Embajadores de Cristo

Embajadores de Cristo

Llamado por Dios y constituido colaborador suyo, San Pablo expresa la conciencia que tiene de su misión considerándose «embajador de Cristo». Entonces como hoy, el embajador es alguien que ha recibido la delegación plena de poderes por parte de aquel que le envía, hasta el punto de actuar en su nombre. Consciente de ser embajador personal de Jesucristo, Pablo sabe «que Dios exhorta a través nuestro» y puede exclamar con toda energía: «En nombre de Cristo, os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Cor. 5,20). Y es tal su conciencia de actuar siempre y en toda circunstancia en nombre de Cristo que incluso estando prisionero se sigue considerando a sí mismo embajador suyo, aunque sea «entre cadenas» (Ef. 6,20).

La misma realidad expresa el término «apóstol», que es el que usa con más frecuencia, hasta el punto de que sólo está ausente en tres cartas (2 Tesalonicenses, Filipenses y Filemón); en todas las demás, ya desde el saludo Pablo se presenta a sí mismo como «apóstol de Jesucristo».

Apóstol significa no sólo «enviado», sino enviado oficialmente y con plenos poderes. En cierto modo, el enviado se identificaba con aquel que le enviaba, hasta el punto de que debía ser tratado con el mismo respeto que este y las atenciones u ofensas que recibía el enviado se consideraban hechas al enviante. (Así, por ejemplo, en el Antiguo Testamento, David declaró la guerra a los ammonitas y les combatió duramente por haber ultrajado a sus emisarios -2 Sam. 10-).

Con ello Pablo empalma con la enseñanza del mismo Jesús, que había llamado «apóstoles» a los doce (Lc. 6,13) y les había enviado con su propia autoridad, la misma que él había recibido de su Padre: «Como el Padre me envió, así os envío a vosotros» (Jn. 20,21). Jesús los enviaba en su nombre, y por eso podía decir: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe» (Mt. 10,40), «quien a vosotros os escucha, a mí me escucha, y quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza» (Lc. 10,16). Y como enviados personales suyos, Jesús les hacía partícipes de sus mismos poderes: «en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas… » (Mc. 16,17 s.).

Sin duda, aquí radicaba la fuerza invencible de Pablo. No se trataba en él simplemente de energía de carácter o de entusiasmo por un ideal, sino de la conciencia de estar siendo impulsado por Cristo mismo, de que en su debilidad residía «la fuerza de Cristo» (2 Cor. 12, 9).

Quizá desde aquí se entiende mejor el texto de Gal. 2,20: «Vivo, no yo, sino que Cristo vive en mí». Apresado por Cristo Jesús (Fil. 3,12) desde el momento mismo de su conversión, hasta tal punto el Señor se ha adueñado de su persona que se ha convertido en el sujeto y protagonista principal de su vida. Pablo no ha dejado de vivir su existencia humana, pero percibe que su yo no es ya el sujeto último de su vida, sino que «otro» se ha apoderado de él desde dentro, hasta el punto de ser el que gestiona su vivir y su actuar. El apóstol ha quedado identificado con el que le envía, ha quedado unido íntima y profundamente con él. No se siente enviado por alguien que está fuera de él y le confía un encargo, sino por alguien que viviendo en él le impulsa desde dentro. El apóstol es como una nueva encarnación del Verbo. Cristo prolonga su vida y su actividad en su apóstol. Al decir «Cristo vive en mí» el apóstol podría haber especificado: actúa en mí, habla en mí, ora en mí, sufre en mí, ama en mí…

Esa vida de entrega tan admirable, tan desbordante, tan sobrehumana, encuentra aquí su explicación: Pablo tiene clara conciencia de que el Cristo Resucitado que encontró en el camino de Damasco actúa en él y por medio de él. Poseído por la fuerza infinita del Resucitado se siente impulsado a hablar y a actuar con una fortaleza que no es la suya. Todo su empuje apostólico, su audacia, su aguante ante las dificultades, su constante iniciativa para abrir nuevos campos al evangelio… se explican desde aquí. Sin esto, todas sus energías naturales se hubieran agotado, antes o después, ante las numerosas y graves dificultades que tuvo que afrontar.

Dirá, por ejemplo, a los tesalonicenses: «Después de haber padecido sufrimientos e injurias en Filipos, como sabéis, tuvimos valor, apoyados en nuestro Dios, para anunciaros el evangelio en medio de fuerte oposición» (1 Tes. 2,2). En efecto, después de haber sido encarcelados y haber recibido muchos azotes en Filipos, Pablo y Silas -según relata He. 16,16-40- no solo no se desanimaron ni se echaron atrás, sino que continuaron con energía indomable su actividad evangelizadora predicando en Tesalónica, donde a su vez encontraron persecución (He. 17,1-9)… Después Berea, Atenas, Corinto… encontrando siempre dificultades, oposición, indiferencia, rechazo… Lo cual habría desalentado y hecho desistir a cualquiera, no así a los apóstoles sostenidos por la fuerza de Cristo.

