La Liturgia de las Horas no es sólo para curas y monjas

“Sin embargo, no sólo los religiosos están llamados a rezar la Liturgia de las Horas. También los laicos pueden beneficiarse de los grandes frutos de su oración. De hecho, ya son muchos los grupos y realidades eclesiales que han adoptado el rezo de las Horas a sus rutinas. Muchas familias y también jóvenes también profundizan en la fe con ella…”

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Un poema a San Ignacio de Loyola

Un poema a San Ignacio de Loyola

Todo el cosmos y toda creatura
elevan al Señor un himno, un canto,
no ignoran que ese Dios, tres veces Santo,
les ha dado su ser y propia hechura.

Y el hombre, que es icono y es figura
de ese Dios que le crea y ama tanto,
sabe que en darle gloria está su encanto,
porque es gloria que a él le transfigura.

Un capitán que lleva a la victoria,
un Quijote español a lo divino,
-el alma acero, el corazón topacio-
que aún recorre el camino de la historia
desfaciendo el entuerto de Calvino;
¡Ignacio de Loyola, San Ignacio!

Autor: José Luis Martínez SM

Introducción a la espiritualidad de San Pablo

Introducción

«La plenitud de los tiempos» (Gal. 4,4)

A San Pablo le ha tocado vivir en el momento culminante de la historia, en la plenitud de los tiempos, cuando «Dios envió a su Hijo» al mundo, «para rescatar a los que se hallaban bajo la ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Gal. 4,4-5). El momento en que, con la venida de Cristo se ha manifestado a los hombres y se ha realizado el misterio de la salvación escondido y mantenido en secreto durante siglos eternos (Rom. 16, 25-26; Ef. 3, 5-6).

Este hecho es imprescindible para entender la colosal obra misionera y apostólica de Pablo.

Pues él -como por lo demás los restantes autores del N.T.- tiene conciencia de estar en esa «plenitud de los tiempos». Con frecuencia en sus cartas le sorprendemos contraponiendo el «antes» de la venida de Cristo al «ahora» instaurado por esa misma venida. Por el hecho de que Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo, llega a afirmar: «pasó lo viejo, todo es nuevo» (2 Cor. 5,17). Pablo es consciente de que la venida de Cristo ha traído consigo toda novedad y ha desbordado toda expectativa al realizar una «nueva creación».

Cuando reflexione sobre su ministerio afirmará sin ambages que este ministerio -el suyo y el de los demás apóstoles del N. T.- supera sin comparación posible el ministerio de Moisés, el gran mediador de la antigua alianza. Los ministros de la nueva alianza están puestos al servicio de la acción del Espíritu. Como ministros del evangelio, les ha sido concedida la gracia de anunciar una Buena Noticia inmensamente gozosa y sorprendente: «el amor de Dios manifestado en Cristo» (Rom. 8, 39) que se ha entregado por cada uno (Gal. 2,20) para rescatarnos de nuestros pecados (Gal. 1,4). Al apóstol le ha sido confiado el anuncio de este acontecimiento incomparable que es portador de salvación (1 Cor. 15,1-5).

Es esto lo que espolea al apóstol: el deseo de transmitir y hacer partícipes a todos de este «tesoro» (2 Cor. 4. 7). Por eso exclamará: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; Es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Más si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado» (1Cor. 9, 16-17).

Colocado en la plenitud de los tiempos y portador de tal tesoro y de semejante novedad, Pablo se siente impelido y urgido a hacerlo llegar a todos, absolutamente a todos. Una tras otra, irán cayendo distancias, fronteras y dificultades y el Evangelio irá extendiéndose de la mano de Pablo por todo el inmenso Imperio romano como un fuego incontenible. Su única obsesión será llevar el Evangelio y el nombre de Cristo allí donde todavía no es conocido (Rom. 15,19-21; 2 Cor. 10,15-16).


El autor de esta obra es el sacerdote español Julio Alonso Ampuero, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

La clave del matrimonio

“Lo sé muy bien y es así por experiencia propia: la clave del matrimonio es Jesús y sin Él no funciona. Esta aseveración no es, sin embargo, ni un simple cliché ni algo trivial, pues conformar una unión santa, dinámica y plena, no es algo sencillo…”

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