Ayuda a la Iglesia Necesitada dona un millón de euros para la Iglesia en Ucrania

“Se ha dado ya inicio a la campaña «Emergencia Ucrania: Empieza la guerra, la Iglesia se queda» gracias a la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN). La campana tiene por objetivo recaudar un millón de euros en donación a la Iglesia en Ucrania frente al avance de la guerra y a las numerosas necesidades que enfrentan los ciudadanos ucranianos…”

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Nuestra oración por Ucrania

En absoluta desigualdad de fuerzas, Ucrania está siendo destrozada por fuerzas rusas, mientras el mundo, en su mayor parte, mira para otro lado.

Pero hay corazones generosos, que ofrecen sus lágrimas y sus ayunos, sus oraciones y su solidaridad en favor del pueblo ucraniano.

Si quieres dejar testimonio público de tu amor y oración por Ucrania, te dejo este enlace: https://www.ayudaalaiglesianecesitada.org/oraciones/la-paz-ucrania/

Breve ordo para la semana
del 27 de Febrero al 5 de Marzo de 2022

LA GRACIA: Homilías breves para esta semana:


LECTURA ESPIRITUAL para esta semana:


Liturgia de las Horas para esta semana:

Domingo, 27 de Febrero de 2022: Domingo VIII del Tiempo Ordinario, ciclo C

Lunes 28:

Martes 1° de Marzo:

Miércoles 2 de Marzo: Miércoles de Ceniza

Jueves 18: Jueves después de Ceniza

Viernes 19: Viernes después de Ceniza

Sábado 20: Sábado después de Ceniza



¿Es razonable orar?

La oración es el acto de la razón por el que se suplica a un superior; lo mismo que el imperio es el acto de la razón por el que se dispone del inferior como medio para conseguir un fin. El orar, por consiguiente, es acto propio de quien está dotado de razón y tiene un superior a quien pueda suplicar. Ahora bien: nada hay superior a las divinas personas; y los animales brutos, por su parte, no tienen razón. Luego, propiamente hablando, la oración no se da ni en las personas divinas ni en los animales irracionales, sino que es un acto propio de la criatura racional. (S. Th., II-II, q.83, a.10 resp.)


[Estos fragmentos han sido tomados de la Suma Teológica de Santo Tomás, en la segunda sección de la segunda parte. Pueden leerse en orden los fragmentos publicados haciendo clic aquí.]

¿Casarse o ‘estar juntos’?

Dios nos creó con la capacidad de amar para entregarnos al ser amado; y con el instinto sexual que conduce a la procreación (“Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; varón y mujer los creó y les dio su bendición diciéndoles: crezcan, tengan hijos y sometan la creación… Y Dios vio que era bueno”. Génesis 1: 27, 28, 31). El fin de la unión del hombre y la mujer es amarse y brindarse ayuda mutua, disfrutar del placer sexual y tener hijos. El amor es mutua entrega, sacrificio y fidelidad (“Carne de mi carne y hueso de mis huesos”. “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola persona”. Génesis 2: 23 y 24; Efesios 5: 31).

Cuando una pareja se casa implica un compromiso: “me entrego a ti y prometo amarte y serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. Ese compromiso de total entrega para “compartir la vida” es el matrimonio, necesario para la estabilidad familiar y el equilibrado desarrollo de los hijos.

No se puede negar el mérito de quienes por diferentes circunstancias tuvieron que crear a sus hijos solos, y estos no necesariamente fueron disminuidos en su formación y capacidad. Pero no es esa la situación natural y conveniente a la que debe aspirar la sociedad humana. Los hijos necesitan de un hogar estable donde reciban la influencia del padre y de la madre.

El cine y la televisión promueven una campaña mundial contra el matrimonio; y los anticonceptivos facilitan el uso del sexo sin temor a embarazos, solo por placer… sin amor… sin compromiso. De esta manera el hombre y la mujer se convierten en “un objeto de placer”. Se habla de “estar juntos”, usándose para satisfacer el deseo sexual… como se usa una olla o un plato para satisfacer el deseo de comer.

Además de las razones sociológicas y sicológicas que abundan a favor del matrimonio, los cristianos creemos en la santidad del mismo como sacramento instituido por Dios. Habría que preguntar a los padres: ¿orientan a sus hijos a ser “objetos de placer sexual”, como ollas o platos desechables, o a ser “personas” que se respetan y que construirán familias estables basadas en el amor”

El autor es abogado y periodista nicaraguense

Ministro extraordinadrio de la comunión

Se autoriza la libre reproducción

adolfo.miranda@datasystemsa.com

Nuevo ciclo de catequesis del Papa: sentido y valor de la vejez

“El miércoles 23 de febrero, el Papa Francisco comenzó un nuevo ciclo de catequesis “sobre el sentido y el valor de la vejez”. En esta ocasión ha querido poner de relieve la concepción errónea sobre los ancianos que tiene la sociedad occidental actual y cuál debe ser el rol entre jóvenes y ancianos para el florecimiento personal y comunitario…”

