Por qué es importante decir Padre nuestro del Cielo, o también: que estás en el Cielo

En el auge de la Teología de la Liberación no faltaron los que pensaban que hablar del “cielo” era una especie de “espiritualización” que nos alejaba de los problemas y dolores concretos de la vida presente. Surgieron por ello versiones del Padrenuestro que hablaban del Dios que está en los pobres, o “en los que aman la verdad.” Aunque hubiera algo correcto en ese intento, lo cierto es que quienes tales cambios proponían parecen haberse equivocado de religión. Para la mitología griega, por ejemplo, el Olimpo sí que era un lugar exclusivo, propio para unos dioses lejanos, egoístas y temperamentales. Dioses a los que había que arrebatarles con astucia sus dones, como hizo Prometeo con el fuego, que por ello fue horriblemente castigado. Hablar de un dios en el Olimpo era hablar de un dios distante con el que a lo sumo era posible negociar, sobre todo para evitar daños y problemas. El Dios de la Biblia es distinto. No es egoísta sino generoso. No esconde los dones sino que los envía. No se protege sino que nos defiende. No se aparta sino que envía a su propio Hijo. El Dios de la Biblia es poderoso sin envidia, y su Cielo es la expresión de una soberanía que no dejará impune la maldad y los abusos de los poderes de esta tierra. Negar el Cielo de Dios es negar la esperanza última de justicia para toda la Humanidad.

Cristo, y su manera de ser Hijo

Toda la vida del Señor estuvo marcada y sellada por su relación con Dios Padre: En la Anunciación: Lucas 1,35 * En la huida a Egipto: Mateo 1 * Cuando niño, en el templo de Jerusalén: Mateo 2 * En el Bautismo: Lucas 3 * En la Transfiguración: Lucas 9 * En toda su vida: la voluntad del Padre es su “alimento”: Juan 4 * Le acusan de igualarse con Dios por llamarlo su Padre: Juan 10 * Cristo hace las mismas obras de su Padre: Juan 10 * Y de hecho, bello a Él es ver al Padre: Juan 14 * A las puertas de la Pasión, sabe que está con el Padre, que nunca lo abandona: Marcos 14 * En la Pasión misma, hasta encomendar su ser al Padre: Lucas 23.

Confusiones frecuentes

La gente suele confundir…

* Lo que es NORMAL, con lo que es COMÚN.

* El NIVEL DE VERDAD, con el NIVEL DE APROBACIÓN.

* El ÉXITO, con la RIQUEZA.

* La INTIMIDAD, con el SEXO.

* La FELICIDAD, con el PLACER.

* El TRABAJO, con la AGITACIÓN.

* El FRACASO, con el CANSANCIO.

* El NIVEL DE IMPORTANCIA con el NIVEL DE ESTRÉS.

* La ALEGRÍA, con la RISA.

* El HONOR, con la FAMA.

* La HONRA, con la POPULARIDAD.

* La PAZ, con la TRANQUILIDAD.

Se puede aprender de los grandes testigos de la fe

Hay razones ciertamente para llamar a ABRAHAM nuestro padre en la fe. Ante todo, por su caminar, guiado por la unión con Dios, que le permite escucharlo. Pero además, por el sacrificio de Isaac. Aunque fuera imperfecta su percepción del querer divino, Dios tomó la generosidad de Abraham y afianzó con él una verdadera alianza. Lo cual nos obliga a preguntarnos qué estamos dispuestos a perder o a entregar por nuestra fe. Por su parte, MOISÉS nos recuerda que el don de la fe nos capacita para quitarle sus máscaras al pecado, y a ser fieles tanto frente a los atractivos del mal como frente a las dificultades para abrazar la verdad y el bien. El texto de Hebreos 11 termina haciendo elogio de la fuerza que da la fe, ya sea para la victoria externa y visible, o para la otra victoria, menos evidente: el martirio.

Contagiados del don inmenso de la fe

Reflexionamos sobre algunos de los personajes mencionados en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos. De ABEL aprendemos que no puede uno ser justo, o sea, ajustarse al querer divino, si no es a través de la fe. De HENOC aprendemos que la fe no quiere solo mejorar el mundo sino también trascenderlo. De NOÉ aprendemos que la fe nos da una mirada y una escucha más profunda sobre lo que está sucediendo en el mundo y cuáles planes tiene el Señor al respecto. Por su parte, la historia de ABRAHAM nos enseña que las fuerzas humanas llegan hasta un cierto punto, así como Teraj, padre de Abraham según la carne, llegó hasta Jarán, pero el trayecto completo solo puede hacerlo quien va y ve más allá de la carne y la sangre. En definitiva, lo importante no es tener absoluta claridad sobre adónde vas o por donde te irás, sino de dónde te ha sacado el Señor (para apreciar su misericordia y para no devolverse allí), y tener muy claro con quién vas.

