Resoluciones de año nuevo para feministas

“Tal vez Marx estaba justificado en su error hasta cierto punto, pues en su época efectivamente había clubes de aristócratas que se repartían el mercado y fijaban cuotas de participación para cada uno, asegurando sus intereses. Los feministas en cambio, operan sobre el mito de una organización (llamada el patriarcado) que mantendría a los hombres coordinados en sus esfuerzos para mantener la opresión de las mujeres…”

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Un “muy breve curso” prematrimonial

Más que un curso como tal, es una serie de recomendaciones prácticas, sumamente útiles y oportunas, para quienes están ene l proceso de discernir sobre la pareja con la que desean formar un hogar.

Punto de partida: LA FELICIDAD NO ES IMPOSIBLE

Frases introductorias:

La felicidad no es una meta, es una manera de viajar.
La vida no es lo que a ti te sucede, es lo que tu haces con lo que te sucede.
“Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”. San Agustín

Principio fundamental para la felicidad de la pareja: Somos caminantes y el único que nos puede llenar es Dios. Hay que ser conscientes que con la persona que se está casando es un humano, es imperfecto y está en camino, y mutuamente deben ayudarse a llegar a la perfección.

Cinco advertencias:

La gente prepara mucho la boda y prepara poco el matrimonio; mas es importante poner en sintonía dos historias, vidas, corazones, mentes.

Las parejas están dialogando demasiado poco y la gran herramienta para preparar el matrimonio se llama conversación. Dialogar es hacer las preguntas incomodas, difíciles “con la ropa puesta” para ir sintonizando (Ejemplo de pregunta: “Cuando tengamos hijos, ¿Tu que has pensado para la educación de ellos?”)

Si quieres conocer a tu pareja, mira como trata a otras personas, y no sólo a ti.

Examina la generosidad de tu pareja con los que no le pueden pagar.

Cuidado con los que nunca piden perdón (En un hombre, suele ser señal de soberbia, arrogancia, machismo. En mujeres, suele ser señal de mantener una supuesta autoridad moral para poder siempre criticar a un ser inferior, en este caso, el varón).

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Curso de Sacramentos II, parte 13 de 13: Familias santas, familias misioneras

Familias santas, familias misioneras

Hacia una espiritualidad conyugal y familiar.

Nos apoyaremos en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio del Papa San Juan Pablo II, junto con apuntes magisteriales de los Papas Pablo VI y Francisco.

Multiplicidad de la realidad familiar. Debido a la múltiple repercusión que tiene la familia en la sociedad se puede decir que el futuro de lo sociedad va a depender del futuro de la familia.

¿Por qué hace falta una espiritualidad conyugal y familiar? Porque el cristiano no tiene dos vidas. Al ser bautizado queda impregnado de una espiritualidad que se ve mejorada con una buena familia o bien queda dañada y frenada para siempre. En el matrimonio, o hay un triunfo y un avance en Cristo o bien supone un fracaso cristiano de la pareja. La preocupación por la espiritualidad propia, familiar, social han quedado desterradas por la afectividad egoísta, el sentimiento, el gusto, las decepciones y los fracasos.

Primacía de Jesucristo.

De la misma manera que un candidato al sacramento del Orden lo que le debe llevarle a entregar su vida a Dios es por encima de todo el proclamar la gloria de Cristo, así la primera razón que deberían de tener los novios para casarse es la de darle gloria a Cristo.

El hombre debe entrar al matrimonio para ser Cristo (entrega total) y así hacer plena a la mujer, mientras que la mujer para ser Iglesia agradecida, solícita y fiel del esposo.

Esta Primacía florece en la familia según decía Pablo VI más allá del simple cómo me siento yo ni en lo que me hace feliz a mí. Para ver las raíces de estos problemas puede consultarse una serie de charlas bajo el título Reconocer el naufragio. Aquellos que no han conocido el amor desinteresado y están heridos en este tipo de soledad deben acudir a la Comunidad de Fe que es donde podrán recibir ayuda y sanación.

La pareja se convierte en un signo del Amor de Dios, según San Juan Pablo II. Un signo que expresa:
la capacidad de comunión que significa que Dios puede crear una nueva realidad, un camino de santidad, con el ejemplo sublime de la Familia de Nazaret, así como el muchas parejas canonizadas.

El signo del Amor de Dios se puede desglosar en las Virtudes Domésticas, que son las propias de la convivencia humana, y que han sido resaltadas por Pablo VI. Mencionemos siete:

Abnegación.- Son las renuncias continuas que nos hacen compartir la Cruz. Los más abnegados no son los ermitaños sino los religiosos de vida comunitaria contemplativa.

Respeto.- Reconocer en todo momento los derechos del prójimo. Buscar qué es lo bueno en el otro.

Comunicación.- Evitemos las suposiciones o pensamientos propios sin ninguna base y acostumbrémonos a salir de ellos. Conviene recibir retroalimentación de otros sobre nosotros mismos y de aquello que se nos oculta. No siempre es malo tener cerca aquellos que no nos simpatizan porque nos pueden dar una visión más completa de nosotros mismos. Con esta virtud se nos invita permanente a salir de nosotros mismos.

Perdón.- Algunos les cuesta perdonar porque es una manera de tener poder sobre la persona que te ofendió. Se protege el dolor para sacarlo continuamente y así evitar que la persona pueda crecer. En I Cor 13 se dice que el amor no lleva cuentas.

Educación.- El Papa habla del proceso o bien del camino en el que estamos inmersos. El hecho de ser caminantes nos hace imperfectos porque no hemos alcanzado la meta. Cristo me acepta como soy, pero no me deja como soy. Todo crecimiento requiere plazos.

Acogida.- La familia tiene que ser espacio donde caben todos los excluidos. Sin confundir la acogida y la amistad con la complicidad y con el pactar con los errores o defectos de los demás.

Silencio.- Entendido como una puerta hacia la interioridad. Se ha de aprender a crear espacios donde se entre en uno mismo.

La familia tiene responsabilidad, según dice San Juan Pablo II. El bien de la familia también implica un apostolado propio en la sociedad.

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