El discurso del apóstol Pedro en Hechos 2,14-40 es como el acta de nacimiento de la Iglesia.
El primer tema que surge es el de la embriaguez porque algunos de entre la multitud que acude al cenáculo se burla diciendo que los apóstoles, que alababan con júbilo a Dios, estaban en realidad ebrios.
Esto nos invita a reconocer la alegría sobrebundante que trae el Espíritu, a partir de la experiencia de sabernos infinitamente amados. Ciertamente nada hace tan atractiva nuestra fe para los de fuera.
Pentecostés, el día de la efusión del Espíritu Santo, marca el comienzo propio del caminar de la Iglesia.
En Juan 16, Cristo dice “os conviene que yo me vaya,” y lo dice en referencia a la llegada del Espíritu. En Romanos 8, san Pablo dice que “estos son los hijos de Dios, los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios.” De modo que jamás seremos y viviremos como hijos si no es por la acción del Espíritu.
Dos textos del Antiguo Testamento nos muestran por qué la Ley de Moisés, aun siendo un tesoro de sabiduría y verdad, no es suficiente: Ezequiel 36,25-27 y Joel 3,1-2es que la Ley no podía dar la fuerza interior para seguir el bien que la misma Ley proponía.
El Espíritu ama dentro de mí y sin embargo me hace ser plenamente yo mismo.
El “acontecimiento” de la Pascua de Jesucristo es fundante para la comunidad cristiana.
Pero el misterio de la Cruz reaparece una y otra vez en nuestra vida. Algunos textos del Nuevo Testamento muestran que para los cristianos de todos los tiempos tampoco era fácil explicar por qué la cruz; por ejemplo Juan 20,8-9; Lucas 24,26 y 1 Corintios 1,18.
La Cruz siempre nos visita de maneras nuevas, y ello debe movernos a humildad y compasión, frente a nosotros mismos y frente a nuestro prójimo.
Tres preguntas útiles:
¿Qué nos ha mostrado la Cruz? La medida de la confianza y de la desconfianza: no podemos apoyarnos demasiado en el ser humano y nunca nos apoyaremos demasiado en Dios. La Cruz nos ha mostrado la gravedad espantosa del pecado y a la vez la abundancia incontenible de la misericordia divina.
¿De qué nos ha liberado? Del demonio, del pecado, de la muerte, de las tinieblas y de la ignorancia.
¿Que nos ha traído? La comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo; nos ha concedido la unión entre nosotros y ha hecho nuestra la herencia del Hijo de Dios.
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Pidamos al Señor verdadero espíritu de conversión porque el pecado al adueñarse de nosotros nos acerca a la muerte, destruimos a los otros y a nosotros mismos.
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El Evangelio es buena noticia, comprendido por quienes se han decepcionado de sí mismos, de los poderes de esta tierra y confían sólo en el Señor, aceptando la persecución y la cruz.
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Vienen tiempos en los que se necesita tener raíz profunda, conocimiento, experiencia viva de Jesucristo, entender el por qué de su sacrificio y ser mártires a causa de nuestra fe.
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Cuando cambiamos la doctrina ya no miramos a Cristo, transformamos la verdad que hemos recibido de los primeros testigos de la fe por lo que quisiéramos que existiera.
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El propósito de la vida es llegar a la plena comunión con la Santísima Trinidad en la eternidad, encontrando nuestra vocación y el verdadero sentido del sufrir y de la muerte.
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Cristo renuncia a sí mismo por devolverle al Padre su gloria y por salvarnos;, su locura nos ha devuelto la cordura, logrando que salgamos de nuestra indiferencia, egoísmo y pecado.
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