Pablo sabe bien a quién pertenece. Está seguro de ser «apóstol, no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos» (Gal. 1,1). Es apóstol de Jesucristo. Sólo a Él pertenece. Él le ha enviado y a Él solo ha de agradar (Gal. 1,10). Y cuando al final de su vida se encuentre en la cárcel de Roma, solo y abandonado de todos, a punto de ser martirizado, podrá exclamar con una fuerza impresionante: «Sé de quién me he fiado» (2 Tim. 1, 12).

De su condición de «embajador» y «apóstol» de Jesucristo nace también la conciencia de su autoridad, que ejercita precisamente «en nombre del Señor Jesús». Cuando tiene que exhortar, mandar o prohibir lo hace consciente de estar investido de la autoridad misma de Cristo (2 Tes. 3,6-15). E incluso cuando tiene que tomar alguna decisión dura y drástica, no duda lo más mínimo (1 Cor. 5,4-5), consciente de su responsabilidad de ministro del Señor. Teniendo muy claro, por otra parte, que esa autoridad se la dio el Señor «para construir, no para destruir» (2 Cor. 13,10). Por eso, hasta las más fuertes censuras tienen como objetivo el bien de los mismos fieles(1 Cor. 4,4), «pues nada podemos contra la verdad, sino sólo a favor de la verdad» ( 2 Cor. 13,8) y «lo que pedimos es vuestro perfeccionamiento» (2 Cor. 13,9). Incluso preferirá, cuando sea posible, en vez de imponer su autoridad, mostrarse amable «como una madre cuida con cariño de sus hijos» (1 Tes. 2,7).


El autor de esta obra es el sacerdote español Julio Alonso Ampuero, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

La racionalidad de la resurrección de la carne

“En el Catecismo del concilio de Trento se expone el mismo argumento de este modo: «Siendo las almas inmortales, y teniendo, como parte que son del hombre, inclinación natural a los cuerpos humanos, debe tenerse por cosa opuesta a la naturaleza el que las almas permanezcan siempre separadas de sus cuerpos. Y como lo que se opone a la naturaleza, y es violento, no puede ser perpetuo, parece ser conforme a razón que de nuevo se junten con sus cuerpos: de donde se sigue también que ha de haber resurrección de los cuerpos»…”

Haz clic aquí!

Preguntas en torno a la Asunción de la Virgen María

Hoy he recibido múltiples preguntas acerca de la Asunción, que me hacen ver que tengo varios cabos sueltos en mis conceptos escatológicos. Agradecería tu ayuda y claridad. 1. Suponiendo que la Santísima Virgen hubiera muerto (posibilidad admitida por la Iglesia) ¿cuál sería la explicación respecto a su Inmaculada Concepción? 2. Asunción en cuerpo y alma, como afirma la formulación del dogma, se sirve de una distinción griega. ¿Cuerpo sería el posible cadáver? ¿O más bien hablamos de un cuerpo glorioso que no se corresponde con las mismas moléculas mortales? (Como es nuestro caso al morir y resucitar en el Último Día) 3. Cuál sería la relación entre este misterio-dogma y nuestra escatología intermedia. –F.M.

* * *

Con el favor de Dios, abordemos estas tres cuestiones. Aquí van las respuestas ofrecidas:

1. San Pablo nos enseña que la paga por el pecado es la muerte (Romanos 6,23). Ello nos hace pensar que ante la ausencia de pecado no debería producirse la muerte. Y como la Virgen María carecía de pecado personal y fue preservada de la mancha del pecado original, no tendría por qué haber padecido la muerte. Todo esto es cierto pero descubrimos que algo falta en ese argumento por el hecho de que el gran inmaculado, y libre de toda sombra de pecado, es nuestro Señor Jesucristo, que sin embargo murió verdaderamente precisamente para realizar y manifestar la perfecta vitoria sobre la muerte. Nos damos cuenta que el morir de Cristo no proviene de ningún pecado personal suyo–cosa impensable–sino de la solidaridad colmada de misericordia con la que Él se ha asociado a las consecuencias de nuestros pecados, hasta llegar al extremo de la muerte. En ese mismo orden de ideas, la asociación de María con la gesta salvífica de su Hijo hace no solo pensable sino incluso lógico y preferible afirmar que ella se unió al camino de Cristo y participó de la humillación de la muerte para también con Cristo participar de la gloria de la resurrección: misterio que celebramos en la Solemnidad de la Asunción.

2. La expresión “cuerpo y alma” indica fundamentalmente la totalidad del ser. Más que apoyarse en la distinción de la filosofía griega, nos protege de una desviación a la que podría llevarnos un mal uso de esa expresión filosófica, a saber, considerar que la salvación de María–o de nosotros mismos–es algo que se limita al “alma” como si bastara una plenitud espiritual o intelectual para expresar la obra de la redención. Cuando en el credo decimos que creemos “en al resurrección de la carne” estamos afirmando que nada que haya dañado el pecado quedará por fuera de la obra de la redención. Y puesto que el pecado ha salpicado o francamente deteriorado las potencias del alma y el ser mismo de nuestro cuerpo, lo que estamos diciendo es que todo, absolutamente todo lo que fue creado (visible o invisible), recibirá–en el caso de los que mueren en gracia, se entiende–el beneficio pleno de la redención.

