#LaudesFrayNelson para el Jueves II de Cuaresma
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Alimento del Alma: Textos, Homilias, Conferencias de Fray Nelson Medina, O.P.
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LECTURA ESPIRITUAL.
#LectioFrayNelson para el Jueves II de Cuaresma
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Estas son las preguntas:
[Conferencias en el curso de Teología Moral Social ofrecido en la Facultad de Teología de la Universidad Santo Tomás en el primer semestre de 2017.]
* Sobre la base del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia Católica, esta parte trata de los restantes tres principios de la Justicia Social según el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, habiendo tratado el primero de estos principio en la entrada anterior.
* El segundo de los principios es el bien común, entendido como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección.” Cabe preguntarse si el bien común existe, dado que una versión alternativa sobre la convivencia social es la del “contrato social.” Según esta otra versión, difundida por autores como Rousseau o Hobbes, vivimos en sociedad sobre la base de una especie de pacto tácito, relativamente explicitado en documentos vinculantes como son las Constituciones Políticas de los países, pacto según el cual el individuo renuncia a parte de su pretensiones como contraprestación a las ventajas que tiene vivir con otros.
* Pero se puede demostrar que es razonable hablar del bien común. En efecto, el bien del individuo finalmente proviene de su crecimiento en la verdad y la bondad, y tanto una como otra son aditivas, de modo que lo verdadero es principio de unidad entre varios que conocen la verdad, y lo bueno es principio de cohesión entre los que buscan lo que es el bien.
* El tercero de los cuatro principios es la subsidiariedad, que consiste en respetar el derecho de existencia y de acción que tienen las instancias intermedias en una sociedad. En efecto, empezando por la familia, en la sociedad existen, y deben ser respetadas, instancias como la religión los partidos políticos, los centros de investigación, y muchas más. Pretender reducir la existencia de esas instancias es el caldo de cultivo para los totalitarismos, que pretenden gobernar las ideas, establecer los principios, plantar los afectos y los odios, decidir qué se puede discutir y qué no, y en fin, convertir a cada individuo en un producto del poder central.
* El cuarto principio es la solidaridad, que busca establecer puentes no sólo desde la obligación sino también desde la empatía, la compasión y la generosidad. Para entenderla correctamente hay que tener en cuenta que: (1) la solidaridad se refiere no sólo a los bienes materiales sino también a los culturales, intelectuales y religiosos; (2) la solidaridad no es asunto sólo de individuos sino de todas las instancias del tejidos social: debe existir pues la solidaridad de las empresas, de los grupos de fe, de las universidades, y demás; (3) la solidaridad, para ser genuina, no puede tratarse como una obligación, aunque en ocasiones hay la obligación de actuar pero no en razón de solidaridad sino de injusticia.
[Conferencias en el curso de Teología Moral Social ofrecido en la Facultad de Teología de la Universidad Santo Tomás en el primer semestre de 2017.]
* Sobre la base del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia Católica, esta parte contiene una reflexión sobre el primero de los cuatro principios de la Justicia Social, según la Iglesia Católica. Se trata de la dignidad de la persona humana.
* La dignidad es un valor intrínseco, intransferible e indestructible, propio de una determinada clase de seres. No un valor que se establece en términos de honor, poder o dinero sino en términos de su relación con realidades trascendentales que nos ubican dentro de la escala de todos los seres. Esas realidades suelen agruparse en cinco: el ser, la unidad, la verdad, la bondad y la belleza.
“El rosario tiene raíces muy profundas en el alma del pueblo cristiano. Para orar por un difunto, para pedir por una necesidad, para ejercitar la oración en familia… los cristianos recurren al rezo de esta devoción de manera espontánea. El rosario tiene una base escriturística amplia y sólida: sus misterios y sus oraciones están tomados de textos bíblicos. Esta oración es un resumen del Nuevo testamento. Difícilmente se puede encontrar una síntesis más armónica de oración mental y vocal que el rosario; en él se ora con los labios, se medita con la mente y se ama con el corazón…”
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Hoy ha de ser un día de arrepentimiento, de conversión y de preguntarnos si hemos dejado morir nuestros propios sueños ó si unidos a Cristo estamos dispuestos a luchar por ellos.
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#RosarioFrayNelson para el Miércoles:
Contemplamos los Misterios de la Infancia de Jesús
Usamos esta versión de las oraciones.
[REPRODUCCIÓN PERMITIDA – Este es un ejercicio privado de devoción “ad experimentum” en proceso de aprobación oficial. Puede divulgarse en las redes sociales, blogs, emisoras de radio, y otros medios siempre que al mismo tiempo se haga la presente advertencia.]
Fundador por necesidad
En 1665 obtuvo Pedro del señor obispo permiso para dejar su apellido, como hacían los religiosos, y llamarse en adelante Pedro de San José. Se sintió muy feliz cuando el buen obispo agustino le concedió el privilegio por escrito, y se apresuró a mostrar aquel documento en el Hospital a sus amigos. Entonces escribió delante de ellos en un papel: «Pido por amor de Dios que todos los que me quisieran hacer caridad firmen aquí y digan: Pedro de San José». Así lo hicieron veintisiete personas.
El Hermano Pedro, a medida que crecía el Hospital, comprendió pronto la necesidad de que una comunidad religiosa, centrada en la oración, la penitencia y el servicio a los pobres, lo atendiera de modo estable. Por entonces, varios Hermanos suyos terciarios se habían dedicado al Hospital, y él les dió una Regla de vida muy sencilla, en la que se prescribía un tiempo de culto al Santísimo, el rezo del Rosario en varias horas del día -en lugar del Oficio divino, sustitución habitual en los Hermanos legos-, la lectura de la Imitación de Cristo, y el servicio a pobres y enfermos. Todo lo cual, decía, había de guardarse «sin decaecer en cosa alguna»; y añadía: «con todo lo demás que Dios Nuestro Señor les dictare», dejando así abierta su norma de vida a ulteriores desarrollos.