La fe es la puerta y el cimiento de toda vida espiritual

La fe no empieza en el hombre, sea como expresión de sus vacíos, deseos o fantasías. Es en cambio RESPUESTA a la propuesta de amor que Dios le ofrece por muchos medios, particularmente en el esplendor de la creación y en la predicación de la Iglesia. Pero dar esa respuesta es un DON, que viene del mismo Dios, y por eso no puede ser demostrada a base de puras razones. El don divino nos permite afirmar unas cosas y negar otras, y por ello decimos que la fe también es CONOCIMIENTO. No se queda sin embargo en afirmación intelectual sino que contiene un dinamismo de CONFIANZA y de obediencia al Señor que así nos ha amado.

Espiritualidad y generosidad de fray Junípero Serra

Un hombre de oración

En medio de tantos trabajos, dificultades y sufrimientos, fray Junípero mantuvo siempre su corazón tranquilo y confiado, centrado en Dios, en su Providencia amorosa. Nunca se desanimaba, por grandes que fueran las adversidades: «No será la voluntad de Dios todavía, comentaba, no estará de sazón la mies. Dios dispondrá lo que fuere de su agrado».

Este santo fraile mantuvo siempre su corazón firme y en paz porque permació en una oración continua y porque se entregó asiduamente a la oración. Lorenzo Galmés escribe: «Testigos fidedignos aseguran que muchas noches su descanso fue la vigilia y la oración. Era menester ganar ante Dios, impetrando su ayuda, lo que no alcanzaban a ganar las fuerzas humanas. Robaba a la noche las horas que a él le había robado el día, y que estaban consagradas a Dios en exclusiva. Muchos testimoniaron también de sus públicas penitencias, como golpearse el pecho con un duro pedrusco para suscitar la contrición; aplicarse duras y sangrientas disciplinas para hacer resaltar el castigo que se merece a causa de los pecados» (246).

La cruz que purifica y salva

El padre Serra, en efecto, llevó siempre una vida sumamente penitente. Vestido con el tosco sayal franciscano, calzado con sandalias de cuero crudo, como las de los indios, sometido, como sus hermanos religiosos, a una dieta sumamente austera -exigida, por otra parte, por las duras condiciones del lugar-, con la salud casi siempre mala, arrastrando su pierna enferma por caminos interminables, aplicándose cilicios y sangrientas disciplinas, se abrazó toda su vida al Crucificado, y en las horas nocturnas de oración encontró siempre su alegría y su fuerza inagotable.

Pero sus mayores sufrimientos procedieron del ardor de su celo apostólico, al tener que soportar en su trabajo misionero interminables dificultades, estúpidamente creadas por una autoridad civil pretendidamente liberal y progresista. En una ocasión le confesó al padre Palou: «Muchas veces he recelado me acabasen la vida las pesadumbres».

Enfermo confirma

El padre Junípero Serra, en realidad, estuvo enfermo toda su vida, pero nunca prestó a su salud sino una atención mínima, la suficiente para seguir sirviendo a Cristo en sus hermanos. En 1783, ya con setenta años, estaba tan agotado por el asma, el dolor intenso en el pecho, y la hinchazón de la pierna llagada, que apenas podía consigo mismo.

Sin embargo, como en julio de 1784 cesaba su licencia para confirmar, hizo un esfuerzo supremo para administrar el sacramento de la confirmación al mayor número posible de indios neófitos. Cuando visitó San Gabriel, pensaron que ya se moría, pero aún pudo seguir a San Buenaventura, su querida fundación recién nacida. En ésta, su alegría fue tan grande, que pareció cobrar nuevas fuerzas. Los indios acostumbraban poner las manos sobre los hombros de fray Junípero, al que llamaban «el Padre Viejo», y éste correspondía poniéndoles su mano con cariño sobre la cabeza.

Hizo visita pastoral a San Luis y San Antonio y, a comienzos de 1784, regresó a su centro habitual, San Carlos de Monterrey. Aquí pasó la cuaresma, sin ahorrarse los trabajos pastorales y ascéticos en él habituales, y a últimos de abril salió hacia el norte, a San Francisco, donde le recibió su gran amigo el padre Palou. Y llegó todavía a Santa Clara, donde, tras unos días de absoluto retiro, hizo con el padre Palou confesión general de todos los pecados de su vida. Cuando regresó a Monterrey, terminadas ya sus licencias para confirmar, había confirmado 5.307 neófitos en sus misiones californianas.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.