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«Fuerza en la debilidad» (2 Cor. 12,10)

«Fuerza en la debilidad» (2 Cor. 12,10)

Sin embargo, parece que no siempre lo haya visto así. En un texto muy conocido (2 Cor. 12,7-10) nos habla de una determinada «debilidad», algo muy molesto que llama «aguijón» y califica de «mensajero de Satanás»; por el contexto, parece que se refiere a las ya mencionadas persecuciones y tribulaciones de todo tipo padecidas por Cristo, aunque también pudiera tratarse de una enfermedad. Lo cierto es que Pablo lo ha visto como un obstáculo que le impedía realizar su obra -la obra de la evangelización que Dios mismo le había encomendado-; por eso dice que le pidió insistentemente al Señor que alejase de él aquella dificultad.

Ahora bien, el Señor le hizo ver que lo que él consideraba un obstáculo era por el contrario la ocasión de que se manifestase con toda su eficacia la fuerza de Cristo. Por eso concluye Pablo: «con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo», pues «cuando soy débil entonces soy fuerte».

¿De dónde ha aprendido Pablo esta lección? Sin duda, del misterio de la cruz. Pues en la 1ª Corintios emplea términos semejantes para hablar de él. En efecto, allí Pablo afirmaba que, frente a la sabiduría de los hombres, él predica «a Cristo crucificado», que es «fuerza de Dios», pues «la debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres» (1 Cor. 1,23-25).

En el misterio de la cruz el Apóstol ha contemplado que en la más extrema debilidad e inutilidad humana -un hombre inutilizado en una cruz y destrozado- se realiza el acontecimiento máximamente eficaz: la redención de la humanidad entera. Y a la luz de ese misterio ha comprendido que ese estilo, esa «norma», Dios continúa empleándola: Dios sigue salvando a través de la debilidad humana, continúa obrando con su fuerza infinita en medio de la impotencia y de la inutilidad humanas; más aún, ahí se encarna -por así decirlo- el poder de Dios. El misterio de la cruz se prolonga así en la vida del apóstol con su eficacia infinita y divina.

Ahora entendemos mejor las palabras que dan título a este capítulo. Pablo se alegra de sufrir por los de Colosas. ¿La razón? «Completo lo que en mi carne falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col. 1,24). Notar el «por vosotros» y el «en favor vuestro»: Pablo tiene conciencia de que sus sufrimientos tienen valor redentor; de que Cristo, viviendo en él (Gal. 2,20), prolonga en él y a través de él su sufrimiento redentor. De ese modo, mediante su sufrimiento apostólico -padecido por amor- el enviado de Cristo hace presente en el tiempo y el espacio la cruz de Cristo, la única que salva. En este sentido «completa» en sí mismo el sufrimiento de Cristo.

Lo mismo que en el Maestro, se opera en el discípulo una suerte de sustitución vicaria: «De este modo la muerte actúa en nosotros, más en vosotros la vida» (2 Cor. 4,12). Sufriendo por los hombres, el apóstol lleva en sí «la muerte de Jesús»; «continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús», los apóstoles transmiten a los hombres «la vida de Jesús» (2 Cor. 4,10-11).

Se comprende por qué, ante tantas dificultades, proclama Pablo: «no desfallecemos» (2 Cor.4,16). Más aún, por qué llega gritar desafiante: «¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Gal. 6,14). Sabe, incluso por experiencia, que la cruz es su fuerza y su salvación; y no desea buscar otro apoyo ni otra seguridad. Y de igual manera que se gloría en la cruz de Cristo en sí misma, se gloría en la cruz de Cristo en cuanto que se hace presente en su vida («me glorío en mis debilidades…en las persecuciones padecidas por Cristo»: 2 Cor.12,9-10).

Desde aquí se iluminan también expresiones paradójicas como la siguiente: «Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones» (2 Cor. 7,4). En el apóstol se hace presente el misterio pascual en su integridad: fuerza en la debilidad, vida en la muerte, gozo en el sufrimiento. La presencia de la cruz en la vida del apóstol es siempre fuente de gozo («me alegro de sufrir por vosotros»), pues es siempre portadora de fecundidad (cf. Jn. 16,21).

No sólo es que sobreabunde el consuelo en medio de las tribulaciones -y en proporción superior a ellas-, sino que tanto las tribulaciones como el consuelo tienen también valor salvífico: «si somos atribulados, lo somos para consuelo y salvación vuestra; si somos consolados, lo somos para el consuelo vuestro, que os hace soportar con paciencia los mismos sufrimientos que también nosotros soportamos» (2 Cor. 1,6).


El autor de esta obra es el sacerdote español Julio Alonso Ampuero, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.