Aclarado esto, la pregunta que queda es la conexión entre el cuerpo glorioso y este nuestro cuerpo actual, sujeto al tiempo, el cambio, y tantas otras cosas. Nuestra fe es muy parca en lo que afirma. Básicamente lo que sabemos se concreta en dos cosas: (i) hay una continuidad entre el cuerpo terrenal y el cuerpo espiritual; (ii) la realidad nueva, inimaginable (cf. 1 Corintios 15,35ss) del cuerpo espiritual no estará sometida a muchas de las leyes que rigen a nuestros cuerpos en su condición actual; por ejemplo, no se padecerá hambre, enfermedad, o el paso mismo del tiempo.

Resulta extremadamente especulativo suponer cómo puede ser ese cuerpo “espiritual” o “glorioso.” De lo poco que se puede decir con alguna certeza es esto: lo que llamamos “materia” es, en su condición más ínfima muy próximo a la realización de una ley matemática (ecuación de campo cuántico). Esa “ley” es, desde el punto de vista de la teología, un eco del Lógos primordial que está en el Hijo Eterno del Padre. De modo que toda la materia es sostenida y ordenada por el Lógos. La disposición providente del Lógos no rige solamente a las partículas individuales (sean electrones, quarks o lo que sean) sino que rige conjuntos inmensos de partículas que adquieren propiedades intrínsecas que nosotros identificamos como propias de los “cuerpos.” Esta sabiduría y bondad del Lógos está más allá de todo poder de la muerte, de modo que el cuerpo glorioso sería la transición en lo dispuesto por el Lógos sobre aquello que el Lógos considera como propio de cada uno de nosotros. La continuidad estaría asegurada por la continuidad de la voluntad del Lógos del Padre (el Hijo, en cuanto Señor de la creación y autor de la redención) y la realidad nueva estaría asegurada por la nueva disposición suya sobre nosotros, asociándonos por completo a su propio ser.

3. La escatología “intermedia” alude al hecho de que hay una distancia entre la muerte corporal y la consumación de la historia humana en la que se dará el juicio final, y por tanto, la reunión plena de nuestras almas y nuestros cuerpos. Hay que recordar entonces aquí por qué hay los dos juicios: el particular y el final. El juicio particular es esencialmente el acto de comparecer nuestra vida ante la Verdad infinita de Dios, que incluye todos los actos de su misericordia y providencia para con nosotros. Por supuesto, es un juicio definitivo que determina el destino eterno de la persona: con Dios (sea directamente en el Cielo o después de pasar por el Purgatorio), o contra Dios (directamente al infierno, en consecuencia con el rechazo de la persona a Dios y su señorío). Eso trae el juicio particular.

En cuanto al juicio universal, lo primero que hay que decir, entonces, es que no es una especial de “tribunal de apelación” que cambie en uno o en otro sentido el destino eterno de los difuntos. Lo que sí trae a luz ese juicio, que sucede al final de la historia humana, es la clara visión de todas las consecuencias externas, sociales, históricas de lo que hemos sido y que en vida nuestra sólo pudo aparecer de manera germinal. Esto vale para lo bueno y para lo malo. Pensemos en el caso de un mártir. En vida terrena, la bondad del mártir ha quedado oculta a ojos del mundo, por lo menos en su mayor parte; pero la fuerza de su testimonio, ejemplo y oración han dado fruto a lo largo de los siglos, de modo que al final de la historia humana, hay un esplendor magnífico, una gloria inmensa, que no era clara cuando el mártir murió. Esa gloria aparecerá en el juicio final y será corona de ese mártir. Y puesto que la realidad histórica y externa es propia del cuerpo, así como las intenciones y deseos son propios del alma, es muy lógico que en el juicio final el cuerpo aparezca con el resplandor que es propio de la gloria que las buenas obras sembraron en vida y muerte de la persona. Lo mismo hay que decir, lamentablemente, de las obras malas: toda su podredumbre aparecerá con claridad al final de los siglos, y el cuerpo de ese pobre, degenerado y corrompido por la carga de tantas desgracias, será su realidad por todos los siglos.

Volvamos ahora nuestra atención a la Virgen María. Si bien es cierto que toda la bondad de la santidad incomparable de María no se ha manifestado aún, y sólo brillará en plenitud al final de los siglos, hay algo que ya sabemos, y que es muy simple y a la vez muy profundo: y es que, dicho de modo sencillo, TODO lo bueno que llegue a contener el universo viene de la redención de Cristo, y todo el bien de la redención de Cristo ha empezado en el SÍ de María y ha tenido su expresión en el SÍ de María, que no conoció tibieza ni interrupción. En ese sentido, no es necesaria ninguna “escatología intermedia” para ella porque la gloria de la Resurrección de su Hijo es la expresión misma del bien que ella ha hecho posible. De tal manera que así como ella, en Caná de Galilea, anticipó en cierto modo la “hora” de Jesús, así también, con su tránsito a la eternidad, ha anticipado en su cuerpo purísimo la hora en que Dios será todo en todos.