El ecumenismo no se puede hacer a las carreras

Una comprensión seria de los sacramentos enseña que el ecumenismo no se puede hacer a las carreras.

Si uno entiende los sacramentos como meras acciones simbólicas, según piensa la mayor parte de los protestantes, entonces es natural la prisa por celebrar tales “símbolos” junto a, y en comunión con otros cristianos no católicos, de manera que se puede “enviar un mensaje” de reconciliación o de unidad.

Pero los sacramentos no son recursos para “enviar mensajes.” En preciosa expresión de San León Magno, papa y doctor de la Iglesia, “lo que era visible en la carne de Cristo ha pasado a los sacramentos.” Lo cual significa que los sacramentos NUNCA están, por así decirlo, en nuestras manos sino que celebrar los sacramentos es ponernos, como Iglesia, de modo absolutamente único, en las manos y bajo la autoridad de Cristo.

Esa es la razón por la que se ha afirmado con verdad que “la Eucaristía hace a la Iglesia” como lo expuso con elevada elocuencia San Juan Pablo II en su última encíclica, Ecclesia De Eucharistia, sobre todo en el capítulo II. No nos acercamos a la Eucaristía en primer lugar para expresar algo nuestro, ni siquiera la magnitud o claridad de la fe que tenemos: al altar vamos, por el contrario, como Iglesia siempre necesitada, que sabe que nada puede sin el alimento celeste y sin el amor redentor que se hace presente en el “sagrado banquete, en que se recibe al mismo Cristo,” según expresión perfecta de Santo Tomás de Aquino.

El ecumenismo apresurado lastima a la Iglesia porque hace borrosa la realidad sacramental; lo cual no es pequeño daño porque la Iglesia sólo puede tocar la realidad de la redención y la verdad de la Encarnación cuando toca a Cristo en los sacramentos. Quitar, o por lo menos oscurecer, los sacramentos es privar a la Iglesia de su alimento propio y del criterio último de verdad que posee mientras peregrina sobre esta tierra.

Hacer ecumenismo no es lograr que todos coman la hostia consagrada, si es que ha sido de verdad consagrada. La comunión, en efecto, no es asunto sólo de abrir la boca o masticar con los dientes: es primero asunto de abrir el corazón a la fe plena para que sea Cristo, divinamente presente en la Eucaristía, quien disponga qué debe quedar y qué no de cuanto forma nuestra vida. En cierto sentido, es Él quien tiene que masticar y triturar nuestra carne con su carne, que ha sido primero macerada en la Cruz. Sólo así será verdad lo que dijo San Agustín: que al comulgar no lo transformamos a Él en nosotros sino que es Él quien nos transforma en Él mismo.

Hacer ecumenismo no es entonces sentar gente alrededor de un altar y comer juntos materialmente unas mismas hostias consagradas, si es que de verdad han sido consagradas. La comunión externa, corporal, material, ha de ir precedida por el largo camino de la conversión, que implica ciertamente la renuncia al pecado y al error–sobre todo al error en la fe sacramental misma.

Oremos, pues, para que la Iglesia aprecie y adore con todo su ser el sacramento que ha recibido, de modo que no haya engaños ni prisas sino conversión, humildad, camino bien hecho y con paciencia, hasta el día en que comulguemos lo mismo porque de verdad aceptamos y vivimos la misma fe que nos dejaron los apóstoles.

¿Una Iglesia difícil o una Iglesia valiente?

Hoy la Iglesia católica es casi la única iglesia cristiana en todo el mundo que tiene el valor y la integridad de enseñar esta verdad tan impopular. Por ejemplo, hasta aproximadamente el año 1930 la postura de todas las iglesias cristianas había sido unánime en su rechazo de la anticoncepción. Todos los reformadores (Lutero, Calvino, Zwinglio, Knox, etc.) mantuvieron sobre esta cuestión la misma postura que ha tenido siempre la Iglesia católica. Sin embargo, en torno a esa fecha las iglesias protestantes empezaron a ceder, una tras otra, y los resultados muestran que esa condescendencia no ha hecho más atractivo el Evangelio, ni ha llenado sus templos, ni ha disminuido sus problemas. Parece claro que, al aceptar esas prácticas que la Iglesia católica no admite, esas iglesias no han resuelto nada.

Vivir bien la moral sexual es sin duda un reto. Ofrece un modelo de vida exigente, pero revestido de auténtica humanidad. Un estilo que puede y debe cambiar muchas cosas en nuestra sociedad. Si se vuelve la mirada a la historia, y se analiza, por ejemplo, la figura de San Benito y su enorme influencia en las raíces culturales de Europa, vemos que fue un hombre que marchó bastante en contra de su tiempo. Pero su singularidad se convirtió más tarde en la clave de todo un cambio cultural y espiritual sobre el que se ha cimentado el mundo occidental de hoy. También ahora, en nuestro tiempo, hay muchos buenos cristianos que no aceptan esos modelos de permisividad sexual, aunque estén tan extendidos que casi se nos imponen. Son personas que buscan en la fe nuevos modelos de vida. Quizá aún no llamen la atención de la opinión pública, pero con el tiempo, el futuro reconocerá la importancia de lo que están haciendo.

