PRISIONEROS EN NUESTRA PROPIA CARCEL: Imagínate que tienes que ir a trabajar con las manos atadas, los pies encadenados y cargando una pesada bola de hierro. Te darías cuenta de inmediato, lo difícil que sería trasladarte al lugar indicado y desempeñar eficientemente tus labores. No solo eso, sería enorme la energía mental y física que estarías perdiendo al cargar ese peso durante todo el día, y tratar de pensar sobre como ser libre de esa esclavitud.
Este ejemplo ilustra con toda claridad lo que realmente sucede en el ámbito espiritual. Es decir, cuando alguien nos perjudica o nos decepciona, tenemos la tendencia a enojarnos dando lugar a la amargura y resentimiento contra esa persona. Y cuanto más pensamos en aquel incidente, más razones encontramos para sentirnos indignados, causando un deterioro físico, mental y emocional, lo cual impide que podamos aprovechar al máximo nuestras capacidades. Cuando esto está sucediendo en nuestra vida, es porque nos hemos convertido en prisioneros en nuestra propia cárcel, debido a que no hemos podido perdonar a quien nos hizo daño, siendo así, también somos prisioneros de la otra persona, porque en lo único que estamos pensando es en la manera de desquitarnos de ella. Cuando en realidad los únicos que estamos siendo perjudicados, somos nosotros mismos. La amargura, rencor y enojo, son un agobiante peso que tenemos que cargar, y eso nos esta consumiendo por dentro. ¿Cuáles son las consecuencias que sufrimos cuando estamos prisioneros en nuestra propia cárcel? Veamos:

Cuando nos hablan de robots o de inteligencia artificial el primer pensamiento puede ser el de las películas de ciencia ficción: androides; máquinas complejísimas que integran un ‘cerebro’ que corresponde a un computador extraordinariamente avanzado, y una serie de dispositivos de alta precisión tecnológica, diseñados para emular manos, pies, o simplemente gestos faciales.
He aquí lo que encuentra un católico en un día cualquiera en Europa, y particularmente en España: el cinismo de un gobierno socialista para el cual el cuerpo es objeto de uso; la avanzada imparable del secularismo, que compite con el renacer de la superchería y la superstición; la presión de los medios de comunicación, vendidos al hedonismo barato y al comercio sin alma; la traición visible de un número de miembros del clero y de los religiosos, unido a la escasez de vocaciones; el laicismo rampante que parece no saciarse en su ansia de extinguir la vida débil, haciendo así de esta tierra un escenario grotesco y cruel; el abandono masivo de la práctica de la fe en los jóvenes; la fractura de la familia, que hace todo más duro, más sordo, más aciago; la complicidad mediocre de la mayoría de los centros de estudio, que a menudo consagran como única fuente de verdad el materialismo cientificista. No es para quedarse tranquilo.
La discusión de temas y problemas intraeclesiales nunca debería ocultar el hecho de que los grandes desafíos siguen estando todavía “afuera.” Ya se quiera hablar de “izquierda” o “derecha” entre creyentes, quizás es signo de cierta vitalidad que haya qué discutir, en la medida en que ello muestra que hay a quién le importe la fe, la Iglesia, el Evangelio, los sacramentos. Mientras llevamos adelante esas conversaciones, que sin duda son importantes, jamás perdamos de vista que podríamos estar en la condición de habitantes de una pequeña isla que se olvida del océano de indiferencia e incredulidad creciente que los rodea y desea devorarlos.