Querido hermano sacerdote, oremos juntos

Muchos tenemos ya muy claro que sin una verdadera vida de oración nuestro ministerio sacerdotal va perdiendo fuerza, dirección y brillo. El descuido habitual de nuestra unión con Cristo nos hace mucho daño a los sacerdotes porque en nosotros se cumple de manera particular lo que dijo el mismo Cristo: “Sin mí no podéis hacer nada” (Juan 15,5).

Gracias a Dios hay variadas propuestas para fortalecer y enriquecer nuestra vida de oración. Muchos sacerdotes tienen por lo menos una eucaristía al día en la que integran laudes o vísperas con el pueblo de Dios. Otros habitan en fraternidades o comunidades en las que hay horarios establecidos que, por la misma constancia, son una invitación a no dejar la oración.

Y sin embargo, es particularmente dura la situación de muchos que, por diversas circunstancias, tienen sólo dos posibilidades: orar solos (y eso implica a menudo: cansados, distraídos, a toda prisa), o dejar de orar, a veces con pretexto de las muchas cosas que hay que hacer.

Te ofrezco algo, hermano sacerdote: oremos juntos. Todos los días encuentras laudes en este enlace:

http://is.gd/laudes

Y todos los días tienes vísperas en este enlace:

http://is.gd/visperas

Querido sacerdote: no dejes tu oración. Te necesitamos. Pero sólo podrás hacernos bien si estás unido a Jesucristo por una vida de oración.

Una muestra de cómo cambian sus creencias los mormones

“Las revisiones en la doctrina no son insignificantes, porque admiten errores y cuestionan la infalibilidad de una revelación especial. Sobre todo si se modifica varias veces y se deja llevar por los líderes mormones, es porque lo consideran importante debido a los cambios en la forma de pensar de la sociedad…”

Mormones

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Doctrina social y principio personalista

105 La Iglesia ve en el hombre, en cada hombre, la imagen viva de Dios mismo; imagen que encuentra, y está llamada a descubrir cada vez más profundamente, su plena razón de ser en el misterio de Cristo, Imagen perfecta de Dios, Revelador de Dios al hombre y del hombre a sí mismo. A este hombre, que ha recibido de Dios mismo una incomparable e inalienable dignidad, es a quien la Iglesia se dirige y le presta el servicio más alto y singular recordándole constantemente su altísima vocación, para que sea cada vez más consciente y digno de ella. Cristo, Hijo de Dios, « con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre »; [Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1042] por ello, la Iglesia reconoce como su tarea principal hacer que esta unión pueda actuarse y renovarse continuamente. En Cristo Señor, la Iglesia señala y desea recorrer ella misma el camino del hombre,[Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptor hominis, 14: AAS 71 (1979) 284] e invita a reconocer en todos, cercanos o lejanos, conocidos o desconocidos, y sobre todo en el pobre y en el que sufre, un hermano « por quien murió Cristo » (1 Co 8,11; Rm 14,15).[Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1931]

106 Toda la vida social es expresión de su inconfundible protagonista: la persona humana. De esta conciencia, la Iglesia ha sabido hacerse intérprete autorizada, en múltiples ocasiones y de diversas maneras, reconociendo y afirmando la centralidad de la persona humana en todos los ámbitos y manifestaciones de la sociabilidad: « La sociedad humana es, por tanto objeto de la enseñanza social de la Iglesia desde el momento que ella no se encuentra ni fuera ni sobre los hombres socialmente unidos, sino que existe exclusivamente por ellos y, por consiguiente, para ellos ».[Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para el estudio y enseñanza de la doctrina social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes, 35, Tipografía Políglota Vaticana, Roma 1988, p. 39] Este importante reconocimiento se expresa en la afirmación de que « lejos de ser un objeto y un elemento puramente pasivo de la vida social », el hombre « es, por el contrario, y debe ser y permanecer, su sujeto, su fundamento y su fin ».[Pío XII, Radiomensaje de Navidad (24 de diciembre de 1944), 11: AAS 37 (1945) 5] Del hombre, por tanto, trae su origen la vida social que no puede renunciar a reconocerlo como sujeto activo y responsable, y a él deben estar finalizadas todas las expresiones de la sociedad.

107 El hombre, comprendido en su realidad histórica concreta, representa el corazón y el alma de la enseñanza social católica.[Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 11: AAS 83 (1991) 807] Toda la doctrina social se desarrolla, en efecto, a partir del principio que afirma la inviolable dignidad de la persona humana.[Cf. Juan XXIII, Carta enc. Mater et magistra: AAS 53 (1961) 453, 459] Mediante las múltiples expresiones de esta conciencia, la Iglesia ha buscado, ante todo, tutelar la dignidad humana frente a todo intento de proponer imágenes reductivas y distorsionadas; y además, ha denunciado repetidamente sus muchas violaciones. La historia demuestra que en la trama de las relaciones sociales emergen algunas de las más amplias capacidades de elevación del hombre, pero también allí se anidan los más execrables atropellos de su dignidad.

Este Compendio se publica íntegramente, por entregas, aquí.

El kilómetro extra

Una noche tormentosa hace los muchos años, un hombre mayor y su esposa entraron a la antecámara de un pequeño hotel en Filadelfia.

Intentando conseguir resguardo de la copiosa lluvia la pareja se aproxima al mostrador y pregunta:

– ¿Puede darnos un cuarto?

El empleado, un hombre atento con una cálida sonrisa les dijo:

– Hay tres convenciones simultáneas en Filadelfia… Todos los cuartos, el de nuestro hotel y los otros están tomadas.

El matrimonio se angustió pues era difícil que a esa hora y con ese tiempo horroroso fuesen a conseguir dónde pasar las noche.

Pero el empleado les dijo:

– Miren…no puedo enviarlos afuera con esta lluvia, si ustedes aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propio cuarto…yo me arreglaré en un sillón de la oficina.

El matrimonio lo rechazó, pero el empleado insistió de buena gana y finalmente terminaron ocupando su cuarto.

A la mañana siguiente, al pagar la factura el hombre pidió hablar con él y le dijo:

– Usted es el tipo de Gerente que yo tendría en mi propio hotel… quizás algún día construya un hotel para devolverle el favor que nos ha hecho.

El concerje tomó la frase como un cumplido y se despidieron amistosamente.

Pasaron dos años y el concerje recibe una carta del hombre, donde le recordaba la anécdota y le enviaba un pasaje ida y vuelta a New York con el pedido expreso de que los visitase.

Con cierta curiosidad el concerje no desaprovechó esta oportunidad de visitar gratis New York y concurrió a la cita.

En esta ocasión el hombre mayor lo llevó a la esquina de la Quinta Avenida y la calle 34 y señaló con el dedo un imponente edificio de piedra rojiza y le dijo:

– ¡¡Este es el Hotel que he contruido para usted!!

El concerje miró anonadado y atinó a balbucear:

– ¿Usted me está haciendo una broma, verdad ?

– Puedo asegurarle que no…-le contestó con una sonrisa cómplice el hombre mayor.

Y así fue como William Waldorf Astor construyó el Waldorf Astoria original y contrató a su primer gerente de nombre George C. Boldt (tal el nombre del concerje en la noche lluviosa).

Obviamente George C. Boldt nunca soñó que su vida estaba cambiando para siempre cuando hizo “su kilómetro extra” para atender al viejo Waldorf Astor en aquella noche tormentosa.

No tenemos muchos “Waldorf Astor” en el mundo, pero un jefe satisfecho o un cliente sorprendido pueden equivaler a nuestro Waldorf-Astoria personal.