La ley inmoral no obliga, se obedece primero a Dios que a los hombres. ¡Acomplejados del Resucitado jamás! Este es el ejemplo de valor de los apóstoles que falta tanto hoy en la Iglesia.
En el primer misterio de la Antigua Alianza contemplamos la paciencia de Dios, que no detuvo su amor ante el pecado de los hombres.
En el segundo misterio de la Antigua Alianza contemplamos el camino de fe de Abraham.
En el tercer misterio de la Antigua Alianza contemplamos el éxodo de la tierra de Egipto.
En el cuarto misterio de la Antigua Alianza contemplamos el don de la Ley hecho a Moisés y a su pueblo junto al Monte Sinaí.
En el quinto misterio de la Antigua Alianza contemplamos la gran promesa de Dios al rey David: que el cetro real no se apartaría de su descendencia.
En el sexto misterio de la Antigua Alianza contemplamos la valiente vocación de los profetas, por quienes el Espíritu Santo nos habló de muchas maneras.
En el séptimo misterio de la Antigua Alianza contemplamos a el pequeño resto de Israel, que permaneció fiel y fue semilla de la Nueva y Eterna Alianza.
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El verdadero triunfo del sistema de justicia es que no haya criminales que encarcelar. Recordemos que no importa que se haga contra la Palabra de Dios, nunca estará encadenada.
En el primer misterio de la creación contemplamos la sabiduría y la hermosura con que Dios ha dispuesto todas las cosas, en su tiempo y en su lugar.
En el segundo misterio de la creación contemplamos el poder de la Palabra creadora de Dios, pues todo ha venido a ser porque él lo dijo y existió.
En el tercer misterio de la creación contemplamos que Dios hizo los cielos y los Santos Ejércitos celestiales.
En el cuarto misterio de la creación contemplamos que Dios hizo el universo visible, y suyo es cuanto hay en esta tierra.
En el quinto misterio de la creación contemplamos que Dios formó al hombre y a la mujer.
En el sexto misterio de la creación contemplamos la vocación del hombre para que se multiplique y domine la tierra en nombre de Dios y obediencia a él.
En el séptimo misterio de la creación contemplamos el paraíso, primera imagen de la felicidad que Dios quiso para sus hijos.
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El pecado destruye al ser humano y destruye su relación con Dios con la naturaleza y con el prójimo. Después del pecado, Dios ya no es amigo sino una amenaza al señorío del hombre. La naturaleza o es idolatrada o es destruida. Y el prójimo es visto como una herramienta, un juguete, un rival, o un satélite que debe “girar” alrededor mío para atender a mis decisiones y gustos.
Todo este daño se observa a partir del asesinato de Caín y se puede decir que mientras dura el pecado estamos en el reinado de Caín. Pero Cristo anuncia y trae la verdad del reino de Dios, reino de bondad y de justicia que restablece la comunión entre Dios y el hombre.
Con la fuerza de su amor y su misericordia, Cristo renueva el corazón de manera que ya no miremos a nuestros hermanos en función de nuestras preferencias sino como verdaderos depositarios del amor y de la dignidad que Dios les ha otorgado. Ejemplo notable de esta transformación es la que nos muestra la carta del apóstol San Pablo a Filemón.