Juan Pablo II: Cómo salpicar el día con la oración

CIUDAD DEL VATICANO, 4 abr 2001 (ZENIT.org).- La recitación de los salmos en diferentes momentos del día constituye una práctica privilegiada para que el cristiano bucee “en el océano de vida y paz en el que ha sido sumergido con el Bautismo, es decir, en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Se trata de una costumbre, como explicó Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles, que descubrieron ya los primeros cristianos, ayudados por las oraciones propuestas por la ley de Moisés.

“Al cantar los salmos, el cristiano experimenta una especie de sintonía entre el Espíritu, presente en las Escrituras, y el Espíritu que habita en él por la gracia bautismal. Más que rezar con sus propias palabras, se hace eco de esos “gemidos inefables” de que habla San Pablo, con los que el Espíritu del Señor lleva a los creyentes a unirse a la invocación característica de Jesús: “¡Abbá, Padre””, explicó.

Ofrecemos a continuación, el texto íntegro del discurso que pronunció hoy el Papa en la plaza de San Pedro del Vaticano durante el encuentro con los peregrinos.

1. Antes de emprender el comentario de los diferentes salmos y cánticos de alabanza, hoy vamos a terminar la reflexión introductiva comenzada con la catequesis pasada. Y lo hacemos tomando pie de un aspecto muy apreciado por la tradición espiritual: al cantar los salmos, el cristiano experimenta una especie de sintonía entre el Espíritu, presente en las Escrituras, y el Espíritu que habita en él por la gracia bautismal. Más que rezar con sus propias palabras, se hace eco de esos “gemidos inefables” de que habla san Pablo (cf. Romanos 8, 26), con los que el Espíritu del Señor lleva a los creyentes a unirse a la invocación característica de Jesús: “¡Abbá, Padre!” (Romanos 8, 15; Gálatas 4, 6).

Los antiguos monjes estaban tan seguros de esta verdad, que no se preocupaban por cantar los salmos en su propio idioma materno, pues les era suficiente la conciencia de ser, en cierto sentido, “órganos” del Espíritu Santo. Estaban convencidos de que su fe permitía liberar de los versos de los salmos una particular “energía” del Espíritu Santo. La misma convicción se manifiesta en la característica utilización de los salmos, llamada “oración jaculatoria” que procede de la palabra latina “iaculum”, es decir “dardo” para indicar brevísimas expresiones de los salmos que podían ser “lanzadas” como puntas encendidas, por ejemplo, contra las tentaciones. Juan Casiano, un escritor que vivió entre los siglos IV y V, recuerda que algunos monjes descubrieron la extraordinaria eficacia del brevísimo “incipit” del salmo 69: “Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme”, que desde entonces se convirtió en el portal de entrada de la “Liturgia de las Horas” (cf. Conlationes, 10,10: CPL 512,298 s.s.).

2. Junto a la presencia del Espíritu Santo, otra dimensión importante es la de la acción sacerdotal que Cristo desempeña en esta oración, asociando consigo a la Iglesia, su esposa. En este sentido, refiriéndose precisamente a la “Liturgia de las Horas”, el Concilio Vaticano II enseña: “El Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Cristo Jesús, […] une a sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza. Porque esta función sacerdotal se prolonga a través de su Iglesia, que, sin cesar, alaba al Señor e intercede por la salvación de todo el mundo no sólo celebrando la Eucaristía, sino también de otras maneras, principalmente recitando el Oficio divino”(Sacrosanctum Concilium,83).

De modo que la “Liturgia de las Horas” tiene también el carácter de oración pública, en la que la Iglesia está particularmente involucrada. Es iluminador entonces redescubrir cómo la Iglesia ha definido progresivamente este compromiso específico de oración salpicada a través de las diferentes fases del día. Es necesario para ello remontarse a los primeros tiempos de la comunidad apostólica, cuando todavía estaba en vigor una relación cercana entre la oración cristiana y las así llamadas “oraciones legales” es decir, prescritas por la Ley de Moisés, que tenían lugar a determinadas horas del día en el Templo de Jerusalén. Por el libro de los Hechos de los Apóstoles sabemos que los apóstoles “acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu”(2, 46), y que “subían al Templo para la oración de la hora nona” (3,1). Por otra parte, sabemos también que las “oraciones legales” por excelencia eran precisamente las de la mañana y la noche.

3. Con el pasar del tiempo, los discípulos de Jesús encontraron algunos salmos particularmente apropiados para determinados momentos de la jornada, de la semana o del año, percibiendo en ellos un sentido profundo relacionado con el misterio cristiano. Un autorizado testigo de este proceso es san Cipriano, quien a la mitad del siglo III escribe: “Es necesario rezar al inicio del día para celebrar en la oración de la mañana la resurrección del Señor. Esto corresponde con lo que indicaba el Espíritu Santo en los salmos con las palabras: “Atiende a la voz de mi clamor, oh mi Rey y mi Dios. Porque a ti te suplico. Señor, ya de mañana oyes mi voz; de mañana te presento mi súplica, y me quedo a la espera” (Salmo 5, 3-4). […] Después, cuando el sol se pone al acabar del día, es necesario ponerse de nuevo a rezar. De hecho, dado que Cristo es el verdadero sol y el verdadero día, al pedir con la oración que volvamos a ser iluminados en el momento en el que terminan el sol y el día del mundo, invocamos a Cristo para que regrese a traernos la gracia de la luz eterna” (De oratione dominica, 35: PL 39,655).

