Suma Conversación 012

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Predicación original en video o audio

¿Se puede estudiar a Dios?

¡Bienvenidos! Éste es el capitulo o lección número 12 de nuestra SUMA Conversación. Recorremos la vida, el pensamiento y algo de la obra más conocida, la obra principal de Santo Tomás de Aquino.

Este trabajo se va dividiendo en volúmenes. El primer volumen contiene los primeros cinco capítulos. El segundo volumen, los siguientes cinco capítulos hasta el número 10. Así que nos encontramos avanzando en el tercer volumen.

Y nuestro tema central en este tercer volumen es el significado de la teología. ¿Qué es hacer teología? ¿Cómo se relaciona con la ciencia, la filosofía? ¿Cómo se relaciona también con la Sagrada Escritura? En últimas, ¿por qué es necesario hacer teología?

Éste es el tipo de preguntas que Santo Tomás se hace en la cuestión primera de la Suma Teológica. En esta ocasión vamos a ver un aspecto sutil, un poco exigente, del pensamiento de Santo Tomás. Vamos a examinar básicamente esta pregunta puesta en lenguaje contemporáneo.

Nosotros decimos que la teología es el estudio de Dios, pero hay otras palabras que se escriben de modo semejante: tenemos también la biología que es el estudio de los seres vivos, o tenemos la entomología que es el estudio de los insectos. Entonces cabe preguntarse, aunque suene irrespetuoso, ¿cuál es la diferencia entre estudiar a Dios y estudiar una planta o un insecto? La pregunta no se hace en este caso de un modo irrespetuoso. Hay algo muy profundo aquí.

Sucede que el conocimiento parece darnos una suerte de poder sobre las cosas. Precisamente porque conocemos leyes de la naturaleza podemos poner a esa naturaleza a que trabaje por nosotros: se sabe que existe un fenómeno que se llama combustión; se sabe que la presión del vapor puede mover cosas, por ejemplo, un émbolo; se sabe que se puede establecer un sistema de transmisión entre el movimiento del émbolo y una rueda y; ya ves lo que estamos dibujando, en nuestra mente ya tenemos el tren de vapor.

El conocimiento, aquello que se sabe, otorga poder. Y ese poder resulta extraño, por decir lo menos, cuando hablamos de conocer a Dios. ¡Estamos diciendo que queremos estudiar a Dios! ¿Y qué será estudiar o conocer a Dios? ¿Es como entrar en Él? ¿Es como adueñarnos de sus secretos? ¿Es como preparar una casta de iniciados que tienen el poder de manipular lo religioso? ¿Qué es hacer teología?

Estas preguntas adquieren un significado muy concreto, cuando miramos la historia. Resulta que por ejemplo hay personas que han visto la teología simplemente como una especie de andamio, como un andamiaje de ideas que se soportan mutuamente en las cuales algunas sirven de base o fundamento para las otras, como pasa en un andamio.

En un andamio se supone que lo que está arriba va sostenido por lo que está abajo y se puede tener ese mismo criterio con la teología: se parte de unas cuantas afirmaciones dogmáticas que se supone vienen de la fe o de la Escritura y se va construyendo de manera lógica y en cierto sentido deductivo –de manera deductiva– se va construyendo un andamiaje. A esto se le llama a veces con un tono que yo creo que es justificadamente despectivo: Teología de conclusiones.

Vamos a derivar las conclusiones a partir de unas premisas. El proceso llega incluso a volverse casi mecánico. No se requiere demasiado talento y lo que es más grave, tampoco parece que se requiera mucha fe. ¿Qué piensa Santo Tomás de esta manera de hacer teología?

Si lo miramos bien, de lo que se trata aquí es del problema del objeto de la teología, es decir, ¿qué es lo que realmente estudiamos? Porque hay gente que dice que nosotros lo que estamos estudiando no es a Dios, nosotros no estudiamos a Dios. Sino nosotros estudiamos la Revelación, es decir, nuestro objeto propio de estudio, según eso, sería por ejemplo la Biblia, serían los textos de la Escritura. Ése sería el objeto propio de la teología.

