Un poco de cada virtud

Meditación de un antiguo Monje del desierto: “Yo prefiero que el hombre tenga una pequeña parte de todas las virtudes. Adquiere pues, cada día, un poco más de cada virtud según el mandamiento de Dios, sin descanso, con temor y longanimidad, en el amor de Dios, con todo el ardor del alma y del cuerpo, con mucha humildad para con las aflicciones del corazón, con vigilancia, orando mucho, respetuosamente y con gemidos, en la pureza de tu lengua y la protección de tus ojos, sin cólera ante el menosprecio, pacífico y jamás devolviendo mal por mal. No prestes atención a las faltas ajenas; mide más bien las tuyas, tú, que estás por debajo de toda criatura. Vive en el renunciamiento de la materia y de la carne, en la cruz, en el combate, en la pobreza de espíritu, en la voluntad y en la ascesis espiritual; en el ayuno, en la penitencia y en las lágrimas, en el combate, en el discernimiento; en la pureza del alma. Cumple tu trabajo en el recogimiento. Persiste en las vigilias nocturnas, en el hambre, en la sed, en el frío, en la desnudez y en las penas.”

La vida del eremita: oración y silencio

“Su hábito de felpa de color claro, su amplia capa con la que se resguarda del frío –«aunque no me la suelo poner», asegura–, y su larga y poblada barba blanca, confieren al padre Pablo un aspecto más propio de la célebre obra de Umberto Eco. Pero no, lejos de lo que pudiera parecer, su vida eremita, donde la oración y el silencio soportan toda la jornada, se ha convertido en un atractivo para muchos jóvenes, hasta el punto de que actualmente hay cuatro postulantes «en lista de espera»…”

Haz clic aquí!

Grandeza y miseria de los incas

El gran imperio de los incas

El mayor y el más efímero de los imperios que los españoles hallaron en América fue el de los incas. Se extendía desde más arriba de Quito hasta más abajo de la ciudad chilena de Talca. Abarcaba, pues, lo que hoy es el sur de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y más de la mitad de Chile. Allí, entre los Andes y el Pacífico, vivieron entre 15 y 30 millones de indios, orgánicamente unidos bajo la capital incaica de Cuzco.

Antiguas leyendas, en las que sin duda hay un fondo histórico, hablan de los incas como de un pueblo fuerte y belicoso, que conducidos por un Hijo del Sol, desciende en el siglo XII de las altiplanicies andinas -la zona del lago Titicaca- emigrando a tierras bajas de mayor riqueza agrícola. Se instalan, con guerras de conquista, entre pueblos afines, asimilan otras culturas, como las de Chavín, Tiahuanaco, Moche, Nazca, y llegan así a establecer en el siglo XV un gran imperio, cuya capital es el Cuzco, que significa punto central.

Desde el Cuzco, ciudad sagrada del Sol, situada a 3.500 metros de altura, salían al norte, sur y este una red de caminos que se calcula en unos 40.000 kilómetros. Las vías principales eran hacia Quito, al norte, y hacia Chile, al sur. Cada dos o tres kilómetros había un tambo, almacén y puesto de relevos. Allí vivían dos chaskis, y si llegaban paquetes o mensajes, uno de ellos lo llevaba corriendo hasta el próximo tambo, y así era posible trasladar por todo el imperio cosas o documentos a unos diez kilómetros por hora. Esta facilidad para las comunicaciones permitía al Inca gobernar eficazmente la gran extensión del imperio, el Tahuantinsuyu, que estaba dividido en cuatro grandes suyus o regiones. Una mitad era Hanan, compuesto al norte por Chinchay-Suyu, y por el Anti-Suyu, al este montañoso. Y la otra mitad, Hurin, estaba formada por Cunti-Suyu, al poniente, y Colla-Suyu al sur.

Un mundo alto y hermoso

En junio de 1533, yendo Hernando Pizarro en comisión de servicio hacia Pachacámac, queda maravillado por los altos caminos incaicos de los Andes, y el corazón se le ensancha ante la majestad de aquellos paisajes grandiosos, como lo expresa en una carta:

«El camino de la sierra es cosa de ver, porque en verdad, en tierra tan fragosa, en la cristiandad no se han visto tan hermosos caminos, toda la mayor parte de la calzada. Todos los arroyos tienen puentes de piedra o de madera. En un río grande, que era muy caudaloso y muy grande, que pasamos dos veces, hallamos puentes de red, que es cosa maravillosa de ver. Pasamos por ellos los caballos… Es la tierra bien poblada; tienen muchas minas en muchas partes de ella; es tierra fría, nieva en ella y llueve mucho; no hay ciénagas; es pobre de leña. En todos los pueblos principales tiene Atabalipa puestos gobernadores y asimismo los señores antecesores suyos… Tienen depósito de leña y maíz y de todo lo demás. Y cuentan por unos nudos, en unas cuerdas [quipus], de lo que cada cacique ha traído. Y cuando nos habían de traer algunas cargas de leña u ovejas o maíz o chicha, quitaban de los nudos, de los que lo tenían a cargo, y anudábanlo en otra parte. De manera que en todo tienen muy gran cuenta e razón. En todos estos pueblos nos hicieron muy grandes fiestas e bailes» (+Morales Padrón, Historia del descubrimiento 487-488).


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

La fecha de Epifanía

Padre, me ha causado sorpresa y disgusto ver, a raíz de un viaje que tuve que hacer, que la fiesta de los Reyes Magos, o de Epifanía, como dicen ustedes con más propiedad, tiene distintas fechas de celebración. Mientras que en muchos sitios se sigue celebrando cuando siempre se celebró, el 6 de enero, ahora se ha impuesto en algunos sitios celebrarla el domingo. Según he preguntado, es el primer domingo del año. ¿por qué esta confusión? ¿Hasta dónde vamos a llegar? — J.B.

* * *

Una pregunta diferente que uno puede hacerse es por qué se escogió la fecha del 6 de enero para recordar el evento de la llegada de los Reyes Magos. Y a poco de investigar se ve que no hay una razón sólida más allá de la costumbre. Y luego se ve que el origen de la costumbre está en el número 12, porque en épocas antiguas el tiempo litúrgico de Navidad duraba 12 días, que iban desde la Nochebuena hasta el 6 de enero. Y el hecho de que fueran exactamente 12 días tampoco tenía más razón aparte del hecho de que es un numero con mucho simbolismo en la Biblia, pero la Biblia misma no nos dice que tal ilustre visita hubiera sucedido después de ese número de días.

Una vez que uno comprende este trasfondo histórico, ve también que cabe pensar las cosas de otro modo, por ejemplo, en la conexión que tiene esta celebración litúrgica, que es claramente cristológica, como otros misterios de la vida del Señor. Puesto que el domingo es el Día del Señor, día que él hizo suyo de modo particular por su victoria en la resurrección, se ve como razonable que las grandes fiestas del Señor tengan conexión con el domingo. En cierto sentido es mucho más lógico.

Así que creo que no hay motivo de extrañeza ni disgusto y que sólo el tiempo dirá si la costumbre de los 12 días o los argumentos teológicos terminan por establecer la fecha en muchos o todos los lugares. Algo de diversidad argumentada no hace daño.