4. La tradición cristiana no se limitó a perpetuar la judía, sino que trajo algunas innovaciones que caracterizaron la experiencia de oración vivida por los discípulos de Jesús. Además de recitar en la mañana y en la tarde el Padrenuestro, los cristianos escogieron con libertad los salmos para celebrar su oración cotidiana. A través de la historia, este proceso sugirió utilizar determinados salmos para algunos momentos de fe particularmente significativos. Entre ellos, en primer lugar se encontraba la “oración de la vigilia”, que preparaba para el Día del Señor, el domingo, en el que se celebraba la Pascua de Resurrección.

Algo típicamente cristiano fue después el añadir al final de todo salmo e himno la doxología trinitaria,”Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. De este modo, todo salmo e himno fue iluminado por la plenitud de Dios.

5. La oración cristiana nace, se nutre y desarrolla en torno al acontecimiento por excelencia de la fe, el Misterio pascual de Cristo. Así, por la mañana y en la noche, al amanecer y al atardecer, se recordaba la Pascua, el paso del Señor de la muerte a la vida. El símbolo de Cristo “luz del mundo” es representado por la lámpara durante la oración de las Vísperas, llamada también por este motivo “lucernario”. Las “horas del día” recuerdan, a su vez, la narración de la pasión del Señor, y la “hora tercia” la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. La “oración de la noche”, por último, tiene un carácter escatológico, pues evoca la recomendación hecha por Jesús en espera de su regreso (cf. Marcos 13, 35-37).

Al ritmar de este modo su oración, los cristianos respondieron al mandato del Señor de “rezar sin cesar” (cf. Lucas 18,1; 21,36; 1 Tesalonicenses 5, 17; Efesios 6, 18), sin olvidar que toda la vida tiene que convertirse en cierto sentido en oración. En este sentido, Orígenes escribe: “Reza sin pausa quien une la oración con las obras y las obras con la oración” (Sobre la oración, XII,2: PG 11,452C).

Este horizonte, en su conjunto, constituye el hábitat natural de la recitación de los Salmos. Si son sentidos y vividos de este modo, la “doxología trinitaria” que corona todo salmo se convierte, para cada creyente en Cristo, en un volver a bucear, siguiendo la ola del espíritu y en comunión con todo el pueblo de Dios, en el océano de vida y paz en el que ha sido sumergido con el Bautismo, es decir, en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Oración de la Noche

Señor, ya es tarde; ya viene la noche.
Quiero agradecerte por este día.

Fue duro, con sufrimientos e inseguridades,
pero lleno de amor, y vivido en la alegría de la esperanza.

Gracias, Señor por este día que acabo de vivir.
Intenté vivirlo en Tu amor y nada me faltó.

En tu compañía soporté mis sufrimientos y no fue un día perdido. Confié en Ti y acepté tu voluntad. No fui perfecto, pero intenté ser bueno. Perdona mis faltas, Señor, y recíbeme.

Dame una noche tranquila y, por Tu gracia, restaura mis fuerzas, disminuya mis dolores y consérvame en salud.

Haz que mañana yo esté listo para cumplir tu voluntad
y para aceptar a todos mis hermanos.

Amén.

La dimensión cósmica de la oración, según Juan Pablo II

CIUDAD DEL VATICANO, 2 mayo 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II ha releído con los peregrinos una de las páginas más bellas de la Biblia, el cántico de tres jóvenes israelitas salvados de la muerte por Dios, para mostrar cómo los cristianos pueden inspirar su oración en los cánticos judíos.

“Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos”, concluye el himno recogido por Daniel (3, 57). En este cántico, dice el Papa, “en cierto sentido, se refleja el alma religiosa universal, que percibe en el mundo la huella de Dios, y se alza en la contemplación del Creador”.

El cristiano, como Francisco de Asís, aclaró el Papa, al elevar esta alabanza “se siente agradecido no sólo por el don de la creación, sino también por el hecho de ser destinatario del cuidado paterno de Dios, que en Cristo le ha elevado a la dignidad de hijo”.

Ofrecemos a continuación la intervención íntegra del pontífice en la audiencia general de este miércoles.

1. “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos” (Daniel 3, 57). Una dimensión cósmica impregna este Cántico tomado del libro de Daniel, que la Liturgia de las Horas propone para las Laudes del domingo en la primera y tercera semana. De hecho, esta estupenda oración se aplica muy bien al “Dies Domini”, el Día del Señor, que en Cristo resucitado nos permite contemplar el culmen del designio de Dios sobre el cosmos y la historia. En él, alfa y omega, principio y fin de la historia (cf. Apocalipsis 22, 13), alcanza su sentido pleno la misma creación, pues, como recuerda Juan en el prólogo del Evangelio, “todo ha sido hecho por él” (Juan 1, 3). En la resurrección de Cristo culmina la historia de la salvación, abriendo la vicisitud humana al don del Espíritu y al de la adopción filial, en espera del regreso del Esposo divino, que entregará el mundo a Dios Padre (cf. 1Corintios 15, 24).

