Semillas de auténtica fraternidad

Tú no puedes tratar con falta de misericordia a nadie: y, si te parece que una persona no es digna de esa misericordia, has de pensar que tú tampoco mereces nada. -No mereces haber sido creado, ni ser cristiano, ni ser hijo de Dios, ni pertenecer a tu familia…

No descuides la práctica de la corrección fraterna, muestra clara de la virtud sobrenatural de la caridad. Cuesta; más cómodo es inhibirse; ¡más cómodo!, pero no es sobrenatural. -Y de estas omisiones darás cuenta a Dios.

La corrección fraterna, cuando debas hacerla, ha de estar llena de delicadeza -¡de caridad!- en la forma y en el fondo, pues en aquel momento eres instrumento de Dios.

Si sabes querer a los demás y difundes ese cariño -caridad de Cristo, fina, delicada- entre todos, os apoyaréis unos a otros: y el que vaya a caer se sentirá sostenido -y urgido- con esa fortaleza fraterna, para ser fiel a Dios.

Más pensamientos de San Josemaría.

365 días para la Biblia – Día 339

Fr. Nelson Medina, O.P. lee contigo el texto completo de la Sagrada Escritura – Día 339 de 365

Ezequiel 45–46
Eclesiástico 37,1-15
Apocalipsis 7

Lo que se ha publicado de esta serie de lectura de la Biblia.

Formación católica todos los días: amigos@fraynelson.com

Predicación y más oración: https://fraynelson.com/blog

Seguimos el texto publicado en la página web del Vaticano.

La desaparición de los hijos

“Un acontecimiento histórico sin parangón que atraerá la atención perpleja de los futuros historiadores y pensadores (si es que quedan), cuando afronten la desaparición de la paternidad y maternidad en nuestras categorías vitales. Lo cual supone un modelo de sociedad basado en la extinción paulatina de esa otra realidad que llamamos nuestros hijos, es decir, nuevas personas y por tanto nuevos comienzos…”

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Un artículo que yo podría firmar

Este es un artículo valiente pubicado en La Voz de Galicia, el 3 de Agosto de 2019. Su autor es Paco Sánchez.

Deberíamos hablar más claro y dejar de decir que se puede cambiar de sexo. No se puede. Cabe simular el sexo contrario -solo hay dos, y no varios, como demuestra un aplastante 99,8 % de la población-, cabe intentar parecer un hombre o una mujer mediante el uso, peligrosísimo, de hormonas o mediante cirugías que suponen casi siempre la castración, la condena a la esterilidad. Pero no es verdad que se den verdaderos cambios de sexo. Tampoco parece que quienes lo intentan consigan sentirse mejor consigo mismos, con sus falsos miembros o sus amputaciones de órganos sanos. Si para los que sienten ese problema de identidad el riesgo de suicidio se multiplica por nueve, para quienes llevan a cabo un aparente cambio de sexo, el riesgo es diecinueve veces superior. En fin, uno lo entiende todo, lo comprende todo, porque en ocasiones los niveles de desesperación pueden ser muy grandes y la presión publicitaria -casi siempre a través de la cultura- de nuevos nichos de mercado, para médicos que renuncian a sanar enfermos o para productos farmacéuticos que habrá que tomarse toda la vida, puede resultar insoportable. Pero hay una cosa que no entiendo ni disculpo.

Me parece diabólico que esto se haga con niños, con menores de edad en general, comprometiendo para siempre su existencia por una percepción acaso pasajera o porque, simplemente, son homosexuales. Al mismo niño al que no se le permite comprar una aspirina se le consiente -y se fuerza a menudo a sus padres- que inicie tratamientos bárbaros de los que dependerá para siempre, si sobrevive.

Del tétrico dogma trans no se puede disentir: hay mucho dinero en juego. Pero que dejen en paz a los niños, por favor.