Los bienes del desierto

¿Qué es el desierto?

Podemos definirlo como el tiempo y lugar en el cual somos procesados por parte de Dios de diferentes maneras, intensidad y con diferentes propósitos.

¿Por qué?

Porque solo Dios sabe lo que quiere trabajar en cada uno de nosotros, y el fin por el cual lo hace. Ya que somos probados como oro, ya que al reino de los cielos no entra ni carne ni sangre y mucho menos nada sucio (envidias, celos, avaricia, idolatría, rebeldía, entre otros).

El desierto puede ser cualquier etapa o situación en tu vida, normalmente es un tiempo en donde estamos a solas con Dios, sin mucha distracción.

Cuando estamos en el desierto podemos escuchar lo que Dios nos dice, podemos reconocer las maravillas que El obra en nosotros, sólo en el momento de soledad prestamos atención verdadera a lo que Dios quiere con nosotros.

Acontece que cuando estamos en la abundancia de todas las cosas y nos envolvemos en cada una de ellas, se nos hace más difícil atender a las cosas de Dios, y muchas veces no reconocemos cuando es Dios quien nos habla, porque tenemos “mucho que hacer”, entonces Dios usa el tiempo de “quietud” para intimar con nosotros.

Dios habla a sus hijos en el desierto para afirmar sus corazones y para construir el fundamento en ellos, para que sean como el Monte de Sion, de manera que estén bien cimentados y unidos a la raíz.

[Rosa P.]

Los carismas más importantes

El amor es el sello propio de todo lo que Jesucristo hace, dice y padece. Ese amor nos introduce en la logica de la gracia, o de la gratuidad, porque no es un amor que esté esperando de nosotros un pago sino que se ofrece a manera de regalo, en continuidad con el hecho mismo de que fuimos creados solamente por razón de amor.

Ese es el mismo amor que recibimos como Don propio con la efusion del Espíritu Santo, según enseña San Pablo en el capítulo quinto de la carta a los romanos. Y por consiguiente ese amor es el carisma por excelencia, el carisma que hace posibles todos los otros carismas.

Guiados por ese amor, salimos de la obsesión por nuestro propio progreso o salvación, como algo aislado; marcados en cambio por ese amor ponemos en primer lugar los intereses de Jesucristo y el bien mismo de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Esto es lo característico del Don de profecía que el mismo apóstol Pablo destaca en los capítulos 12 y 14 de su primera carta a los Corintios. Y de ahí la profunda relación entre una vida marcada por la caridad y una vida ungida por el don de profecía.

Historia de la misión de los Jesuitas en Chínipas

La región de Chínipas, colindante con Sinaloa y Sonora, ocupa el suroeste del actual estado de Chihuahua. En 1610, el capitán Hurdaide, atravesando pueblos indios que no eran de paz, logró penetrar con un pequeño destacamento en aquella zona, en la que estableció el Fuerte de Montesclaros. El fuerte, construido en adobes, no era gran cosa, pero los cuatro torreones de sus cuatro esquinas impresionaron no poco a los chínipas. Al poco tiempo pidieron éstos al capitán del fuerte que viniera con ellos algún padre misionero, para hacer entre ellos lo que ya tenían noticia de que se había hecho en otras regiones.

Así llegó en visita el padre Villalta, y le recibieron adornando los caminos y organizando danzas muy festivas. El misionero les predicó, bautizó algunos niños, y les pidió que abandonaran sus crueles hábitos guerreros y supersticiosos, porque Dios abominaba de aquellas costumbres. Pronto los caciques organizaron la recogida de calaveras de enemigos vencidos, amuletos, idolillos y otros instrumentos de hechicerías y supersticiones, y se los llevaron al padre en 48 chiquihuites o cestos, para que se quemara todo, como así se hizo.

El padre Castani, sucesor de Villalta, continuó la obra misionera. Uno de los primeros y principales frutos de la misión fue que se pusieron en paz los chínipas con sus vecinos guazaparis y temoris, abriéndose incluso caminos entre estos grupos antes enemigos.

Martirio del padre Julio Pascual (1587-1632)

El jesuita Julio Matías Pascual nació en 1587 de una rica familia veneciana. Educado en Parma y Mantua, ya jesuita, pasó a México en 1616, y llegó a la misión de Chínipas en 1626. En aquella soledad alejada de toda ayuda humana, aprendió la lengua de los chínipas, y acabó bautizando a toda la nación. Consiguió reunir a 1.400 familias de guazaparis, temoris, varohios e hios en dos poblaciones. En los seis años que vivió en Chínipas, llegó el padre Pascual a conocer cuatro idiomas indios.