Pero si nosotros estamos simplemente moviéndonos en el ámbito de unos textos religiosos ¿qué tiene que ver eso con Dios? Es posible entonces que Dios y que la verdadera espiritualidad no tengan nada que ver con esa clase de gramática religiosa o de metafísica religiosa. Estamos moviéndonos en el ámbito de unos textos y de unas palabras y unas frases y suponemos que eso tiene algo que ver con Dios, pero quizás sí, quizás no.

Para Santo Tomás de lo que se trata definitivamente es de conocer a Dios. Pero Dios supera todo conocimiento, entonces ¿no estamos ante una empresa que desde el principio es imposible? ¿No deberíamos más bien cerrar todos los libros de teología y de paso las facultades de teología y dedicarnos más bien al misticismo, a la meditación o quizás al silencio? Quizás en el puro silencio se adora mejor el misterio; no revolver nuestras torpes e insuficientes palabras con la dignidad, con la perfección, con la santidad de Dios.

Fíjate cuántas ideas distintas se han visto en el curso de la historia. Desde aquellos que quieren renunciar a todo estudio hasta otros que prácticamente creen que un computador debidamente adiestrado puede producir y producir conclusiones teológicas. ¿Dónde queda la idea de Santo Tomás en todo esto?

Hay dos palabras que nos van a interesar mucho. La palabra sujeto y la palabra objeto, pero estas palabras, como ya lo explicábamos en la lección anterior, estas palabras también tienen su historia.

Nosotros miramos el término sujeto desde el punto de vista de un principio de acción. Por ejemplo hablamos del sujeto y el predicado. Y lo que muchos hemos aprendido en la escuela primaria es que el sujeto es el que hace la acción y el predicado se refiere precisamente a esa acción. Según eso, un sujeto es un principio de acción. La palabra latina que se utiliza es la palabra sub-iectum. Resulta que esa palabra, vemos que tiene una raíz sub que indica lo que está abajo, como cuando se habla del subsuelo.

Entonces la expresión sub-iectum no corresponde exactamente –o no corresponde en todos los casos– a lo que nosotros llamamos sujeto por ejemplo en gramática.

En inglés se utiliza la palabra subject y esta palabra puede corresponder a lo que en español llamamos sujeto, pero también puede ser lo que se está estudiando o lo que se va a estudiar. Por ejemplo se puede decir que el subject matter es algo así como el asunto, lo que se está tratando, el contenido que se le va a dar. Las asignaturas o materias que estudian las personas en la universidad por ejemplo se pueden muy bien llamar subjects.

En el caso de Tomás tenemos esta expresión sub-iectum y esta expresión lo que indica es algo así como lo que subyace. ¡Esa idea nos puede servir! Subiectum es lo que subyace. Como la realidad que no es inmediatamente aparente pero subyace y es responsable de aquello que sí aparece, eso sería el subiectum.

Santo Tomás se va a preguntar, por ejemplo, cuál es el subiectum de la teología, que es como decir, preguntarse cuál es la realidad última, qué es lo que estamos estudiando cuando estudiamos teología. Pero la respuesta de Tomás va a ser sorprendente y volveremos sobre ella más de una vez. La respuesta de Tomás es que el subiectum en la teología es Dios mismo, es decir, nosotros no estamos simplemente estudiando frases, ideas, textos, opiniones, escuelas de pensamiento. La realidad subyacente a la que queremos aproximarnos con nuestra inteligencia es: Dios.

Dios es el sujeto de la teología. Pero esto también tiene una importancia y es que esa realidad, por supuesto, nos desborda. Y entonces resulta que lo que nosotros conocemos de Dios es nuestra teología. Pero entonces nuestra teología es solamente aproximada.

Y nuestra teología aproximada es un acercamiento, es un esbozo, es un barrunto de la verdadera teología que sería el conocimiento pleno de esa realidad que subyace. Y en este sentido también Dios es el subiectum de la teología, porque, por decirlo de un modo coloquial, Dios es el único teólogo. El Único que verdaderamente conoce a Dios, el Único que verdaderamente puede comprender y puede sondear el abismo de Dios, es Dios mismo.

