Historia de un milagro en Boston

“Desde que la hija del neurólogo Fernando Dangond Castro se sanó de un agresivo tipo de cáncer, el médico colombiano se replanteó sus conceptos sobre la vida y la muerte, sobre la ciencia y sobre Dios. El riguroso profesor de Harvard, y director médico en Estados Unidos de la farmacéutica Merck, ahora es un devoto creyente del poder de los milagros…”

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¿Es virtud la esperanza?

Según el Filósofo en II Ethic.: La virtud, en todo ser, es lo que hace bueno a quien la tiene y hace buena su obra. Es menester, por lo tanto, que, donde haya un acto bueno, ese acto corresponda a una virtud humana. Ahora bien, en todas las cosas humanas sometidas a una regla y a una medida se valora el bien por el hecho de que la persona en cuestión se ajuste a su propia regla, como decimos que es bueno el vestido ajustado a sus propias medidas. Ahora bien, como ya hemos expuesto (1-2 q.71 a.6), para los actos humanos hay doble medida: una próxima y homogénea, o sea, la razón natural; y otra suprema y trascendente, que es Dios. Por eso es bueno todo acto humano que llega a la razón o a Dios mismo. Pues bien, el acto de esperanza, de que tratamos aquí, llega a Dios porque, como expusimos al tratar de la pasión de la esperanza (1-2 q.40 a.1), el objeto de la misma es el bien futuro, arduo y asequible. Por otra parte, una cosa nos es asequible de dos maneras: la primera, por nosotros mismos; la segunda, por otros, como se ve en III Ethic. Por lo tanto, en cuanto esperamos algo como asequible gracias a la ayuda divina, nuestra esperanza llega hasta Dios mismo, en cuya ayuda nos apoyamos. Por eso resulta evidente que la esperanza es virtud: hace bueno el acto del hombre y se ajusta a la regla adecuada. (S. Th., II-II, q.17, a.1, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

La jaula de tortura de Daesh en Siria

“Unos kilómetros más adelante, en un cruce de carretera, una jaula negra y blanca descansa junto al asfalto. Ahora está vacía, pero su interior revela toda la crueldad del sistema de terror impuesto por unos yihadistas que «en este caso encerraban aquí a los detenidos para que se asaran de calor en verano y se helaran en invierno, pero siempre a la vista de todos los que pasaban, para que sirviera de ejemplo», apunta el militar mientras tira del candado, aún cerrado…”

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Ayúdenme a darle gracias a Dios

Hace 32 años, un 2 de febrero, movido por la gracia compasiva del Señor tomé la decisión más importante de mi vida: hice mis votos en la Orden de Predicadores, conocidos como Dominicos. En medio de mis errores y deficiencias, los motivos de gratitud se acumulan en mi recuerdo y se vuelven canto jubiloso de gratitud a Dios, nuestro Padre Bueno.