La perla: descubrir el Evangelio

* Cuando alguien encuentra algo que le cambia todo. Hay gente así. ¿Qué pudo haber pasado en estas personas?

* La conversión es algo profundo, único y personal; sin embargo, hay rasgos comunes de la conversión, que conviene conocer porque nos ayudan a disponernos a la visita del amor de Dios.

1. Verle la cara al faraón

* Es darse cuenta uno a quién esta sirviendo realmente. ¿Quién es mi Señor? Al experimentar el desengaño nos preparamos para la conversión. La vida del pecado: yo suelto a Dios; la conversión: yo suelto mis ídolos y me vuelvo a Dios

2. Afrontar el pasado

* Miedos, resentimientos y absurdos acechan en los sótanos de nuestro corazón. Un fantasma es un miedo no derrotado ni afrontado.

* Los resentimiento surge ante las injusticias.

* Los absurdos son aquellas cosas incomprensibles y dolorosas que uno no sabe por qué pasaron.0

* Muchas personas no tienen cómo “digerir” su pasado. La samaritana es la imagen de una persona así pero Jesús hizo algo maravilloso en ella hasta el punto de permitirle mencionar su pasado. Cristo la hizo libre.

3. Recapacitar y confesar

* Lucas 15,17-18: el hijo pródigo “recapacitó” y decidió hablar, confesar su culpa.

* Recapacitar es dejar de echarle la culpa al mundo. Recapacitar es volverse capaz de asumir su propia vida. “Yo soy parte de que el mundo, mi familia… estén como están” Desde el momento en que uno recapacita se va soltando.

4. Darse cuenta que uno esta llamado a algo más grande y más bello

* ¿Qué estoy haciendo para que mi vida sea significativa, sea grande? No simplemente a los ojos del mundo. No como un perseguir la fama o el reconocimiento del mundo, sino como quien descubre su lugar único en el mundo.

5. Tomar en serio la eternidad

* Tomar conciencia de que el tiempo es limitado.

* La conciencia de que la muerte viene nos puede llevar a una buena reflexión: que no se nos apague la llama de la gracia y del amor de Dios.

Breve ordo para la semana del 31 de julio al 6 de agosto de 2016

Videos de micro-homilías para esta semana:

https://www.youtube.com/playlist?list=PLRmr1_QLb8pdCMH6ixBskZheJ8l4jTYNY


Liturgia de las Horas para esta semana:

31 de julio de 2016: Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, ciclo C

Lunes 1 de agosto: Memoria de San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia

Martes 2:

Miércoles 3:

Jueves 4: Memoria de San Juan María Vianney, presbítero

Viernes 5:

Sábado 6: Fiesta de la Transfiguración del Señor


El peligro de pelear contra un solo monstruo

La figura del monstruo evoca aquello que tiene que ser combatido o de lo cual uno huye porque es un peligro inminente. Una parte considerable de la literatura universal contiene temas épicos en los que siempre sobresale un gran combate; a menudo se trata de luchar contra distintas clases de bestias potentes y crueles, persistentes y despiadados: auténticos monstruos, incluso si se trata de seres humanos.

Existe sin embargo el peligro, alimentado por Hollywood, de ver todo drama como una lucha contra un solo monstruo, con lo cual fácilmente se pierde de vista la complejidad que trae la vida misma y además se pierden del radar algunos enemigos.

Esto es particularmente cierto cuando se trata de nuestra vida cristiana. Es fácil concentrar las fuerzas en derribar a un enemigo que se considera muy peligroso y muy dañino pero sólo para caer en las fauces de otro monstruo que nos esperaba exactamente en el extremo opuesto.

Consideremos, por vía de ejemplo, el caso de una persona que ha quedado traumatizada porque alguna vez que fue a confesarse el sacerdote, de una manera insistente y casi enfermiza, le repetía preguntas y más preguntas. A un cierto punto el penitente ya no sabe distinguir entre los interrogantes oportunos y las cuestiones que parecen brotar de alguna forma de morbosidad. La experiencia que esta persona ha tenido confesándose puede describirse como una sala de torturas. Si luego esa persona va a hablar sobre el sacramento de la confesión, es muy posible que describa ante todo lo que la confesión no debe ser: una sala de torturas. Y por supuesto, eso es verdad, pero sucede que ese no es el único peligro que acecha con respecto a la confesión: y al concentrar toda la atención en un extremo, a saber, en el monstruo del rigor, esta persona puede olvidar que existen otros monstruos que también quieren destruir nuestra vida, como por ejemplo el monstruo del relativismo.

