos emocionales y espirituales en cuidar su propio corazón. Si esto se hace por amor a Dios y al prójimo es un ejercicio santo, y un camino de verdadero crecimiento en Dios. Como todo bautizado, también esta persona está llamada a la santidad, y su esfuerzo interior, muchas veces heroico y silencioso, si está cargado de amor a Dios y a los hermanos, es muy meritorio.

Pero a la vez, ese esfuerzo muestra por qué resulta extremadamente imprudente sugerir un servicio sacerdotal a quien tiene tendencia homosexual. El ministerio tiene su propia carga, a veces increíblemente dura, de exigencia emocional. Las personas que vienen a nosotros los sacerdotes suelen estar en condiciones de carencia afectiva, vulnerabilidad emocional, dependencia profunda, desorientación grave. Buscan refugio, guía, sanación, y si creen de verdad en el ministerio, a veces depositan una inmensa confianza en nosotros. Todo ello puede hacer muy difícil guardar la perfecta medida cuando se trata de alguien podría despertar deseo en uno. Pero, como hemos visto, ese combate es varias veces más intenso en aquellos que gustan de personas del mismo sexo.

Para mayor gravedad: suele suceder que las personas que buscan al sacerdote no lo buscan una vez sino muchas, y que ello suele generar relaciones estables que se espera que sean sanas, limpias, dentro de un marco de amistad en Cristo. Cuando el gusto está de por medio, esa permanencia hace que cada nuevo encuentro acentúe las cosas, elevándolas a nuevos niveles. Es simplemente imprudente imaginar que la exposición continuada a un combate así no va a producir daño. Muy al contrario, los datos de la historia reciente nos muestran que más del 80% de los abusos de sacerdotes suceden con personas del mismo sexo. Esa estadística se refiere a casos con menores de edad pero uno ve que las cosas no son distintas si se trata de mayores de edad, excepto que las denuncias son menores en cantidad y prosperan menos.

Hay otros dos agravantes que he visto que desaconsejan completamente que una persona con tendencia homosexual busque el sacerdocio.

Primero, las relaciones homosexuales son de suyo estériles. Esto no es algo menor. La esterilidad crea una sensación, muchas veces inconsciente, de “blindaje” es decir: una certeza de que ninguna consecuencia visible podrá salir de la relación, y que por tanto: todo será disfrutar sensualmente y encontrar la deseada compañía. A su vez, esto produce un sobre-centramiento en el aspecto físico y corporal, y unos sentimientos intensísimos de posesividad, que fácilmente degeneran en celos, y que se adueñan de la mente de las personas de una forma impresionante. Por supuesto, hay celos también en relaciones heterosexuales, pero repito: la intensidad y modo de la relación homosexual hacen mucho más frecuente y profundo el tema de la posesión y la exclusividad. Pensemos lo que esto implica para una persona consagrada. Yo lo he visto. Yo he visto el daño que causa. He visto personas dispuestas a todo, literalmente a todo, por asegurar su amante, o por vengarse de quien les ha abandonado.

En el caso del sacerdote diocesano, la soledad de su oficio complica las cosas hasta extremos insoportables; en el caso del sacerdote de comunidad, la fuerza del deseo hacia los del mismo sexo hace su vida complicada hasta el extremo porque es como vivir en medio de un mar de posibilidades de relación afectiva–sin poder afianzar ninguna. La pastoral se vuelve compleja, en particular la pastoral con niños y jóvenes, y mientras tanto, un ruido interior, una especie de vocecita sigue sugiriendo: “Ya pronto podría llegar tu pareja perfecta…” Es necio pensar que eso no va a tener consecuencias. Repito: no son teorías. Uno lo ve. Uno lo sufre cuando la gente habla de lo que tal o cual sacerdote les ha hecho a sus hijos o conocidos.

En resumen: el camino no es la vida consagrada ni es el sacerdocio.

Una vida ordenada, llena de oración, disciplina, sanas amistades y diversas actividades buenas, incluyendo algunas de servicio al prójimo, es lo aconsejable, para aquella persona que siente una fuerte tendencia homosexual y que a la vez tiene claro que no tiene sentido poner por obra esa tendencia ni tiene sentido mentirse y pensar que va a ser heterosexual un día. Como ya se dijo, una vida así, vivida por amor a Dios y al prójimo, es en extremo heroica y bella. Y Dios lo sabe.