En la paz primera, que logró establecerse entre las naciones indias enemigas al inicio de la misión, tuvo buena parte el cacique guazapari Cabomei, «indio de grande cuerpo y robusto, aunque bien proporcionado, de fiero rostro y horrendo en el mirar y de edad de 50 años». Vestido con su manta azul que le envolvía hasta los pies, y adornado con zarcillos de conchas de nácar, medió en la causa de la paz con interminables y solemnes sermones, al modo indio. Pero más tarde Cabomei comenzó a sentir aborrecimiento por «el camino estrecho» del evangelio, y preparó una conspiración ayudado de sus guazaparis.

El padre Pascual llegó un día a Santa María de Varohios, acompañado del padre Manuel Martínez, jesuita portugués recién llegado a la misión. Pronto se dieron cuenta de que se les tendía una trampa, y llamaron en ayuda a los amigos chínipas, que viendo unidos a guazaparis y varohios no se atrevieron a intervernir. Cabomei y sus aliados prendieron fuego a la iglesia y a la casita en que estaban los dos padres. Estos se confesaron mutuamente, y prepararon también a la muerte a los oficiales y cantores que habían venido con ellos, nueve carpinteros y ocho indiecitos. Para huir del incendio hubieron de salir al patio, donde el padre Pascual, hablando en la lengua indígena, trató de apaciguar a los indios alzados. Un flechazo le hirió en el vientre, y al padre Martínez le cosieron de otro flechazo el brazo con el cuerpo. Más flechas, golpes y cuchilladas terminaron con sus vidas. De sus diecisiete acompañantes sólo se salvaron dos, por los que se conocieron los hechos al detalle. Era el 1 de febrero de 1632.

El capitán don Pedro Perea, sucesor de Hurdaide, salió con un destacamente de soldados y muchos indios en persecución de los guazaparis alzados y sus aliados. Éstos se refugiaron en lo más abrupto de la sierra, donde no podían entrar los caballos, pero los indios amigos les dieron alcance y mataron más de 800. El pueblo de los Chínipas hubo de trasladarse a región más segura, entre los sinaloas. Sólo en 1670 pudo el padre Alvaro Flores de la Sierra renovar la misión, que luego recibió un fuerte impulso del padre Salvatierra, a quien conoceremos en seguida como gran apóstol de California.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

Las tres miradas: Una reflexión sobre la perspectiva nueva que el Espíritu trae a tu vida

Inevitablemente el mundo mira a la fe cristiana con desconfianza porque presiente que los cristianos terminarán luchando contra los ídolos, que son la única vida y motor que el mundo conoce.

Otra mirada que hay que conocer es la de aquel que es católico pero solamente por costumbre. A aquel que piensa de esta manera le marca continuamente el miedo: a ser ridículo, a quedarse solo, a no lograr lo que otros esperan de él, a ser perseguido.

Pero existe también la mirada que da el Espíritu Santo, una mirada sellada por la Pascua: una mirada que es realista frente al sufrimiento pero que sabe que la fidelidad termina siempre en victoria.

La caridad de los difuntos en el purgatorio

¿Pueden realmente las almas del purgatorio hacer bien a los que estamos vivos? – V.B.

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La unión de caridad, con Cristo y con la Iglesia, que tienen las almas del purgatorio hace que su dolor, que es dolor de amor, no sea perdido o inútil. Por otra parte, no debemos olvidar que, pasada la muerte, no hay actos de la voluntad sobre la dirección de la propia vida porque la condición específica de esta creatura que es el ser humano sujeta su naturaleza al tiempo, de modo que, fuera del tiempo, esto es, sucedida ya la muerte, la voluntad no puede realizar actos propiamente libres como realizaba en vida. Si tales actos fueran posibles, una persona podría convertirse o rebalarse contra Dios ya habiendo muerto, lo cual equivale a decir que seguiría actuando como si no hubiera muerto.

¿Qué tipo de acto tiene entonces la voluntad si no puede tener sucesión de decisiones como cuando estaba en vida? Lo que queda en la voluntad siempre, porque le es esencial, es la posibilidad de desear y acoger el Bien por esencia, que es el Amor de Dios. El acceso a ese amor queda como entorpecido por las manchas de los pecados no-mortales de la persona, lo cual hace que tenga como un impedimento que es interno pero también objetivo, y que es la causa próxima de su dolor de purificación.

De modo que el propósito y obra de tal amor es exactamente la purificación de los difuntos mismos. Por ello es más seguro afirmar que mientras estén en esa condición es más lo que necesitan y reciben del conjunto de la Iglesia que lo que pueden darle. En efecto, su indigencia es total porque no pueden por sí mismos ni siquiera crecer en el deseo de amar más o mejor a Dios, de modo que es muy difícil explicar cómo podría haber en ellos actos de caridad que aumentaran el tesoro de gracia y caridad de la Iglesia.

Sin embargo, hay otra cosa que es cierta: superada su condición de purificación, la gratitud y amor sobreabundante por la misma Iglesia, de la que todo han recibido, les hace preciosos intercesores en favor de todos nosotros. Esto es verdad cuando ya propiamente acceden a la plena bienaventuranza.