Los franciscanos, especialmente el padre Espinel, apoyaban con cariño la obra del Hermano Pedro, aunque no todos, como el padre Juan de Araújo. Y permitió Dios en su providencia que éste, precisamente, fuera en 1667 nombrado guardián del convento. Una de sus primeras medidas fue poner estorbos y restricciones a los Hermanos terciarios que servían el Hospital del Hermano Pedro, hasta el punto que éstos se vieron en la necesidad de abandonar el hábito de terciarios franciscanos, y con permiso del obispo, vistieron un nuevo. La Orden se le iba formando al Hermano Pedro según aquello del evangelio: «sin que él sepa cómo» (Mc 4,27).
Primeros Hermanos
Seis Hermanos estuvieron con Pedro al principio, y éste decía en su testamento que «mejoraron tanto que pudieron ser ejemplares de vidas de donde todos trasladasen perfecciones a las suyas. Cinco de ellos pasaron con brevedad al Señor».
Uno de ellos, Pedro Fernández, llegó al Hospital con veinte años, y decidido a conseguir la santidad cuanto antes, se entregó a una extremada vida penitente. Próximo a la muerte, en la cuaresma de 1667, pidió que le dejasen morir en el suelo. «Más vale, Hermano -le dijo Pedro-, morir en la cama por obediencia que en el suelo por voluntad». Aceptó el moribundo, y Pedro le dijo como despedida: «Nos avisará, Hermano, lo que hay por allá»…
Otro Hermano primero fue un caballero llamado Rodrigo de Tovar y Salinas, rico hacendado de Costa Rica, que se desprendió de todos sus bienes para irse a servir a los pobres en el Hospital de Belén. Sin embargo, no dejó todo por completo, pues conservó un genio altivo y violento. El día en que se le advirtió que, de no humillarse, no podría recibir el hábito, reaccionó con palabrotas y juramentos. Era entonces el tiempo de oración, y el Hermano Pedro, quitándose el rosario que llevaba al cuello, se lo echó a don Rodrigo sobre los hombros, como tenue cadena, y atrayéndole, le abrazó, al tiempo que le decía: «Véngase conmigo, hermano, que ha de ser mi compañero hasta que muera». Entró así con él en el oratorio, y así rezaron juntos de rodillas ante la Virgen, sujetos ambos por el yugo suave del rosario. Aunque todavía hizo intento el Hermano Rodrigo de abandonar el Hospital de Belén, no mucho después murió en él santamente gracias a la paciencia y caridad del Hermano Pedro.
Fray Rodrigo de la Cruz
La llegada de un gran personaje al pequeño mundo de aquellas ciudades hispanoamericanas era realmente por entonces un acontecimiento que despertaba una ansiosa expectación. A fines de 1666 se supo que llegaba a la ciudad el ilustre caballero don Rodrigo de Arias Maldonado.
Este joven, de noble linaje, pariente de los duques de Alba y de los condes-duques de Benavente, aún no tenía treinta años, pero ya en 1661, sucediendo a su padre, había sido nombrado gobernador de Costa Rica, y allí había conquistado la región de Talamanca. Un día, al fin, por las alamedas de Santa Lucía y el Calvario, las damas y caballeros pudieron ver pasar a aquel famoso caballero, nacido en Marbella, Málaga, vestido con elegancia, acompañado de su séquito, erguido sobre su brioso caballo.
Los capitalinos de Guatemala nunca habían conocido un caballero de tan cumplida prestancia, y pronto don Rodrigo hizo estragos en los corazones femeninos. De la vida que en la capital hacía este personaje tan notable quiso un día enterarse, curioso, el gobernador Arias Maldonado, y le pidió a su bien informado barbero que le dijera lo que de él se contaba. El barbero le contó entonces una historia bien extraña. Le habían dicho que, pasando el otro día don Rodrigo junto al Hospital de Belén, el Hermano Pedro comentó: «¿Ven al señor gobernador, con esa pompa vana y con la majestad con que va? Pues ése es el que mi Dios tiene ya preparado para mi sucesor en este hospital»…
Ni el gobernador ni nadie prestó crédito entonces a tales palabras, que no parecían ser más que un disparate curioso. Pero, en efecto, poco después don Rodrigo pidió ingresar en la comunidad del Hospital de Belén, y el Hermano Pedro, después de algunas pruebas bien duras y humillantes, le recibió con alegría, dándole el nombre de fray Rodrigo de la Cruz. Este, más tarde, no aceptó el título de marqués de Talamanca, ni su renta anual de 12.000 ducados. Sólo cuatro meses pudieron vivir juntos Pedro y Rodrigo, pero fueron suficientes para que en su testamento el Hermano Pedro le designara Hermano Mayor del Hospital de Belén.
El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.
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“En Nazaret, los enviados sólo encontraron los cimientos de la casa y el espanto de los nazarenos por su desaparición. Los cimientos tenían las mismas medidas que los que habían aparecido en Tersatz, y se conservan aún hoy en la Basílica de la Anunciación, en Nazaret. En cuanto a la casa que apareció en Tersatz, estaba intacta y sin signos de haber sido desmontada y reconstruida. Después de poco más de tres años, ocurrió un nuevo milagro: el 10 de diciembre de 1294, la casa de la Virgen María fue elevada sobre el mar Mediterráneo y llevada a los bosques de Loreto, en Recanati, Italia…”
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Si quieres encontrar lo que es sólido, lo que es verdadero y lo que permanece para siempre búscalo en el Señor.
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