Lo contrario también puede pasar: una persona fastidiada del relativismo que encuentra en tantos lugares de la Iglesia considerará probablemente que el verdadero cristianismo tiene que ser estricto y tiene que estar marcado por el rigor. Por ese camino puede llegar a la intransigencia e incluso a la agresividad–que no es sino el resultado de haberse entregado al monstruo que nunca llegó a ver.

Por eso digo que hay gran peligro en eso de luchar contra un solo monstruo: si nos concentramos en el rigor, para rechazarlo, podemos caer en el relativismo; si por el contrario vemos como único enemigo al relativismo podemos caer en el rigor y volver al rigor nuestra religión. Lo trágico de ambas historias es que cada uno justificará su opción describiendo con detalle los horrores del monstruo dle que está huyendo–sin atinar a ver al mosntruo al que se está dando.

Hay ejemplos semejantes a la pareja dialéctica rigorismo – relativismo. Pero será mejor que los lectores interesados los añadan en sus comentarios.

LECTIO 20160730

LECTURA ESPIRITUAL.

#LectioFrayNelson para el Sábado XVII del Tiempo Ordinario

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Enseñanza de la Iglesia Católica sobre la legítima defensa

500 Una guerra de agresión es intrínsecamente inmoral. En el trágico caso que estalle la guerra, los responsables del Estado agredido tienen el derecho y el deber de organizar la defensa, incluso usando la fuerza de las armas.1049 Para que sea lícito el uso de la fuerza, se deben cumplir simultáneamente unas condiciones rigurosas: « —que el daño causado por el agresor a la Nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto; —que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces; —que se reúnan las condiciones serias de éxito; —que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición. Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”. La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común ».1050

Esta responsabilidad justifica la posesión de medios suficientes para ejercer el derecho a la defensa; sin embargo, los Estados siguen teniendo la obligación de hacer todo lo posible para « garantizar las condiciones de la paz, no sólo en su propio territorio, sino en todo el mundo ».1051 No se puede olvidar que « una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras Naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella. Y una vez estallada la guerra lamentablemente, no por eso todo es lícito entre los beligerantes ».1052

501 La Carta de las Naciones Unidas, surgida de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, y dirigida a preservar las generaciones futuras del flagelo de la guerra, se basa en la prohibición generalizada del recurso a la fuerza para resolver los conflictos entre los Estados, con excepción de dos casos: la legítima defensa y las medidas tomadas por el Consejo de Seguridad, en el ámbito de sus responsabilidades, para mantener la paz. En cualquier caso, el ejercicio del derecho a defenderse debe respetar « los tradicionales límites de la necesidad y de la proporcionalidad ».1053

Una acción bélica preventiva, emprendida sin pruebas evidentes de que una agresión está por desencadenarse, no deja de plantear graves interrogantes de tipo moral y jurídico. Por tanto, sólo una decisión de los organismos competentes, basada en averiguaciones exhaustivas y con fundados motivos, puede otorgar legitimación internacional al uso de la fuerza armada, autorizando una injerencia en la esfera de la soberanía propia de un Estado, en cuanto identifica determinadas situaciones como una amenaza para la paz.

NOTAS para esta sección

1049Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2265.

1050Catecismo de la Iglesia Católica, 2309.

1051Pontificio Consejo « Justicia y Paz », El comercio internacional de armas. Una reflexión ética (1º de mayo de 1994), I, 6, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1994, p. 12.

1052Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 79: AAS 58 (1966) 1103.

1053Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2004, 6: AAS 96 (2004) 117.


Este Compendio se publica íntegramente, por entregas, aquí.

LECTIO 20160729

LECTURA ESPIRITUAL.

#LectioFrayNelson para la Memoria de Santa Martha de Betania

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