¿Es la fe la primera de las virtudes?

La prioridad de una cosa sobre otra puede darse de dos maneras: directa o esencial y accidental. Directa o esencialmente, la primera entre las virtudes es la fe. Dado que, en el orden operativo, el fin, como ya hemos expuesto (1-2 q.13 a.3; q.34 a.4 ad 1; q.57 a.4), es el principio, las virtudes teologales, cuyo objeto es el último fin, debe preceder, por necesidad, a las demás virtudes. Por otra parte, es preciso también que el último fin esté en el entendimiento antes que en la voluntad, dado que ésta no se encamina hacia su objeto si no es conocido antes por el entendimiento. De ahí que, como el último fin está ciertamente en la voluntad por medio de la esperanza y de la caridad, y en el entendimiento por medio de la fe, ésta necesariamente debe preceder a las demás virtudes, ya que, por otra parte, el conocimiento natural no puede llegar hasta Dios como objeto de la bienaventuranza según el modo en que tienden hacia él la esperanza y la caridad.

De manera accidental, sin embargo, alguna virtud puede ser anterior a la fe. Una causa accidental se convierte también en causa primera, y así, apartar los obstáculos es efecto de una causa accidental, como prueba el Filósofo. Desde este punto de vista, de manera accidental algunas virtudes pueden ser anteriores a la fe, es decir, en cuanto eliminan los impedimentos para creer: la fortaleza, rechazando el temor desordenado que impide la fe; la humildad, por su parte, rechazando la soberbia, que hace que el entendimiento se niegue a someterse a la verdad de la fe. Lo mismo se puede decir de algunas otras virtudes, aunque, en realidad, no sean verdaderas virtudes si no se presupone la fe, como afirma San Agustín (en el libro Contra lulianum). (S. Th., II-II, q.4, a.7, resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

LAUDES 20170526

#LaudesFrayNelson para la Memoria de San Felipe Neri, presbítero

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LECTIO 20170526

LECTURA ESPIRITUAL.

#LectioFrayNelson para la Memoria de San Felipe Neri

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Páginas difíciles de la Biblia

“Para quienes a veces nos encontramos con dudas y objeciones acerca de las narraciones bíblicas y de sus interpretaciones, comparto aquí un libro clásico y en español de Galbiatti-Piazza titulado así: “Páginas difíciles de la Biblia. Antiguo Testamento”…”

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VÍSPERAS 20170525

#VisperasFrayNelson para el Jueves VI de Pascua

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Los bienes del desierto

¿Qué es el desierto?

Podemos definirlo como el tiempo y lugar en el cual somos procesados por parte de Dios de diferentes maneras, intensidad y con diferentes propósitos.

¿Por qué?

Porque solo Dios sabe lo que quiere trabajar en cada uno de nosotros, y el fin por el cual lo hace. Ya que somos probados como oro, ya que al reino de los cielos no entra ni carne ni sangre y mucho menos nada sucio (envidias, celos, avaricia, idolatría, rebeldía, entre otros).

El desierto puede ser cualquier etapa o situación en tu vida, normalmente es un tiempo en donde estamos a solas con Dios, sin mucha distracción.

Cuando estamos en el desierto podemos escuchar lo que Dios nos dice, podemos reconocer las maravillas que El obra en nosotros, sólo en el momento de soledad prestamos atención verdadera a lo que Dios quiere con nosotros.

Acontece que cuando estamos en la abundancia de todas las cosas y nos envolvemos en cada una de ellas, se nos hace más difícil atender a las cosas de Dios, y muchas veces no reconocemos cuando es Dios quien nos habla, porque tenemos “mucho que hacer”, entonces Dios usa el tiempo de “quietud” para intimar con nosotros.

Dios habla a sus hijos en el desierto para afirmar sus corazones y para construir el fundamento en ellos, para que sean como el Monte de Sion, de manera que estén bien cimentados y unidos a la raíz.

[Rosa P.]

LAUDES 20170525

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LECTIO 20170525

LECTURA ESPIRITUAL.

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Los carismas más importantes

El amor es el sello propio de todo lo que Jesucristo hace, dice y padece. Ese amor nos introduce en la logica de la gracia, o de la gratuidad, porque no es un amor que esté esperando de nosotros un pago sino que se ofrece a manera de regalo, en continuidad con el hecho mismo de que fuimos creados solamente por razón de amor.

Ese es el mismo amor que recibimos como Don propio con la efusion del Espíritu Santo, según enseña San Pablo en el capítulo quinto de la carta a los romanos. Y por consiguiente ese amor es el carisma por excelencia, el carisma que hace posibles todos los otros carismas.

