Santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano

Un buen cristiano

Toribio Alfonso de Mogrovejo nació en Mayorga, hoy provincia de Valladolid, en 1538, de una antigua familia noble, muy distinguida en la comarca. Su padre, don Luis, «el Bachiller Mogrovejo», como le decían, fue regidor perpetuo de la villa, y su madre, de no menor señorío, fue doña Ana de Robledo. Antes de él habían nacido dos hijos, Luis y Lupercio. Y después de él, dos hermanas, Grimanesa y María Coco, que habría de ser religiosa dominica. Muertos los dos primeros, a él le correspondió el mayorazgo de los Mogrovejo. Recordaremos aquí su vida según la amplia y excelente biografía de Vicente Rodríguez Valencia, y la más breve de Nicolás Sánchez Prieto.

Su educación fue muy cuidada y completa. A los 12 años estudia en Valladolid gramática y retórica, y a los 21 años, en 1562, comienza a estudiar en Salamanca, una de las universidades principales de la época, que sirvió de modelo a casi todas las universidades americanas del siglo XVI. En Salamanca le ayudó mucho, en su formación personal y en sus estudios, su tío Juan de Mogrevejo, catedrático en Salamanca y en Coimbra.

Al parecer, pasó también en Coimbra dos años de estudiante, y se licenció finalmente en Santiago de Compostela, adonde fue a pie en peregrinación jacobea. En 1571 gana por oposición una beca en el Colegio Mayor salmantino de San Salvador de Oviedo. Uno de sus condiscípulos del Colegio, su amigo don Diego de Zúñiga, fue importante, como veremos, en ciertos pasos decisivos de su vida.

Como es frecuente en los santos, ya desde chico da Toribio signos precoces de las maravillas que Cristo va obrando en él. Su capellán más íntimo, Diego de Morales, afirma que «desde sus tiernos años consagró a Dios su virginidad», y que la defendió con energía cuando fue puesta a prueba con ocasión de una broma de estudiantes. En su tiempo de universitario, continuó en él la manía de dar limosna que ya tenía desde niño, y acostumbraba contentarse con pan y agua en desayuno y cena. El rector del Colegio Mayor salmantino en que vivía, el de Santiago de Oviedo, hubo de llamarle la atención por la dureza de las mortificaciones que practicaba. Una testigo de Villaquejido, donde Toribio solía ir en las vacaciones escolares y universitarias, pues era el pueblo natal de su madre, «dijo que era tan buen mozo y tan buen cristiano como no lo vio en su vida» (Rgz. Valencia I,91).

Por influjo quizá de su amigo Zúñiga, oidor entonces de la Audiencia de Granada, fue nombrado don Toribio Inquisidor de Granada, función muy alta y delicada, en la que permaneció cinco años. Tenía entonces éste 35, y fue aquél un tiempo muy valioso para él, pues aprendió a ejercitar el discernimiento y la prudencia, sirviendo a la pureza de la fe en aquella sociedad compleja, en la que moriscos y abencerrajes estaban mezclados con la población cristiana.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Mujeres de fe

“Grandes mujeres forman parte de nuestra historia, algunas realizaron una notable labor política y espiritual, vivieron en Madrid, pero su reconocimiento, en ocasiones, se debe a su filiación real y no a sus logros. Este es el caso de Juana de Austria, la emperatriz María o Margarita de la Cruz, entre otras. Juana de Austria había estado casada con Juan Manuel de Portugal, que falleció muy pronto, quedando en Portugal en muy mala posición. Se vio obligada a regresar a España donde su padre, Carlos V, le encomendó la regencia del país, labor que realizó con gran acierto. Tenía como confesor a Francisco de Borja quien, años antes, había estado al servicio de la corona y que tras la muerte de su esposa y una profunda conversión había ingresado en la Compañía de Jesús. Francisco la animó a la fundación del Monasterio de la Consolación, conocido como las Descalzas Reales…”

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Las profanaciones eucarísticas y la presencia de Cristo

Un “profeta” dijo que la presencia de Cristo se aleja de una Hostia Consagrada cuando ésta va a ser objeto de un sacrilegio, como cuando los satánicos hacen sus ritos y vejámenes, tiene razón? –RV

No tiene razón.

Según Santo Tomás, solamente cuando se produce destrucción de las especies eucarísticas ya no puede hablarse de presencia de Cristo. Pero que Cristo “abandone” las especies no es una afirmación correcta porque supone que la sustancia o realidad de pan o de vino está siempre ahí, y eso no es transubstanciación sino consubstanciación, que es por cierto lo que enseñan erróneamente los luteranos.

Cuando sucede una profanación, debemos reconocer con dolor, hay presencia de Cristo hasta el momento en que las especies son completamente destruidas o irreconocibles. Precisamente por eso se comete el crimen de sacrilegio. Si Cristo no estuviera aí presente no abría crimen sino si acaso una burla. Pero el crimen es real y se comete porque Cristo sí está presente.

Sudoku 097 de 100

El propósito de un sudoku es llenar todas las casillas con los números del 1 al 9, de modo que no haya números repetidos en ninguna fila, en ninguna columna o en ninguno de los nueve cuadros menores.

[Si buscas la solución al Sudoku 096, haz click aquí.]