Así que la frase “Dios es el sujeto de la teología” tiene por lo menos esas dos connotaciones. En primer lugar que Dios es la realidad que subyace. Nosotros no queremos simplemente oír opiniones, declaraciones, tesis, razonamientos, textos, teorías. El teólogo, el teólogo humano –nosotros– hacemos nuestra teología con la aspiración, con el deseo de acercarnos a ese conocimiento pleno a esa teología perfecta que sólo Dios puede tener de sí mismo. Y en ese sentido también, ya aproximándonos a lo que quiere decir esa palabra en nuestro idioma, Dios es el sujeto de la teología.

Pero hay otra palabra que también es ilustrativa. Es la palabra ob-iectum. Esta palabra que por supuesto está en el origen de nuestra palabra “objeto” es también de origen latino y literalmente lo que quiere decir es como “lo que se encuentra frente a” o “lo que está arrojado frente a”. Entonces podemos preguntarnos si Dios es objeto de la teología, algo así como el insecto puesto en la placa del microscopio es el objeto que se estudia; y ya sabemos lo que va a ser la respuesta de Tomás.

Lo que va a decir Tomás es que Dios no puede ser objeto de la teología. Por lo menos Dios no es objeto en el sentido usual de la palabra objeto. Y por eso hay que hacer una distinción con esta palabra. Esta distinción es entre lo que se llama el objeto material y lo que se llama el objeto formal. Y esa distinción nos va a ayudar a descubrir qué es lo que hacemos cuando hacemos teología.

¿Qué quiere decir el objeto material? El objeto material, como su nombre lo indica, es aquello que puede ser aprehendido, es aquello que puede ser agarrado, captado, capturado, dominado; ése es el objeto material. Como el insecto que se pone en la placa del microscopio, ése es un objeto material, es lo que se tiene delante (ob-iectum), lo que está puesto delante, lo que se pone delante de una capacidad cognoscitiva.

Pero hay otra forma de hablar del objeto, ése que acabo de mencionar sería el “obiectum materiale”. Pero éste no es el único obietum; porque existe también el “obiectum formale”, el objeto formal. ¿Y qué quiere decir el objeto formal? Podemos decir que el objeto formal, alude al cómo, al proceso, al procedimiento. Yo creo que el ejemplo que da Tomás es ilustrativo.

Supongamos que queremos estudiar el significado de “ver”. Eso es lo que nosotros queremos dentro de este ejemplo ¿Qué es ver? Queremos estudiar el sentido de la vista. Entonces al analizar lo que sucede cuando vemos, obviamente tenemos que pensar que la vista no existe en el vacío sino que la vista tiene objetos que son los “objetos vistos”, los objetos que se ven.

Siendo así las cosas, uno puede saber que la vista recorre distintos objetos, distintos objetos materiales. La vista se puede detener en una manzana, en un arbusto, en un rostro, en una silla, en el firmamento. Son incontables los objetos materiales; pero si yo estoy estudiando el sentido de la vista, yo no estoy estudiando el firmamento ni estoy estudiando el arbusto, no estoy estudiando el rostro humano, ni estoy estudiando la manzana. Y sin embargo en todas esas instancias, en todos esos momentos, estoy estudiando algo que tiene que ver con la vista.

Luego qué tienen en común todos esos elementos cuando yo busco lo que tienen en común objetos materiales diferentes unificados por un mismo procedimiento, unificados por una misma operación , entonces ya no estoy buscando objeto material, sino que ya estoy buscando el objeto formal. Entonces me doy cuenta que yo no vería la manzana si fuera transparente, yo no vería el arbusto si fuera transparente, yo no vería las estrellas si ellas dejaran simplemente escapar toda su luz y fueran transparentes, es decir, una estrella que no emitiera ninguna luz, una estrella que fuera como una bola gigantesca de cristal, yo no la podría ver.

Así que me doy cuenta que vemos las cosas precisamente porque no son transparentes. ¿Y qué es lo contrario de ser transparente? Pues es tener un color, ser coloreado, tener color. Entonces me doy cuenta que para estudiar la vista, para estudiar el sentido de la vista, interesa ver, o comprender lo que significa el color. El color es clave en la vista. ¡Me doy cuenta de eso! Porque me doy cuenta que en todas las instancias en donde hay “algo que se ve”, es evidente que hay algún tipo de color, incluyendo por supuesto los tonos de grises y colores que pueden ser extraños o que no tengan nombre. Eso no interesa, el nombre no interesa.