2. En este pasaje de letanías, se repasan todas las cosas. La mirada apunta hacia el sol, la luna, las estrellas; alcanza la inmensa extensión de las aguas; se eleva hacia los montes, contempla las más diferentes situaciones atmosféricas, pasa del frío al calor, de la luz a las tinieblas; considera el mundo mineral y vegetal; se detiene en las diferentes especies animales. El llamamiento se hace después universal: interpela a los ángeles de Dios, alcanza a todos los “hijos del hombre”, y en particular al pueblo de Dios, Israel, sus sacerdotes y justos. Es un inmenso coro, una sinfonía en la que las diferentes voces elevan su canto a Dios, Creador del universo y Señor de la historia. Recitado a la luz de la revelación cristiana, el Cántico se dirige al Dios trinitario, como nos invita a hacerlo la liturgia, añadiendo una fórmula trinitaria: “Bendigamos al Padre, y al Hijo con el Espíritu Santo”.

3. En el cántico, en cierto sentido, se refleja el alma religiosa universal, que percibe en el mundo la huella de Dios, y se alza en la contemplación del Creador. Pero en el contexto del libro de Daniel, el himno se presenta como agradecimiento pronunciado por tres jóvenes israelitas –Ananías, Azarías y Misael–, condenados a morir quemados en un horno por haberse negado a adorar la estatua de oro de Nabucodonosor. Milagrosamente fueron preservados de las llamas. En el telón de fondo de este acontecimiento se encuentra la historia especial de salvación en la que Dios escoge a Israel como a su pueblo y establece con él una alianza. Los tres jóvenes israelitas quieren precisamente permanecer fieles a esta alianza, aunque esto suponga el martirio en el horno ardiente. Su fidelidad se encuentra con la fidelidad de Dios, que envía a un ángel para alejar de ellos las llamas (cf. Daniel 3, 49).

De este modo, el Cántico se pone en la línea de los cantos de alabanza por haber evitado un peligro, presentes en el Antiguo Testamento. Entre ellos es famoso el canto de victoria referido en el capítulo 15 del Éxodo, donde los antiguos judíos expresan su reconocimiento al Señor por aquella noche en la que hubieran quedado inevitablemente arrollados por el ejército del faraón si el Señor no les hubiera abierto un camino entre las aguas, echando “al mar al caballo y al jinete”(Éxodo 15, 1).

4. No es casualidad el que en la solemne vigilia pascual, la liturgia nos haga repetir todos los años el himno cantado por los israelitas en el Éxodo. Aquel camino abierto para ellos anunciaba proféticamente el nuevo camino que Cristo resucitado inauguró para la humanidad en la noche santa de su resurrección de los muertos. Nuestro paso simbólico a través de las aguas bautismales nos permite volver a vivir una experiencia análoga de paso de la muerte a la vida, gracias a la victoria sobre la muerte de Jesús para beneficio de todos nosotros.

Al repetir en la liturgia dominical de las Laudes el Cántico de los tres jóvenes israelitas, nosotros, discípulos de Cristo, queremos ponernos en la misma onda de gratitud por las grandes obras realizadas por Dios, ya sea en su creación ya sea sobre todo en el misterio pascual.

De hecho, el cristiano percibe una relación entre la liberación de los tres jóvenes, de los que se habla en el Cántico, y la resurrección de Jesús. Los Hechos de los Apóstoles ven en ésta última la respuesta a la oración del creyente que, como el salmista, canta con confianza: “No abandonarás mi alma en el Infierno ni permitirás que tu santo experimente la corrupción” (Hechos 2, 27; Salmo 15, 10).

El hecho de relacionar este Cántico con la Resurrección es algo muy tradicional. Hay antiquísimos testimonios de la presencia de este himno en la oración del Día del Señor, la Pascua semanal de los cristianos. Las catacumbas romanas conservan vestigios iconográficos en los que se pueden ver a tres jóvenes que rezan incólumes entre las llamadas, testimoniando así la eficacia de la oración y la certeza en la intervención del Señor.

5.”Bendito eres en la bóveda del cielo: a ti honor y alabanza por los siglos” (Daniel 3, 56). Al cantar este himno en la mañana del domingo, el cristiano se siente agradecido no sólo por el don de la creación, sino también por el hecho de ser destinatario del cuidado paterno de Dios, que en Cristo le ha elevado a la dignidad de hijo.

Un cuidado paterno que permite ver con ojos nuevos a la misma creación y permite gozar de su belleza, en la que se entrevé, como distintivo, el amor de Dios. Con estos sentimientos Francisco de Asís contemplaba la creación y elevaba su alabanza a Dios, manantial último de toda belleza. Espontáneamente la imaginación considera que experimentar el eco de este texto bíblico cuando, en San Damián, después de haber alcanzado las cumbres del sufrimiento e el cuerpo y en el espíritu, compuso el “Cántico al hermano sol” (cf. “Fuentes franciscanas”, 263).

