Creer en la resurrección es decir que vale la pena dar todo por Dios, hasta la vida misma.
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Alimento del Alma: Textos, Homilias, Conferencias de Fray Nelson Medina, O.P.
Creer en la resurrección es decir que vale la pena dar todo por Dios, hasta la vida misma.
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Nuestra fe es herencia de nuestro padre Abraham: él creyó en la resurrección al ser obediente al pedido de Dios de sacrificar a Isaac; nosotros también creemos pero en la resurrección de Jesucristo, Hijo amado del Padre quien murió y resucitó verdaderamente.
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“¿La composición de los cuerpos resucitados en la vida eterna será la misma que en la vida temporal? –Después de los anteriores capítulos de la Suma contra los gentiles, dedicados a los cuerpos resucitados, Santo Tomás se ocupa en otro de la naturaleza del cuerpo en esta nueva condición, porque explica que: «Como vemos que todo cuerpo compuesto de contrarios se ha de corromper necesariamente, hubo quienes dijeron que los hombres resucitados no tendrían tales cuerpos compuestos de contrarios»…”
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“En el Catecismo del concilio de Trento se expone el mismo argumento de este modo: «Siendo las almas inmortales, y teniendo, como parte que son del hombre, inclinación natural a los cuerpos humanos, debe tenerse por cosa opuesta a la naturaleza el que las almas permanezcan siempre separadas de sus cuerpos. Y como lo que se opone a la naturaleza, y es violento, no puede ser perpetuo, parece ser conforme a razón que de nuevo se junten con sus cuerpos: de donde se sigue también que ha de haber resurrección de los cuerpos»…”
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Clases de resurrección: la que hace que se vuelva a la vida, la metafórica donde se dice que la causa de Jesús sigue viva y la de Cristo que trasciende la obra de la muerte para no morir más.
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ODA AL RESUCITADO
P. Antonio López Baesa
Mi corazón se agita con un hermoso canto;
las fibras de mi ser se templan de alegría
para decir la gloria de tu inmensa belleza.
Eres toda la luz que el mundo necesita;
eres todo el amor que el corazón reclama;
eres toda la paz que estalla en armonías.
Avanza victorioso sembrando la justicia
que sólo de ti esperan los pobres y abatidos:
¡destierra para siempre la opresión y el escarnio!
Un pueblo libre surge vitoreando tu paso,
reconociendo, oh Rey, que has vencido a la muerte
y a todos nos conduces a los eternos pastos.
El favor de tu Dios te ensalza y te corona
con la pura alegría de saberte el primero
entre muchos hermanos en tu victoria ungidos.
Eres el que fecunda todas nuestras tristezas;
eres el Nuevo Esposo, portador de ternuras,
que convierte en vergel los más adustos paramos.
En ti toda la verdad nos aguarda y trasciende;
en ti toda bondad nos acoge y eleva;
en ti toda belleza en Dios nos introduce.
Mi corazón se agita con un canto de fiesta:
has tocado mi lengua con tu inasible gracia
y mi carne rebosa de admiración y asombro.
No hay que tener miedo porque el Resucitado está más allá de la tumba, de los cerrojos, de los centros de poder; está más allá de lo que puede comprender el ser humano.
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SOLEMNIDAD DE LA PASCUA
Las llagas que no son deshonra en el cuerpo glorioso de Jesús para nosotros son esperanza pueblo que peregrina.
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Padre Nelson. Hoy, me encuentro cara a cara con el relato de Mateo en que dice que en el momento de la muerte de Jesús se abrieron los sepulcros y salieron santos resucitados que subieron a Jerusalén. Bueno. Cual es la doctrina oficial de la Iglesia y la suya. — E.Q.
* * *
Ante todo; yo no tengo una doctrina “mía”: yo bebo de las fuentes que están abiertas para todos, es decir, de la enseñanza común de nuestra Iglesia Católica.
El texto al que te refieres es Mateo 27,50-53: “Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.”
