LA BIBLIA – Día 240 de 365

Fr. Nelson Medina, O.P. lee contigo el texto completo de la Sagrada Escritura – Día 240 de 365

2 Macabeos 5–6
Sabiduría 4,1-6
Lucas 13

Lo que se ha publicado de esta serie de lectura de la Biblia.

Formación católica todos los días: amigos@fraynelson.com

Predicación y más oración: https://fraynelson.com/blog

Seguimos el texto publicado en la página web del Vaticano.

LA BIBLIA – Día 239 de 365

Fr. Nelson Medina, O.P. lee contigo el texto completo de la Sagrada Escritura – Día 239 de 365

2 Macabeos 3–4
Sabiduría 3
Lucas 12,32-59

Lo que se ha publicado de esta serie de lectura de la Biblia.

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Los santos mártires de las reducciones

Los santos mártires de las reducciones

Los jesuitas, como tantos otros misioneros de América, entraban muchas veces en regiones que la Corona española no había podido dominar. Así, concretamente, iniciaron sus misiones en Guayrá y la región baja del Paraná, entrando a los indios, como dice el padre Cardiel, «sin más escolta ni más armas, entre gente tan feroz, que una cruz en la mano, que servía de báculo» (51).

Ya vimos en el capítulo dedicado a La región del Río de la Plata en qué situación se hallaban aquellos indios… Se comprende, pues, que el intento de hacerles pasar de aquella vida tan salvaje a una vida civilizada y cristiana no podía ir adelante sin gravísimos riesgos para los misioneros, por parte sobre todo de los caciques, y más aún de los brujos y hechiceros.

Lo raro es que en las reducciones sólamente se produjeran treinta y dos mártires. Juan Pablo II ha canonizado de ellos al padre Roque González de Santa Cruz (1576-1628), que fue párroco de la catedral de la Asunción, antes de ser jesuita, y que es el primer santo de Paraguay, y a los padres Alonso Rodríguez y Juan Castillo, nacidos en tierras de España, en Zamora el primero (1598-1628) y en Belmonte (Cuenca) el segundo (1596-1628). Estos dos fueron connovicios del padre Nieremberg, que hizo la crónica de su vida y martirio (en Varones ilustres de la Compañía de Jesús, 4, Bilbao 1889, 358-375). Con fingimientos primero, y con el ensañamiento habitual después, los tres fueron muertos por caciques que antes fueron amigos, y después se revolvieron contra las reducciones.

Los tres habían sido beatificados en 1934 por Pío XI. Y Juan Pablo II, en la homilía de canonización, hizo un gran elogio de la acción misionera en las reducciones, subrayando también que «la labor inmensa de estos hombres, toda esa labor evangelizadora de las reducciones guaraníticas, fue posible gracias a su unión con Dios. San Roque y sus compañeros siguieron el ejemplo de San Ignacio, plasmado en sus Constituciones: “Los medios que unen al instrumento con Dios y lo disponen a dejarse guiar por su mano divina son más eficaces que aquellos que lo disponen hacia los hombres” (n.813). Fundamentaron así, día a día, su trabajo en la oración, sin dejarla por ningún motivo. “Por más ocupaciones que hayamos tenido -escribía el padre Roque en 1613-, jamás hemos faltado a nuestros ejercicios espirituales y modo de proceder”» (16-5-1988).

Fueron, sí, muchos los misioneros mártires. El padre Cipriano de Barace (1641-1702), navarro roncalés de Isaba, fundó misiones entre los indios mojos (moxos), al norte de Bolivia, durante 27 años, evangelizando también entre los vecinos baúres, guarayes y tapacuras. Autor de varios escritos -Doctrina cristiana en lengua moja, Costumbres y vida de los indios chiriguanos, con algunas aportaciones sobre su lengua, Cánticos en honra de la Virgen Nuestra Señora en lengua castellana y moja-, murió flechado y a golpes de macana en una entrada misionera a los baúres. Era el 16 de setiembre de 1702, fiesta de San Cipriano, patrón de Isaba. Murió aferrado a una cruz, y diciendo «Jesús, María, padre San Francisco Javier».