Nuestra Más Grande Necesidad

Si nuestra más grande necesidad
hubiera sido de dinero,
Dios hubiera mandado a un economista.

Si nuestra más grande necesidad
hubiera sido de conocimiento,
Dios hubiera mandado a un educador.

Si nuestra más grande necesidad
hubiera sido de diversión o entretenimiento,
Dios hubiera mandado a un artista.

Pero como nuestra mayor necesidad
era de amor y salvación.
Dios mando a su Hijo, un Salvador.

Nada te Turbe

Nada te turbe,nada te espante
todo se pasa Dios no se muda
La paciencia todo lo alcanza
quien a Dios tiene nada le falta
Sólo Dios basta.

Eleva el pensamiento, al cielo sube,
por nada te acongojes, nada te turbe.

A Jesucristo sigue con pecho grande,
y, venga lo que venga nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo? es gloria vana;
Nada tiene de estable, todo se pasa.

Aspira a lo celeste, que siempre dura;
fiel y rico en promesas, Dios no se muda.

Ámala cual se merece, Bondad inmensa;
pero no hay amor fino sin la paciencia.

Confianza y fe viva mantenga el alma,
que quien cree y espera todo lo alcanza.

Del infierno acosado aunque se viere,
burlará sus furores quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos, cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro, nada le falta.

Id, pues, bienes del mundo, Id, dichas vanas;
aunque todo lo pierda Sólo Dios basta.

Mensaje de Navidad

Dicen que por la Navidad todos nos ponemos blanditos. El niño o la niña que llevamos dentro sale a flote, y de repente nos sentimos capaces de soñar, de recordar, de estremecernos de alegría o de dejarnos invadir por la ternura.

Tal vez no soportaríamos dos Navidades en un año; pero no soportaríamos tampoco un año sin Navidad.

¡Cuánta falta nos hace volver al pesebre y sonreír maravillados ante el milagro del amor que se esconde entre pajas y se abriga entre los pliegues del manto de María! Del pesebre aprendemos que tal vez las grandes respuestas sean más sencillas que nuestras grandes preguntas. Quizá lo hemos complicado todo sin verdadera necesidad.

Las cosas se complican no cuando amamos sino cuando creemos que tenemos que buscar razones para no amar. ¿Has visto que frase tan larga y tan fea: “creemos que tenemos que buscar razones”…? Es una frase complicada, fatidiosa, esterilizante. Y así son nuestras disculpas: nos complican, nos fastidian y nos esterilizan.

El Niño del Pesebre es el niño sin disculpas. Es el amor que ya no pide más permisos sino que de improviso se lanza a una aventura de vértigo. Y desde Belén hasta el Calvario, este Niño, que no supo dejar de amar, dibujó sobre la faz de la tierra el rostro de un Amor capaz de rescatar a las víctimas del pecado y de la muerte.

La dulce simplicidad del pesebre nos enamora. Este bebito a todos acoge, a nadie rechaza. Es el Dios Amable. Su casa, aunque es pequeña, tiene espacio para todos. No hay grandes pinturas, salvo el rostro extasiado de María, ni hermosas esculturas, salvo la perfecta adoración de San José.

En esta humilde casa no hay música de orquestas, aunque sí unos cuantos coros de ángeles. No hay mucha elocuencia de palabras, porque la Palabra Encarnada a veces calla y duerme, a veces llora y canta.

Belén, ¡bendito milagro! Me transportas a tu misterio, me envuelves con tu melodía, me sacias con tu dulzura.

Los Caminos de Dios

Todos los medios de comunicación están pendientes de la decisión que tomará el senado romano en estos días. El emperador reunido con sus más cercanos asesores está evaluando la conveniencia de las leyes promulgadas. El mundo está expectante, todos miran a Roma; se han hecho presentes los más importantes y destacados medios de prensa del orbe entero.

Ciertamente, si congeláramos esta escena, que ha intentado recrear la atención del mundo para con la capital del imperio, y entrando en ella, le preguntáramos a un hombre cualquiera de ese tiempo, ¿dónde se está gestando el futuro de la humanidad? Y ¿quién lo está decidiendo? Nuestra pregunta suscitaría en él, un asombro similar al que experimentaron los discípulos camino de Emaús ante la demanda de Jesús, “¿qué ha ocurrido?” La respuesta claramente apuntaría hacia el Imperio Romano: allí se están resolviendo los destinos de la humanidad. Allí esta el poder que regirá al mundo. Los destinos de todos los hombres están en las manos del emperador romano y su senado que bosqueja cómo disponer del mundo según su proyecto.