Los acontecimientos portentosos que aquí se describen habían sido anunciados por los profetas (véase por ejemplo Amós 8,9). Resulta difícil para nosotros tener una imagen completamente nítida de qué fue lo que sucedió y por eso algunos han querido presentar las cosas como si todo fuera una especie de expresión literaria sin verdadero fundamento. Pero este modo de ver las cosas presume injustificadamente que los autores antiguos vivían en un mundo fantasioso en que cualquier cosa podía decirse si sonaba agradable a los oídos. Es difícil creer que fuera tan pobre la estima de la realidad en aquellos hombres, dado que la persecución que pronto tuvieron que sufrir, y que incluía torturas horrendas y la muerte, no tenía nada de imaginaria. Es decir: creer en que Cristo puede resucitar muertos no es un asunto de entretenimiento literario: es la fe que se necesita para soportar perderlo todo, incluso la propia vida. Quien tiene ante sus ojos el dolor real y la muerte real no se va a contentar con relatos inventados o con fábulas agradables de leer.
Todo esto indica que debe haber alguna verdad, también real y verificable, detrás de una afirmación tan extraña (a nuestros ojos) como la que leemos en ese capítulo 27 de San Mateo: “se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a mucho.” Una cosa así no puede decirse sin que de inmediato alguien contemporáneo a esos textos pregunte: “¿Y conocemos a algunos de esos que se encontraron con muertos resucitados?” Si una persona está en el proceso de volverse cristiano, y esa persona sabe que en cuanto cristiano va a ser perseguido y torturado y posiblemente muerto, y le cuentan algo como esto de las resurrecciones de difuntos, ¿es creíble que esa persona siga adelante con su fe mientras sospecha que nada de eso en realidad sucedió? Y si la persona está convencida de que no hubo esas resurrecciones, ¿se sentirá inclinada a aceptar que Cristo SÍ resucitó de entre los muertos, de modo que vale la pena morir por Aquel que ha vencido a la muerte?”
Sólo queda entonces una posibilidad: hubo acontecimientos milagrosos en torno a la muerte de Jesucristo. Después de todo, eso no es tan extraño, una vez que sabemos que en vida Cristo realizó tantos milagros.
¿Qué pudo haber sucedido? Que pocos días después de la crucifixión, algunos parientes de personas que habían muerto tiempo atrás, se encontraron con que sus difuntos habían vuelto a la vida, a la manera como Lázaro también fue resucitado a esta vida, incluso después de que su cadáver ya “olía mal” (Juan 11,39). Estos hechos, absolutamente sorprendentes, ayudaron no poco a que muchos judíos se preguntaran de un modo nuevo y más profundo cuál era el misterio del Mártir del Gólgota, y de alguna forma prepararon el don de la fe en aquellas personas que unos días después, en torno a Pentecostés, abrazaron la fe con entusiasmo (Hechos 2,37-41).
Cristo no solo nos dejó una herencia, sino que realmente resucitó, está vivo y porque Él vive tenemos esperanza de la vida eterna para nosotros.
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DOMINGO V DE CUARESMA, CICLO A
Es importante gastar la vida conociendo la resurrección, ir sintiendo el paso poderoso del Espíritu de Dios en esta vida para ir descubriendo qué significa la resurrección.
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“El origen de la Sábana Santa y de la imagen que muestra sigue suscitando estudios en la comunidad científica. Sin embargo, una investigación médica reciente podría dar un giro a las hipótesis que se barajaban hasta el momento. El doctor Bernardo Hontanilla, especialista en Cirugía Plástica de la Universidad de Navarra (España), acaba de publicar un artículo en la revista científica “Scientia et fides” en el que expone sus conclusiones: según ha explicado a Aleteia, la imagen de la Sábana Santa “corresponde a un hombre vivo”…”
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DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
No hay fuerza más grande para vivir que creer con certeza y buen fundamento en aquello que viene después de la muerte, la resurrección.
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El centro del mensaje cristiano está en afirmar la resurrección del Señor, que Aquel que colgó de la cruz y que reposó en el sepulcro, ahora vive.
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