Una reflexión de Alfonso Aguiló

No toda discusión tiene sentido

Hay personas que sostienen que la tierra es plana y que la NASA tiene una conspiración para presentarnos fotos falsas y videos falsos, y lanzamientos falsos de cohetes falsos porque, como todo el mundo sabe, la tierra es plana.

Resulta difícil conversar con personas así.

Resulta difícil conversar con alguien que sólo admite lo que respalde su punto de vista. Personas hay que no conocen matices, ni admiten la menor posibilidad de error, ni reconocen nada bueno en los que no son o piensan como ellos.

Y yo simplemente me acuerdo de 2 Timoteo 2,14: “No dejes de recordarles esto. Adviérteles delante de Dios que eviten las discusiones inútiles, pues no sirven nada más que para destruir a los oyentes.”

Dios nos ayude a buscar la verdad y a tener la actitud de escucha sincera y de humilde homenaje a Aquel que es la Verdad misma.

¿Los sacerdotes católicos son célibes y aconsejan a personas casadas?

Fray, Un amigo me pregunta que si tiene sentido que un cura, que por ley de la Iglesia no debe casarse, esté aconsejando a personas casadas. ¿Cuál es la mejor manera de responderle? -B.S.

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Hay varias respuestas a la inquietud que planteas, y quizás lo mejor es presentarlas juntas porque se complementan.

(1) Desde el punto de vista bíblico, es importante recordar que Jesucristo fue una persona célibe, y eso no quita que es Maestro Divino para todas las áreas de la vida humana, incluyendo por supuesto el matrimonio. El gran apóstol san Pablo, en quien se basa la mator parte de la enseñanza sobre la pareja y el matrimonio, fue también célibe y aunque propuso su modo de vida como un modelo al que se podía aspirar, enseño muy claramente sobre el valor altísimo de la unión entre el hombre y la mujer.

(2) Desde el punto de vista social y familiar, hay que tener en cuenta que la experiencia de lo que es una parejano se adquiere solamete por contacto directo. Todo sacerdote viene de un hogar. En muchas ocasiones se trata de hogares ejemplares en los que los problemas cotidianos y las victorias sobre esos problemas han sido una gran escuela. ¿No se sabe nada sobre qué es ser papá o qué es ser mamá, y de cómo amar y perdonar, cómo escuchar y aportar en la vida de los otros, viendo semejantes ejemplos? En cuanto a los sacerdotes que vienen de hogares disfuncionales, ¿no habrán aprendido nada de por qué las cosas no funcionaron? ¿Esa experiencia no cuenta para nada?

(3) Es absurdo pretender que cada quien hable sólo de lo que conoce directamente. Si una doctora no ha estado embarazada, ¿no podrá decir nada a las embarazadas que le quieran consultar algo? Si un psicólogo no está diagnosticado de esquizofrenia, ¿no puede decir nada sobre esa condición psiquiátrica? Si un profesor de geografía no ha estado en Turquía, ¿no tiene nada que recomendar a un grupo de viajeros que quieran ir allá?

(4) Con mucha frecuencia el sacerdote tiene una experiencia amplísima, fruto de haber escuchado y asesorado a muchas parejas. Como comentaba con humildad un amigo laico casado: “Yo conozco bien mi historia, pero un buen sacerdote conoce centenares de historias.” Y cuando una persona necesita un consejo, ¿no es mejor acercarse al que tiene un conocimiento más amplio?

(5) La amplia formación del sacerdote le hace un consejero muy idóneo en muchos casos. En efecto, un buen sacerdote no sólo ha tratado a muchas personas sino que además ha tenido que estudiar temas de psicología, ciencia general, filosofía, biblia, moral, teología y derecho. Es de suponer que esa formación es de notable utilidad en muchas situaciones de pareja.

LA GRACIA del Martes 19 de Septiembre de 2017

Oremos por los líderes civiles y eclesiales, muy particularmente por nuestros pastores porque ellos son esenciales para que la Iglesia pueda cumplir su misión.

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¿Dónde consultar el Código de Derecho Canónico?

“El Código de Derecho Canónico (en latín Codex Iuris Canonici, representado como “CIC” en las citas bibliográficas) es el conjunto ordenado de las normas jurídicas que regulan la organización de la Iglesia latina, la jerarquía de gobierno, los derechos y obligaciones de los fieles, los sacramentos y las sanciones que se establecen por la contravención de esas normas…”

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