Al mismo tiempo, en una parte alejada de ese mismo imperio, dos mujeres se encuentran en uno de los tantos pueblitos polvorientos de Israel. Una, llamada María; la otra, su prima Isabel. Las dos llevan en sus vientres a dos personajes de la historia grande: Isabel, a Juan Bautista; María, a Jesús. La lectura de la realidad aparece harto distinta para quien se coloque desde esta perspectiva. El mundo no ha quedado en manos del azar, no depende en su destino último de la prepotencia de quien ejerce el poder arbitrariamente. No está bajo la amenaza del capricho; no es un hijo abandonado de un padre prófugo. El Creador “no olvida la obra de sus manos.” Y en virtud de su Amor, cumple plenamente con la promesa que había realizado desde el momento de la caída del hombre en el paraíso.

Dios está confundiendo los proyectos de los fuertes con la disponibilidad y el amor de los débiles. Dos mujeres a la vera del camino son las portadoras de los destinos de la humanidad de todos los tiempos. En sus conversaciones sencillas, Dios está tejiendo la historia de la salvación. Su acción está en medio de ellas, se torna palpable, es motivo de gozo para el niño que lleva en el vientre Isabel. Ante la “Madre del Señor”, Juan Bautista salta de gozo. Así como David viene danzando delante del Arca de la presencia que vuelve a estar en medio de su Pueblo, Juan Bautista salta de gozo delante del Arca de la Nueva y Eterna Alianza que deposita al Señor Dios en medio de su Pueblo. María es saludada por ser la portadora, como el Arca, de la presencia de Dios, para convertirse en el primer sagrario, que custodia con la valentía de la fe, el proyecto de Dios que se está realizando.

¿Quiénes son los débiles desde la perspectiva del mundo? María, José, Isabel, Zacarías, Juan Bautista, los pastores fieles, Ana, Simeón; eran llamados despectivamente “anawin”, es decir, los pobres del Señor. Para vivir confiadamente, es necesario pedir la gracia de la mirada de estos “limpios de corazón”: ¡así es como se ve a Dios y su proyecto!

“No tengan miedo” nos dice el Señor, y hoy nos lo recuerda Juan Pablo II. “Dios está con nosotros” cumpliendo su proyecto según su promesa. Si el futuro se abre lleno de incertidumbres busquemos purificar nuestro corazón para mirar desde la esperanza: ¡desde los ojos de Dios!

Diác. Jorge Novoa

Lunes de Federico (4)

[Capítulo anterior]

La cuestión de la autocrítica

La Iglesia es a la vez majestuosa y servidora, y nuestros dos interlocutores han ido descubriendo la racionalidad de estos dos enfoques. Pero ¿qué decir de la capacidad de examinarse a sí misma la Iglesia?

–El problema, para mí, es que esa visión permite poca autocrítica. Si la Iglesia tuviera siempre santos y celosos pastores, humildes y llenos de celo apostólico, no habría problema en que se vistieran como quisieran. Pero la Iglesia es humana también, Fidelio, y no podemos meterla en una burbuja intocable de espiritualidad solamente para sustraerla de la crítica. Es algo así como: “A la Iglesia sólo la puede examinar la Iglesia.” Yo veo un riesgo de totalitarismo ahí, y creo que la Historia me da la razón.

–Depende de qué historiador consultes. Mi propia opinión es que no ha sido la crítica “exterior” la que ha traído los verdaderos bienes a la Iglesia. Nadie puede mirarla de modo completamente desinteresado. Si crees en Cristo, si crees en Cristo hasta el fondo, sólo la puedes considerar tu Casa, tu Fuente Nutricia, tu Madre y Maestra. Si no crees en Cristo sólo la puedes mirar como una amenaza, porque de Cristo viene la enseñanza que nos impide idolatrar cualquier forma de poder, de riqueza o de conocimiento. Así que es un sofisma eso de que uno puede tener una mirada “externa” sobre la Iglesia. O la amas, hasta dar tu vida por Ella, o la detestas y tratas de recluirla en la sacristía o el campo de concentración. Yo por mi parte, tengo muy clara mi opción: quiero a mi Iglesia y no me avergüenzo de mostrar que la quiero.

Continuar leyendo “Lunes de Federico (4)”

La Vocación

¿Qué seré en esta vida?

Hay una experiencia que compartimos todos los seres humanos, todos nos hacemos preguntas. A todos nos inquieta el futuro, nuestro futuro, mi futuro. Me gustaría tenerlo todo claro, todo decidido, todo conseguido, pero la verdad es que no es así. En nuestra vida hay innumerables dudas. Pero entre todas ellas, hay una que posiblemente sea la que más nos aprieta:

¿Qué seré?
¿A qué me dedicaré en la vida para conseguir mi mayor objetivo, que es ser feliz?
¿Qué tengo que hacer para llevar a cabo los deseos y anhelos más íntimos de mi corazón, incluso aquellos que seguramente no me he atrevido a contar a nadie?

Todos necesitamos encontrar el sentido de nuestra vida, es decir, aquellos ideales por los que yo me decido libremente, y los convierto en mi razón fundamental para vivir y para actuar. La consecución de esos ideales se convierte para mí en apasionante motivo para luchar, esforzarme y superar las dificultades. Conseguirlo me hace feliz, da sentido a mi vida.