Guiados por ese amor, salimos de la obsesión por nuestro propio progreso o salvación, como algo aislado; marcados en cambio por ese amor ponemos en primer lugar los intereses de Jesucristo y el bien mismo de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Esto es lo característico del Don de profecía que el mismo apóstol Pablo destaca en los capítulos 12 y 14 de su primera carta a los Corintios. Y de ahí la profunda relación entre una vida marcada por la caridad y una vida ungida por el don de profecía.

Historia de la misión de los Jesuitas en Chínipas

La región de Chínipas, colindante con Sinaloa y Sonora, ocupa el suroeste del actual estado de Chihuahua. En 1610, el capitán Hurdaide, atravesando pueblos indios que no eran de paz, logró penetrar con un pequeño destacamento en aquella zona, en la que estableció el Fuerte de Montesclaros. El fuerte, construido en adobes, no era gran cosa, pero los cuatro torreones de sus cuatro esquinas impresionaron no poco a los chínipas. Al poco tiempo pidieron éstos al capitán del fuerte que viniera con ellos algún padre misionero, para hacer entre ellos lo que ya tenían noticia de que se había hecho en otras regiones.

Así llegó en visita el padre Villalta, y le recibieron adornando los caminos y organizando danzas muy festivas. El misionero les predicó, bautizó algunos niños, y les pidió que abandonaran sus crueles hábitos guerreros y supersticiosos, porque Dios abominaba de aquellas costumbres. Pronto los caciques organizaron la recogida de calaveras de enemigos vencidos, amuletos, idolillos y otros instrumentos de hechicerías y supersticiones, y se los llevaron al padre en 48 chiquihuites o cestos, para que se quemara todo, como así se hizo.

El padre Castani, sucesor de Villalta, continuó la obra misionera. Uno de los primeros y principales frutos de la misión fue que se pusieron en paz los chínipas con sus vecinos guazaparis y temoris, abriéndose incluso caminos entre estos grupos antes enemigos.

Martirio del padre Julio Pascual (1587-1632)

El jesuita Julio Matías Pascual nació en 1587 de una rica familia veneciana. Educado en Parma y Mantua, ya jesuita, pasó a México en 1616, y llegó a la misión de Chínipas en 1626. En aquella soledad alejada de toda ayuda humana, aprendió la lengua de los chínipas, y acabó bautizando a toda la nación. Consiguió reunir a 1.400 familias de guazaparis, temoris, varohios e hios en dos poblaciones. En los seis años que vivió en Chínipas, llegó el padre Pascual a conocer cuatro idiomas indios.

En la paz primera, que logró establecerse entre las naciones indias enemigas al inicio de la misión, tuvo buena parte el cacique guazapari Cabomei, «indio de grande cuerpo y robusto, aunque bien proporcionado, de fiero rostro y horrendo en el mirar y de edad de 50 años». Vestido con su manta azul que le envolvía hasta los pies, y adornado con zarcillos de conchas de nácar, medió en la causa de la paz con interminables y solemnes sermones, al modo indio. Pero más tarde Cabomei comenzó a sentir aborrecimiento por «el camino estrecho» del evangelio, y preparó una conspiración ayudado de sus guazaparis.

El padre Pascual llegó un día a Santa María de Varohios, acompañado del padre Manuel Martínez, jesuita portugués recién llegado a la misión. Pronto se dieron cuenta de que se les tendía una trampa, y llamaron en ayuda a los amigos chínipas, que viendo unidos a guazaparis y varohios no se atrevieron a intervernir. Cabomei y sus aliados prendieron fuego a la iglesia y a la casita en que estaban los dos padres. Estos se confesaron mutuamente, y prepararon también a la muerte a los oficiales y cantores que habían venido con ellos, nueve carpinteros y ocho indiecitos. Para huir del incendio hubieron de salir al patio, donde el padre Pascual, hablando en la lengua indígena, trató de apaciguar a los indios alzados. Un flechazo le hirió en el vientre, y al padre Martínez le cosieron de otro flechazo el brazo con el cuerpo. Más flechas, golpes y cuchilladas terminaron con sus vidas. De sus diecisiete acompañantes sólo se salvaron dos, por los que se conocieron los hechos al detalle. Era el 1 de febrero de 1632.

El capitán don Pedro Perea, sucesor de Hurdaide, salió con un destacamente de soldados y muchos indios en persecución de los guazaparis alzados y sus aliados. Éstos se refugiaron en lo más abrupto de la sierra, donde no podían entrar los caballos, pero los indios amigos les dieron alcance y mataron más de 800. El pueblo de los Chínipas hubo de trasladarse a región más segura, entre los sinaloas. Sólo en 1670 pudo el padre Alvaro Flores de la Sierra renovar la misión, que luego recibió un fuerte impulso del padre Salvatierra, a quien conoceremos en seguida como gran apóstol de California.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.