Fueron muchos los misioneros mártires. En 1711, por ejemplo, se da otro martirio, el del padre Lucas Caballero, fundador de la reducción de Nuestra Señora de la Concepción. Fue atacado por indios infieles puyzocas, y según refiere el jesuita Juan Patricio Fernández, murió de rodillas ante una cruz que llevaba consigo, «ofreciendo la sangre que derramaba por sus mismos matadores e invocando los dulcísimos nombres de Jesús y de María» (Tentación 109).


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

LA BIBLIA – Día 238 de 365

Fr. Nelson Medina, O.P. lee contigo el texto completo de la Sagrada Escritura – Día 238 de 365

2 Macabeos 1–2
Sabiduría 2
Lucas 12,1-31

Lo que se ha publicado de esta serie de lectura de la Biblia.

Formación católica todos los días: amigos@fraynelson.com

Predicación y más oración: https://fraynelson.com/blog

Seguimos el texto publicado en la página web del Vaticano.

¿Hay pecadores por los que NO hay que orar?

Estimado Padre Nelson, que la paz del Señor esté siempre con usted. Tengo la siguiente inquietud: Nuestra Santa Madre Iglesia nos exhorta a orar constantemente por la conversión del mundo, en especial de los pecadores. No obstante, me llama la atención una cita respecto al tema, de la primera carta de Juan que dice: “pues hay un pecado de muerte; por ése no digo que pida” (1 Jn 5,16). Yo identifico este pecado “de muerte” con lo que Jesús denomina el pecado contra el Espíritu Santo, el único que no será perdonado (Mt. 12,31), por tanto, es obvio que no tendría sentido orar por esta persona. No sé si mi razonamiento sea el correcto, pero aun así me llevó a plantear la siguiente cuestión ¿Existe un límite respecto a la oración que uno pueda hacer por la conversión de tal o cual persona que vive en pecado? ¿Cómo saber si una persona, por muy mala que sea, todavía no ha cruzado ese umbral de iniquidad sin retorno y, por tanto, puede aún convertirse? Bien es cierto que la Iglesia nunca ha declarado de manera solemne que algún ser humano estuviera condenado, no obstante ¿Tendría sentido orar por las almas de seres humanos con conductas tan abominables como Adolf Hitler, Antoin LeVay, o George Soros? Le agradezco de antemano por sus respuestas. — D.R.

* * *

El pasaje que mencionas, de 1 Juan 5,16, ha sido siempre considerado como de muy difícil comprensión. Para intentar dar una interpretación debe tenerse en cuenta que aquí entran varias cosas:

1. Existe la libertad humana que, en teoría, puede obstinarse en pecar cada vez más y cada vez peor. Negar esa posibilidad es negar la verdad del acto creador de Dios. En el último extremo esto significa que la condenación eterna es una realidad espantosa pero posible y que negar que algún humano pueda condenarse es como afirmar que Dios obliga a todos a salvarse, aún en contra de lo que ellos quieran.

2. Existe la misericordia divina, que sabemos que puede manifestarse en la vida de cualquier pecador, sin que importe cuál sea su condición, porque es más poderoso Dios que cualquier pecado o intención de pecar. Sin embargo, debe quedar claro que Dios no está “obligado” a actuar en ningún sentido y por eso no puede calificarse ni de injusto ni de absurdo el modo como él dispone soberanamente de su gracia.

3. Existe finalmente nuestra imposibilidad de conocer en su verdad profunda el estado de un alma ante Dios, incluyendo, hasta cierto punto, estado de la propia alma, de modo que no podemos estar del todo ciertos de si alguien tiene atenuantes que hacen menos graves sus culpas o si ya hay (o hubo) en esa persona semillas de arrepentimiento que le permitirían acoger la gracia perdonadora de Dios.

Si tenemos en cuenta todas estas consideraciones, parece que debemos entender el texto de 1 Juan en este sentido: No deben hacerse oraciones por las personas que están condenadas porque escogieron el camino de la condenación, si bien, nosotros no podemos tener nunca certeza absoluta de quiénes puedan ser esas personas.

Como se ve, el texto trata de prohibir una oración “hipotética” por aquellas personas que uno sabe con certeza que han escogido, por su propia voluntad, su condenación, en la medida en que han rechazado a Dios y sus mandamientos. No debemos pensar sin embargo que conocemos quiénes son específicamente tales personas.