Pero esta búsqueda no siempre es fácil. Hay momentos en los que lo tenemos todo muy claro, pero en otros la confusión nos invade. Muchas personas se rinden en el camino y se conforman con encontrar pequeñas satisfacciones al momento actual y renuncian a construir un proyecto de felicidad, pero también es cierto que otros muchos, con tenacidad y constancia intentan caminar entre las dudas, y encuentran la luz.

Y en esta búsqueda los cristianos sabemos que no estamos solos. Dios, que no es una idea, ni un concepto, ni un mito; sino que, como dice el Catecismo, es nuestro Padre, vivo real y presente en la historia de los hombres, es quien nos ha llamado a la vida, y quien en el fondo ha puesto en nuestro corazón esas semillas de inquietud por conseguir unos ideales. Por eso, caminar con ese empeño nos hace felices, porque en el fondo es hacer fructificar las semillas depositadas por nuestro Padre en nosotros. Es responder a vocación a la que Dios nos llama.

Porque la vocación es eso, la llamada que Dios, que es Padre, nos hace a cada uno de nosotros a vivir nuestra vida según el proyecto que nos ofrece a cada uno de sus hijos.

Lo que yo haga en esta vida ¿no es sólo asunto mío?

Cada uno de nosotros no estamos en el mundo por casualidad. Dios nos llama personalmente a cada uno a vivir en este mundo, con un proyecto más grande, llegar a vivir la plenitud junto a Él.

Por el Sacramento del Bautismo somos hijos amados de Dios. Por tanto podemos llamar a Dios, Padre; y a todos los demás hombres y mujeres, les reconocemos como hermanos. El bautismo es una llamada a formar parte de un Pueblo, el Pueblo de Dios; a vivir como Comunidad, no vamos por libre y en solitario; a formar parte de la Iglesia, cuya cabeza es el mismo Cristo, el primer llamado y el que ha vivido la vocación de una forma más perfecta.

Si somos capaces de valorar nuestra vida como regalo de Dios, regalo único e irrepetible, seremos capaces de reconocer que la fe es un nuevo regalo que nos ofrece nuestro Padre. Entonces seremos capaces de salir al encuentro de Cristo, que se ha hecho hombre para encontrarse con nosotros y manifestarnos el amor de Dios a sus criaturas. Este encuentro nos hará descubrir que a cada uno de nosotros Cristo nos llama a una misión, llevar a mis hermanos la Buena Nueva de la salvación. Como en otro tiempo hizo con los Apóstoles, hoy nos dice a nosotros, “Id por todo el mundo…Anunciad el Evangelio de la salvación a vuestros hermanos….Sed mis testigos”.

La vocación cristiana es la llamada de Cristo a seguir su misión, esto es, a ser Sal de la tierra y Luz del mundo. El Papa Juan Pablo II ha dicho que “toda vocación cristiana encuentra su fundamento en la elección gratuita y precedente de parte del Padre. Él, como podemos leer en la Carta a los Efesios, nos eligió en Cristo para que fuéramos su pueblo… Él nos destinó a ser adoptados como hijos suyos, por medio de Jesucristo. La historia de toda vocación cristiana es la historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor”.

¿Cómo puedo saber qué quiere Dios de mí?

Para ser “sensibles” a la vocación es necesario “estar en la onda de quien nos llama”, esto es:
Descubrir que Dios es nuestro Padre. Dios no es un concepto, una idea, una fuerza anónima o un elemento de la mitología mas o menos fantástico. Dios, así nos lo vemos en el Antiguo Testamento y así nos lo presenta Jesús, es un ser personal, vivo, que ama y dialoga con sus criaturas. Y a quien en presente le presentamos nuestras súplicas, le damos gracias y le sentimos cerca.

Profundizar en el conocimiento de Jesucristo; tomar la determinación de seguir sus huellas, abriendo nuestra vida a la salvación y vivir la fe cristiana, es decir, vivir comprometidos con Cristo Jesús y fiándonos plena y gozosamente en él.

Es necesario ser sensibles a los problemas de nuestros semejantes, problemas materiales como la pobreza, la marginación o la injusticia, pero también problemas espirituales como pueden ser el hambre de Dios o la falta de valores, con la seguridad de que en nombre de Jesús también nosotros podemos tener una palabra o un gesto eficaz de salvación para nuestro mundo. Con todo lo que hemos dicho resulta fácil afirmar que todo proyecto de vocación cristiana pasa por pertenecer a la iglesia, es decir, formar parte de una comunidad de hombres bautizados, hombres y mujeres que han aceptado el proyecto de Jesús en sus vidas y se esfuerzan por vivirlo cada día de forma más plena.

En nuestra Iglesia, además, cada uno tenemos un puesto único. Dios acostumbra a llamar por nuestros propios nombres. Cada uno tenemos una responsabilidad. Cada uno debemos preguntarnos:

Señor, ¿qué quieres que haga?

La Iglesia tiene una misión de salvación en el mundo. Pero cada cristiano vive esa misión de una forma concreta según la llamada de Dios. Así lo dijo san Pablo en su carta a los Efesios (Ef. 4,11-13).

