Tres cosas vamos a deciros en este saludo. Vivid en gracia; preservad la santidad de la familia; mantened la unión y la concordia en vuestra sociedad.
La vida del hombre tiene un sentido cuando éste coloca a Dios como meta última de sus aspiraciones, pone como base su amistad con El y hace discurrir su andar diario por el cauce de sus mandamientos y deseos. Nos gustaría estar ahora ahí, en medio de vosotros, para mostrar a unos la página evangélica del hijo pródigo, a otros la escena de Jesús con los niños cuyos ángeles siempre ven a Dios, para repetiros el sermón de la Montaña… Vivid, os diremos solamente, la vida cristiana en toda su hondura y realismo. Nunca olvidéis la enseñanza fundamental de estos días: Jesucristo, con su sangre, nos ha traído del Cielo el supremo don de la gracia y “nos ha hecho merced de las más preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza” (2Pe 1, 4).
Acercad cada día vuestros labios a los divinos manantiales de la vida sobrenatural y tomad el alimento vital del alma que se da en los sacramentos, eliminando todo lo que impide eficacia o disminuye vuestro esfuerzo por conseguir los frutos de la Redención de Cristo. Que cada uno de vosotros se sienta como obligado a atraer al hermano alejado, a enseñarle a revalorizar la propia fe, a profundizar en una más consciente responsabilidad de sus exigencias, a saborear en pleno la grandeza del credo católico.

Hola fray Nelson.
Esta es la pregunta que abre uno de los temas de estudio en un reciente foro de
Es muy curioso que en medio de tantas discusiones acerca de acabar con la pobreza en el mundo pocas veces se menciona la codicia como una de sus causas. Nos venden la idea de que un conjunto de leyes o un sistema económico van a lograr que el umbral de la pobreza desaparezca.
He aquí lo que encuentra un católico en un día cualquiera en Europa, y particularmente en España: el cinismo de un gobierno socialista para el cual el cuerpo es objeto de uso; la avanzada imparable del secularismo, que compite con el renacer de la superchería y la superstición; la presión de los medios de comunicación, vendidos al hedonismo barato y al comercio sin alma; la traición visible de un número de miembros del clero y de los religiosos, unido a la escasez de vocaciones; el laicismo rampante que parece no saciarse en su ansia de extinguir la vida débil, haciendo así de esta tierra un escenario grotesco y cruel; el abandono masivo de la práctica de la fe en los jóvenes; la fractura de la familia, que hace todo más duro, más sordo, más aciago; la complicidad mediocre de la mayoría de los centros de estudio, que a menudo consagran como única fuente de verdad el materialismo cientificista. No es para quedarse tranquilo.