¿La oración depende más del deseo o del intelecto?

Según Casiodoro, a la palabra oración se la puede considerar etimológicamente como procedente de oris ratio, la razón expresada en palabras, y que la razón especulativa y la práctica difieren en que la especulativa comprehende únicamente las cosas, mientras que la práctica no sólo las comprehende, sino que las causa. Ahora bien, una cosa es causa de otra de dos modos: de un modo perfecto, en cuanto que se le impone necesariamente, y esto acontece cuando el efecto depende totalmente del poder eficaz de la causa; de un modo imperfecto, cuando lo único que hace la causa es disponer, y esto tiene lugar cuando el efecto no depende totalmente de la eficacia de la causa. Así, pues, nuestra razón es de dos modos causa de algunos efectos. En primer lugar, como potencia que se impone necesariamente, y le compete en este caso actuar con imperio no sólo sobre las potencias inferiores y los miembros corporales, sino también sobre los hombres a ella sometidos. Es un proceder imperativo. De un segundo modo, interviene como induciendo y, en cierta manera, disponiendo, por ejemplo, cuando pide que hagan algo quienes, por el hecho de ser iguales o superiores, no dependen de ella. Lo uno y lo otro, el imperar y el pedir o suplicar, suponen una cierta ordenación en cuanto que el hombre dispone que una cosa se ha de hacer por medio de otra. Son, en consecuencia, actos de la razón, la cual es esencialmente ordenadora. Tal es el motivo por el que el Filósofo dice en I Ethic. que la razón suplica para lograr lo más perfecto y éste es el sentido en que hablamos aquí de la oración, en cuanto que significa petición o súplica, según aquellas palabras de San Agustín en su libro De Verb. Dom.: La oración es una petición; y aquella definición del Damasceno: Oración es la petición a Dios de lo que nos conviene. Según esto, es manifiesto que la oración, tal como aquí la entendemos, es acto de la razón. (S. Th., II-II, q.83, a.1 resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

Manifiesto que denuncia la deriva doctrinal y eclesial de la Asamblea Sinodal alemana

«Como cristianos católicos, estamos comprometidos con la necesidad de reformas fundamentales de la Iglesia. Sin embargo, nunca ha existido una verdadera y profunda renovación sin la conversión y el cambio de vida por medio del redescubrimiento del Evangelio. Por eso, el Camino Sinodal se pierde y se aleja dramáticamente del objetivo de la verdadera reforma. En su fijación por la estructura exterior, se pierde el núcleo de la crisis; viola la paz en las congregaciones, abandona el camino de la unidad con la Iglesia universal, daña la sustancia misma de la fe de la Iglesia, y equivale a una cisma».

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El Papa lamenta que los perros y gatos ocupen el lugar de los hijos

“Muchas parejas no tienen hijos porque no quieren, o tienen uno, pero no más, pero tienen dos perros, dos gatos, los perros y los gatos ocupan el lugar de los hijos. Si hace reír, pero es la realidad. Y este rechazar la paternidad y la maternidad nos disminuye, nos quita humanidad, y así, la civilización se convierte más vieja y sin humanidad, porque se pierde la riqueza de la paternidad y de la maternidad, y sufre la patria que no tiene hijos”, lamentó el Papa.

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Aprendamos del Arca de Noé

Todo lo que necesito saber lo aprendí del Arca de Noé.

UNO: No pierdas el barco

DOS: Recuerda que todos estamos en el mismo barco.

TRES: Planea con tiempo. No estaba lloviendo cuando Noé construyó el arca.

CUATRO: Mantente en forma. Cuando tengas 60 años, alguien podría pedirte hacer algo realmente grande.

CINCO: No hagas caso a las críticas; sólo haz el trabajo que debe ser hecho.

SEIS: Finca tu futuro en tierra alta.

OCHO: La velocidad no siempre es ventajosa. Los caracoles estaban a bordo junto con los chitas.

NUEVE: Cuando te encuentres estresado, flota por un rato.

DIEZ: No todo es estudios. Recuerda, el arca fue contruída por principiantes, el Titanic por profesionales.

ONCE: No importa la fuerza de la tormenta, cuando estás con Dios, siempre hay un arcoiris esperándote.

