69.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
69.2. Puesto que en los sacramentos se comunica particularmente la gracia de Dios, y yo mismo soy una expresión del deseo que Dios tiene de que vivas y crezcas en su gracia, es fácil entender que hay una asociación muy profunda entre los sacramentos y la presencia inspiradora y santificadora que Dios ha querido que los Ángeles tengamos en vuestras vidas.
69.3. No es difícil encontrar en la Sagrada Escritura testimonios sobre cómo todo aquello que Dios habría de comunicar plenamente —y ahora comunica con abundancia— en razón de la humanidad sacrosanta de su Divino Hijo, todo eso, digo, aparece como anticipado y otras veces completado, embellecido, proclamado por el ministerio de los Ángeles.
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68.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Si hay algo más impresionante que ver a una persona sufriendo es ver que ofrece su sufrimiento por el bien de otros. Es una escena que he tenido la gracia de ver más de una vez, especialmente en el contexto de los agonizantes. Precisamente allí donde todo se entrega, allí donde asoman las puertas altas y siniestras de la muerte, la generosidad brilla como piedra preciosísima. Estos, mis oídos, han oído cosas como: “¡Ofrezco este dolor por mi país, para que cese la violencia!” O también: “Acepta, Jesús, esta ofrenda de mi vida por las vocaciones sacerdotales.”
67.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Hay dos comentarios básicos que hacer, antes de abordar un texto como el discurso de Jesús en Mateo 24. Primero, el carácter general del lenguaje apocalíptico. Segundo, los varios niveles del discurso de Nuestro Señor.
¿Cuál es la Palabra Impronunciable de nuestro tiempo? ¿Cuál será? ¿Una grosería de baja estofa? ¿Una blasfemia terrible? ¿Una obscenidad burda? Nada de eso; todo eso es “pronunciable” y todo eso brota por todas partes en nuestra sociedad liberal y secular.