De acuerdo, yo quiero seguirte; pero ¿por dónde? En la Iglesia existen tres caminos de realización de la gracia del Bautismo. Tres vocaciones necesarias para la vida de la misma. Tres caminos de realización cristiana:

LA VOCACIÓN SEGLAR
El Sacramento del bautismo es una llamada de Dios a participar del ser y de la misión de Jesucristo. Es una llamada a la configuración progresiva con Cristo.
Esto le da al seglar una capacidad de ser otro Cristo en el mundo. Allí donde un cristiano realiza su misión conscientemente está presente la Iglesia de Jesucristo. El campo de acción del seglar es el mundo: la vida profesional, el centro de estudios, el barrio, la política, la familia etc…

LA VOCACIÓN A LA VIDA CONSAGRADA
Dios llama a hombres y mujeres a seguirle radicalmente con un estilo propio de vida.
Son cristianos que quieren seguir a Cristo en pobreza, no tener nada propio, sino al servicio de los demás; obediencia, vivir en disponibilidad total a la voluntad de Dios mediatizada en los superiores y la castidad, no formando una familia, pero dándose en un amor universal. Y todo ello viviendo en comunidad, es decir, en familia, entre hermanos.
Esta vocación se desarrolla con matices propios según el carisma del Fundador de una u otra congregación o instituto de vida consagrada. Los Fundadores han sido profetas que han sabido seguir a Jesucristo radicalmente en una época histórica concreta. Podemos recordar a muchos, por ejemplo Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Vicente de Paúl, Teresa de Calcuta, etc…

LA VOCACIÓN SACERDOTAL
El sacerdote es un hombre llamado por Jesús a ser todo para todos. Es un ministerio que se realiza como colaboradores del Obispo, sucesor de los Apóstoles. El sacerdote recibe el sacramento del Orden Sacerdotal mediante la imposición de las manos. Este gesto, realizado desde el principio por los Apóstoles, le une a una cadena sucesiva de hombres que han guardado la fidelidad a la tradición de la Iglesia; es decir, han querido ser fieles a los orígenes del cristianismo.

El sacerdote tiene en la comunidad tres funciones:

Predica la Palabra: Habla en nombre de Jesucristo para que quienes le escuchan le conozcan y se puedan convertir a él.

Preside los Sacramentos: Actúa en nombre de Jesucristo ante la comunidad. Preside la Eucaristía en la que proclama la Palabra de Jesús y parte y reparte a la comunidad el Cuerpo de Cristo, perdona los pecados, en nombre de Dios, y así en los demás Sacramentos.

Es Pastor y Guía del Pueblo: Aconseja, reprende, ilumina la fe, etc. Es decir, es el buen pastor que conoce a las ovejas y estas le conocen a él.

Tengo dudas, no sé qué hacer…

Si te inquieta vivir tu vocación cristiana, se sincero, paciente, humilde y valiente contigo mismo y pregúntale a Jesús:

Señor, ¿qué quieres que haga con mi vida?
¿Cuál es mi vocación?
¿Dónde y cómo podré servirte a ti y a los demás más y mejor?

La vocación es llamada de Dios. Pero hemos de tener la valentía de ponernos ante Él y preguntarle cuál es su voluntad.

La mayor alegría de un cristiano es poder decir un día: “Gracias, Señor, por encontrar mi vocación”, pues en definitiva ha encontrado su forma concreta de realización.

¿Qué vocación? Eso es cosa tuya y de Dios, pero no olvides que ya hay muchos jóvenes (y algunos no tan jóvenes) que te están diciendo: ¡SOY FELIZ!

¿Y tú?, ¿has empezado a buscar?, ¿has encontrado tu vocación?, ¿TE HAS DECIDIDO? Pero, sobre todo, no lo olvides, ÁNIMO, pues el resultado de tu búsqueda es tu camino para alcanzar la felicidad, y seguramente la de muchos más!

Lunes de Federico (3)

[Capítulo anterior]

Ecclesia semper reformanda

Federico ha mostrado su desconfianza hacia las ventajas que traen el ambiente, el lenguaje y el vestido clericales. Fidelio intenta hacer avanzar la discusión hacia temas que considera más esenciales.

–No has dicho nada nuevo. Ya se sabe desde el seminario: “Ecclesia semper reformanda: la Iglesia siempre está necesitada de reforma,” o como gustan decir hoy: de conversión. Lo que yo no veo es que el camino de la conversión sea el camino de la mediocridad o de la chabacanería.

–¿A qué te refieres?

–No es nada personal, Federico, pero mira esto: así como tú dices que debajo de una capa de sacralidad se esconde apetito de privilegios y otras bajezas por el estilo, así yo me atrevo a denunciar: debajo de esa capa de informalidad de muchos sacerdotes lo único que hay es mediocridad, ganas de vivir sin mayores compromisos, incluso temor de ser señalados. Es que no se nos olvide lo que ya dijo el Santo de Hipona, el gran Agustín, con palabras que puso en labios de la Iglesia misma: “¡Cuánta guerra me han hecho desde mi juventud!” Te acordarás de mí: ya viene la persecución de nuevo contra la Iglesia, y como sucedió en la nefanda guerra civil española, no nos extrañe que muchos sean ejecutados por el sólo hecho de llevar con dignidad una sotana o un hábito religioso. ¡No podemos ser menores que ellos, mi respetado curita! ¡También nosotros estamos llamados a dar la buena pelea y a mostrar con valor a qué Cristo servimos con empeño y decoro!