El gobierno de la India impide que las Misioneras de la Caridad reciban fondos del extranjero

“Las Misioneras de la Caridad [fundadas por Madre Teresa de Calcuta] han confirmado a la Agencia Fides que el gobierno federal indio no les ha renovado el reconocimiento como «organismo caritativo», impidiendo de este modo la posibilidad de obtener financiación desde el extranjero. el vicario general de la arquidiócesis de Calcuta califica lo ocurrido como «cruel regalo de Navidad a los más pobres»…”

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Somos el buen olor de Cristo

Hablando de su apostolado, san Pablo constata que ha recibido la sublime misión de esparcir por todas partes la fragancia de Cristo (2 Cor. 2,14). En medio de un mundo corrompido por el hedor del pecado (cf. Rom. 3,10ss) contempla su acción evangelizadora como un difundir por el mundo entero el buen olor del conocimiento de Aquel cuyo nombre es «ungüento derramado» (cf. Ct. 1,3; Sir. 24,15). En el fondo de esta imagen late la convicción del inmenso atractivo de Cristo y de su amor, «que excede todo conocimiento» (Col. 3,19).

En ese versículo el «buen olor» es el mensaje de Cristo. Pero en el versículo siguiente desarrolla la imagen afirmando: «nosotros somos el buen olor de Cristo» (2 Cor. 2,15). Su misma vida, su misma existencia transformada, es buen olor, resulta atrayente. Sin embargo, remite a otro, es «buen olor de Cristo»: tratándose de una existencia transformada por Cristo, el perfume que exhala remite a Cristo; puesto que ha dejado a Cristo vivir en sí mismo (Gal. 2, 20), su vida toda remite a Cristo. Mensaje y mensajero se identifican.

Algo semejante encontramos en el texto ya citado de 2 Cor. 3,18: el apóstol refleja «como un espejo la gloria del Señor». Es un signo vivo del Señor y de su acción poderosa; pero un signo creciente, pues conforme va siendo transformado en Cristo, va reflejando su imagen y su gloria de manera cada vez más perfecta. Transformado en su interior -«ha hecho brillar la luz en nuestros corazones»- acaba manifestando esa vida nueva al exterior, pues ha sido transformado «para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo» (2 Cor. 4,6).

De hecho, ya desde el comienzo, la simple noticia de su conversión constituía un testimonio viviente de la vida y del poder de Cristo: «las iglesias de Judea que están en Cristo no me conocían personalmente. Solamente habían oído decir: «El que antes nos perseguía ahora anuncia la Buena Nueva de la fe que entonces quería destruir». Y glorificaban a Dios por causa mía» (Gal. 1,22-24).

La paciencia y la misericordia que Cristo ha tenido con él sirven de ejemplo para otros muchos (1 Tim. 1,13-16). De este modo, hasta su misma obstinación y pecado han sido motivo de testimonio -más aún, el máximo motivo-, pues han dado ocasión para que Cristo muestre quién es y de lo que es capaz, al transformar al perseguidor en apóstol.

De este modo, hasta las situaciones aparentemente más negativas se convierten en ocasión de testimonio. Humanamente la situación de encarcelamiento constituye una traba absoluta para la evangelización. Sin embargo, Pablo, prisionero por Cristo, puede escribir a los de Filipos: «quiero que sepáis, hermanos, que lo que me ha sucedido ha contribuido más bien al progreso del Evangelio; de tal forma que se ha hecho público en todo el Pretorio y entre todos los demás, que me hallo en cadenas por Cristo. Y la mayor parte de los hermanos, alentados en el Señor por mis cadenas, tienen mayor intrepidez en anunciar sin temor la Palabra» (Fil. 1,12-14).

En su misión de predicar a Cristo, San Pablo no ha olvidado que era absolutamente esencial dejarse configurar con Cristo. «Crucificado con Cristo» (Gal. 2,19), su existencia se ha ido plasmando a imagen y semejanza de su Señor. La vida y las actitudes de Cristo se reproducían en las de su enviado. Y por eso su existencia toda era testimonio elocuente de Cristo. Y por eso podía exhortar: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor. 11,1). Cuando a lo largo y ancho del Imperio Romano los hombres y mujeres escuchaban a Pablo predicar a Cristo, podían ver reflejado en él al Cristo que anunciaba, pues era transparencia perfecta de Cristo, otro Cristo.


El autor de esta obra es el sacerdote español Julio Alonso Ampuero, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.