Cuando yo digo que el sentido de la vista me lleva finalmente a descubrir la realidad “ser coloreado”, “estar coloreado”, “tener algún tipo de color”, entonces descubro el objeto formal de la vista. Estudiar la vista no es estudiar manzanas ni arbustos. Estudiar la vista es estudiar un fenómeno, una realidad, que caracteriza muchas instancias distintas de objetos materiales.

Pero hay otro modo de hablar del objeto formal, porque también descubro “otra cosa” que tienen en común. Me doy cuenta que el rostro que puedo ver, las estrellas que me saludan por la noche, la silla que contemplo a unos metros de mí, o la manzana o el arbusto, en todos esos casos hay algo y es una luz. Si no existiera luz, si no hubiera ningún tipo de luz, pues tampoco existiría ningún tipo de color. Entonces así llego a descubrir que el sentido de la vista tiene que ver con la luz y con el color y tiene que ver, por consiguiente, con aquel conocimiento que se deriva de la luz y del color.

Pero fíjate a qué conclusión hemos llegado: yo puedo tomar la manzana y ponerla sobre mi mano, yo puedo agarrar la silla y levantarla, teóricamente puedo imaginarme o puedo tener cierto conocimiento de esas bolas gigantescas termonucleares que son las estrellas; los objetos materiales de algún modo son palpables, pero ¿el color? Yo no puedo tener el color sobre mi mano como tengo una manzana y sin embargo lo que estoy estudiando es el color. Yo no puedo agarrar la luz, yo no puedo tener la luz entre las manos, la luz no es objeto material y sin embargo la luz es objeto formal en el sentido de la vista.

Entonces dice Tomás, que cuando nosotros queremos hacer teología lo que nos interesa no es el objeto material como si nosotros pudiéramos meter a Dios dentro de un microscopio –eso es un chiste, claro– como si nosotros pudiéramos meter a Dios dentro de un sistema de categorías –¡ah, eso ya no es un chiste!– o si nosotros pudiéramos meter a Dios dentro de un vocabulario suficientemente completo. Nosotros no podemos nunca encerrar a Dios como objeto material, pero Dios sí puede ser objeto formal. Especialmente la analogía con la luz es útil, porque la analogía con la luz nos hace ver que el principio de la vista, el principio del ver se encuentra precisamente en la luz.

Por tanto, dice Tomás que hacer teología es como descubrir lo que aprendemos del mundo –y “el mundo” es el mundo todo, el universo entero– en cuanto está iluminado por Dios, en cuanto hace referencia a Dios. Esto tiene que ver con lo que hemos comentado en otra oportunidad sobre los distintos sentidos de la expresión “ratio”. Por eso Santo Tomás habla de la teología como conocimiento de Dios, y de todo sub-ratione Dei (bajo razón de Dios), es decir, en cuanto está iluminado por la realidad divina.

¿Qué agrega Dios? ¿Qué suma Dios a lo que yo puedo conocer, por ejemplo, de un árbol o de una montaña o de una acción o de una persona? Hay “algo” que Dios agrega. Ese “algo” que Dios agrega, esa referencia a Dios, es lo que en latín se llama “sub-ratione Dei”. Y en ese sentido, Dios viene a ser como objeto formal de la teología.

Estas dos palabras: subiectum y obiectum formale, nos ayudan a comprender un poco qué es lo que hacemos cuando hacemos teología. Nos aproximamos a una realidad que nos rebaza. Una realidad que termina por descubrirnos algo y es que sólo Dios es teólogo, eso por el lado del subiectum. Y por el lado del obiectum, ¿qué aprendemos? Aprendemos que nosotros no apresamos a Dios como un obiectum materiale, pero que ciertamente la realidad divina nos permite descubrir cuanto existe en una luz distinta, y eso que descubrimos, eso también forma parte del quehacer teológico.

Es una noción muy hermosa, muy completa y sobre todo profunda y fecunda. Yo doy gracias a Dios por un teólogo como Tomás de Aquino y le pido al Señor que de esos dones de sabiduría nos haga partícipes también a nosotros. Así sea.