Continuar leyendo “Lunes de Federico (3)”

Lunes de Federico (2)

[Capítulo anterior]

Los buenos ejemplos

Federico ve en su modo sencillo de vestir un modo de servir más directamente al pueblo de Dios. Fidelio quiere opinar al respecto.

–Nobles deseos, hermano mío, nobles deseos que no debes dejar perder, aunque la herrumbre de los años y el viento solano de las tentaciones quieran resecar tu corazón inquieto. Todos pasamos por dificultades y desiertos, pero el que usa los medios que la Iglesia le ofrece sale victorioso más pronto y mejor. Por eso yo amo mi sacerdocio y quiero mi sotana. Para mí no es una obligación ni un castigo. No es un pretexto para privilegios sino un modo de servir a la grey del Señor. ¿Y qué puede ser más necesario hoy, Federico, que vemos a la juventud tan descarriada y a la familia sitiada por todas partes? Para mí la sotana no es un fin sino un medio. ¿Cuántas veces me ha sucedido que voy por un parque, por ejemplo, rezando mi rosario o simplemente contemplando el paisaje delicioso, y algún muchacho se me acerca y me consulta algo? ¡Si yo te contara las conversiones que se han dado gracias a estos trapitos que tú desprecias tan fácilmente! Cada vez que eso sucede yo solamente me digo: “Loado sea mi Señor: si yo no hubiera llevado mi sotana, esa alma jamás hubiera encontrado el camino.”

–Tú sabes, Fidelio, que yo te respeto, y si alguna vez hago un chiste es por distensionar el ambiente y para que no te me pongas más clérigo de la cuenta. Pero ya hablando en serio: yo tengo un pequeño reparo que hacer a tu historia, que es muy linda, la de las confesiones en el parque…

Continuar leyendo “Lunes de Federico (2)”

Lunes de Federico (1)

De acuerdo: hablemos de hábitos y sotanas

Creo que conozco ya las dos versiones: hábito usado todo el tiempo y hábito usado poco o casi nunca. Lo primero, en Chiquinquirá y Bogotá; lo segundo, en Villavicencio y Dublín. ¿Con qué me quedo a fecha de hoy?

La legislación oficial de la Iglesia es clara al respecto: sacerdotes y religiosos deben identificarse por su vestido; la práctica común en la Iglesia también es clara: muchos sacerdotes no se identifican por su traje y muchos más usan ropa clerical sólo cuando les conviene.

Dos refranes compiten en esta materia. Uno dice: “el hábito no hace al monje;” el otro dice: “no sólo hay que serlo sino parecerlo.” Hasta un cierto punto, dos mentalidades colisionan también aquí: los de “hábito o clergyman siempre” suelen ser más conservadores o de derecha; los de “ropa normal” suelen ser más progresistas o de izquierda. Muchos de los que se visten juiciosamente “como padrecitos” son cercanos a las curias, los obispos y los seminarios; los que no parecen tan “padrecitos” prefieren o dicen preferir el trabajo “de campo” y aparentemente les interesa menos trepar por lo que a veces llaman la escalera del poder. Digo todo esto no por simple estereotipo sino para que seamos conscientes desde el principio que en esto concluyen más factores y dimensiones de las que uno pensaría inicialmente.

Continuar leyendo “Lunes de Federico (1)”

Influencia del demonio sobre el hombre

a) El asedio es acción contra el hombre desde fuera, como cercándolo, provocando miedo en él.

b) La obsesión es ataque personal con injurias, daño del cuerpo, o actuando sobre los sentidos.

c) La posesión es la ocupación del hombre por el dominio de sus facultades físicas, llegando hasta privarle de la libertad sobre su cuerpo. Contra la posesión y la obsesión la Iglesia emplea los exorcismos.

d) Existen otros modos de seducción, tales como los milagros aparentes que el puede realizar, y la comunicación con el demonio que se supone en algunos fenómenos de la magia negra, el espiritismo, etc.

e) Pero la manera ordinaria como el demonio ejecuta sus planes es la tentación, que alcanza todos los seres humanos. Se define por tal, toda aquella manipulación por la que el demonio, positivamente y con mala voluntad, instiga a los humanos al pecado para perderlos. Es muy importante percatarse que a pesar del indiscutible poder de la tentación diabólica, no puede su malicia actuar más de donde Dios lo permite, su poder es poder de criatura, poder controlado. Dios es fiel, y no permitirá que seais tentados más allá de vuestras fuerzas.(I Cor.l0,l3).

En concreto, conviene, pues, situarse en el justo medio: No olvidar su acción y su eficacia maligna, ni perder la serenidad y confianza en Dios.