Primer martirio en la misión de California

Regresando desde México hasta la alta California, tuvo ocasión fray Junípero de ir visitando todas las misiones hasta entonces fundadas en la península, esforzándose sobre todo en dar ánimo a los religiosos, abatidos a veces por el trabajo y por las grandes dificultades que hallaban frecuentemente, tanto entre los indios como entre los españoles. Llegado a San Diego, supo que, a causa de los informes suyos, don Pedro Fagés había sido sustituido por el comandante Fernando de Rivera y Moncada.

Esto daba a fray Junípero una cierta pena, y por eso le escribe a Bucarelli: «Nunca le he querido mal [al comandante Fagés] por la gran bondad de Dios, y puede vuestra Excelencia estar seguro que lo que hube de declarar cerca de su conducta lo hice forzadísimo para que se lograse su remuda». Y añade, queriendo compensarle: «Si lo dicho [de lo realizado en las misiones] es algún mérito en la línea militar, todo por entero lo aplico, lo cedo, y lo renuncio a favor de don Pedro Fagés sin que él sepa nada de esto, ni me haya rogado sobre tal asunto… No sepa el mundo que este inútil religioso ha hecho servicio alguno a la Corona, y repúteselo todo a don Pedro Fagés, como si él propio lo hubiese ejecutado».

Las dificultades, en todo caso, continuaron, pues mientras el sueño de Serra era el establecimiento de nuevas fundaciones, distante una de otra tres días de camino, Rivera y Moncada era cauteloso, se resistía, y no quería dispersar sus pocas fuerzas militares. Así las cosas, dos neófitos indios, al servicio del Maligno, fueron envenenando los ánimos entre los indígenas de las rancherías vecinas a San Diego, se produjo un asalto a la Misión, la incendiaron, mataron al herrero y a un carpintero, y asesinaron a flechazos y golpes de macana al misionero Luis Jaume.

Ante el peligro de desánimo en los religiosos, fray Junípero en seguida los confirmó en la fe y la esperanza: «Gracias a Dios ya se regó aquella tierra; ahora sí se conseguirá la reducción de los dieguinos». Y ante el peligro, mucho más grave, de que la fuerza militar emprendiera campañas de represalia entre los indios, el padre Sierra trató, en carta a Bucarelli, de frenar toda violencia, que tendría consecuencias nefastas para la evangelización:

«Una de las principales cosas que pedí al ilustrísimo Visitador General [Gálvez] en el principio de estas conquistas fue que si los indios, fuesen gentiles, fuesen cristianos, me mataban, se les había de perdonar, y lo mismo pido a vuestra Excelencia y ha sido descuido el no pedirlo más breve». El martirio del padre Jaume era para fray Junípero una gracia muy preciosa. Por eso, sigue en su carta a Bucarelli, «que mientras el misionero viva le guarden y escolten los soldados, como la niñas de los ojos de Dios, es muy justo, y yo no desprecio para mí este favor; pero si ya le mataron, ¿qué vamos a buscar con campañas? Dirán que escarmentarlos, para que no maten a otros. Yo digo que para que no maten a otros, guardarlos mejor de lo que hiciste con el difunto, y al matador dejarle para que se salve, que es el fin de nuestra venida y el título que la justifica. Darle a entender, con algún moderado castigo, que se le perdona, en cumplimiento de nuestra ley, que nos manda perdonar injurias, y procúrese no su muerte, sino su vida eterna».

El indio Carlos, principal causante de la rebelión, que algo sabía del derecho de asilo, en 1776 se refugió en la iglesia del fuerte de San Diego. Y cuando el comandante Rivera, a pesar de los avisos de los misioneros, lo prendió allí, fue excomulgado por éstos, en decisión ratificada por el padre Serra. Sólo fue absuelto de la excomunión, cuando devolvió al indio preso, pero luego los padres hubieron de entregarlo para que fuera juzgado.

La misión de San Diego fue reconstruida, y entre las cenizas del archivo quemado se pudo recuperar el catecismo que el padre Jaume había compuesto para los indios en lengua dieguina. Nada, pues, frenaba el impulso misionero, y en 1776 pudo incluso el padre Serra consolidar la fundación de San Juan Capistrano, iniciada dos años antes, y paralizada por diversas dificultades.

Pero los recelos y malentendidos no cesaban, a pesar de su anterior viaje a México. En efecto, en ese mismo año le llegó del Colegio de San Fernando una humillante patente, en la que se limitaban sus poderes como padre Presidente de las Misiones californianas. Se le prohibía, entre otras cosas, cambiar de destino a un misionero, si éste no lo solicitaba.

La reacción del padre Serra, como siempre, fue inspirada por la más humilde obediencia, no exenta de dolor: «Confieso que [estas letras] me han confundido de manera, viendo cuán lejos estoy de lo que debería ser, que me he sentido muy inclinado a solicitar que por indigno me retiren de tan angelical empleo; pero no lo hago, porque considero mejor remedio el procurar, con el favor de Dios, la enmienda, y dejarme todo a las disposiciones de la divina Providencia y de la obediencia».

Esta humilde y crucificada docilidad pudo salvar no pocos bienes, e impedir mayores males, de modo que años después fueron revocadas algunas de aquellas imprudentes normas.


El autor de esta obra es el sacerdote español José Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.

10 mujeres que dejaron la vida lesbiana y encontraron más paz y equilibrio

“Las mujeres que desarrollan atracción por el mismo sexo, como los hombres, pueden vivir que esta atracción no les hace felices, y que la vida en los ambientes LGTB no les deja madurar en la felicidad y serenidad que desean. Recopilamos a continuación 10 testimonios de mujeres que dejaron el estilo y las prácticas lésbicas y encontraron equilibrio y paz en la castidad o bien en el matrimonio con hombres buenos…”

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¿Celebra la Iglesia a los santos del Antiguo Testamento?

Estimado Fray Nelson, ¿Por qué será que la Iglesia no le da el título de “Santo” a los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento? Siendo que en el Monte Tabor, los tres apóstoles fueron testigos de la interacción de Jesús Transfigurado con Moisés y Elías, no cabe duda que los últimos dos ya son parte de la Iglesia Triunfante… ¿no deberíamos reconocerlos como San Moisés y San Elías? ¡Que Dios le bendiga abundantemente por sus diarias enseñanzas! — A.L.

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Con respecto a Moisés y Elías, no hay duda, hermano: así han sido llamados y reconocidos desde hace muchos siglos, aunque su culto no ha sido tan popular ni tan extendido. Aquí tienes más información sobre la liturgia católica que recuerda y celebra a San Moisés, y aquí tienes a San Elías.

Como bien observas tú a partir del texto de la transfiguración, resulta relativamente fácil estar de acuerdo con la proclamación de santidad de hombres como Elías o Moisés. Otros que tal vez no resultaría difícil proclamar serían otro profetas como Isaías, Jeremías o Ezequiel. Hay sin embargo otras dificultades que surgen con otros personajes por las siguientes razones:

1. En ocasiones, ignoramos demasiado sobre su vida y especialmente sobre su desenlace o muerte. Y resulta que la manera de morir es definitiva para saber qué tipo de persona es alguien ante Dios.

2. En otras ocasiones, el comportamiento de la persona, incluso en su intención de servir a Dios, choca muy frontalmente con aquello que Cristo nos enseñó siglos después de ellos. Pensemos en la manera de servir a Dios de un Gedeón y sus guerras contra los filisteos.

3. En otras ocasiones, lo legendario es tan importante en el recuento de la vida de la persona que uno corre el riesgo de “canonizar” un relato más que a un ser humano real. Así puede pasar con Job o con Jonás.