Por que el matrimonio cristiano?

Se reprocha con frecuencia a la Iglesia por su intransigencia en materia de moral sexual y conyugal. En realidad la Iglesia pretende simplemente en este tema, como en tantos otros, ser eco fiel de la enseñanza de Cristo.

Basta abrir el Evangelio para encontrar la afirmación de Cristo sobre la indisolubilidad del matrimonio, el elogio del celibato voluntario y la denuncia de los pensamientos impuros que ensucian el corazón del hombre.

Los contemporáneos de Jesús lo entendían así cuando le decían: «si tal es la condición del hombre, más vale no casarse» (Mt 19,10).

Y por su parte Cristo, en vez de negociar sus exigencias en materia de castidad, concluía: «El que pueda entender que entienda» (Mt 19,12).

Remito sobre este asunto a los pasajes siguientes del Nuevo Testamento: Mc 10,1-12; Mt 19,1-12; 1Co 7, 3-7. 10-11; Ef 5,25-32.

–¿Qué significa que el matrimonio sea un Sacramento?

La concepción cristiana del amor humano resulta un enigma si no lo relacionamos con su orígen, el amor de Cristo por su Iglesia, que a su vez revela el del misterio de amor del Dios viviente, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En Dios uno y trino, cada una de las personas tiene su identidad en su relación de amor con las otras dos. Del mismo modo, la creación y aún más la redención son la exteriorización gratuita de la misma existencia divina; algo así como el fulgor del sol que permite hacernos una idea de su íntima energía. Así es como el amor entre hombre y mujer, en el marco del matrimonio cristiano, constituye en el medio humano una epifanía del Amor que define a Dios mismo.

Eso sí, esta entrega de amor entre los esposos ha de ser libre, exclusiva, definitiva y fecunda si quiere ser reflejo de la perfección del mismo Amor divino.

Entonces, ese amar y ser amado son los dos componentes necesarios y suficientes de la verdadera felicidad que Dios se compromete a garantizar por el don de sí mismo a los esposos. Éste es el sacramento del matrimonio.

–Justificación de la moral cristiana sobre el amor humano.

Así las cosas, parece fuera de lugar hablar de matrimonio a prueba, como tampoco hablamos de creación o redención a prueba.

La unión de los cuerpos corona la unión de los corazones, y no puede ser disociada del sacramento por el que Cristo confía los esposos el uno al otro y en Él mismo se da amorosamente a la pareja.

Esta unión, por otra parte, no puede disociarse de su finalidad de traer hijos al mundo, respetando las leyes y ritmos de la naturaleza. En este marco se inscribe el placer unido a ese acto meritorio, por el que se hace legítimo.

Decía Aristóteles que Dios concedió el placer a la virtud, como la lozanía a la juventud.

Y no hay en esto nada excepcional: lo mismo sucede con el placer de comer y beber, que acompaña naturalmente el deber de preservar la salud y la integridad de nuestro cuerpo.

Lo mismo que nuestra conciencia rechaza la práctica de aquellas orgías romanas, en las que se acudía de vez en cuando al vomitorium para poder seguir comiendo, también se puede objetar la legitimidad de un placer que se pretende con un acto que ha sido voluntariamente desconectado de su fin.

–¡Estamos pidiendo un esfuerzo sobrehumano!

La fuerza de la pasión, ciertamente, es a veces tan intensa que resulta heroico resistirla.

Claudel, que conoció esta lucha, dejó escrito: «la juventud no está hecha para el placer, sino para el heroísmo».

La moral de Cristo nos llama constantemente a ir más allá de nuestra debilidad, invocando la ayuda de Dios. «Sed perfectos, decía Jesús, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

El hombre es un aprendiz. Nadie nace enseñado. No habrá, pues, que reprocharle por su inexperiencia y sus errores, pero esto siempre que reconozca sus flaquezas y que entre humildemente en la escuela de su Maestro.

Es en la oración y en el sacramento de la penitencia donde el hombre encuentra la ayuda necesaria para realizar el plan de Dios sobre él.

Y es entonces cuando las realidades carnales se transforman en un trampolín hacia la santidad:

«Entrégenme un joven, decía San Juan Bosco, y yo haré de él un santo».

• «Que el hombre no separe lo que Dios ha unido» (Mt 19,6)

Yves Moreau es el autor de Razones para Creer. Texto disponible por concesión de Gratis Date.

El Parto de la Santísima Virgen

Amado padre:

Cuando salió la película que se llama María, hecha por hermanos separados, recuerdo que un sacerdote criticó que al momento del parto, presentaban a la Santísima Virgen contorsionándose por los dolores del parto, siendo que su parto fue virginal.

Después he visto que muchos católicos hablan de dolores de parto en la Virgen. Entonces le pregunté a nuestro sacerdote parroquial y el me contestó algo así como que ella participo con esos dolores en la redención.

La verdad que he quedado confundido, para mi, así como la Virgen de manera extraordinaria concibió sin concurso de varón, de la misma manera fue su parto, que creo que alguno de los Doctores de la Iglesia explicaba que fue como la luz cuando atraviesa un cristal, sin mancharlo ni romperlo, y por lo tanto, sin dolor.

Le agradeceré que nos ilumine al respecto.

Fraternalmente

José S.

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Sobre los escrupulos

Rechaza esos escrúpulos que te quitan la paz. -No es de Dios lo que roba la paz del alma. Cuando Dios te visite sentirás la verdad de aquellos saludos: la paz os doy…, la paz os dejo…, la paz sea con vosotros…, y esto, en medio de la tribulación.

Tristeza, apabullamiento. No me extraña: es la nube de polvo que levantó tu caída. Pero, ¡basta!: ¿acaso el viento de la gracia no llevó lejos esa nube? Después, tu tristeza -si no la rechazas- bien podría ser la envoltura de tu soberbia. -¿Es que te creías perfecto e impecable?

No pienses más en tu caída. -Ese pensamiento, además de losa que te cubre y abruma, será fácilmente ocasión de próximas tentaciones. -Cristo te perdonó: olvídate del hombre viejo.

No te desalientes. -Te he visto luchar…: tu derrota de hoy es entrenamiento para la victoria definitiva.

Más pensamientos de San Josemaría.

Cristo en tu casa, 2 de 2

[Predicación para un grupo de parejas, en la Parroquia de María Reina, en Guayaquil, Ecuador. Septiembre de 2012.]

* Podemos examinar la acogida que damos a Cristo sobre la base de un recorrido por la propia casa. En los distintos lugares, como las alcobas, el garaje, la sala de televisión o la cocina, se plantean distintas preguntas que nos ayudan a descubrir si el señor reina en el hogar.

Cristo en tu casa, 1 de 2

[Predicación para un grupo de parejas, en la Parroquia de María Reina, en Guayaquil, Ecuador. Septiembre de 2012.]

* Si estamos en las manos de Cristo estamos firmes y seguros. esa es una buena noticia pero debemos preguntarnos si nos hemos acercado a él, o si lo hemos recibido cuando ha querido venir.

* Recibir a Cristo es acogerlo en lo profundo del alma, en ese espacio personalísimo que llamamos nuestra conciencia y que es como un santuario interior.